Capítulo 5: El regalo que Alice nunca olvidaría – News

Capítulo 5: El regalo que Alice nunca olvidaría

Capítulo 5: El regalo que Alice nunca olvidaría

Capítulo 5: El regalo que Alice nunca olvidaría

Las semanas siguientes fueron una montaña rusa.

Alice tuvo días buenos y días difíciles. Hubo mañanas en las que quería levantarse y jugar, y otras en las que apenas podía abrir los ojos.

Pero algo había cambiado.

Los médicos estaban viendo una respuesta positiva al tratamiento.

Cada revisión traía un poco más de esperanza.

Un día, el oncólogo entró en la habitación con su bata habitual. Esta vez no llevaba capa de Superman.

Alice lo miró y frunció el ceño.

—Doctor, ¿dónde está su traje?

Él sonrió.

—Creo que ya no lo necesito.

—¿Por qué?

Se acercó a su cama y revisó los resultados.

—Porque hoy tengo algo mucho mejor que un disfraz.

Alice levantó las cejas.

—¿Qué?

El médico giró la pantalla hacia nosotros.

Las imágenes mostraban el tumor antes del tratamiento y después de varias semanas.

La diferencia era evidente.

Había disminuido considerablemente.

Me llevé una mano a la boca.

—¿Eso significa…?

El médico asintió.

—Significa que Alice está respondiendo muy bien.

Alice no entendía completamente lo que estaba viendo.

—Entonces, ¿el cáncer está perdiendo?

El oncólogo se arrodilló junto a ella.

—Estamos consiguiendo que retroceda.

Alice levantó el puño.

—¡Superman gana!

Todos nos reímos.

Pero el médico añadió algo importante.

—Todavía tenemos que continuar con el tratamiento y hacer controles. No podemos decir que todo haya terminado todavía.

Alice asintió con una seriedad que me sorprendió.

—Entonces seguimos luchando.

—Exactamente.

Meses después, llegó el día de otra revisión.

Esta vez, Alice entró en la sala caminando por sí misma.

Ya no necesitaba que la llevara en brazos.

Llevaba su camiseta favorita de superhéroes y una pequeña pulsera plateada llena de dijes.

Cuando salieron los resultados, el médico entró acompañado de varias enfermeras.

Todos sonreían.

Alice los miró.

—¿Por qué están todos aquí?

El oncólogo se sentó frente a ella.

—Porque tenemos una noticia.

Alice me tomó la mano.

—¿Buena?

—Muy buena.

Le mostró las imágenes.

—Ya no encontramos señales activas del tumor.

Alice miró la pantalla.

—¿Entonces ganamos?

El médico sonrió.

—Hoy podemos celebrar una remisión completa.

No entendí inmediatamente sus palabras.

—¿Remisión completa?

Él asintió.

—No significa que podamos olvidar los controles ni garantizar el futuro. Pero en este momento, no encontramos evidencia de enfermedad activa.

Me quebré.

Abracé a Alice con todas mis fuerzas.

Ella comenzó a llorar.

No eran lágrimas de miedo.

Eran lágrimas de alivio.

Las enfermeras aplaudieron.

Y entonces alguien abrió la puerta.

Era Sarah.

Había vuelto.

Llevaba aquella misma caja roja.

Alice corrió hacia ella.

—¡Sarah!

Sarah se agachó y la abrazó.

—Hola, superheroína.

Alice levantó su pulsera.

—Mira. Todos están aquí.

Sarah sonrió.

—Todos.

Después sacó algo de la caja.

Era la pequeña figura de Superman que le había regalado el día de su cumpleaños.

Alice la tomó.

—Pensé que era un regalo para mí.

—Lo era.

—¿Entonces por qué la trajiste?

Sarah señaló al oncólogo.

—Porque ahora tienes que devolvérsela.

Alice se quedó confundida.

El médico se acercó.

—Es tradición.

—¿Qué tradición?

—Cada niño que termina su tratamiento puede dejar su figura favorita para el siguiente niño que necesite esperanza.

Alice miró a Superman.

Durante unos segundos pareció no querer soltarlo.

Después sonrió.

—Entonces quiero dejarlo.

Lo colocó sobre una pequeña estantería de la sala de oncología.

Junto a él había decenas de figuras dejadas por otros niños.

Alice se quedó mirando aquella colección.

—¿Puedo escribir algo?

La enfermera le entregó un papel.

Alice escribió lentamente:

“No tienes que ser valiente todos los días. Solo tienes que seguir adelante.”

Lo pegó debajo de Superman.

Yo lloré al leerlo.

Porque sabía exactamente cuánto le había costado aprender aquello.

Antes de salir del hospital, Alice me tomó de la mano.

—Mamá.

—¿Sí?

—¿Papá sabía que yo iba a ser una superheroína?

Sonreí entre lágrimas.

—Creo que sí.

Alice miró al cielo a través de la ventana.

—Entonces dile que gané.

La abracé.

—Se lo diré.

Aquella noche, guardé la vieja carta de Daniel junto a las fotografías de Alice.

Durante mucho tiempo había pensado que su muerte había sido el final de nuestra historia.

Ahora sabía que no.

Había dejado algo detrás.

No una fortuna.

No una casa.

No un objeto valioso.

Había dejado una posibilidad.

Y las personas que conocieron a Alice la convirtieron en una oportunidad.

Años después, Alice todavía conserva su pulsera.

Y cada cumpleaños vuelve al hospital.

No para recibir regalos.

Para llevarlos.

La primera vez que volvió, encontró a una niña pequeña sentada junto a una cama, abrazando una figura de Superman.

Alice se acercó y le dijo:

—¿Sabes algo?

La niña negó con la cabeza.

Alice sonrió.

—Los superhéroes también tienen días malos.

La niña la miró.

—¿Entonces cómo ganan?

Alice señaló la estantería.

—No ganan solos.

Y mientras las dos miraban aquella colección de figuras, entendí finalmente el verdadero regalo que mi hija había recibido aquel cumpleaños.

No era el disfraz de Superman.

No era el dinero.

Ni siquiera era el tratamiento.

Era descubrir que, incluso en el momento más oscuro de su vida, había un ejército entero de personas dispuestas a luchar a su lado.

Y desde entonces, cada vez que alguien le pregunta a Alice quién fue su superhéroe favorito, ella responde siempre lo mismo:

“Los que se quedaron.”FIN

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Related Articles