Capítulo 2 — El hombre al que subestimaron
Capítulo 2 — El hombre al que subestimaron
Durante unos segundos, nadie se movió.
El gimnasio, que apenas un momento antes estaba lleno de risas y golpes contra los sacos, había quedado extrañamente silencioso.
Dustin miró a los cuatro hombres que rodeaban a Julian.
Después volvió a mirar la barba canosa del hombre frente a él.
—¿Force Recon? —se burló—. Claro. Y yo soy astronauta.
Algunos luchadores rieron.
Julian no respondió.
No necesitaba hacerlo.
Había aprendido muchos años atrás que la gente peligrosa no era necesariamente la que gritaba más fuerte.
A menudo era la que sabía cuándo permanecer en silencio.
El entrenador dio un paso adelante.
—Última oportunidad.
Julian miró al hombre.
—Ya me la diste.
Uno de los luchadores avanzó.
Era mucho más joven que Julian y probablemente pesaba unos treinta kilos más.
—Te voy a enseñar a respetar este lugar.
Julian inclinó ligeramente la cabeza.
—No quiero pelear contigo.
El hombre sonrió.
—Eso es lo primero inteligente que has dicho.
—Quiero que te apartes.
El luchador soltó una carcajada.
—¿Y si no?
Julian suspiró.
—Entonces tendrás que descubrirlo.
El hombre intentó agarrarlo.
Todo sucedió tan rápido que varios de los presentes ni siquiera entendieron lo que habían visto.
Julian giró el cuerpo, evitó el agarre y utilizó el propio impulso del luchador para desequilibrarlo.
El hombre cayó al suelo.
No hubo golpes innecesarios.
No hubo espectáculo.
Solo una maniobra limpia y controlada.
El silencio regresó.
El entrenador dejó de sonreír.
Dustin también.
—¿Qué demonios…?
Julian levantó la mirada.
—Te dije que no quería pelear.
El segundo luchador avanzó.
Esta vez, Julian ni siquiera esperó a que llegara hasta él.
Se desplazó hacia un costado y lo obligó a perder el equilibrio.
El tercero se detuvo.
El cuarto también.
Julian los observó.
—Pueden seguir intentando demostrar quién es más fuerte.
Señaló al hombre que estaba en el suelo.
—O pueden empezar a preguntarse por qué un hombre que parece fuera de lugar entró aquí sin miedo.
Nadie respondió.
Dustin apretó los dientes.
—¡Todos atrás!
Los hombres obedecieron.
Entonces Dustin entró en la zona abierta.
Se quitó la sudadera y la dejó caer al suelo.
—Yo me encargo.
El entrenador lo miró.
—Dustin…
—Es mi problema.
Julian lo observó durante unos segundos.
Dustin era rápido.
Eso podía verlo incluso sin analizar sus movimientos.
Pero también estaba furioso.
Y la furia hacía que un luchador perdiera algo mucho más importante que la fuerza.
El control.
Dustin levantó los puños.
—¿No eras tan valiente hace un minuto?
Julian mantuvo las manos abajo.
—No he venido a demostrar nada.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
—Por mi hija.
La sonrisa de Dustin desapareció.
—Ella no quiere que la protejas.
Julian dio un paso adelante.
—Eso es mentira.
Dustin parpadeó.
—¿Qué?
—Evelyn no te está protegiendo porque te ame.
La mandíbula de Dustin se tensó.
—No sabes nada de nuestra relación.
—Sé que está en urgencias.
Dustin se quedó inmóvil.
Julian continuó:
—Sé que tiene varias costillas fracturadas.
El rostro de Dustin cambió.
—Y sé que cuando los médicos le preguntaron qué ocurrió, dijo que se cayó por las escaleras.
El entrenador miró a Dustin.
Por primera vez, parecía comprender que aquella visita no era una amenaza vacía.
Julian dio otro paso.
—Pero también sé algo que tú todavía no sabes.
—¿Qué?
—Mi esposa trabaja en urgencias.
Dustin guardó silencio.
—Eleanor ha visto cientos de lesiones —continuó Julian—. Sabe distinguir una caída de una agresión.
El entrenador miró a Dustin.
