Capítulo 3: La trampa de Preston – News

Capítulo 3: La trampa de Preston

Capítulo 3: La trampa de Preston

Capítulo 3: La trampa de Preston

La mañana siguiente, Reese Sutherland despertó con una certeza inquietante: Preston Lyle no era un hombre que aceptara la derrota en silencio.

A las seis y media, su teléfono comenzó a vibrar sin descanso. Mensajes de sus abogados, llamadas de Altair Capital y alertas de noticias aparecieron en la pantalla casi al mismo tiempo.

«Escándalo financiero: Altair Capital, acusada de financiar operaciones ilegales».

Reese abrió el artículo.

El informe afirmaba que Altair había transferido millones de dólares a empresas sospechosas, algunas de ellas vinculadas con clínicas privadas investigadas por fraude médico. El texto incluía documentos confidenciales, firmas digitales y extractos bancarios que parecían demostrarlo todo.

Pero Reese reconoció inmediatamente uno de los números de cuenta.

Era una cuenta fantasma que Preston había intentado utilizar meses atrás para desviar dinero de Lyle Holdings.

—Así que has decidido atacar primero —murmuró ella, dejando el teléfono sobre la mesa—. Muy bien, Preston. Veamos cuánto tiempo puedes sostener tu mentira.

En ese instante, Calvin Mercer entró en la habitación con una carpeta negra bajo el brazo.

—Señorita Sutherland, tenemos un problema. La fiscalía ha recibido una denuncia anónima y quiere interrogar a la dirección de Altair. Además, los abogados de Preston han solicitado una orden para congelar varios activos relacionados con la empresa.

Reese levantó la mirada.

—¿Y los documentos que encontramos en la clínica de Ellison?

—Estamos analizándolos. Hay pagos a una sociedad vinculada con Sabrina Crane, pero todavía no sabemos quién autorizó las transferencias.

Reese cerró la carpeta que tenía delante.

—No necesito saber quién aparece en los documentos. Necesito saber quién dio las órdenes.

Calvin asintió.

—Hay algo más. Sabrina ha desaparecido.

Por primera vez aquella mañana, Reese sintió que el peligro se acercaba más de lo previsto.

Sabrina había prometido colaborar. Había dicho que quería descubrir la verdad sobre Preston. Si ahora había desaparecido, solo había dos posibilidades: o estaba huyendo de las consecuencias… o alguien la había silenciado.

—Encuéntrala —ordenó Reese—. Pero no la asustes. Si sabe algo que pueda destruir a Preston, quiero que tenga la oportunidad de contarlo con sus propias palabras.

Calvin salió inmediatamente.

Reese se acercó a la ventana. Abajo, la ciudad seguía funcionando como si nada hubiera ocurrido. Los coches avanzaban entre los edificios, los empleados caminaban hacia sus oficinas y las pantallas publicitarias brillaban bajo el sol.

Nadie imaginaba que, detrás de las puertas cerradas de las grandes empresas, se estaba librando una guerra.

Y Preston acababa de cometer un error.

Había atacado a Altair utilizando información que solo alguien con acceso a sus archivos internos podía conocer.

Eso significaba que tenía un cómplice dentro de la organización.

O que alguien le estaba entregando información desde el círculo más cercano de Reese.

A las diez de la mañana, Preston apareció en una rueda de prensa improvisada frente a las oficinas de Lyle Holdings.

Vestía un traje azul oscuro y llevaba la expresión de un hombre profundamente preocupado por la justicia. A su lado estaban sus abogados y varios asesores de comunicación.

Las cámaras se encendieron.

—Durante años —declaró Preston—, he confiado en que las instituciones financieras actuaran de manera responsable. Sin embargo, los documentos que han salido a la luz plantean preguntas graves sobre Altair Capital y sus operaciones.

Un periodista levantó la mano.

—Señor Lyle, ¿está diciendo que Altair financió actividades ilegales?

Preston fingió vacilar.

—No me corresponde juzgar. Pero cuando una organización mueve cantidades tan enormes de dinero, debe responder ante la ley.

Otro periodista preguntó:

—¿Su empresa recibió financiación de Altair?

La expresión de Preston cambió apenas un instante.

—Como muchas compañías legítimas, Lyle Holdings mantuvo relaciones comerciales con distintos inversores. Si se demuestra que alguno de ellos actuó de forma irregular, cooperaremos plenamente con las autoridades.

Era una respuesta cuidadosamente preparada.

Preston no negaba la relación con Altair. Tampoco admitía que había dependido de ella durante años.

Y, sobre todo, omitía que había intentado extorsionar a la propia compañía.

Mientras las cámaras grababan cada palabra, su teléfono vibró en el bolsillo.

Un mensaje de un número desconocido apareció en la pantalla.

«La información que me pediste ya está publicada. Ahora cumple tu promesa y sácame de aquí».

Preston palideció.

Miró rápidamente a su alrededor antes de guardar el teléfono.

Aquella persona no debía escribirle. No después de lo que habían acordado.

Se excusó ante los periodistas y regresó a su despacho. Una vez cerrada la puerta, llamó al número.

Nadie respondió.

Volvió a intentarlo.

Al tercer intento, escuchó una voz distorsionada.

—¿Qué quieres? —espetó Preston.

—Lo que me prometiste.

—No es el momento de hablar.

—Tú dijiste que, cuando Altair estuviera bajo investigación, nadie prestaría atención a la clínica. Dijiste que borrarías mi nombre de los registros.

Preston apretó la mandíbula.

—Escúchame con atención. Si vuelves a llamarme, te arrepentirás.

