capítulo 3 — la número treinta y tres
capítulo 3 — la número treinta y tres
No dormí aquella noche.
Amy sí.
Estaba acurrucada bajo la manta del motel, abrazando una de las ranas de porcelana que todavía estaban intactas. Su respiración era tranquila, completamente ajena al caos que acababa de entrar en nuestras vidas.
Yo permanecía sentada junto a la pequeña mesa.
Frente a mí estaban la fotografía de mi madre, la llave dorada y la rana marcada con el número 33.
La observé durante casi una hora.
Finalmente, decidí examinarla.
La giré lentamente.
Nada.
La golpeé suavemente con la uña.
Un sonido hueco.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
La primera rana se había roto accidentalmente cuando Amy la dejó caer. Tal vez aquella también escondía algo.
Pero no podía romperla.
Era demasiado importante.
Entonces recordé algo.
La fotografía.
La saqué de debajo de la lámpara y la examiné nuevamente.
En la parte trasera, además del mensaje de mi madre, había una pequeña marca que no había visto antes.
Tres números.
7 – 14 – 33.
Fruncí el ceño.
No sabía qué significaban.
Busqué rápidamente en mi teléfono.
Nada.
Entonces miré la rana.
Después la nota.
“Busca el número 33 donde comenzó todo.”
¿Dónde había comenzado todo?
Mi infancia.
La casa de mi madre.
El lugar donde había conocido a mi marido.
Mi antiguo hogar.
De repente, recordé algo.
Cuando mi madre murió, había una pequeña caja de seguridad escondida detrás de un cuadro en nuestra antigua casa.
Yo tenía veintidós años.
Mi padre ya había fallecido.
Mi madre había insistido en que nunca abriera aquella caja hasta que fuera “el momento correcto”.
Pero después de su funeral, cuando regresé a casa, la caja había desaparecido.
Siempre pensé que algún familiar la había tomado.
Nunca imaginé que mi madre pudiera haberla escondido en otro lugar.
Miré la llave dorada.
Era pequeña.
Demasiado pequeña para una puerta.
Perfecta para una cerradura antigua.
A las seis de la mañana llamé nuevamente a mi abogado.
—Necesito volver a la casa.
—No es buena idea —respondió él—. Tu marido sigue viviendo allí.
—No quiero entrar.
Hice una pausa.
—Quiero saber qué hay detrás del número 33.
Hubo silencio.
—¿Qué encontraste?
Le expliqué todo.
No le conté cada detalle, pero sí lo suficiente.
Cuando terminé, su voz cambió.
—¿Dijiste que tu marido podría tener una de esas ranas?
—Eso dijo la anciana.
—Entonces no vayas sola.
—¿Por qué?
—Porque revisé los documentos de la casa esta mañana.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Y?
—Hay algo extraño.
Me incorporé.
—¿Qué cosa?
—Hace aproximadamente dos meses, tu marido hizo una modificación en el seguro de la vivienda.
—¿Qué modificó?
—Incluyó una colección antigua como propiedad de alto valor.
Me quedé en silencio.
—¿Qué colección?
—No lo especifica en el documento. Solo aparece una descripción.
—¿Cuál?
El abogado respiró profundamente.
—”Treinta y cuatro piezas de porcelana artesanal.”
Miré inmediatamente las treinta y tres ranas sobre la mesa.
—Dios mío…
—¿Estás segura de que son las mismas?
—No lo sé.
Pero en ese momento sí sabía una cosa.
Mi marido había encontrado las ranas.
Y probablemente sabía mucho más de lo que yo imaginaba.
Dos horas después, llevé a Amy a la escuela.
Antes de irse, me abrazó con fuerza.
—Mamá, ¿vas a encontrar la rana que falta?
Intenté sonreír.
—Voy a intentarlo.
—Y cuando la encuentres, ¿habrá otro secreto?
La miré.
—Espero que no.
Amy sonrió.
—Las ranas siempre tienen secretos.
Le di un beso en la frente.
—Hoy quédate con tu maestra después de clases. Voy a volver un poco tarde.
Ella asintió.
Después subí al coche.
Tenía una dirección.
La casa que había sido nuestra.
No quería regresar allí.
Pero necesitaba hacerlo.
Cuando llegué, me quedé dentro del coche durante varios minutos.
La fachada parecía exactamente igual.
El mismo jardín.
Las mismas ventanas.
La misma puerta azul que yo había elegido.
Solo que ahora sentía que pertenecía a otra persona.
Entré únicamente porque mi abogado había conseguido que me acompañara un agente autorizado para supervisar la retirada de algunas pertenencias personales.
Mi marido no estaba allí.
Eso me tranquilizó.
Caminé por el pasillo.
Cada habitación estaba llena de recuerdos que ya no parecían míos.
Hasta que llegué al antiguo despacho.
El lugar donde él guardaba sus documentos.
Abrí un cajón.
Nada.
Otro.
Nada.
Entonces vi algo detrás de una carpeta.
Una fotografía.
La tomé.
Era una imagen de mi marido junto a la anciana de la venta de garaje.
Me quedé helada.
No era una fotografía reciente.
Parecía haber sido tomada años atrás.
Muchos años.
En la esquina inferior había una fecha.
2004.
Mi marido tenía unos veinte años.
La anciana era mucho más joven.
Y entre ellos había una caja.
Una caja exactamente igual a la que la anciana me había entregado el día anterior.
Sentí que las manos empezaban a temblarme.
—¿Qué demonios…?
Entonces escuché un ruido.
Un automóvil acababa de detenerse frente a la casa.
Miré por la ventana.
Era él.
Mi marido.
Había vuelto.
Guardé rápidamente la fotografía en mi bolso y me escondí detrás de la puerta del despacho.
La puerta principal se abrió.
Escuché sus pasos.
Después, su voz.
—Sé que alguien estuvo aquí.
Se detuvo.
Silencio.
Luego escuché algo que me dejó completamente paralizada.
—Ella ya encontró las treinta y tres.
Mi corazón dejó de latir por un instante.
Él sabía.
Sabía que yo había comprado las ranas.
Pero todavía no había terminado.
Escuché una segunda voz.
Una voz de mujer.
—Entonces tenemos que encontrarla antes de que rompa la número treinta y cuatro.
Reconocí aquella voz.
Era la secretaria por la que mi marido me había abandonado.
Y entonces él dijo:
—No te preocupes. La rana treinta y cuatro está aquí.
Un cajón se abrió.
—Y ella jamás descubrirá lo que hay dentro.
Me llevé una mano a la boca para no hacer ruido.
Pero entonces escuché un golpe detrás de mí.
La fotografía que había escondido en mi bolso cayó al suelo.
Los pasos se detuvieron.
—¿Qué fue eso?
La puerta comenzó a abrirse.
Y en ese instante comprendí que, si quería descubrir la verdad sobre mi madre, tenía que salir de aquella casa antes de que ellos me encontraran.