Capítulo 4: La traición dentro de la familia – News

Capítulo 4: La traición dentro de la familia

Capítulo 4: La traición dentro de la familia

Capítulo 4: La traición dentro de la familia

A las nueve y cuarenta y cinco de la noche, Reese Sutherland llegó al antiguo edificio de Lyle Holdings.

La lluvia golpeaba los cristales rotos y el viento arrastraba hojas secas por el estacionamiento vacío. El edificio llevaba meses abandonado, desde que Preston había trasladado sus operaciones a una nueva sede. Sin embargo, una luz permanecía encendida en el tercer piso.

Reese apagó el motor y observó la entrada.

Calvin Mercer había insistido en acompañarla con un equipo de seguridad, pero ella le había ordenado mantenerse a distancia. No pensaba entrar completamente desprotegida; llevaba un transmisor de emergencia oculto bajo la manga y dos agentes vigilaban desde un vehículo cercano.

—Si no recibes noticias mías en quince minutos, entra —le había dicho a Calvin.

Ahora, mientras caminaba hacia la puerta, sentía que cada paso la acercaba a una verdad que quizá habría preferido no conocer.

La puerta principal estaba entreabierta.

Dentro olía a humedad, polvo y metal oxidado.

—¿Hay alguien aquí? —preguntó.

Una voz respondió desde las escaleras.

—Suba al tercer piso. Y no haga ruido.

Reese apretó los dedos alrededor de su teléfono y subió lentamente.

Al llegar al pasillo, encontró a un hombre sentado junto a una ventana. Tenía unos cincuenta años, el rostro demacrado y una venda alrededor de la mano derecha.

Lo reconoció inmediatamente.

Era Thomas Reed, antiguo director financiero de Lyle Holdings. Había desaparecido seis meses atrás después de presentar su renuncia inesperadamente.

—Usted debería estar fuera del país —dijo Reese.

Thomas soltó una risa amarga.

—Eso es lo que Preston quiere que todos crean.

—¿Fue usted quien me llamó?

—Sí. Y no tenemos mucho tiempo.

Sacó una carpeta de su abrigo y la colocó sobre una mesa cubierta de polvo.

—Preston no empezó a planear su traición cuando descubrió que estaba embarazada. Llevaba meses preparando algo mucho más grande.

Reese abrió la carpeta.

Dentro había copias de transferencias bancarias, contratos privados y correos electrónicos. Varios documentos llevaban el sello de empresas que supuestamente no tenían ninguna relación entre sí.

Pero había un nombre que aparecía repetidamente.

Sutherland Strategic Partners.

Reese sintió un escalofrío.

—Esta empresa pertenece a mi familia.

—Exactamente. A través de ella se desviaron fondos de Altair hacia cuentas controladas por Preston. Después, él utilizó esos mismos movimientos para fabricar pruebas que hicieran parecer que Altair financiaba operaciones ilegales.

—¿Quién autorizó las transferencias?

Thomas bajó la mirada.

—Alguien con acceso directo a las cuentas privadas de su abuelo.

Reese cerró la carpeta con fuerza.

—Necesito un nombre.

Thomas respiró profundamente.

—Margaret Sutherland.

El silencio cayó sobre la habitación.

Margaret era la hermana menor de Augustus Sutherland. Durante años había dirigido parte de los negocios familiares y era considerada una de las personas más leales al patriarca.

Reese recordaba las cenas familiares, las celebraciones y las veces que Margaret le había aconsejado que tuviera cuidado con Preston.

¿Había sido todo una mentira?

—¿Está seguro? —preguntó Reese.

—Yo mismo vi su firma en los documentos originales. Pero hay algo más. Margaret no trabajaba sola.

Thomas sacó una fotografía.

En ella aparecían Preston y Margaret sentados frente a frente en un restaurante privado. Sobre la mesa había una carpeta roja.

En el reverso, alguien había escrito una fecha: tres meses antes de la boda de Reese.

—¿Qué estaban planeando? —preguntó ella.