—¿Me estás amenazando? Tengo copias de los documentos, Preston. Copias de todos ellos.

La llamada terminó.

Preston se quedó inmóvil, con el teléfono pegado a la oreja.

Por primera vez desde que había iniciado su plan, sintió miedo de verdad.

Porque aquella voz no pertenecía a un desconocido.

Pertenecía al doctor Ellison.

Mientras tanto, en una residencia protegida a las afueras de la ciudad, Sabrina Crane contemplaba una taza de café que llevaba varios minutos sin tocar.

No había dormido.

Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la expresión de Reese cuando le pidió que entregara cualquier prueba a las autoridades. No había gritado. No la había insultado. Ni siquiera había intentado golpearla.

Aquella serenidad le había resultado mucho más aterradora que cualquier amenaza.

Sabrina sabía que Reese no era una mujer a la que se pudiera engañar fácilmente.

Y también sabía que Preston le había ocultado algo mucho más importante que su matrimonio.

Sacó de su bolso una pequeña memoria USB.

Dentro había copias de correos electrónicos, registros de pagos y un archivo de audio que había guardado en secreto durante semanas.

Lo había hecho por miedo.

Al principio, Preston le había asegurado que todo estaba bajo control. Le había prometido que Reese nunca descubriría su relación y que, cuando naciera el bebé, todo sería diferente.

Después llegaron las conversaciones sobre la clínica.

Los pagos.

Las instrucciones para el doctor Ellison.

Y, finalmente, aquella frase que Sabrina jamás había conseguido olvidar:

—Cuando todo termine, Reese no podrá volver a interponerse entre nosotros.

En ese momento, Sabrina había comprendido que Preston no quería simplemente divorciarse de su esposa.

Quería eliminar cualquier obstáculo que pudiera amenazar su futuro.

Y ella misma podía convertirse en uno.

El sonido del timbre la hizo sobresaltarse.

Sabrina escondió la memoria USB dentro de su puño y se acercó a la puerta.

—¿Quién es?

—Calvin Mercer. Trabajo para Reese Sutherland.

Sabrina no respondió.

—Sé que estás ahí —continuó él—. No he venido a detenerte. Reese quiere escucharte, pero necesitas decidir si vas a seguir protegiendo a Preston o si vas a protegerte a ti misma.

Hubo un largo silencio.

Finalmente, Sabrina abrió la puerta.

Tenía los ojos enrojecidos y el rostro pálido.

—Si le cuento todo lo que sé, Preston me destruirá.

Calvin la miró fijamente.

—Si no lo haces, quizá sea él quien decida cuándo dejarás de serle útil.

Sabrina bajó la mirada.

Luego extendió la mano y le mostró la memoria USB.

—Aquí está todo —susurró—. Pero hay algo que Reese todavía no sabe.

Calvin frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

Sabrina tragó saliva.

—El doctor Ellison no actuó solo. Preston recibió ayuda de alguien que trabaja para la familia Sutherland.

Una hora después, Reese escuchaba la grabación en una sala privada de Altair Capital.

La voz de Preston llenó el silencio.

—Quiero que el procedimiento se realice sin dejar rastros. No me importa lo que tengas que hacer, Ellison. Si Reese conserva ese embarazo y descubre lo que hemos preparado, todo se vendrá abajo.

Después se oyó la voz del médico.

—¿Y si ella se niega?

Preston respondió sin vacilar:

—Entonces asegúrate de que no pueda volver a tomar decisiones.

Reese sintió que el estómago se le encogía.

No era solo una traición matrimonial. Era una conspiración cuidadosamente planeada contra su vida y la de su hijo.

Pero la grabación continuaba.

—¿Y qué hacemos con los documentos de Altair? —preguntó Ellison.

Preston soltó una risa breve.

—Eso ya está resuelto. Tengo a alguien dentro de la familia que se encargará de abrirnos todas las puertas.

La grabación terminó.

Reese permaneció inmóvil.

Calvin dejó una segunda carpeta sobre la mesa.

—Hemos comprobado los registros. Alguien accedió a información confidencial de Altair utilizando credenciales autorizadas por un miembro de tu familia.

Reese levantó lentamente la cabeza.

—¿Quién?

Calvin vaciló.

—Todavía estamos verificándolo. Pero el acceso se produjo desde una cuenta vinculada a la oficina de tu abuelo.

Durante unos segundos, Reese no dijo nada.

Su abuelo Augustus había construido el imperio Sutherland con décadas de trabajo y sacrificios. Era uno de los pocos hombres en los que ella confiaba sin reservas.

¿Podía alguien de su entorno estar ayudando a Preston?

Antes de que pudiera responder, su teléfono comenzó a sonar.

Era un número privado.

Reese contestó.

—¿Quién habla?

Una voz masculina respondió al otro lado.

—Señorita Sutherland, si quiere saber quién ayudó a su marido, venga sola al antiguo edificio de Lyle Holdings esta noche.

—¿Quién es usted?

—Alguien que sabe qué ocurrió realmente en la clínica.

La voz hizo una pausa.

—Y alguien que puede demostrar que el plan contra usted comenzó mucho antes de su embarazo.

La llamada se cortó.

Reese miró a Calvin.

Él negó con la cabeza, advirtiéndole que podía tratarse de una trampa.

Pero Reese ya había tomado una decisión.

Porque si Preston había comenzado a preparar su destrucción mucho antes de que ella descubriera la traición, entonces el verdadero peligro no estaba únicamente en su matrimonio.

Estaba mucho más cerca.

Y aquella noche, Reese descubriría quién había abierto la puerta para que Preston entrara en su vida… y quién había estado esperando desde el principio para verla caer.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Related Articles