Capítulo 2: El testigo que no se fue
Capítulo 2: El testigo que no se fue
El vecino cerró la puerta lateral detrás de él y avanzó por el camino de tierra sin apartar los ojos de mí.
Mi marido se interpuso inmediatamente.
—No hace falta que entres —dijo—. Ya me encargo yo de ella.
El vecino se detuvo.
—Precisamente por eso he entrado.
Mi marido apretó la mandíbula.
Yo seguía en el suelo, con la ropa pegada al cuerpo y los dedos entumecidos por el frío. Sentía pequeños temblores recorrerme los brazos. Cada respiración me producía una presión extraña en el pecho.
El vecino se acercó y se agachó a mi lado.
—¿Puedes respirar bien?
Asentí.
—¿Te duele alguna parte?
Miré a mi marido.
Durante meses había aprendido a contestar esas preguntas de una sola manera.
«Estoy bien.»
Pero aquella noche no quería decirlo.
—Me duele la espalda —susurré—. Y estoy embarazada.
El vecino levantó la mirada hacia mi marido.
—¿De cinco meses?
—Sí.
Su expresión cambió.
No dijo nada durante unos segundos.
Luego miró el pequeño recipiente que estaba junto al pozo.
—¿Con eso estabas sacando agua?
Mi marido respondió antes que yo.
—Fue idea suya. Quería terminar una tarea antes de entrar.
El vecino lo miró fijamente.
—¿A medianoche?
No hubo respuesta.
Entonces escuchamos un sonido a lo lejos.
Una sirena.
Mi marido se puso de pie.
—No hacía falta llamar a nadie.
El vecino respondió con calma:
—Yo no llamé porque ella se hubiera resbalado.
Mi marido se quedó inmóvil.
—Llamé porque la vi caer después de estar trabajando aquí durante mucho tiempo.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
No porque el vecino hubiera dicho algo extraordinario.
Sino porque, por primera vez, alguien estaba describiendo exactamente lo que había sucedido.
No era un accidente.
No había sido un resbalón.
Había estado obligada a hacerlo.
La ambulancia llegó pocos minutos después. Dos paramédicos entraron en el patio mientras un agente de policía se quedaba junto a la puerta.
Uno de los paramédicos se arrodilló junto a mí.
—Señora, vamos a llevarla al hospital. Necesitamos revisar al bebé y asegurarnos de que usted esté bien.
Mi marido dio un paso hacia nosotros.
—Voy con ella.
El paramédico lo miró.
—Puede acompañarnos después. Primero necesitamos atenderla.
Mi marido intentó sonreír.
—Soy su esposo.
—Lo entiendo.
Pero no se apartó.
Me ayudaron a sentarme en una camilla. Cuando levanté la cabeza, vi a mi marido junto al pozo.
Miraba el recipiente.
Luego miraba al vecino.
Después al policía.
Por primera vez, parecía entender que la historia que había preparado no iba a ser suficiente.
Mientras me llevaban hacia la ambulancia, escuché al agente preguntarle:
—¿Puede explicarme qué ocurrió esta noche?
Mi marido respiró profundamente.
—Fue un accidente doméstico.
Me detuve.
El paramédico siguió empujando la camilla, pero yo giré la cabeza.
El vecino estaba detrás del agente.
Y entonces habló.
—No fue un accidente.
Mi marido lo miró.
—Usted no sabe nada.
—Sé lo que vi.
El agente levantó una mano.
—Los dos van a esperar. Primero quiero hablar con ella.
Subí a la ambulancia.
Antes de que cerraran las puertas, el vecino se acercó.
—No tengas miedo —me dijo—. Voy a contar exactamente lo que vi.
Las puertas se cerraron.
Y por primera vez aquella noche, sentí que no estaba sola.
En el hospital, una enfermera me recibió rápidamente. Me quitaron la ropa mojada, me cubrieron con mantas y comenzaron a comprobar mis constantes.
Después de unos minutos, escuché el latido del bebé.
Fuerte.
Rápido.
Vivo.
Cerré los ojos.
Una lágrima me recorrió la mejilla.
—El bebé parece estar bien por ahora —dijo la doctora—, pero vamos a mantenerla en observación. Necesitamos comprobar que no haya contracciones ni ninguna complicación.
Asentí.
Mi marido apareció en la puerta.
—¿Puedo entrar?
La doctora miró hacia mí.
