Capítulo 4 — La trampa de Royce
Capítulo 4 — La trampa de Royce
Julian volvió a mirar la fotografía.
La puerta número 17.
Había pasado quince años sin pensar en aquel lugar.
Sin embargo, bastó una imagen para que recordara cada detalle.
Los pasillos.
Las salidas de emergencia.
Las cámaras.
Y, sobre todo, la razón por la que aquella instalación había sido construida.
—No podemos entrar sin saber cuántos hombres hay dentro —dijo uno de los agentes.
Julian asintió.
—Por eso no vamos a entrar directamente.
El agente lo miró.
—¿Qué propones?
Julian señaló el mapa que había encontrado en los documentos.
—Esta instalación tiene una entrada principal, dos salidas laterales y un antiguo acceso de servicio.
—¿Todavía funciona?
—No debería.
—¿Y si Royce lo conoce?
Julian negó lentamente con la cabeza.
—Royce conoce el edificio actual. Yo conozco cómo fue construido.
El agente entendió.
—Entonces podemos rodearlos.
Julian negó otra vez.
—No quiero una pelea.
El agente arqueó una ceja.
—¿Después de lo que hicieron a tu hija?
—Precisamente por eso.
Julian tomó aire.
—Quiero sacar a mi esposa de allí y entregar a Royce a las autoridades. Nada más.
Mientras los agentes organizaban el operativo, Julian llamó nuevamente a Evelyn.
—Cariño, necesito que escuches con atención.
—Sí.
—No salgas del hospital.
—Papá…
—Quédate con los médicos y no hables con nadie que no sea un agente.
—¿Y mamá?
—Voy a traerla de vuelta.
Evelyn comenzó a llorar.
—Ten cuidado.
—Lo tendré.
Colgó.
Una hora después, llegaron a la antigua instalación.
Las luces del edificio estaban apagadas.
Julian observó la estructura desde el vehículo.
Todo parecía abandonado.
Demasiado abandonado.
—Es una trampa —dijo.
—Lo sabemos.
—No.
Julian señaló las ventanas.
—Quieren que sepamos que es una trampa.
El agente lo miró.
—¿Por qué?
—Porque esperan que entre por la puerta principal.
Uno de los agentes revisó las cámaras térmicas.
—Hay movimiento dentro.
—¿Cuántos?
—Al menos seis.
Julian miró hacia el edificio.
—Entonces iremos por el acceso de servicio.
Avanzaron con cuidado.
No hubo disparos.
No hubo gritos.
Solo el sonido de sus pasos sobre el suelo húmedo.
Cuando llegaron al acceso, Julian encontró la vieja puerta metálica.
Seguía allí.
Y seguía funcionando.
Entraron.
Un pasillo estrecho los condujo hasta una zona central.
Entonces escucharon una voz.
—Sabía que vendrías.
Royce apareció al final del corredor.
Tenía a Eleanor a su lado.
Julian sintió un alivio inmediato al verla de pie.
—Eleanor.
Ella negó ligeramente con la cabeza.
—Estoy bien.
Royce sonrió.
—Qué reunión tan conmovedora.
Julian no apartó los ojos de su esposa.
—Déjala ir.
—Primero los documentos.
—No.
Royce levantó una carpeta.
—Entonces no hay trato.
Julian miró a Eleanor.
Ella hizo un movimiento casi imperceptible con la cabeza.
Era una señal.
Había algo detrás de ella.
Julian recordó que su esposa era enfermera.
Y recordó otra cosa.
Eleanor jamás había sido buena fingiendo miedo.
Si estaba allí de pie, tranquila, significaba que estaba esperando una oportunidad.
Royce continuó:
—Tu padre creó una cuenta hace dieciséis años.
Julian frunció el ceño.
—Eso no es posible.
—Sí lo es.
Royce abrió la carpeta.
—Tu padre descubrió que varios contratos militares estaban siendo utilizados para ocultar movimientos financieros.
Julian sintió que el aire se volvía pesado.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
—Tu identidad fue utilizada para proteger una parte del dinero.
—Yo no sabía nada.
—Lo sé.
Royce sonrió.
—Precisamente por eso eras perfecto.
Julian miró a Eleanor.
Ella seguía inmóvil.
—¿Cuánto dinero?
Royce respondió:
—Más de lo que puedas imaginar.
—¿Y por qué quieres que Evelyn firme?
—Porque tu hija es la única persona que puede abrir la última parte del fideicomiso.
Julian comprendió.
—Entonces todo esto nunca tuvo que ver con ella.
Royce negó.
—No.
—Tu objetivo siempre fui yo.
Royce sonrió.
—Finalmente lo entendiste.
Entonces se escuchó un fuerte ruido.
Las luces del edificio se apagaron.
Royce se giró.
Eleanor aprovechó el instante.
Corrió hacia Julian.
Él la recibió y la protegió detrás de sí.
—¡Ahora! —gritó Royce.
Los hombres que estaban ocultos en el pasillo comenzaron a moverse.
Pero antes de que pudieran acercarse, las puertas laterales se abrieron.
Los agentes entraron.
—¡Policía! ¡Nadie se mueva!
Todo ocurrió rápidamente.
Los hombres de Royce levantaron las manos.
Uno intentó escapar.
Fue detenido antes de llegar a la salida.
Royce miró a Julian con incredulidad.
—¿Cómo?
Julian respondió tranquilamente:
—Porque tú conocías el edificio.
Hizo una pausa.
—Yo conocía el edificio antes que tú.
Royce fue esposado.
Pero antes de que se lo llevaran, sonrió.
—Esto no termina aquí.
Julian se acercó.
—Para mí sí.
Royce negó.
—No sabes quién está detrás de todo esto.
Julian se quedó inmóvil.
—¿Qué quieres decir?
Royce miró a los agentes.
Después volvió a mirar a Julian.
—Yo solo era el intermediario.
Julian sintió un escalofrío.
—¿Quién te daba las órdenes?
Royce sonrió.
—Busca al hombre que firmó el primer contrato.
Los agentes se llevaron a Royce.
Eleanor se acercó a Julian.
—Tenemos que irnos.
—¿Estás bien?
—Sí.
Ella lo abrazó.
Por primera vez aquella noche, Julian permitió que la tensión abandonara su cuerpo.
Pero entonces uno de los agentes apareció con una caja negra.
—Encontramos esto en una oficina.
Julian la abrió.
Dentro había fotografías.
Documentos.
Registros bancarios.
Y una fotografía antigua de Julian junto a su antiguo comandante.
En la parte posterior había una fecha.
Quince años atrás.
Debajo, una frase escrita a mano:
«Él sabe dónde está el dinero.»
Julian observó la fotografía durante varios segundos.
—Yo no sé dónde está.
Eleanor tomó su mano.
—Entonces alguien cree que sí.
El agente sacó otro documento.
—Hay algo más.
Julian lo tomó.
Era una copia del primer contrato.
En la parte inferior aparecía una firma.
No era la de Royce.
No era la de Dustin.
No era la de ningún miembro de la familia Clark.
Julian reconoció el nombre.
Y sintió que el mundo se detenía.
Era el nombre de un hombre al que había considerado muerto durante más de una década.
Su antiguo comandante.
Y junto a su firma aparecía una dirección.
Una dirección que Julian conocía demasiado bien.
Era su propia casa.