CAPÍTULO 2: EL HOMBRE QUE ESTABA DETRÁS DE MÍ
CAPÍTULO 2: EL HOMBRE QUE ESTABA DETRÁS DE MÍ
Durante los siguientes diez minutos, sentí que el tiempo se había detenido.
Me quedé en la acera, con el teléfono pegado a la oreja, esperando que alguien me dijera que todo había sido un error. Que Frank Lawson había tenido una razón perfectamente lógica para llevarse a mi hija. Que Ellie estaba bien y que, en cualquier momento, el autobús regresaría a la esquina de Willow Lane y Briar Street.
Pero el autobús no regresó.
A las 3:31, recibí una llamada de un número desconocido.
—¿Señora? Soy el agente Daniel Brooks, del Departamento de Policía. Necesito que me escuche con atención.
—¿Ya encontraron el autobús? ¿Dónde está mi hija?
—Estamos rastreando el vehículo con ayuda del distrito escolar. Según el sistema de transporte, el autobús de la ruta 24 ha abandonado su recorrido habitual.
Sentí que el estómago se me encogía.
—¿Qué significa eso? ¿Frank se ha llevado a mi hija a otro lugar?
—Todavía no podemos confirmarlo. ¿Puede describirme exactamente lo que ocurrió antes de que el autobús se marchara?
Repetí mi relato, esta vez con la voz entrecortada. Le expliqué cómo Frank había levantado el brazo para detener a Ellie, cómo había mirado por encima de mi hombro y cómo había gritado que necesitaba mantenerla a salvo.
El agente permaneció en silencio unos segundos.
—Señora, hay algo que necesitamos aclarar. Cuando Frank gritó que se mantuviera alejada, ¿a quién cree que se dirigía?
—A mí, supongo. Yo estaba frente a la puerta.
—¿Está segura de que lo estaba mirando a usted?
Abrí la boca, pero no respondí inmediatamente.
Recordé su expresión. No parecía enfadado conmigo. Tampoco parecía confundido.
Parecía aterrorizado.
—No lo sé —admití—. Estaba mirando en mi dirección, pero no puedo asegurar que me estuviera mirando a mí.
—¿Y antes de que llegara el autobús? ¿Vio a alguien cerca de usted?
Miré nuevamente hacia la esquina.
La calle estaba casi vacía. Un automóvil azul permanecía estacionado frente a una casa, y una mujer paseaba a su perro al otro lado de la calle.
Nada parecía fuera de lo normal.
—No vi a nadie —contesté.
—Piénselo con cuidado. ¿Escuchó pasos? ¿Un vehículo que se detuviera? ¿Alguien que se acercara por detrás?
Entonces recordé aquel ruido.
Un motor acelerando.
Lo había escuchado justo después de que el autobús se alejara. En aquel momento, había supuesto que pertenecía a algún automóvil que pasaba por la calle.
—Sí —dije lentamente—. Escuché un vehículo acelerar. Pero no vi quién lo conducía.
La voz del agente cambió de inmediato.
—¿En qué dirección se encontraba el sonido?
—Detrás de mí, creo. Aunque estaba tan preocupada por mi hija que no podría asegurarlo.
—Está bien. No se mueva de donde está. Una patrulla llegará en unos minutos.
—Agente, por favor, dígame la verdad. ¿Cree que alguien intentaba hacerle daño a mi hija?
No respondió enseguida.
—En este momento, nuestra prioridad es localizarla. Necesitamos comprobar todas las posibilidades.
La llamada terminó unos segundos después.
Me quedé mirando el teléfono, sintiendo que el miedo comenzaba a transformarse en algo mucho peor: una sospecha que no podía explicar.
¿Por qué Frank había reaccionado de aquella manera?
Y, sobre todo, ¿por qué la policía estaba tan interesada en saber quién había estado detrás de mí?
A las 3:38, llegó una patrulla.
El agente Brooks bajó del vehículo acompañado por una oficial más joven, que se presentó como Miller. Ambos me pidieron que les describiera al conductor y que les mostrara una fotografía reciente de Ellie.
Busqué una imagen en mi teléfono.
