Capítulo 3: La verdad que Richard ocultaba
Capítulo 3: La verdad que Richard ocultaba
—Tres días… —murmuró mi madre, mirando la fecha escrita al final de la lista—. ¿Qué va a pasar dentro de tres días?
Nadie respondió.
Chloe seguía junto a la mesa, abrazándose a sí misma. Yo tomé los documentos y los revisé uno por uno. Había referencias a préstamos, transferencias y una empresa inmobiliaria cuyo nombre no reconocía. Sin embargo, una cosa estaba clara: alguien estaba utilizando la información personal de mi madre para preparar una operación financiera que ella jamás había autorizado.
—Mamá, no firmes nada y no le entregues ningún documento a Richard —le advertí—. Voy a llamar al banco y a un abogado.
Mi madre asintió, pero sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Cómo pude equivocarme tanto? Creía que era un hombre bueno. Me hacía sentir que todavía podía ser feliz después de tantos años sola.
Le tomé la mano.
—Confiar en alguien no te convierte en una tonta. Si él te ha engañado, la responsabilidad es suya.
En ese instante, tres golpes secos sacudieron la puerta principal.
Richard había llegado.
Mi madre se levantó por instinto, pero la detuve suavemente.
—Déjame hablar con él primero.
Abrí la puerta sin dejarlo entrar.
Richard llevaba el mismo abrigo oscuro que había usado durante la cena. Su expresión era seria y, por primera vez, no llevaba flores.
—Necesito mi maletín —dijo.
—Lo tienes en la mesa. Antes de devolvértelo, quiero que me expliques por qué hay documentos bancarios con el nombre de mi madre.
Él miró por encima de mi hombro.
—No entiendes lo que has encontrado. Es un asunto privado.
—Los documentos están a nombre de mi madre. No es un asunto privado si alguien intenta utilizar su propiedad sin su consentimiento.
Richard apretó la mandíbula.
—Tu madre y yo tenemos una relación. Hay cosas que hemos hablado y que no te incumben.
—Entonces no tendrás ningún problema en explicárselas a ella.
Mi madre apareció detrás de mí.
—Richard, ¿quién es esa mujer de las fotografías? ¿Y por qué tu hija te pide que consigas mi firma?
Su rostro perdió el color.
—Margaret, por favor. No saques conclusiones precipitadas.
—¡Contéstame!
Él bajó la voz.
—La mujer es mi hija, Laura. Está pasando por dificultades económicas. Intentaba ayudarla.
—¿Con mis ahorros? —preguntó mi madre.
—No es así.
—¿Y los 75.000 dólares que aparecen junto a mi nombre?
Richard guardó silencio.
Aquel silencio fue más doloroso que cualquier confesión.
Mi madre retrocedió un paso, como si el hombre que tenía delante acabara de convertirse en un extraño.
—Me dijiste que no tenías deudas. Me dijiste que vivías solo y que querías construir una vida conmigo.
—Te quiero, Margaret.
—No utilices esa palabra para justificar una mentira.
Richard intentó acercarse, pero ella levantó la mano.
—Vete.
Él miró el maletín, después a mi madre y finalmente a Chloe, que observaba desde el pasillo.
—No saben toda la historia —murmuró—. Si me marcho ahora, todos vamos a salir perjudicados.
—Eso suena a una amenaza —respondí.
—Es una advertencia.
Se dio la vuelta y se marchó sin recuperar el maletín.
Cerré la puerta y llamé a la policía para consultar cómo debíamos proceder con los documentos. También contacté con el banco de mi madre para solicitar que revisaran cualquier operación sospechosa y protegieran sus cuentas.
Mientras esperábamos instrucciones, Chloe nos contó todo lo que había visto aquella noche.
Después de seguir a Richard hasta la casa, había permanecido escondida detrás de una furgoneta estacionada. Lo vio entregar el maletín a Laura y discutir con ella junto a la puerta.
—Laura le dijo que no podía seguir esperando —explicó Chloe—. Dijo que necesitaba el dinero antes del viernes. Richard respondió que la abuela firmaría los documentos en cuanto él encontrara el momento adecuado.
