PARTE 6: LA HEREDERA RECHAZÓ A SU PROMETIDO PARA CASARSE CON UN PEÓN… Y NADIE LO SABÍA – News

PARTE 6: LA HEREDERA RECHAZÓ A SU PROMETIDO PARA CASARSE CON UN PEÓN… Y NADIE LO SABÍA

PARTE 6: LA HEREDERA RECHAZÓ A SU PROMETIDO PARA CASARSE CON UN PEÓN… Y NADIE LO SABÍA

El eco de los abucheos todavía rebotaba en las frías paredes del Registro Civil cuando el salón finalmente quedó casi vacío. Victoria permanecía de pie, inamovible como una estatua de sal. El vestido blanco, que apenas unas horas antes simbolizaba su liberación, ahora pesaba como una mortaja. Federico no tardó en acercarse, moviéndose con la suavidad depredadora de un buitre que ha olido la sangre.

“No mientas tú también”, le advirtió Victoria sin mirarlo, sintiendo cómo el estómago se le revolvía ante su presencia. “Hoy no, Federico. No tengo fuerzas para tus juegos”.

Él esbozó una sonrisa de falsa compasión, colocándose frente a ella. “Al contrario, mi amor. Te traigo una buena noticia. Mi familia ha visto la humillación que acabas de sufrir y don Ernesto tiene un corazón compasivo. Te da dos años más para pagar la deuda íntegra”.

Victoria levantó la mirada, por fin, sus ojos ardiendo con una mezcla de suspicacia y agotamiento. “¿A cambio de qué?”. Nada en esta vida era gratis, mucho menos la compasión de la orilla de enfrente.

Federico chasqueó los dedos y un abogado trajeado salió de entre las sombras de los asientos traseros, abriendo un maletín de cuero. “Una firma, Victoria. Solo una. El 51% de Las Retamas pasa a manos de mi bodega. Una fusión administrativa. Conservas tu casa, salvas tu honor y a tu gente”.

“¿Es eso o mañana el banco cierra el portón, verdad?”, preguntó ella, mirando los papeles que el abogado extendía sobre la mesa del juez.

“Hija, firme aquí, aquí y aquí, señorita”, indicó el abogado, pasándole una pluma fuente de oro.

“Mi padre plantó esa viña con sus propias manos”, susurró Victoria, sintiendo que estaba a punto de traicionar su memoria.

Ramiro, que había presenciado la escena desde la puerta, corrió hacia ella con el rostro pálido. “¡Patrona, no lo haga! ¡No firme! ¡No lo haga por nosotros, preferimos morirnos de hambre antes que verla arrodillada ante este infeliz!”.

Victoria tomó la pluma. Su mano no temblaba. Miró a Ramiro con una ternura infinita, recordando la tormenta de la noche anterior, recordando la promesa rota del hombre que acababa de salir por esa misma puerta. “Lo hago por ustedes, Ramiro. Precisamente por eso. No voy a permitir que sesenta familias paguen el precio del orgullo de mi familia… ni de mi corazón roto”.

Y con un trazo rápido y decisivo, firmó. Regaló la mitad del legado de su padre al enemigo.

“Bienvenida a la familia de la otra orilla, Victoria”, celebró Federico, aplaudiendo lentamente.

Doña Amalia, que había observado todo desde la primera fila, se acercó a su hija. Su rostro irradiaba una satisfacción enfermiza. “Por fin algo sale como debe en esta casa. Ahora Las Retamas volverá a ser lo que era”.

Victoria se giró hacia su madre y su nuevo socio mayoritario, destilando veneno en cada palabra. “La parcela del cerro no la tocas mientras yo viva, Federico. Esa tierra es mía”.

Federico recogió los contratos firmados, besándolos con burla. “Ya veremos, socia. Ya veremos”.

Horas más tarde, en la hacienda de Federico, el ambiente era de victoria total. Su hermano menor contaba los números en la pantalla de su celular con fascinación morbosa. “Un millón de reproducciones. El peón ya es más famoso que nosotros por dejarla plantada. Y la orilla de enfrente, por fin es nuestra”.

Federico se sirvió un vaso de whisky, contemplando el paisaje a través de su ventanal. “Y si algún día el peón decide abrir la boca y hablar de lo que pasó hoy o hace ocho años… un hombre que ya confesó en público que cobró para huir, un ratero comprobado, no tiene nada más que decir. Nadie le va a creer una sola palabra”.

Sin embargo, el triunfo tenía un sabor agridulce que Federico apenas estaba descubriendo. Su teléfono sonó; era don Ernesto. Tras una breve llamada, la sonrisa de Federico se borró.

“Esa vieja arpía…”, murmuró Federico, apretando el vaso.

“¿Qué pasa?”, preguntó su hermano.