Era de la mañana anterior. Ellie aparecía en la entrada de nuestra casa, con su mochila morada, una coleta torcida y una sonrisa que le dejaba un pequeño hoyuelo en la mejilla.
Al verla, sentí que las piernas estaban a punto de fallarme.
—Tiene nueve años —susurré—. No sabe qué hacer si se asusta. Necesita que alguien le explique lo que está pasando.
La agente Miller me tomó suavemente del brazo.
—Vamos a encontrarla.
El agente Brooks observó la fotografía y después me pidió que describiera la mochila, la ropa y cualquier objeto que Ellie llevara consigo.
Respondí a todas sus preguntas, pero no podía dejar de mirar la carretera.
Entonces, el agente recibió una llamada por radio.
Escuchó durante unos segundos y frunció el ceño.
—¿Está seguro? —preguntó.
Hubo una pausa.
—Entendido. Envíe esa información a mi teléfono.
Cuando terminó, se volvió hacia mí.
—Hemos localizado una cámara de tráfico que podría haber captado el autobús.
—¿Dónde está?
—A unos tres kilómetros de aquí. El vehículo giró en una dirección que no corresponde a su ruta habitual.
—¡Entonces está desviándose con mi hija dentro!
—Eso parece —respondió con cautela—, pero todavía estamos verificando los motivos.
—¿Qué motivos podrían justificar que se llevara a una niña de nueve años sin avisar a su madre?
El agente no contestó.
Y aquel silencio me asustó más que cualquier explicación.
La oficial Miller se apartó unos pasos para hablar por teléfono. Cuando regresó, llevaba una expresión seria.
—La escuela ha confirmado que no autorizó ningún cambio de recorrido —dijo—. El supervisor de transporte tampoco ha conseguido comunicarse con Frank.
Me llevé ambas manos a la boca.
—¿Y si le ha pasado algo a Ellie?
—No tenemos indicios de que haya sufrido una lesión —respondió Brooks—. Pero necesitamos encontrar el autobús cuanto antes.
En ese instante, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de la escuela.
«Estimada familia: estamos investigando una incidencia relacionada con la ruta 24. Por favor, manténganse disponibles para recibir información oficial».
Leí el mensaje dos veces.
Después miré al agente.
—¿Cómo pueden enviarme un mensaje tan frío cuando mi hija sigue desaparecida?
Brooks apretó la mandíbula.
—No debería haber recibido una comunicación tan genérica en estas circunstancias. Voy a hablar directamente con el supervisor del distrito.
Mientras él se alejaba, la agente Miller me pidió que volviera a describir el momento en que se cerraron las puertas.
Lo hice, pero esta vez presté atención a un detalle que antes había pasado por alto.
Frank no había cerrado las puertas inmediatamente después de verme.
Primero había mirado más allá de mí.
Después había levantado la voz.
Y solo entonces había accionado el interruptor.
Como si hubiera visto algo que yo no había visto.
—Agente —dije—, creo que Frank estaba intentando advertirme de algo.
Miller me miró con atención.
—¿Por qué piensa eso?
—Porque no parecía querer enfrentarse conmigo. Parecía querer mantenerme alejada de alguien.
La agente intercambió una mirada con su compañero.
Y entonces Brooks regresó.
Tenía el teléfono en la mano y el rostro más pálido que antes.
—Señora, acabamos de recibir las primeras imágenes de una cámara de seguridad cercana.
—¿Han encontrado el autobús?
—Sí. Y hay algo que debe ver.
Me mostró la pantalla.
La grabación era granulada, tomada desde una cámara situada en la fachada de una tienda. Se veía la parada, la llegada del autobús y mi figura acercándose a la puerta.
Yo aparecía con mi abrigo beige y el bolso colgado del hombro.
Entonces, justo antes de que el autobús se detuviera, una segunda figura entraba en la imagen.
Un hombre.
Vestía una chaqueta oscura y una gorra negra. Caminaba lentamente por la acera, manteniendo una distancia prudente detrás de mí.
No lo miré ni una sola vez.
El hombre se detuvo cuando yo me acerqué al autobús.
Y permaneció allí mientras Ellie se levantaba de su asiento.
