Parte 2: El jefe de la mafia me ofreció protección, pero lo que descubrí sobre la muerte de mis gemelos fue mucho más aterrador
Parte 2: El jefe de la mafia me ofreció protección, pero lo que descubrí sobre la muerte de mis gemelos fue mucho más aterrador
—¿Qué significa que no puedo volver a casa? —pregunté, intentando mantener la voz firme.
Dominic Walker no respondió inmediatamente.
Miró a su hija, que dormía tranquilamente entre sus brazos. Después hizo un gesto a sus guardaespaldas.
—Déjennos solos.
Los tres hombres intercambiaron miradas.
—Señor Walker…
—He dicho que nos dejen solos.
Obedecieron.
Cuando la puerta se cerró, Dominic se levantó y se acercó a mí.
—Emily, necesito que entiendas algo. No eres mi prisionera. Pero desde el momento en que alimentaste a mi hija, te convertiste en alguien que mis enemigos podrían utilizar para hacerme daño.
Solté una risa nerviosa.
—¿Tus enemigos? Ni siquiera te conozco. Soy una mujer que perdió a su esposo y a sus dos bebés. Trabajo en una cafetería y apenas consigo pagar el alquiler. No tengo absolutamente nada que ver con tu mundo.
Su mandíbula se tensó.
—Precisamente por eso no quiero que te acerques a él.
—Entonces déjame bajar del avión cuando aterricemos.
Dominic bajó la mirada hacia su hija.
—Ojalá fuera tan sencillo.
Sentí que el estómago se me encogía.
—¿Qué ha pasado?
Se sentó frente a mí y, por primera vez, comenzó a hablar sin aquella autoridad intimidante que todos parecían temer.
—Mi esposa murió hace seis días.
Me quedé inmóvil.
—Lo siento.
—Mi hija nació prematuramente. Desde que su madre falleció, ha rechazado prácticamente todos los biberones. Hemos contratado especialistas, enfermeras y médicos privados. Nada ha funcionado.
Miró a la pequeña.
—Hoy, durante el vuelo, dejó de llorar. Pensé que estaba perdiendo las fuerzas.
Su voz se quebró ligeramente.
—Creí que también iba a perderla.
No supe qué responder.
Había algo profundamente triste en aquel hombre. Pero eso no borraba el hecho de que acababa de decirme que no podía regresar a mi casa.
—Dominic, haber ayudado a tu hija no significa que te pertenezca.
Él levantó inmediatamente la mirada.
—Lo sé.
Entonces sacó su teléfono y me mostró una fotografía.
Era una imagen tomada en el interior de mi apartamento.
Reconocí el sofá, la pequeña mesa junto a la ventana y la puerta de la habitación infantil.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—¿Cómo conseguiste esto?
Dominic deslizó el dedo por la pantalla.
Había otra fotografía.
Yo saliendo de la cafetería donde trabajaba.
Y otra más.
Mi edificio.
—Alguien ha estado vigilándote durante tres semanas —explicó—. Antes de que nos conociéramos.
—¿Por qué?
Dominic guardó silencio unos segundos.
—Porque mi esposa tenía un secreto. Y ese secreto está relacionado contigo.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué secreto?
Él abrió un compartimento del asiento y sacó un sobre blanco.
En el frente aparecía escrito un nombre.
Emily Carter.
Mi nombre.
Lo tomé con manos temblorosas.
Dentro había una fotografía de una mujer embarazada, una copia de un documento hospitalario y una nota escrita a mano.
Reconocí inmediatamente a la mujer.
Era Victoria, la esposa de Dominic.
Nunca la había conocido personalmente, pero había visto su fotografía en algunas revistas.
Leí la primera línea de la nota.
«Si alguna vez encuentras a Emily Carter, no permitas que vuelva a pasar por lo que le hicieron a sus hijos».
Levanté la cabeza.
—¿Qué significa esto?
Dominic se inclinó hacia delante.
—Mi esposa estaba investigando una red ilegal que operaba dentro de varias clínicas privadas. Descubrió que algunas familias habían recibido información falsa sobre la muerte de sus recién nacidos.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—No…
Él me observó con atención.
—¿Dónde nacieron tus gemelos?
Le dije el nombre del hospital de Chicago.
Dominic cerró los ojos durante un instante.
Después sacó otro documento.
Era un informe médico con dos nombres.
Mis hijos.
