Capítulo 4: La trampa que habían preparado para mí
Capítulo 4: La trampa que habían preparado para mí
Durante unos segundos, nadie se atrevió a pronunciar una palabra.
Margaret Hail.
El nombre de mi madrastra aparecía en el documento como propietaria de la sociedad que había recibido parte de las acciones de Ulette Insurance Group. Pero aquello no tenía sentido. Margaret nunca había mostrado interés por los asuntos financieros de la empresa. Al menos, eso era lo que siempre nos había hecho creer.
—¿Desde cuándo está involucrada Margaret? —pregunté.
El abogado colocó una segunda carpeta sobre la mesa.
—Desde mucho antes de lo que imaginan. Hemos encontrado transferencias realizadas durante los últimos siete años. Algunas fueron autorizadas por su padre, pero otras llevan firmas digitales que podrían haber sido utilizadas sin su consentimiento.
Mi padre se llevó una mano a la frente.
—Margaret me dijo que esas acciones estaban protegidas. Me aseguró que era una estrategia para evitar que los bancos se quedaran con la compañía.
—¿Y nunca comprobaste dónde terminaban? —pregunté.
Gerald no respondió.
Clare abrió uno de los documentos.
—Papá, aquí aparece una transferencia de 320.000 dólares a una cuenta privada. Y otra de 450.000. Ambas fueron autorizadas mientras tú estabas hospitalizado hace dos años.
Mi padre levantó la cabeza.
—¡Yo no firmé eso!
El abogado intervino inmediatamente:
—Precisamente por eso necesitamos investigar. Si alguien utilizó su identidad para realizar esas operaciones, estamos ante un asunto mucho más grave que una disputa familiar.
Richard intentó interrumpir.
—Esto se está saliendo de control. Gerald, tienes que detener a tus hijas.
—¡Cállate! —gritó mi padre.
Todos se quedaron sorprendidos.
Era la primera vez que lo veía enfrentarse a Richard.
—Durante años me dijiste que eras el único que podía mantener esta empresa en pie. Confié en ti. Te entregué las cuentas, las decisiones y hasta mi autoridad. ¿Y ahora resulta que me has estado robando?
Richard sonrió con desprecio.
—No seas ingenuo, Gerald. Tú firmaste los documentos. Nadie te obligó.
Aquella frase reveló algo importante: Richard no estaba preocupado por demostrar su inocencia. Estaba intentando asegurarse de que mi padre cargara con toda la responsabilidad.
Entonces Clare sacó una pequeña memoria USB.
—Hay algo que todavía no han escuchado.
El abogado la miró con cautela.
—Clare, ¿estás segura?
—Sí. Lo encontré en el despacho de Margaret, escondido dentro de una carpeta de seguros antiguos.
El abogado conectó la memoria a su computadora portátil.
En la pantalla apareció un archivo de audio.
La voz de Margaret llenó el salón.
—Cuando llegue el momento, Gerald firmará lo que le pongamos delante. Siempre ha sido demasiado orgulloso para admitir que no entiende los números.
Después se escuchó la voz de Richard.
—¿Y qué hacemos con Evelyn? Si descubre que sus 2,4 millones le dieron derechos sobre la empresa, puede arruinar todo el plan.
Margaret soltó una risa fría.
—No te preocupes. Gerald se encargará de ella. Le dirá que su dinero fue un préstamo familiar y que no tiene derecho a reclamar nada.
Richard respondió:
—¿Y si presenta los documentos?
—Entonces utilizaremos la cláusula de incumplimiento que escondimos en el último contrato. Si intentamos hacerla responsable de las deudas anteriores, tendremos una excusa para bloquear su reclamación.
El audio terminó.
Sentí que el aire se volvía pesado.
No solo habían utilizado a mi padre.
También habían planeado convertir mi ayuda en un arma contra mí.
Mi padre permaneció inmóvil, mirando la pantalla.
—Margaret… —susurró.
En ese instante, las puertas del salón se abrieron.
Mi madrastra apareció acompañada de dos mujeres. Llevaba un vestido elegante y una expresión perfectamente controlada. Al ver a Richard junto a la mesa principal, comprendió inmediatamente que algo había salido mal.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó.
Nadie respondió.
Entonces escuchó su propia voz saliendo de los altavoces, porque el abogado había dejado abierto el archivo.
Su rostro perdió el color.
—¡Apaga eso! —ordenó.
El abogado cerró la computadora.
Margaret miró a Clare y después a mí.
—Evelyn. Por supuesto. Tenías que aparecer tú para destruir otra vez esta familia.
Me levanté.
—No he destruido nada. Solo he dejado de proteger a quienes estaban destruyéndola.
