PARTE 5: En la boda de su nieta, mandaron a la abuela a comer en la cocina, El maestro detuvo la música.
El silencio en el pasillo de servicio pesaba como plomo. Las confesiones de Leticia colgaban en el aire, crudas y dolorosas, pero para Beatriz, las palabras de arrepentimiento, aunque sinceras, no eran magia.
—Una silla no borra el momento en que me escondiste —dijo Beatriz, con una calma que hería más que los gritos. Su mirada se clavó en la de Leticia, exigiéndole que comprendiera la magnitud de la grieta que había abierto—. No basta con poner un mueble junto a la mesa principal si el corazón que lo ofrece lo hace por culpa y no por orgullo.
Leticia asintió lentamente, las lágrimas marcando surcos oscuros en su maquillaje. —Pensé en lo que dirían de mí, no en lo que te hacía sentir. Eso sí lo puedo escuchar ahora. Lo entiendo, mamá.
Camila, aferrada al brazo de su abuela, sintió que el sofocante calor de la cocina empezaba a asfixiarlas a ambas. Quería alejar a Beatriz de ese rincón lleno de cajas y humillación.
—¿Te gustaría sentarte conmigo al borde de la fiesta? —le propuso Camila en un susurro, acariciándole el hombro—. Lejos de las cámaras, lejos de mi madre. Solo nosotras dos.
Beatriz cerró los ojos y exhaló profundamente, como si estuviera soltando el peso de los últimos veinte años. —Déjame respirar primero.
—Aquí estoy —respondió Camila de inmediato, sosteniéndola con firmeza.
—Despacio, a mi ritmo —pidió la anciana, apoyándose un poco más en su nieta.
—Lista para sentarme contigo, abuela. Sí, no tenemos prisa.
—Entonces caminemos —concedió Beatriz, dando un paso vacilante pero digno hacia un pequeño banco de madera más alejado del bullicio de los meseros—. Aquí puedes decidir qué hacer.
Camila la ayudó a sentarse, acomodando el pesado vestido de novia para arrodillarse a su lado, importándole poco si la seda terminaba arruinada. —Me quedo por ti, abuela. No para fingir que nada pasó.
Leticia, que las había seguido a un par de metros de distancia, sintió una punzada en el pecho que la transportó décadas atrás. Ver a su hija cuidando de Beatriz con tanta devoción la obligó a mirarse en el espejo de su propio pasado.
—Cuando era niña, yo también esperé a mi madre —murmuró Leticia, casi hablando consigo misma, los ojos perdidos en el recuerdo de un festival escolar, en una sillita de madera mirando hacia una puerta por la que su madre nunca entró a tiempo. Recordó a la pequeña Leticia apretando una flor de papel marchita, repitiéndose a sí misma: Mamá vendrá. Ya va a empezar. Todavía no llega, pero si la veo, le voy a enseñar mi flor… La hice para ella.
Leticia parpadeó, volviendo al presente, y miró a su madre con una mezcla de reproche infantil y vergüenza adulta.
—Mi mamá preguntó por mí aquella vez y tú no llegaste —le reclamó Leticia, la voz temblándole por el eco de esa vieja herida—. Llegaste después… Llegaste cuando la función había terminado. Yo guardé aquella espera durante años.
Beatriz la miró con una infinita paciencia, recordando perfectamente aquel día en que el patrón de la fábrica de costura le había prohibido salir antes de terminar un encargo urgente, amenazándola con el despido.
—No supe llegar a tiempo —admitió Beatriz, con el dolor intacto de esa memoria—. Pero hoy… tú me hiciste esperar afuera. Quise evitar que otros vieran mi vergüenza aquella vez por no tener qué darte de comer, y terminé haciéndote daño. Sí, llegué cuando la función había terminado.
Leticia intentó usar ese dolor compartido como un escudo. —Eso me dolió cuando era niña, mamá…
—Pero no justifica lo que hiciste hoy —la interrumpió Beatriz con una severidad tajante, cortando de tajo cualquier intento de Leticia por victimizarse—. Una cosa fue una ausencia que lamentas, porque la vida y la pobreza no me dieron otra opción. Otra muy distinta es una decisión que tomaste con plena consciencia y alevosía. No son lo mismo. Entonces no las mezcles.
