Capítulo 2: El cajón que no debía abrir
Capítulo 2: El cajón que no debía abrir
No aparté la mirada de Natalie.
—¿Por qué no quieres que lo abra?
Ella tragó saliva.
—Porque no hay nada que necesites ver.
Ethan soltó una pequeña risa desde el otro lado de la habitación.
—Eso no es exactamente cierto.
Natalie se volvió hacia él.
—Cállate.
—¿Por qué? —respondió Ethan—. Ya no tiene sentido seguir ocultándolo.
Di otro paso.
Natalie retrocedió.
—Ryan, escúchame.
—Llevas toda la noche diciéndome que no haga preguntas.
—Porque estás enfadado.
—No. Estoy intentando entender por qué mi mejor amigo conoce una habitación de mi propia casa mejor que yo.
Ethan dejó de sonreír.
Por primera vez desde que había entrado, pareció darse cuenta de que aquello podía terminar de una manera muy diferente a la que había imaginado.
Miré el cajón.
Era el segundo de la mesita de noche.
El que Natalie siempre mantenía cerrado.
—¿Qué hay dentro?
—Nada.
—Entonces ábrelo.
Ella no respondió.
—Natalie.
Finalmente se acercó a la mesita.
Puso la mano sobre el tirador.
Pero no lo abrió.
—Prométeme que me escucharás antes de sacar conclusiones.
—No puedo prometer eso.
—Entonces no lo abras.
Miré a Ethan.
—¿Tú sabes qué hay ahí?
Él sostuvo mi mirada.
—Sí.
Sentí un vacío en el estómago.
—Entonces ábrelo tú.
Natalie cerró los ojos.
—Ethan, no.
Pero él ya estaba caminando hacia la mesita.
Tomó el cajón.
Lo abrió.
Dentro había un sobre marrón, una memoria USB y varias fotografías.
Nada parecía particularmente extraño.
Hasta que vi la primera fotografía.
Era una imagen de Natalie y Ethan.
Juntos.
Sentados en un restaurante.
La fecha estaba impresa en una esquina.
Era de seis meses atrás.
La segunda fotografía era más reciente.
Tres meses.
La tercera, apenas dos semanas.
Las observé una por una.
No aparecían besándose.
No estaban haciendo nada comprometedor.
Pero estaban juntos.
A solas.
Y en todas las fotografías Natalie llevaba el mismo collar que ahora descansaba sobre su cuello.
—¿Qué es esto? —pregunté.
Natalie se sentó en el borde de la cama.
—No es lo que piensas.
Solté una risa amarga.
—Esa frase empieza a perder su significado.
Ethan tomó el sobre marrón.
—Ella quería decírtelo.
—¿Decirme qué?
Él miró a Natalie.
Ella negó con la cabeza.
—Todavía no.
Entonces comprendí algo.
Aquellas fotografías no habían sido tomadas por Ethan.
Ni por Natalie.
Alguien los había estado siguiendo.
—¿Quién tomó estas fotos?
Ninguno respondió.
—¿Quién?
Ethan dejó el sobre sobre la cama.
—No lo sabemos.
—¿Y por qué estaban escondidas aquí?
Natalie finalmente levantó la mirada.
—Porque alguien las dejó en nuestra casa.
El silencio fue absoluto.
—¿Cuándo?
—Hace dos semanas.
—¿Quién?
—No lo vimos.
—¿Y no llamaste a la policía?
—No.
—¿Por qué?
Natalie apretó las manos.
—Porque también había una nota.
Mi corazón comenzó a latir más deprisa.
—¿Qué decía?
Ella miró el sobre.
—Que si te contaba algo, tú serías el siguiente.
Sentí un escalofrío.
De repente, todo aquello dejó de parecer una simple traición matrimonial.
Había alguien vigilando a mi esposa.
Y quizá también a mí.
Tomé la memoria USB.
—¿Qué hay aquí?
Ethan respondió:
—La razón por la que estamos aquí esta noche.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque Natalie tenía miedo.
—¿Y tú no?
Ethan sonrió débilmente.
—Claro que sí.
Conecté la memoria al portátil.
Había una sola carpeta.
Dentro había cuatro archivos.
Abrí el primero.
Era un vídeo de seguridad.
Mostraba nuestra casa desde el exterior.
La fecha era de cuatro meses atrás.
Alguien había instalado una cámara frente a nuestra propiedad.
Abrí el segundo.
Era una grabación del estacionamiento de mi trabajo.
Aparecía yo saliendo del edificio.
Abrí el tercero.
Era de una cafetería que visitaba casi todos los viernes.
En la imagen, alguien estaba sentado detrás de mí.
No podía verle el rostro.
Pero llevaba una gorra negra.
Abrí el último archivo.
La pantalla se quedó negra durante unos segundos.
Después apareció una fecha.
“Mañana — 8:00 p. m.”
Debajo apareció una fotografía.
Era mi casa.
Pero la fotografía no había sido tomada desde la calle.
Había sido tomada desde el interior.
Desde nuestro dormitorio.
Mi respiración se detuvo.
—¿Cuándo se tomó esto?
Natalie se levantó.
—Esta noche.
Miré hacia la ventana.
Las cortinas estaban cerradas.
—Entonces alguien estuvo aquí.
Ethan asintió.
—O todavía está.
Los tres recorrimos la casa.
Revisamos las habitaciones.
El garaje.
El sótano.
No encontramos a nadie.
Pero cuando regresamos al dormitorio, noté algo extraño.
La ventana estaba cerrada.
Yo estaba seguro de haberla dejado abierta aquella tarde.
Me acerqué.
Había una pequeña marca en el marco.
Una marca reciente.
Como si alguien hubiera utilizado una herramienta para abrirla desde fuera.
Natalie se cubrió la boca.
—Dios mío.
Ethan miró hacia el jardín.
—Tenemos que irnos.
—¿A dónde?
—A un lugar seguro.
—Esta es mi casa.
—Precisamente.
Entonces escuchamos un ruido.
Un golpe seco.
Abajo.
Los tres nos quedamos inmóviles.
Otro golpe.
Esta vez más fuerte.
Venía de la puerta principal.
Alguien estaba intentando entrar.
Natalie me agarró del brazo.
Ethan tomó su teléfono.
—Llama a emergencias.
Yo bajé lentamente las escaleras.
—Ryan, no —susurró Natalie.
Pero necesitaba saber quién estaba allí.
Llegué al último escalón.
La puerta principal seguía cerrada.
Entonces escuché una llave girando en la cerradura.
Una vez.
Dos.
La puerta comenzó a abrirse.
Y apareció una persona que ninguno de nosotros esperaba ver.
Era alguien de confianza.
Alguien que había tenido acceso a nuestra casa durante años.
Alguien que, hasta aquella noche, yo jamás había considerado capaz de traicionarnos.
La persona entró, cerró la puerta detrás de sí y levantó la mirada.
Cuando me vio allí parado, se quedó completamente inmóvil.
Y entonces dijo:
—Ryan… tienes que escucharme antes de que Natalie te cuente quién empezó todo esto.