—¿La golpeaste?
—No es asunto tuyo.
Julian respondió:
—Ahora sí lo es.
Dustin lanzó un golpe.
Julian se apartó.
No contraatacó.
Dustin volvió a intentarlo.
Julian volvió a esquivarlo.
La frustración de Dustin aumentó.
—¡Deja de huir!
—No estoy huyendo.
Dustin atacó otra vez.
Julian bloqueó el movimiento y lo hizo retroceder.
Dustin perdió el equilibrio durante un instante.
Julian podría haberlo derribado.
No lo hizo.
En cambio, se apartó.
—Eres un buen luchador.
Dustin respiraba con dificultad.
—¿Eso es todo?
—No.
Julian lo miró directamente.
—Eres un buen luchador que está usando sus habilidades para aterrorizar a una mujer que confió en ti.
La expresión de Dustin se endureció.
—Ella me pertenece.
Aquellas cuatro palabras cambiaron el ambiente.
Julian dejó de sonreír.
—Nadie pertenece a nadie.
El entrenador intervino.
—Dustin, basta.
Pero Dustin ya había perdido el control.
—¡Su padre cree que puede venir aquí y decirme cómo vivir!
Julian permaneció completamente quieto.
—No.
Su voz era baja.
—Vine a decirte que nunca vuelvas a acercarte a mi hija.
Dustin soltó una risa amarga.
—¿Y si lo hago?
Julian sostuvo su mirada.
—Entonces no tendrás que enfrentarte conmigo.
Dustin sonrió.
—¿Ah, no?
—Tendrás que responder ante la policía.
El gimnasio volvió a quedar en silencio.
Julian sacó lentamente su teléfono.
—Porque mientras ustedes estaban riéndose, yo estaba haciendo otra cosa.
Mostró la pantalla.
Había una fotografía de Evelyn en el hospital.
Después mostró varios mensajes.
Mensajes enviados por Dustin.
Amenazas.
Insultos.
Y uno especialmente preocupante.
«Si hablas con tus padres, ellos también lo pagarán.»
El entrenador palideció.
—¿De dónde sacaste eso?
—Evelyn me los dio antes de entrar en urgencias.
Dustin dio un paso atrás.
—Ella nunca haría eso.
Julian lo miró.
—Lo hizo.
Entonces se escuchó un sonido detrás de ellos.
La puerta del gimnasio se abrió.
Dos agentes entraron.
El entrenador levantó las manos.
Dustin se quedó completamente inmóvil.
Uno de los agentes miró a Julian.
—¿Señor Vance?
—Sí.
—Su esposa acaba de llamarnos.
Julian asintió.
—¿Cómo está mi hija?
El agente bajó la voz.
—Los médicos dicen que está estable.
Julian cerró los ojos durante un segundo.
Fue el primer momento en toda la noche en que pareció verdaderamente aliviado.
Pero el agente continuó:
—Sin embargo, Evelyn acaba de cambiar su declaración.
Julian abrió los ojos.
—¿Qué dijo?
El agente miró hacia Dustin.
—Dijo que no se cayó por las escaleras.
Dustin retrocedió.
—No.
El agente continuó:
—Y también dijo que hay otra persona involucrada.
Julian sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Quién?
El agente sacó una fotografía.
—Evelyn nos dio este nombre.
Julian miró la imagen.
Y reconoció inmediatamente al hombre que aparecía junto a Dustin en varias fotografías antiguas.
Royce Clark.
El tío de Dustin.
El hombre que llevaba años relacionado con las apuestas ilegales.
Pero había algo peor.
En la parte inferior de la fotografía aparecía una fecha.
Tres días antes del ataque.
Y detrás de Royce estaba Evelyn.
No parecía estar herida.
Parecía aterrorizada.
Julian levantó la mirada hacia Dustin.
—¿Qué le hiciste a mi hija?
Dustin no respondió.
Porque en ese momento su teléfono comenzó a sonar.
Miró la pantalla.
Su rostro perdió todo el color.
El nombre que aparecía era:
Royce.
Y el mensaje que llegó justo después decía:
«Tuviste una sola tarea. Ahora tenemos que ocuparnos del padre.»