—¡Tú no sabes nada! —gritó ella—. Llegaste aquí creyéndote una heroína porque llevas uniforme y tienes un título militar. Pero esta empresa pertenece a tu padre y a mí.
—Entonces explícame por qué necesitabas esconder tus acciones detrás de una sociedad privada.
Margaret abrió la boca, pero no encontró respuesta.
Richard se acercó a ella.
—Nos vamos. Ahora.
El abogado levantó una mano.
—Antes de que se marche nadie, debo informarles de que los documentos y las grabaciones ya han sido entregados a los investigadores. También se ha solicitado preservar todos los registros financieros de la compañía.
Margaret soltó una carcajada nerviosa.
—¿Y creen que eso me asusta? No tienen pruebas suficientes para demostrar nada.
El abogado sacó una última hoja.
—Tenemos algo más que una grabación.
La colocó frente a Gerald.
Era una copia de un contrato de compraventa de acciones.
Mi padre lo examinó lentamente.
—Esta es mi firma…
—Pero la fecha corresponde a un día en el que usted estaba ingresado en el hospital —explicó el abogado—. Y el registro médico confirma que se encontraba bajo sedación.
Gerald dejó caer el documento.
Por primera vez aquella noche, parecía verdaderamente aterrorizado.
—Me robaron mi propia empresa…
—No solamente eso —dijo Clare—. También intentaron utilizar el dinero de Evelyn para cubrir las operaciones que habían realizado.
Margaret retrocedió.
Richard la miró furioso.
—¡Tú dijiste que esos documentos estaban destruidos!
—¡No me culpes! ¡Tú fuiste quien preparó las transferencias!
Aquella discusión dejó al descubierto lo que ambos habían intentado ocultar durante años.
El abogado pidió a los invitados que no tocaran ningún documento y recomendó que la familia continuara la conversación en privado. La boda quedó suspendida, aunque Clare se negó a abandonar el salón sin terminar de decir lo que había preparado.
Se acercó a mí y me abrazó.
—Lo siento, Evelyn. No quería que tuvieras que volver a vivir algo así.
Le acaricié el cabello.
—No tienes que disculparte. Tú no fuiste quien me echó de casa.
Mi hermana comenzó a llorar.
Mi padre se acercó lentamente. Parecía haber envejecido diez años en apenas una hora.
—Evelyn, no espero que me perdones esta noche. Pero necesito decirte algo.
Lo miré sin acercarme.
—Te escucho.
—Cuando te fuiste, le dije a todo el mundo que habías elegido abandonarnos. Era más fácil culparte que admitir que no había sabido aceptar tus decisiones. Y cuando Clare me preguntaba por ti, le decía que no volviera a mencionarte.
Hizo una pausa.
—Me convencí de que algún día regresarías pidiendo perdón.
Sentí un nudo en la garganta.
—Yo nunca tuve nada por lo que pedir perdón, papá.
Él asintió lentamente.
—Lo sé ahora.
Pero antes de que pudiera continuar, el teléfono del abogado vibró.
Leyó el mensaje y su expresión cambió.
—Acabo de recibir una notificación. Los investigadores han localizado otra cuenta vinculada a Margaret y Richard. Hay una transferencia programada para mañana por la mañana.
—¿De cuánto? —pregunté.
El abogado levantó los ojos.
—De 2,4 millones de dólares.
Mi misma cantidad.
La cantidad que yo había utilizado siete años atrás para salvar la empresa.
—¿A dónde iba ese dinero? —preguntó Clare.
El abogado tragó saliva.
—A una sociedad registrada en el extranjero. Y según los documentos preliminares, la operación estaba diseñada para vaciar las cuentas de la compañía antes de que pudiera completarse la auditoría.
Mi padre se desplomó en una silla.
Margaret intentó acercarse a él, pero Gerald levantó la mano para detenerla.
—No vuelvas a tocarme.
Richard aprovechó la confusión para dirigirse hacia la salida.
Sin embargo, el abogado lo detuvo con una última frase:
—Señor Hail, hay algo que debería saber. La cuenta que recibirá esos 2,4 millones está vinculada a una empresa cuya beneficiaria final no es Margaret.
Richard se quedó helado.
—¿Qué?
El abogado miró directamente hacia mí.
—Es una sociedad que fue creada utilizando documentos de identidad pertenecientes a Evelyn Ulette.
Sentí que la sangre se me helaba.
Alguien había utilizado mi nombre para preparar una operación financiera que yo jamás había autorizado.
Y si aquella transferencia se completaba, podrían intentar responsabilizarme de todo.
Miré a Richard, luego a Margaret y finalmente a mi padre.
Ya no se trataba de recuperar una deuda ni de salvar una empresa.
Ahora alguien estaba intentando destruir mi reputación y mi carrera militar.
Y yo estaba decidida a descubrir quién había firmado realmente aquellos documentos.