CAPÍTULO 2: LA VERDADERA DUEÑA DE LA MANSIÓN
CAPÍTULO 2: LA VERDADERA DUEÑA DE LA MANSIÓN
Rodrigo examinó la escritura una y otra vez.
Su rostro había perdido todo el color.
—Esto tiene que ser un error —murmuró—. Esta es mi casa. Mi familia lleva años viviendo aquí.
Daniel Reeves permaneció tranquilo.
—No hay ningún error, señor Sanders. La propiedad fue adquirida por Halston Residential Holdings seis meses antes de su matrimonio. Mi clienta es la propietaria y controladora de esa sociedad.
Evelyn soltó una carcajada nerviosa.
—¡Qué tontería! Esa mujer no tiene dinero suficiente para comprar una mansión como esta. Rodrigo ha trabajado toda su vida para mantener esta familia.
Daniel levantó la mirada.
—Señora Sanders, le recomiendo que tenga cuidado con sus palabras. Los registros financieros demuestran que gran parte de los gastos de esta familia han sido cubiertos por mi clienta.
Evelyn dejó de sonreír.
Rodrigo se acercó al abogado.
—¿Cuánto te ha pagado para venir aquí y montar este espectáculo?
—No estoy aquí por dinero. Estoy aquí porque mi clienta ha sufrido una agresión física y porque ustedes han intentado expulsarla ilegalmente de una propiedad que ella controla.
Rodrigo miró hacia mi automóvil.
Yo seguía sentada en el asiento trasero, con una mano apoyada sobre la mejilla.
El dolor de la bofetada todavía estaba allí.
Pero ya no lloraba.
Bajé lentamente la ventanilla.
—¿Todavía crees que esta casa es tuya, Rodrigo?
Él apretó la mandíbula.
—Baja del coche. Tenemos que hablar como marido y mujer.
Lo miré fijamente.
—Hace una hora dejé de creer que tenía un marido.
Evelyn avanzó hacia el automóvil.
—¡No puedes hacer esto! ¡Esta es nuestra familia! ¡Llevamos años viviendo aquí!
—Y yo llevo años pagando para que pudieran vivir cómodamente.
—¡Mentira!
Daniel abrió otra carpeta.
—Podemos empezar por los nueve mil dólares mensuales que la señora Evelyn Sanders ha recibido de una cuenta privada de mi clienta durante los últimos cuatro años.
Evelyn se quedó inmóvil.
—Eso… eso era dinero que Rodrigo me daba.
—No, señora. Los registros muestran que las transferencias procedían directamente de las cuentas de mi clienta.
Daniel sacó varias hojas más.
—También tenemos los pagos del chófer, las facturas médicas, las cuotas del club privado, los viajes familiares y los gastos de mantenimiento de esta propiedad.
Uno de los primos de Rodrigo levantó la cabeza.
—¿Quieres decir que ella pagaba todo esto?
Nadie respondió.
La hermana de Rodrigo dejó lentamente su copa sobre una mesa.
Por primera vez aquella noche, los dieciocho familiares comenzaron a comprender que la mujer a la que habían humillado era quien había financiado buena parte de su lujoso estilo de vida.
—¡Eso no cambia nada! —gritó Rodrigo—. Estamos casados. Todo lo que es suyo también me pertenece.
Daniel cerró la carpeta.
—No necesariamente, señor Sanders. La propiedad fue adquirida antes del matrimonio mediante una sociedad independiente. Los derechos de cada parte deberán determinarse conforme a los documentos y a la legislación aplicable.
Rodrigo se volvió hacia mí.
—Emma, no seas ridícula. Podemos solucionar esto mañana. Estás enfadada por lo que pasó durante la cena.
Me reí sin ganas.
—¿Por lo que pasó durante la cena?
—Mi madre se excedió. Yo también estaba nervioso. No debí golpearte.
Lo observé durante unos segundos.
—¿Eso es todo? ¿Una disculpa?