Thomas la miró con una mezcla de miedo y compasión.

—Querían controlar Altair Capital. Preston necesitaba su dinero para mantener su empresa a flote, pero no podía seguir dependiendo de una inversora que no sabía que él era su esposo. Cuando descubrió su verdadera identidad, decidió que la única manera de apoderarse de todo era apartarla del camino.

Reese sintió que la sangre le hervía.

—¿Y el embarazo?

Thomas tardó demasiado en responder.

—Fue entonces cuando el plan cambió.

—Explíquese.

—Preston creía que, si usted tenía un hijo, Augustus acabaría entregándole más poder dentro del grupo familiar. También temía que usted modificara sus acuerdos financieros para proteger el patrimonio de su bebé. Por eso decidió utilizar la clínica de Ellison.

Reese apoyó las manos sobre la mesa para contener la rabia.

Durante meses, había compartido la cama con un hombre que sonreía mientras calculaba cómo destruirla.

Y mientras ella soñaba con formar una familia, él había convertido su embarazo en una amenaza para sus ambiciones.

—¿Tiene pruebas de que Margaret conocía el plan médico? —preguntó.

Thomas sacó un pequeño dispositivo de almacenamiento.

—Aquí hay una grabación de una conversación entre ella y Preston. La hice antes de que me obligaran a abandonar la empresa.

Reese tomó el dispositivo.

—¿Por qué no acudió antes a la policía?

Thomas levantó la mirada. Sus ojos estaban llenos de cansancio.

—Porque Preston me amenazó con destruir a mi familia. Y porque, cuando intenté denunciarlo, alguien me envió fotografías de mis hijos entrando en la escuela.

Reese comprendió entonces que no estaba frente a un cobarde.

Estaba frente a un hombre al que habían obligado a elegir entre la verdad y la seguridad de sus seres queridos.

—Ya no está solo —dijo ella—. Le prometo que su familia estará protegida.

Thomas abrió la boca para responder, pero un ruido metálico resonó en el pasillo.

Ambos se quedaron inmóviles.

Después se escucharon pasos.

Muchos pasos.

Thomas palideció.

—No puede ser. Nadie sabía que estaba aquí.

Reese activó discretamente el transmisor de su muñeca.

La puerta del pasillo se abrió de golpe.

Tres hombres vestidos de negro aparecieron en el umbral.

—Entréguenos la carpeta —ordenó uno de ellos—. Y podrá marcharse.

Reese se colocó delante de Thomas.

—¿Quién los envió?

El hombre sonrió.

—Alguien que no quiere que la familia Sutherland termine en los titulares.

Uno de los intrusos avanzó.

Reese no retrocedió.

—Han cometido un error —dijo con voz fría—. Mi equipo ya sabe dónde estoy.

El hombre miró hacia el techo y soltó una carcajada.

—Señorita Sutherland, su equipo tiene problemas mucho mayores esta noche.

Sacó un teléfono y le mostró la pantalla.

Era una fotografía de Calvin Mercer, arrodillado junto a un vehículo, con las manos sujetas a la espalda.

El corazón de Reese dio un vuelco.

—¿Qué le han hecho?

—Por ahora, nada irreversible. Entréguenos el dispositivo.

Reese apretó el pequeño objeto dentro de su mano.

Podía perder las pruebas o arriesgarse a que Calvin resultara herido.

Pero antes de que pudiera decidir, Thomas se levantó de repente y lanzó una silla contra la ventana.

El cristal estalló.

—¡Reese, corra!

Ella reaccionó al instante. Mientras los hombres se volvían hacia el ruido, Reese se deslizó por una puerta lateral y bajó por una escalera de emergencia.

Detrás de ella resonaron gritos y golpes.

Al llegar al estacionamiento, vio un vehículo con las luces encendidas. El conductor abrió la puerta trasera.

Era uno de los agentes que Calvin había apostado cerca del edificio.

—¡Suba!

Reese entró y el coche arrancó a toda velocidad.