Mis pequeños Noah y Liam.
Los mismos nombres que había elegido junto a mi esposo cuando todavía creíamos que tendríamos una vida entera por delante.
Mis manos comenzaron a temblar.
—¿De dónde has sacado esto?
—Victoria lo encontró hace dos meses.
—¡Eso es imposible! Mis hijos murieron al nacer.
Dominic no apartó la mirada.
—Eso es lo que te dijeron.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando.
Me entregó el documento.
En una de las páginas aparecía una anotación que no había visto jamás.
Traslado neonatal: dos recién nacidos. Destino: unidad externa de cuidados especializados.
Debajo figuraba una firma ilegible.
Me tapé la boca.
—Yo vi a mis bebés…
—Viste dos cuerpos, Emily. Pero el informe original indica que ambos presentaban signos vitales después del parto.
Negué con la cabeza repetidamente.
—No. El médico me dijo que no habían sobrevivido. Mi esposo estaba conmigo. Nos dejaron despedirnos…
—Lo sé.
—¡No sabes nada!
Mi voz resonó por toda la cabina.
Dominic aceptó mi reacción sin defenderse.
Después dijo algo que me hizo detenerme.
—Victoria descubrió que el médico que firmó tu certificado de defunción neonatal había desaparecido hace tres semanas. Y la noche anterior a su muerte, me llamó para decirme que había encontrado a una mujer que podía estar relacionada con aquel caso.
—¿Esa mujer soy yo?
—Sí.
Me quedé mirando los documentos.
Durante tres meses había vivido convencida de que mi vida había terminado el día que perdí a mis hijos.
Había vendido sus cunas.
Había guardado sus mantas.
Había dejado de responder a las llamadas de mis amigas porque no soportaba escuchar a nadie decirme que algún día volvería a ser feliz.
Y ahora un desconocido me estaba diciendo que quizá todo había sido una mentira.
—Quiero bajar del avión —susurré.
Dominic asintió lentamente.
—Cuando aterricemos, podrás decidir qué hacer. Pero primero necesito enseñarte algo.
Sacó una tableta y abrió un archivo de video.
La imagen mostraba una habitación de hospital.
Una mujer sostenía a dos recién nacidos envueltos en mantas blancas.
No podía distinguir sus rostros con claridad.
Pero entonces escuché una voz.
Una voz que reconocería incluso después de cien años.
Era mi esposo.
Michael.
—Son preciosos, Victoria. Emily tiene que saber que están vivos.
Me llevé ambas manos a la boca.
Michael había muerto en un accidente de carretera apenas unas semanas después del nacimiento de nuestros hijos.
Siempre había pensado que aquella tragedia había sido una coincidencia cruel.
Pero en el video aparecía junto a Victoria, hablando de mis bebés.
La grabación terminó.
Miré a Dominic con lágrimas recorriendo mis mejillas.
—¿Qué le pasó a mi esposo?
Dominic apagó la pantalla.
Su rostro se endureció.
—Eso es lo que todavía estoy intentando averiguar.
En ese instante, uno de los guardaespaldas entró apresuradamente.
—Señor Walker, tenemos un problema.
Dominic se levantó.
—¿Qué ocurre?
El hombre miró hacia mí antes de responder.
—Alguien ha accedido al sistema de comunicaciones del avión. Han enviado un mensaje desde nuestra propia red.
—¿Qué mensaje?
El guardaespaldas tragó saliva.
—Una advertencia.
Dominic extendió la mano y recibió su teléfono.
Leyó el mensaje.
Por primera vez desde que lo había conocido, vi miedo auténtico en sus ojos.
Después se volvió hacia mí.
—Emily, necesito que escuches con mucha atención. La persona que organizó el traslado de tus hijos sabe que estás conmigo.
—¿Quién es?
Dominic apretó el teléfono.
—Mi propio hermano.
Y antes de que pudiera hacer otra pregunta, la pequeña comenzó a llorar nuevamente.
Esta vez, Dominic no intentó calmarla con el biberón.
Me miró y pronunció una frase que hizo que todo mi mundo volviera a derrumbarse:
—Emily, hay algo que Victoria nunca llegó a contarme. Uno de tus hijos podría estar viviendo en mi propia casa.
Y si eso era cierto, alguien llevaba meses ocultándome que uno de mis bebés estaba mucho más cerca de mí de lo que jamás habría imaginado.