No sabía qué responder.
Durante meses, él había decidido cuándo podía hablar, cuándo debía callar y cuándo una discusión tenía que terminar.
Pero esta vez la decisión era mía.
—No —dije.
Mi marido se quedó quieto.
—Solo quiero hablar contigo.
—No.
La segunda vez me salió más firme.
La enfermera cerró la puerta.
Unos minutos después, un agente de policía entró en la habitación.
Se presentó y tomó asiento junto a la cama.
—Necesito hacerle algunas preguntas. Si está cansada, podemos hacerlo más tarde.
—Quiero hablar ahora.
Sacó una libreta.
—¿Su esposo la obligó a sacar agua esta noche?
Miré mis manos.
Y entonces recordé cada repetición.
El primer recipiente.
El segundo.
El décimo.
El agua fría.
El dolor.
Las órdenes.
Las veces que le pedí descansar.
Y la respuesta que siempre recibía.
«Todavía no has terminado.»
—Sí —dije.
El agente escribió algo.
—¿La empujó?
Negué con la cabeza.
—No directamente.
—¿La amenazó?
Tragué saliva.
—Me dijo que si no terminaba, tendría consecuencias.
El agente levantó la mirada.
—¿Qué consecuencias?
Abrí la boca, pero no conseguí responder.
Porque en ese momento comprendí algo que llevaba demasiado tiempo evitando.
Mi marido no había empezado a tratarme así aquella noche.
Aquella noche solo había llegado demasiado lejos.
—Esto lleva meses ocurriendo —dije finalmente.
El agente dejó el bolígrafo sobre la libreta.
—¿Puede explicarme?
Asentí lentamente.
Y empecé a contarle todo.
Las tareas que tenía que terminar aunque estuviera agotada.
Las veces que me había obligado a permanecer de pie durante horas.
Los insultos cuando decía que me dolía la espalda.
Las amenazas de quitarme las llaves de la casa.
Las veces que me había dicho que nadie me creería porque, según él, siempre podía presentarlo todo como una exageración mía.
El agente escuchó sin interrumpirme.
Cuando terminé, preguntó:
—¿Hay alguien más que haya visto algo?
Pensé en el vecino.
—Sí.
—¿Alguien más?
Me quedé en silencio.
Entonces recordé algo.
Dos semanas antes, había encontrado una pequeña cámara instalada frente a la puerta trasera.
Mi marido había dicho que era una cámara vieja que ya no funcionaba.
Pero esa noche, cuando el agente me preguntó quién podía haber visto lo ocurrido, comprendí algo.
—La cámara —susurré.
El agente frunció el ceño.
—¿Qué cámara?
—Hay una cámara frente al patio trasero.
—¿Dónde está ahora?
Miré hacia la puerta.
—Mi marido dijo que no funcionaba.
El agente se levantó inmediatamente.
—¿Sabe quién la instaló?
Negué con la cabeza.
—No.
El agente salió de la habitación.
Unos minutos después, mi teléfono vibró sobre la mesa.
Era un mensaje.
De mi marido.
Solo contenía una frase:
«No vuelvas a hablar de esa cámara.»
Me quedé mirando la pantalla.
El mensaje había llegado justo después de que yo se la mencionara al policía.
Sentí un escalofrío.
Porque eso significaba que mi marido sabía exactamente de qué cámara estaba hablando.
Pero yo nunca se lo había dicho al agente delante de él.
Y entonces comprendí que había algo más.
Algo que mi marido estaba desesperado por ocultar.
La puerta de la habitación volvió a abrirse.
Era el vecino.
Su rostro estaba serio.
—Necesito enseñarte algo —dijo.
Miré hacia él.
—¿Qué?
Sacó su teléfono.
—Anoche, antes de salir de mi casa, vi a alguien junto a tu patio.
Mi corazón se aceleró.
—¿A quién?
El vecino negó lentamente con la cabeza.
—No pude verle la cara.
Hizo una pausa.
—Pero no era tu marido.
Me quedé paralizada.
—¿Entonces quién era?
El vecino me mostró la pantalla.
Había una fotografía tomada desde su ventana.
Una figura aparecía junto al pozo.
Y en su mano llevaba algo pequeño.
Algo que parecía una cámara.
Mi respiración se detuvo.
Porque la persona que había estado observando nuestro patio aquella noche no estaba allí por casualidad.
Había estado esperando a que yo cayera.