“La patrona firmó la fusión. Perdió la mitad de la finca igual, pero… la deuda no se cancela ni se congela del todo. Doña Amalia arregló todo por debajo de la mesa. Me juraron que la deuda era para acorralar a Victoria, pero la vieja me usó. Me usó para quebrarla ella misma y asegurarse de que el 49% restante siga bajo su control absoluto. Nos entregó la finca para salvar su propio pellejo y seguir mandando”.

Mientras la conspiración se revelaba entre los ricos, en los cuartos de los peones, Tomás arrojaba sus pocas pertenencias dentro de un costal de lona gastado. Estaba empacando para irse, cumpliendo su parte del trato maldito.

Ramiro entró como un huracán, pateando la puerta de madera. “Te vas como un perro, hermano. Igual que hace ocho años”.

“Esta vez me voy sabiendo por qué, Ramiro”, respondió Tomás sin mirarlo, atando el nudo del costal. “Salvé la finca. Salvé tu trabajo”.

“¡Eres un idiota, Tomás!”, estalló Ramiro, empujándolo del hombro. “¡Te engañaron! ¡Te engañaron a ti también! La patrona firmó la maldita fusión en el registro. Le entregó el 51% a Federico para salvar el trabajo de todos. Perdió la mitad de la finca igual. Don Ernesto y esa víbora de doña Amalia jugaron contigo. Jugaron con los dos”.

Tomás se quedó paralizado. El costal cayó de sus manos, levantando una pequeña nube de polvo. El sacrificio había sido en vano. Se había destruido a sí mismo, había destruido a Victoria, y los buitres seguían devorando Las Retamas.

La resignación en los ojos de Tomás se transformó en algo mucho más peligroso: una furia fría, calculada y letal. La respiración se le aceleró. “Si me quedo”, murmuró Tomás, con la mandíbula tensa, “ella no me deja acercarme a cien metros después de lo que le hice”.

“Entonces, quédate y pelea, cobarde”, le exigió Ramiro.

Tomás asintió lentamente. “Dale la carta hoy mismo, Ramiro. Voy a buscar las pruebas que esta familia escondió durante ocho años. Voy a arrancarles la máscara a todos”.

La tarde caía como una losa sobre Las Retamas. Victoria estaba en su despacho, sentada en la oscuridad, con la mirada vacía fija en la pared. La puerta crujió y Ramiro entró con cautela, sosteniendo un sobre arrugado y manchado de tierra.

“Patrona…”, murmuró el peón. “Esto es de Tomás. Me pidió que se la diera hoy”.

Victoria miró el papel como si estuviera empapado en ácido. El dolor en su pecho era tan agudo que apenas le permitía respirar. “Quémala, Ramiro”.

“Pero patrona…”

“¡Quémela usted si quiere!”, gritó ella, poniéndose de pie con los ojos llenos de lágrimas de rabia. “Yo ya le fallé una vez a mi padre por creer en él. No voy a leer sus excusas. Llévatela”.

Ramiro tragó saliva, pero en lugar de irse, dejó la carta sobre la esquina del escritorio de caoba y retrocedió, negándose a ser el verdugo de la última esperanza de su amigo.

Justo cuando Ramiro salía, Chela entró al despacho. Llevaba las manos entrelazadas sobre su delantal y caminaba con una pesadez que no era propia de sus años, como si cargara el peso de un siglo de secretos.

“Niña”, llamó Chela con voz suave pero firme. “Siéntate”.

“Hoy no, Chela. Te lo suplico”, suspiró Victoria, dejándose caer en la silla y cubriéndose el rostro con las manos. “Hoy ya no puedo con nada más. Perdí la mitad de todo. Lo perdí a él. Perdí mi dignidad”.

“Hoy, precisamente, mañana esta casa ya no es solo tuya”, sentenció el ama de llaves, acercándose al escritorio. Con manos temblorosas, Chela sacó de su bolsillo un objeto de hierro forjado, pesado y oxidado, y lo dejó caer sobre la madera pulida. El sonido metálico resonó en la habitación oscura. “Tengo que darte algo que tu padre me dejó hace ocho años, antes de morir”.

Victoria separó las manos de su rostro y miró el objeto. Era una llave antigua, de un diseño complejo que nunca había visto en ninguna puerta de la hacienda.

“¿Qué abre esta llave, Chela?”, preguntó, sintiendo un escalofrío recorrerle la espina dorsal.

“El cofre de tu padre”, respondió Chela, con la voz apenas como un hilo. “Está escondido en la bodega de piedra. Allá abajo, detrás de la barrica más vieja, en el túnel que clausuraron”. Chela dio un paso atrás, persignándose rápidamente. “Yo no bajo contigo, mi niña. No me da el corazón para ver los fantasmas que tu padre dejó enterrados ahí”.

Victoria tomó la llave. Estaba fría, pero parecía latir en la palma de su mano. La respuesta a todas las mentiras de Las Retamas estaba esperando en la oscuridad, justo debajo de sus pies.

¿Te gustaría que continúe con la séptima parte, donde Victoria baja a la bodega de piedra y descubre el secreto que cambiará para siempre su historia y la de Las Retamas?

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Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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