—¿Qué quieres que haga? ¿Que me arrodille?
—Quiero que entiendas que no puedes golpearme, humillarme y después esperar que todo vuelva a la normalidad.
Evelyn intervino inmediatamente.
—¡Una mujer debe saber respetar a su marido! Tú provocaste esta situación cuando me contestaste delante de todos.
Me volví hacia ella.
—¿Y qué hice para merecer que utilizaras la muerte de mi hijo como un insulto?
Evelyn abrió la boca, pero no encontró respuesta.
—Mi bebé murió hace ocho meses —continué—. Yo todavía intento aprender a vivir con ese dolor. Y tú utilizaste su recuerdo para entretener a tus invitados.
Algunos familiares bajaron la mirada.
Una prima de Rodrigo comenzó a llorar discretamente.
—Emma, yo no sabía que las cosas estaban así —murmuró.
La miré.
—Estuviste sentada a dos metros de mí. Lo viste todo.
Ella volvió a guardar silencio.
Entonces comprendí que no necesitaba que ninguno de ellos me pidiera perdón.
Necesitaba alejarme de todos.
Daniel recibió una llamada y se apartó unos pasos.
Cuando regresó, su expresión era seria.
—Emma, hay otro asunto que debemos resolver inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
Me mostró la pantalla de su teléfono.
Era una alerta del sistema de seguridad de la mansión.
Alguien había intentado acceder al despacho privado que se encontraba en la segunda planta.
—¿Quién tiene acceso a esa habitación? —preguntó.
—Rodrigo, yo y el administrador de la propiedad.
Daniel miró hacia mi esposo.
—¿Qué guardan allí?
Rodrigo respondió demasiado rápido.
—Nada importante. Algunos documentos personales.
Pero yo sabía perfectamente que aquello no era cierto.
En aquel despacho guardaba los archivos originales de Halston Residential Holdings, los contratos de financiación de la empresa constructora de Rodrigo y varios documentos relacionados con nuestras inversiones.
También había una caja fuerte.
Y dentro de ella, una carpeta que Rodrigo nunca había visto.
—Quiero saber quién intentó entrar —dije.
Daniel hizo una señal a uno de los agentes de seguridad.
—Revisen las cámaras y aseguren el despacho.
Rodrigo se interpuso.
—¡Nadie va a entrar en mi casa!
El agente lo miró.
—Señor, no vamos a registrar sus pertenencias personales. Estamos protegiendo una propiedad y unos documentos cuyo acceso está bajo autorización de la propietaria.
Rodrigo se volvió hacia mí.
—¿Qué estás escondiendo?
No respondí.
Porque acababa de recordar algo.
Tres semanas antes, había recibido una notificación de mi departamento financiero informándome de que alguien había solicitado una copia de los documentos de propiedad de la mansión.
La solicitud había sido presentada utilizando el correo electrónico de Rodrigo.
En aquel momento pensé que solo estaba intentando organizar algún trámite familiar.
Ahora empezaba a comprender que había estado preparando algo mucho más grave.
Unos minutos después, el responsable de seguridad regresó.
—Señora, hemos revisado las grabaciones.
—¿Qué encontraron?
—Hace aproximadamente cuarenta minutos, el señor Sanders entró en su despacho acompañado de otra persona.
Miré a Rodrigo.
—¿Con quién estabas?
Él no respondió.
El agente continuó:
—La segunda persona llevaba una carpeta y salió de la habitación con varios documentos.
Daniel se acercó.
—¿Puede identificarla?
El agente mostró una imagen en su tableta.
Cuando vi el rostro, sentí un escalofrío.
Era Evelyn.
Mi suegra había entrado en mi despacho mientras yo estaba organizando su cumpleaños.
La misma mujer que había presumido de su collar de perlas y me había exigido que entregara las llaves de la mansión.
—¿Qué documentos se llevaron? —pregunté.
—Todavía estamos verificándolo.