Solo cuando estuvieron a varias calles de distancia, abrió la mano y comprobó que el dispositivo seguía allí.

Pero Thomas había quedado atrás.

Y Calvin continuaba desaparecido.

A las once y veinte, Reese llegó a una casa segura de Altair Capital.

El equipo de seguridad confirmó que Calvin había sido liberado y trasladado a un hospital para recibir atención médica. Tenía varias costillas magulladas, pero estaba consciente.

Cuando Reese lo llamó, él habló con dificultad.

—No fue un ataque improvisado. Sabían dónde estaba apostado cada agente.

—¿Alguien de nuestro equipo filtró la ubicación?

—Eso parece. Estoy revisando los accesos.

Reese cerró los ojos un instante.

La traición no solo estaba dentro de su familia.

También podía estar dentro de su propia organización.

—Descansa, Calvin. Yo me encargaré del resto.

Después conectó el dispositivo de Thomas a un ordenador aislado.

Aparecieron varios archivos. El último contenía una grabación de audio fechada tres meses antes de su boda.

Reese pulsó reproducir.

Primero escuchó la voz de Margaret.

—¿Y si Reese descubre que Altair está financiando a Lyle Holdings?

Preston respondió con tranquilidad:

—No lo descubrirá hasta que sea demasiado tarde.

—¿Y si tiene un hijo? Augustus podría darle todavía más poder.

Hubo una pausa.

Entonces Preston pronunció unas palabras que hicieron que Reese se llevara una mano a la boca.

—Por eso necesito que Ellison se encargue del embarazo. Si Reese pierde al bebé y queda incapacitada para tomar decisiones durante un tiempo, podremos transferir el control de Altair antes de que su abuelo intervenga.

Margaret respondió en voz baja:

—¿Y si ella sobrevive y empieza a investigar?

La respuesta de Preston fue inmediata.

—Entonces haremos que parezca que fue ella quien ordenó todas las transferencias ilegales.

La grabación continuó unos segundos más.

Se escuchó el sonido de una puerta y, después, otra voz.

Una voz que Reese reconoció al instante.

La voz de Augustus Sutherland, su abuelo.

—Espero que ambos comprendan lo que está en juego. Si Reese descubre lo que hicimos, no habrá manera de salvar el apellido Sutherland.

Reese dejó de respirar.

No podía ser.

Su abuelo había sido su protector desde la infancia. Él la había ayudado a construir su independencia y le había enseñado que ninguna fortuna valía más que la vida de una persona.

Sin embargo, la grabación no dejaba lugar a dudas.

Augustus sabía que algo estaba ocurriendo.

Y quizá había permitido que sucediera.

De pronto, el teléfono de Reese vibró sobre la mesa.

Era un mensaje de su abuelo.

«Necesito verte esta noche. Ven sola. Hay algo sobre tu embarazo que debes conocer antes de que sea demasiado tarde».

Reese contempló la pantalla, incapaz de apartar la mirada.

Luego volvió a escuchar las últimas palabras de la grabación.

«No habrá manera de salvar el apellido Sutherland».

Por primera vez, se preguntó si su abuelo había intentado protegerla… o si llevaba meses protegiendo un secreto que podía destruirla.

Tomó el teléfono y escribió una sola respuesta:

«Dime dónde y a qué hora».

La contestación llegó casi inmediatamente.

«A medianoche. En la antigua residencia familiar. Y, Reese… no confíes en nadie que lleve nuestro apellido».

Reese sintió un frío profundo recorrerle la espalda.

Porque si Augustus tenía razón, Preston no era el único enemigo que debía enfrentar.

Y cuando el reloj marcara las doce, tendría que decidir si estaba dispuesta a descubrir la verdad, incluso si esa verdad destruía a la única familia que le quedaba.

Pero lo que Reese todavía ignoraba era que, mientras se preparaba para acudir a aquella reunión, alguien ya había entrado en su casa segura.

Y esa persona llevaba en la mano una fotografía reciente de su bebé por nacer.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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