Mi madre se cubrió el rostro.
—¿Y por eso se marchaba siempre antes del postre? ¿Para llevarle dinero a su hija?
—No lo sé, abuela. Pero también escuché algo sobre una reunión en un banco.
Aquella noche no dormimos.
A la mañana siguiente, un abogado nos ayudó a organizar las pruebas y a distinguir los documentos auténticos de aquellos que necesitaban una verificación adicional. No podíamos asegurar todavía que Richard hubiera falsificado una firma, pero había motivos suficientes para investigar.
A las once, mi madre recibió un mensaje suyo.
«Tenemos que hablar. No quiero perderte. Ven sola mañana a las seis de la tarde al restaurante donde nos conocimos. Te explicaré todo».
Mi madre leyó el mensaje varias veces.
—Una parte de mí quiere creer que hay una explicación —admitió—. Pero tengo miedo de descubrir que los seis meses más felices que he vivido en once años fueron una mentira.
La abracé.
—No tienes que ir. Y, si decides hacerlo, no tienes por qué enfrentarte a él sola.
Después de hablar con el abogado, mi madre decidió aceptar la reunión, pero no iría sola. Queríamos escuchar su explicación y permitir que cualquier conversación relevante quedara documentada de forma legal y segura.
Al día siguiente, llegamos al restaurante unos minutos antes de las seis.
Richard ya estaba sentado junto a la ventana. Parecía haber envejecido diez años en una sola noche.
Cuando vio a mi madre, se levantó.
—Gracias por venir, Margaret.
Ella tomó asiento sin aceptar el abrazo que él intentó darle.
—Tienes diez minutos. Empieza a hablar.
Richard respiró profundamente.
—Laura está endeudada. Su marido perdió el negocio y hay acreedores que los están presionando. Yo intenté ayudarlos, pero ya no me queda dinero suficiente.
—¿Y qué tengo que ver yo con eso?
Él miró la mesa.
—Laura encontró una oportunidad de inversión. Necesitábamos demostrar solvencia para conseguir financiación. Pensé que, si tú aceptabas participar, podríamos resolverlo todo y devolverte cada centavo.
—¿Sin contarme nada?
—Tenía miedo de perderte.
Mi madre lo miró con una tristeza que nunca le había visto.
—No tenías miedo de perderme, Richard. Tenías miedo de perder la oportunidad de utilizar mi dinero.
Él no respondió.
Entonces, mi madre hizo la pregunta que llevaba horas atormentándonos.
—¿Por qué te marchabas siempre a las siete y media?
Richard cerró los ojos.
—Porque a las ocho tenía que llamar a Laura. Ella me exigía que le informara de nuestros avances. Si no conseguía que firmaras antes del viernes, decía que perderían la casa.
Mi madre se quedó inmóvil.
—¿Y alguna vez pensaste en decirme la verdad?
—Sí. Muchas veces.
—Pero nunca lo hiciste.
Richard comenzó a llorar.
Por un instante, sentí lástima por él. Pero la lástima no podía borrar las mentiras ni los documentos que habíamos encontrado.
Mi madre se quitó el anillo que él le había regalado y lo dejó sobre la mesa.
—Yo quería compartir mi vida contigo. No financiar tus problemas a escondidas.
Se levantó y me tomó del brazo.
Cuando nos dirigíamos a la salida, Richard pronunció una última frase que nos hizo detenernos.
—Margaret, hay algo que todavía no sabes. Laura no fue quien tuvo la idea de utilizar tu propiedad.
Mi madre se volvió lentamente.
—¿Qué estás diciendo?
Richard tragó saliva.
—La persona que me propuso todo esto fue alguien que tú conoces desde hace muchos años. Alguien que sabía exactamente cuánto dinero tenías y dónde guardabas tus documentos.
Mi madre palideció.
Porque, de pronto, comprendió que Richard quizá no había sido el único que conocía sus secretos.
Y cuando él pronunció el nombre de aquella persona, mi madre sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.