Evelyn comenzó a ponerse nerviosa.
—¡Solo estaba ayudando a mi hijo! No he robado nada.
Daniel la miró seriamente.
—Nadie la ha acusado todavía, señora. Pero si se ha llevado documentos pertenecientes a mi clienta, deberá devolverlos.
Rodrigo intentó cambiar de tema.
—Esto es absurdo. Estamos convirtiendo una discusión familiar en un asunto policial.
—Tú convertiste una discusión familiar en una agresión física —respondí—. Y ahora tenemos que descubrir qué estabas haciendo en mi despacho.
Daniel me pidió que entrara en la mansión para revisar el despacho.
Acepté, acompañada por los agentes.
Al cruzar el vestíbulo, vi los restos del cuenco de cristal que había caído durante la agresión.
Nadie los había recogido.
Me detuve un instante.
Recordé la cena, las risas, el brindis de Evelyn y el momento en que Rodrigo levantó la mano contra mí.
Después continué caminando.
En la segunda planta, el despacho estaba desordenado.
Los cajones permanecían abiertos y varias carpetas estaban esparcidas por el suelo.
Me acerqué a la caja fuerte.
Seguía cerrada.
Pero sobre el escritorio había una hoja que reconocí inmediatamente.
Era una copia de un contrato de financiación de Sanders Construction, la empresa de Rodrigo.
La revisé.
Hacía tres años, la constructora había estado al borde de la quiebra. Rodrigo había ocultado a toda su familia que tenía deudas millonarias y que varios proveedores amenazaban con iniciar procedimientos legales.
Yo había intervenido discretamente.
A través de una empresa de inversión, había organizado la financiación necesaria para pagar a los trabajadores y mantener la actividad.
Rodrigo siempre había creído que un socio desconocido había salvado su negocio.
Nunca supo que ese socio era yo.
Pero había algo extraño en el documento que tenía delante.
Alguien había añadido una cláusula que otorgaba a Rodrigo derechos sobre determinadas garantías financieras vinculadas a Halston Residential Holdings.
Aquello era imposible.
Yo nunca había autorizado esa cláusula.
—Daniel —dije lentamente—. Necesito que revise esto.
Mi abogado leyó el documento y frunció el ceño.
—¿Usted firmó esta modificación?
—No.
—Entonces tenemos un problema.
Sacó su teléfono y fotografió cada página.
—Este documento podría haber sido preparado para utilizar su patrimonio como garantía de las deudas de Sanders Construction.
Sentí que la sangre se me helaba.
Rodrigo no solo quería quedarse con mi casa.
También podía estar intentando utilizar mis activos para salvar su empresa.
Regresamos al vestíbulo.
Los familiares seguían allí, aunque ahora nadie hablaba.
Evelyn se había quitado el collar de perlas y lo sostenía entre las manos.
Cuando me vio, se acercó.
—Emma, creo que hemos cometido algunos errores.
La miré.
—¿Algunos?
—No quiero que destruyas esta familia por una discusión.
—Tu hijo me golpeó delante de dieciocho personas.
—Estaba enfadado.
—Y tú te reíste.
Evelyn bajó la mirada.
—Podemos arreglarlo.
Negué lentamente.
—No quiero arreglar nada contigo.
Me quité del brazo una pulsera que ella me había regalado años atrás y la dejé sobre la consola.
—Quédate con tus recuerdos, Evelyn. Pero el collar que llevas puesto lo compré yo. Puedes devolvérmelo junto con las demás pertenencias que hayan sido adquiridas con mis fondos.
Su rostro se endureció.
—¡No puedes quitarme mis regalos!
—No voy a discutir sobre ello aquí. Mis abogados revisarán los documentos y determinarán qué pertenece legalmente a cada persona.
Rodrigo se acercó.
—Emma, por favor. No hagas esto.
Lo miré por última vez.
