Capítulo 2: Bajó los escalones
Capítulo 2: Bajó los escalones
Travis bajó los escalones.
No rápido. No como quien hace un espectáculo. Como quien cruza un patio que conoce de memoria y aun así mira dónde pisa.
La mano en la barandilla. Un escalón. Otro. La mandíbula apretada, esa que solo le he visto dos veces en nueve años: el día que nació Mason y le dijeron que podía entrar a vernos, y la noche que se murió su madre y tuvo que llamar a su hermano para decírselo.
Las cosas difíciles, en Travis, bajan por la mandíbula antes de llegar a la boca.
Kaylee ya estaba en el centro de la cancha con papá. Ya le había entregado la rosa roja. El fotógrafo del anuario ya había hecho la foto de los dos: ella, con su uniforme y la banda de último año; él, con su chaqueta beige y la rosa en la mano del bastón, mirando a la cámara como se mira a un toro: de frente y sin fiarse.
Y entonces mi hija vio a Travis cruzando la cancha.
El locutor no dijo nada. Nadie dijo nada. El gimnasio entero contuvo el aire mientras mi marido caminaba hasta su hijastra, se quitaba el chaleco de forro polar —se lo quitó, sin saber qué hacer con las manos, y se lo dejó colgando del brazo— y se plantaba delante de ella.
—Kay —dijo, y se le oyó en medio gimnasio porque los hombres de campo no saben hablar flojo cuando están nerviosos—. Lo del martes no era verdad.
Mi hija lo miró sin soltar el brazo de papá.
—Dije que ese recorrido era para los padres de verdad —siguió Travis—. Y me he pasado dos días en el cobertizo, entre las semillas, averiguando por qué lo dije. —Respiró—. Lo dije porque llevo nueve años esperando que tu padre vuelva un día y te diga que yo te robé su sitio. Y pensé que si yo no estaba en esa foto, nadie podría odiarla después. Ni tú. Ni él. Ni yo.
La grada visitante dejó de aplaudir. La local ni siquiera respiraba.
—Pero resulta que tu padre no ha vuelto —dijo Travis—. Y resulta que la que me lo pidió fuiste tú. Y resulta que llevo desde el martes sin dormir porque mi hija me pidió una cosa por primera vez en su vida, directamente, como pregunta ella las cosas, y yo le dije que no por miedo.
Se le quebró la voz en la última palabra. Travis. En mitad de una cancha de baloncesto.
—Si todavía quieres —dijo—, camino la vuelta contigo. No la ida. La ida era de tu abuelo y se la ha ganado ordeñando cincuenta y un años para estar hoy aquí con su bastón. La vuelta, si me la das, la hago yo.
Kaylee miró a papá.
Papá, que no había levantado la vista en todo el recorrido, la levantó entonces. Miró a Travis. Miró a su nieta. Y asintió una sola vez, como asienten los hombres que han transportado leche juntos cuarenta inviernos: sin ceremonia.
—Sujétale el otro brazo, muchacho —dijo—. Que yo hoy ya he hecho mi parte de camino.
Kaylee tomó el brazo de Travis.
Y el gimnasio se puso de pie por segunda vez.
La vuelta fue más lenta que la ida, porque iban tres y porque mi hija, a mitad de cancha, se detuvo un segundo y le dijo algo a Travis que nadie oyó. Él asintió. Ella asintió. Y siguieron caminando, bastón, paso, paso, con la rosa roja en la mano de mi padre y mi marido al otro lado, con el chaleco colgando y la mandíbula por fin quieta.
Después, Kaylee jugó el partido de su vida.
No lo digo como madre. Lo digo con los números en la mano: once remates, cuatro bloqueos, y el punto final del quinto set, que colocó justo en la esquina donde llevaba todo el año fallándolo. Travis se levantó en cada punto. Travis, que en nueve años de grada jamás ha gritado más alto que un «eso es» con la boca pequeña, se desgañitó como un estudiante.
Papá vio todo el partido con la rosa en el bolsillo de la chaqueta, como quien guarda un cheque.
En el aparcamiento, ya de noche, Kaylee se subió a la camioneta y, antes de que Travis arrancara, le dijo lo que le había dicho en mitad de la cancha. Me lo contó ella misma después, en la cocina, mientras yo hacía chocolate:
—Le dije: «Te lo pedí a ti primero, Travis. No porque no hubiera nadie más. Te lo pedí a ti primero porque eras tú».
Travis condujo hasta casa sin hablar. Al llegar, apagó el motor y se quedó con las manos en el volante.
—Nueve años llevándola a los entrenamientos —dijo, mirando al frente—. Y yo creyendo que eso no contaba como ser padre porque no lo ponía en un papel.
—No lo ponía en un papel —dije—. Lo ponía en una cancha.
Íbamos a entrar en casa cuando sonó mi teléfono.
Un número que no tenía guardado. Un número que no veía desde hacía seis años, pero que reconocí como se reconocen las cicatrices.
Contesté porque pensé que sería un error.
—¿Hola? —dije.
Al otro lado, un hombre respiró. Y luego habló, con una voz que mi hija no ha oído desde que tenía once años:
—He visto el vídeo de la ceremonia. Esa es mi hija. Y quiero hablar con ella.