Capítulo 3: El dinero de mi hija había desaparecido
Capítulo 3: El dinero de mi hija había desaparecido
Julien seguía hablando por teléfono cuando Monique comenzó a ponerse nerviosa.
—¡Cuelga inmediatamente! ¡No vas a denunciar a tu propia madre por ayudar a tu hermana!
Pero Julien ni siquiera la miró.
—Ya no tienes derecho a entrar en esta casa. Y mucho menos a decidir qué hacemos con nuestras pertenencias.
Yo sostenía a Louise entre mis brazos, intentando mantener la calma. Mi pequeña dormía tranquilamente, ajena a todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor.
Entonces recordé algo.
La libreta bancaria que habíamos guardado en el cajón de la cómoda no era una libreta cualquiera. Mis padres habían abierto una cuenta de ahorro para Louise cuando todavía estaba embarazada. Cada mes ingresaban dinero para su futuro: sus estudios, sus primeras necesidades y todo aquello que pudiera necesitar al crecer.
Me acerqué al cajón.
Estaba vacío.
—Julien… la cuenta de Louise.
Él se volvió inmediatamente.
—¿Qué pasa?
—La libreta bancaria. No está.
Monique cruzó los brazos.
—No sé de qué estás hablando.
—¡La acabamos de ver en la grabación! —respondí—. La sacaste del cajón y te la llevaste en el bolso.
Por primera vez, mi suegra no encontró una respuesta inmediata.
Julien abrió la aplicación bancaria desde su teléfono y revisó los movimientos de la cuenta. Como titular autorizado, podía consultar todas las operaciones.
De pronto, su expresión cambió.
—No puede ser…
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Me mostró la pantalla.
Había varias retiradas de dinero que no reconocíamos. La primera se había realizado tres días antes. La segunda, al día siguiente. Y la última, aquella misma mañana.
El total ascendía a 4.800 euros.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Han sacado todo ese dinero de la cuenta de nuestra hija?
Julien levantó lentamente la mirada hacia su madre.
—¿Qué has hecho con los 4.800 euros?
Monique comenzó a tartamudear.
—Yo… Sophie necesitaba pagar algunas facturas. Era una emergencia.
—¡Ese dinero pertenecía a Louise! —gritó Julien.
—¡Es tu hermana! ¡No podía dejarla en la calle!
—¿Y nuestra hija? ¿Acaso no importa?
Monique levantó la voz.
—¡Vosotros tenéis trabajo! ¡Podéis volver a ganar dinero! Sophie está sola y necesita ayuda. Además, cuando Louise crezca, ni siquiera recordará ese dinero.
No podía creer tanta crueldad.
Me acerqué a ella con Louise en brazos.
—Ese dinero era para el futuro de nuestra hija. No era tuyo, ni de Sophie, ni de nadie más. ¿Cómo pudiste hacerlo?
Monique me miró con desprecio.
—Desde que te casaste con mi hijo, siempre has querido separar a Julien de su familia. Ahora utilizas a la niña para conseguirlo.
Julien dio un paso adelante.
—No vuelvas a hablarle así a mi esposa.
En ese momento, su teléfono recibió una notificación.
Era un mensaje de Sophie.
«Mamá, dile a Julien que no se preocupe. Ya he utilizado parte del dinero para pagar la fianza del nuevo apartamento. El resto lo guardaré para los muebles. Espero que no tarde en firmar los documentos».
Julien leyó el mensaje en voz alta.
Monique palideció.
—¿Qué documentos? —pregunté.
Mi marido abrió la conversación completa y comenzó a desplazarse hacia arriba.
Entonces descubrimos que no se trataba únicamente de una mudanza.
Durante las últimas semanas, Sophie y Monique habían estado hablando de conseguir que Julien firmara unos documentos para utilizar nuestra vivienda como garantía de un préstamo.
Y lo peor era que habían preparado una explicación para convencerlo.
Sophie había escrito:
«Si conseguimos que firme antes de que vuelva del hospital, será mucho más fácil. Está agotado y no tendrá ganas de leer todos los papeles».
Me quedé helada.
Habían aprovechado precisamente los días en los que yo estaba ingresada después de una hemorragia grave y Julien estaba preocupado por nuestra hija para intentar apropiarse de nuestra vivienda.
—¿Ibas a utilizar nuestra casa para conseguir dinero? —preguntó Julien.
Monique empezó a llorar.
Pero aquellas lágrimas ya no me provocaban compasión.
—Solo queríamos ayudar a Sophie. Ella tiene una niña pequeña. Tú deberías entenderlo.
—¡Yo también tengo una niña pequeña! —respondió Julien—. ¡Y acabas de robarle!
De repente, sonó el timbre.
Julien abrió la puerta.
Era mi padre.
Había venido porque no había conseguido comunicarse conmigo y estaba preocupado por cómo nos encontrábamos después del alta hospitalaria.
Al entrar, vio el hueco donde antes estaba la cómoda que él mismo había restaurado.
Su rostro se endureció.
—¿Dónde está el mueble de Louise?
No pude contener las lágrimas.
—Monique se lo llevó. También vendió el cochecito y se llevó el dinero de la cuenta de la niña.
Mi padre permaneció en silencio unos segundos.
Después sacó su teléfono y mostró una fotografía.
—Entonces hay algo que debéis saber. Esta mañana recibí una llamada de una tienda de compraventa. Alguien había intentado vender la cómoda y presentó un documento afirmando que era su propietaria.
Julien frunció el ceño.
—¿Y qué hiciste?
Mi padre amplió la fotografía.
En ella aparecía una factura antigua de restauración y un documento de propiedad que demostraba que la cómoda pertenecía a nuestra familia.
Pero entonces señaló otro papel que aparecía detrás.
—La tienda me envió una copia de los documentos que presentó esa mujer. Y hay algo bastante extraño…
Me acerqué para mirar.
Era una autorización con la firma de Julien.
Una firma que él jamás había puesto.
Mi marido se quedó completamente pálido.
—Esa firma es falsa.
Monique comenzó a retroceder hacia la puerta.
Y justo cuando mi padre estaba a punto de explicar cómo había conseguido aquella documentación, Julien recibió una llamada de un número desconocido.
Contestó.
Una voz masculina preguntó:
—¿Es usted Julien? Necesitamos hablar urgentemente sobre los documentos de su vivienda. Su madre y su hermana han presentado una solicitud utilizando sus datos personales.
Julien cerró los ojos.
La pesadilla acababa de hacerse mucho más grande.
Porque ya no estábamos hablando solamente de muebles robados o de dinero desaparecido. Alguien había intentado poner nuestra propia casa en peligro utilizando una firma falsificada.