—Cuando me golpeaste, pensaste que estabas expulsando de tu casa a una mujer sin nada. Pero no te molestaste en averiguar quién había comprado esa casa, quién había financiado tu empresa ni quién había pagado durante años las facturas de tu madre.
Él bajó la cabeza.
—Podemos empezar de nuevo.
—No, Rodrigo. Esta vez voy a empezar yo.
Salí de la mansión acompañada por Daniel.
Antes de subir al automóvil, mi abogado recibió un correo electrónico urgente.
Lo abrió y leyó el contenido en silencio.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Me mostró el mensaje.
Era una notificación procedente de una entidad financiera.
Alguien había intentado presentar una solicitud de préstamo utilizando como garantía una de las propiedades de Halston Residential Holdings.
La solicitud había sido enviada aquella misma tarde.
El solicitante era Rodrigo Sanders.
Pero lo que me dejó completamente paralizada fue el nombre de la persona que figuraba como testigo de la supuesta autorización.
Evelyn Sanders.
Mi suegra había firmado una declaración asegurando que yo había autorizado personalmente aquella operación.
Y debajo de su firma aparecía una copia de mi identificación.
Miré a Daniel.
—No solo querían echarme de la mansión.
Él negó lentamente.
—Parece que llevaban tiempo preparando algo mucho más grande.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
«Emma, no confíes en Daniel. Él también sabía que Rodrigo estaba utilizando tu dinero».
Levanté inmediatamente la mirada hacia mi abogado.
Daniel estaba observando el mensaje desde el otro lado del automóvil.
Su expresión cambió.
—Emma… hay algo que debo contarte antes de que sigamos.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
—¿Qué cosa?
Abrió su maletín y sacó un documento que llevaba varios meses guardando.
En la primera página aparecía mi nombre.
En la segunda, el nombre de Rodrigo.
Y en la última había una firma que reconocí perfectamente.
Era la de mi padre.
Daniel respiró profundamente.
—Su padre me pidió que no le entregara este documento hasta que Rodrigo intentara apropiarse de sus bienes.
Miré a mi abogado, confundida.
—¿Mi padre sabía lo que iba a pasar?
Daniel asintió.
—No solo lo sabía. Antes de morir, dejó preparada una protección que podría cambiar completamente la situación de Rodrigo y de su familia.
Me entregó el documento.
En la parte superior aparecía un título:
«ACUERDO DE PROTECCIÓN PATRIMONIAL Y SUCESIÓN HALSTON».
Pero lo verdaderamente aterrador estaba escrito en la última cláusula:
«Si Rodrigo Sanders intenta agredir, expulsar o despojar de sus derechos patrimoniales a mi hija, se activará automáticamente una investigación sobre todas las operaciones financieras realizadas por su empresa durante los últimos cinco años».
Levanté lentamente la mirada.
—¿Qué significa esto?
Daniel me respondió en voz baja:
—Que su padre sospechaba que Rodrigo estaba utilizando su matrimonio para ocultar algo mucho más grave. Y que tenemos motivos para creer que la empresa de su esposo lleva años financiándose con dinero que no le pertenece.
En ese instante recibí una fotografía.
Era una imagen de mi padre junto a Rodrigo, Evelyn y otro hombre.
La fecha correspondía a dos meses antes de nuestra boda.
Debajo había una frase:
«Tu padre no quería que te casaras con Rodrigo. Y la razón no era su dinero».
Miré nuevamente la fotografía.
El hombre que estaba al lado de mi padre era alguien que yo conocía.
Era el antiguo director financiero de Sanders Construction.
El mismo hombre que había desaparecido misteriosamente después de la quiebra de la empresa.
Y que, según las noticias de aquella época, había muerto en un accidente de carretera.
Pero si aquella fotografía era auténtica, significaba que mi padre había descubierto el secreto de Rodrigo mucho antes de que yo me casara con él.
Y ahora estaba a punto de descubrir por qué había guardado silencio durante tantos años.