Capítulo 2: La mujer que sabía demasiado
Capítulo 2: La mujer que sabía demasiado
La voz que salió del teléfono hizo que mi esposa se quedara completamente inmóvil.
—Adrian, déjala hablar.
Mi esposa cerró los ojos.
Por un instante pensé que iba a llorar.
Pero no lloró.
En cambio, miró a la mujer sentada al otro extremo de la mesa.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con un hilo de voz.
La mujer no respondió inmediatamente.
Se levantó despacio de la silla.
Era una mujer de unos cuarenta años, con el cabello oscuro recogido detrás de la cabeza y una expresión demasiado tranquila para aquella situación.
—La misma pregunta podría hacerte yo a ti —dijo.
Mi esposa dio otro paso hacia la puerta.
—No puedes estar aquí.
—Ya estoy aquí.
—Adrian, por favor…
Levanté una mano.
—No me pidas que te ayude. Todavía no sé si llevas meses mintiéndome o años.
Ella me miró.
—No es lo que piensas.
Solté una pequeña risa.
—Eso también lo dijo mucha gente antes de que aparecieran las pruebas.
La mujer de la mesa tomó el teléfono.
—Mi nombre es Claire.
Mi esposa bajó la mirada.
—Sé quién eres.
—Entonces sabes por qué estoy aquí.
Mi esposa negó lentamente con la cabeza.
—No.
Claire la observó durante unos segundos.
—Tu jefe me llamó hace tres días.
El rostro de mi esposa perdió el poco color que le quedaba.
—¿Por qué?
Claire levantó el teléfono.
—Porque descubrió algo.
La voz de su jefe seguía abierta en la llamada.
—Adrian —dijo él—, necesito que escuches esto hasta el final.
Miré el teléfono.
—Habla.
Hubo un largo silencio.
Entonces él dijo:
—Tu esposa te ha contado una versión de lo ocurrido esta noche.
Mi esposa dio un paso adelante.
—¡No!
—Pero yo tengo otra versión —continuó él.
Mi esposa empezó a negar con la cabeza.
—Por favor, no hagas esto.
—Ya no puedo seguir haciéndolo —respondió él—. Durante meses pensé que podía solucionar el problema sin destruir la vida de nadie. Me equivoqué.
Sentí un peso en el pecho.
—¿Meses?
Mi esposa me miró.
No dijo nada.
Yo repetí:
—¿Dijiste meses?
La voz del otro lado respondió:
—Sí.
Miré a mi esposa.
—¿Cuánto tiempo?
Ella permaneció en silencio.
Claire habló:
—Pregúntale cuándo comenzó a enviarle mensajes.
Mi esposa cerró los ojos.
—Claire, basta.
—No.
Claire tomó una carpeta que estaba sobre la mesa.
La abrió.
Dentro había varias hojas impresas.
—Tienes razón en una cosa —dijo Claire—. Adrian no sabe toda la historia.
Mi esposa se acercó rápidamente.
—No abras eso.
Claire levantó la primera hoja.
—¿Por qué? ¿Porque aquí está la fecha?
La dejó sobre la mesa.
La fecha era de hacía ocho meses.
Debajo aparecía el nombre de mi esposa.
Y una serie de mensajes.
Los leí.
No eran mensajes románticos.
Eran conversaciones sobre dinero.
Sobre una cuenta bancaria.
Sobre una casa.
Y sobre una póliza de seguro.
Levanté la mirada.
—¿Qué estoy viendo?
Mi esposa respiraba cada vez más rápido.
—Adrian…
—¿Qué estoy viendo?
Claire respondió:
—El comienzo del plan.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Qué plan?
Claire me miró directamente.
—Hacer que pareciera que tú estabas abandonando a tu esposa.
Me quedé en silencio.
Ella continuó:
—Primero necesitaba convencer a todos de que eras un marido negligente. Después necesitaba una razón para que te fueras de casa. Y finalmente necesitaba asegurarse de que no reclamases ciertas cosas cuando comenzara el divorcio.
Miré a mi esposa.
—¿La casa?
Claire asintió.
—La casa. El seguro. Algunas cuentas. Y algo más.
—¿Qué?
Claire sacó otro documento.
Lo colocó delante de mí.
Mi nombre aparecía en la parte superior.
Debajo había una firma.
Me quedé mirándola.
Era mi firma.
O al menos parecía serlo.
—Yo nunca firmé esto.
Claire respondió:
—Lo sé.
Mi esposa se llevó una mano a la boca.
—No era así…
La miré.
—¿Entonces cómo era?
Ella no pudo responder.
Claire señaló el documento.
—Este formulario habría permitido modificar uno de los beneficiarios de tu seguro.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién aparecía como nuevo beneficiario?
Claire no respondió.
No hacía falta.
Miré a mi esposa.
Ella apartó la mirada.
Y en ese momento comprendí algo mucho peor que una infidelidad.
Alguien no solo había querido destruir mi matrimonio.
Alguien había estado preparando mi desaparición financiera.
—¿Quién falsificó mi firma? —pregunté.
Claire respiró profundamente.
—Eso todavía no lo sabemos.
—¿Todavía?
Ella asintió.
—Pero sabemos quién intentó utilizar el documento.
Miré a mi esposa.
—¿Natalie?
Claire guardó silencio.
Y ese silencio fue suficiente.
Mi esposa comenzó a llorar.
—Yo no quería hacerte daño.
La miré fijamente.
—Entonces dime la verdad.
Ella levantó la cabeza.
—Tenía miedo.
—¿De mí?
—No.
La respuesta me sorprendió.
—Entonces, ¿de quién?
Natalie miró a Claire.
Claire se quedó inmóvil.
Después, Natalie susurró:
—De él.
La voz del teléfono volvió a escucharse.
—Adrian…
Era su jefe.
—Hay algo que todavía no te hemos contado.
Miré el teléfono.
—¿Qué?
Hubo una pausa.
—La noche que Natalie supuestamente estaba conmigo…
Mi esposa cerró los ojos.
—No…
—…yo no estaba con ella.
El silencio fue absoluto.
Sentí que mi corazón se detenía durante un segundo.
Miré a Natalie.
—Entonces, ¿con quién estabas?
Ella comenzó a llorar.
Claire se levantó lentamente.
Y antes de que Natalie pudiera responder, su jefe dijo una última frase:
—Adrian, revisa las cámaras del estacionamiento de tu oficina.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
La voz del otro lado bajó hasta convertirse casi en un susurro.
—Porque el hombre que estaba con Natalie esa noche no era yo.
Mi esposa dejó caer el teléfono al suelo.
Y Claire, por primera vez desde que había llegado, pareció tener miedo.
—Ya sabe —murmuró.
La miré.
—¿Quién?
Claire no respondió.
Solo miró hacia la ventana.
Afuera, en la calle silenciosa de Virginia, un automóvil oscuro estaba estacionado frente a nuestra casa.
Sus luces estaban apagadas.
Pero el motor seguía encendido.
Y entonces comprendí que aquella noche no había terminado cuando Natalie entró por la puerta.
Quizás alguien había estado esperando fuera todo el tiempo.