Después ocurrió algo que me hizo contener la respiración.
Cuando Frank se puso en pie, el hombre dio un paso hacia mí.
Uno solo.
Pero fue suficiente para que el conductor cerrara las puertas y se llevara a mi hija.
—¿Quién es? —pregunté, sintiendo que la voz me temblaba—. Nunca lo había visto.
—Todavía no lo sabemos —respondió Brooks—. Estamos intentando mejorar la imagen para identificarlo.
—¿Cree que iba detrás de mí?
El agente no apartó la mirada de la pantalla.
—Eso es precisamente lo que estamos investigando.
De repente, comprendí la pregunta que me habían hecho por teléfono.
¿Se fijó en el hombre que estaba detrás de usted?
No había sido una pregunta rutinaria.
La policía ya sabía que había alguien allí.
Y Frank también.
A las 3:52, el agente Brooks recibió otra llamada.
Esta vez, se apartó del vehículo policial y habló en voz baja. No pude escuchar todo, pero distinguí algunas palabras.
«El autobús».
«La carretera secundaria».
Y, finalmente:
«No dejen que se acerque».
Cuando regresó, le agarré la manga antes de que pudiera hablar.
—¿Dónde está mi hija?
—Hemos localizado el autobús en un aparcamiento cercano a un almacén municipal. Una patrulla se dirige allí.
—¿Está sola con Frank?
Brooks vaciló.
—No podemos confirmarlo todavía.
—¡Necesito que me diga qué está pasando!
El agente respiró profundamente.
—Hay un dato que acaba de aparecer en nuestra investigación. El conductor llamó al centro de transporte unos minutos antes de llegar a su parada. Informó de que había detectado a un hombre siguiendo el autobús desde hacía varias calles.
Sentí un escalofrío.
—¿Siguiendo el autobús? ¿Por qué no avisó a la policía?
—Lo hizo. Pero la comunicación se interrumpió antes de que pudiera proporcionar todos los detalles.
Miré de nuevo la imagen del hombre detrás de mí.
—¿Y por qué se llevó a Ellie?
—Creemos que pudo haber intentado impedir que ese individuo se acercara a ella. Pero todavía no sabemos si su decisión fue la correcta ni qué ocurrió después.
No sabía si sentir alivio o terror.
Si Frank había intentado proteger a mi hija, ¿por qué no me lo había explicado?
¿Y qué pretendía aquel desconocido?
En ese momento, el teléfono de la agente Miller comenzó a sonar.
Contestó, escuchó y después miró al agente Brooks.
—La patrulla ha llegado al aparcamiento —dijo—. El autobús está allí.
Me acerqué instintivamente.
—¿Y Ellie?
Miller permaneció en silencio durante un segundo.
Un segundo demasiado largo.
—La niña está dentro del autobús —respondió finalmente—. Está consciente y, según los agentes, no parece tener lesiones.
Las lágrimas me llenaron los ojos.
—Gracias a Dios.
Pero mi alivio duró apenas un instante.
—¿Y Frank? —pregunté.
La agente miró a su compañero antes de contestar.
—El conductor está con ella. Sin embargo, hay algo que no encaja.
—¿Qué cosa?
Brooks se acercó y me habló con una seriedad que jamás olvidaré.
—Cuando los agentes llegaron, Frank les pidió que no abrieran la puerta trasera del autobús hasta que hubieran revisado el perímetro.
Sentí que el corazón volvía a acelerarse.
—¿Por qué?
El agente miró una vez más la fotografía del hombre de la gorra negra.
—Porque asegura que el individuo que vimos en la grabación no estaba siguiéndola a usted, señora.
Hizo una pausa.
—Estaba siguiendo a Ellie.
Y justo cuando intentaba comprender aquellas palabras, mi teléfono vibró de nuevo.
Era un mensaje de un número desconocido.
No contenía ninguna explicación.
Solo una fotografía.
En ella aparecía mi hija sentada en el autobús escolar, tomada desde el exterior, a través de una de las ventanillas.
Debajo de la imagen había una frase:
«Si quiere que su hija vuelva a casa esta noche, deje de hacer preguntas».