Leticia sintió que le quitaban el aire. Su madre tenía razón. Su cobardía de hoy no tenía nada que ver con las carencias del ayer. Era pura y llana vanidad.
—Afuera creen que te fuiste porque quisiste —confesó Leticia, dándose cuenta de la red de mentiras en la que se había enredado sola—. Creen que preferiste no estar. Y este regalo… —señaló el mantel bordado en manos de Camila— el regalo no cambia lo que pasó. Lo sé.
Se enderezó, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano, manchándose la piel de rímel negro. Una chispa de determinación, la primera genuina en toda la noche, brilló en sus ojos.
—Debo decirles la verdad —anunció Leticia, su voz cobrando fuerza—. Volveré en un momento.
Beatriz la observó desde el banco, sin asomo de esperanza ni de condena, solo con la sabiduría de quien ha visto a la gente tropezar con la misma piedra mil veces.
—Haz lo que puedas sostener, Leticia —le advirtió.
Leticia dio media vuelta y empujó las puertas batientes. El contraste fue un golpe físico. De la penumbra emocional de la cocina pasó de golpe a la luz dorada, al murmullo elegante y al tintineo del cristal. Caminó hacia las mesas principales, sintiendo que cada mirada quemaba.
Apenas dio unos pasos, una de las tías del novio, una mujer cubierta en joyas y perfumada en exceso, la interceptó con una copa de champán en la mano.
—¡Leticia, querida! Qué boda tan hermosa —dijo la mujer con una sonrisa de sociedad—. Pero notamos algo extraño… Y su mamá, no la vimos en las fotos. ¿Todo bien?
Leticia abrió la boca. Las palabras de verdad estaban ahí, en la punta de la lengua, listas para redimirla. Pero al mirar los rostros expectantes de la alta sociedad que la rodeaba, el pánico atávico al rechazo volvió a estrangularle la garganta. La cobardía fue más rápida que su arrepentimiento.
—Ella… no pudo venir a las fotos —balbuceó Leticia, forzando una sonrisa plástica—. Mi madre prefirió descansar un rato.
—¡Ay, pobrecita! —intervino otra invitada—. ¿Se siente bien? ¿Podemos llevarle algo?
—Está bien, está bien —se apresuró a decir Leticia, sintiendo que se ahogaba en su propia farsa—. Solo necesita tranquilidad. Ella misma quiso estar aparte, ya saben cómo es la gente mayor con tanto ruido…
—Eso no es lo que pasó.
La voz de Camila, fría como el acero, cortó el murmullo elegante. Leticia se giró aterrorizada. Su hija estaba de pie a pocos metros de distancia, habiendo salido de la cocina justo a tiempo para presenciar cómo su madre volvía a elegir la mentira.
Camila avanzó, ignorando las miradas escandalizadas de los invitados que notaron las manchas en su vestido de novia.
—La mandaste a la cocina —dijo Camila, mirando fijamente a su madre, sin levantar la voz pero asegurándose de que los que estaban cerca la escucharan claramente—. No eligió irse.
—Camila, por favor… —siseó Leticia, sus ojos rogando clemencia—. No conviertas esto en una escena durante tu boda.
—No la estoy haciendo. Estoy diciendo la verdad —replicó la novia, implacable—. La abuela estaba en la cocina porque tú la mandaste. Lo sabes.
Leticia sintió que el suelo de mármol desaparecía bajo sus pies. —Lo sé… —susurró, derrotada.
—¿Vas a corregirlo o no? —exigió Camila, señalando con la mirada al grupo de invitados que ahora observaba la escena en un silencio sepulcral—. Aquí. Ahora.
Leticia tragó saliva, mirando hacia el escenario donde la banda descansaba. —Entonces, no digas que ella eligió irse. Voy a ver cómo está —concluyó Camila, dándole la espalda a su madre con un desdén que dolió más que una bofetada.
—Ve, yo me quedo aquí —dijo Leticia con un hilo de voz, sabiendo que ya no había escondite posible.