Capítulo 3 — La última semana
Capítulo 3 — La última semana
Volví a leer el mensaje.
“Ella todavía no sabe lo que ocurrió durante la última semana antes de nuestra graduación.”
Sentí un escalofrío.
—¿Qué ocurrió? —pregunté.
Nadie respondió.
Miré a Daniel.
—¿Qué pasó durante esa semana?
Él bajó el teléfono.
—Creo que deberías escucharlo de todos nosotros.
Jessica negó con la cabeza.
—No hace falta.
—Sí hace falta —dijo Alison.
Por primera vez, Jessica parecía realmente nerviosa.
Mark se pasó una mano por el cabello.
—Fue hace veinte años.
—Para ustedes —respondí—. Para mí, fue una de las peores semanas de mi vida.
El salón quedó en silencio.
Recordaba perfectamente aquellos últimos días.
Recordaba entrar al instituto y sentir que todos me miraban.
Recordaba encontrar mis libros tirados en el suelo.
Recordaba escuchar risas detrás de mí.
Y recordaba especialmente el último viernes.
Había llegado a casa llorando.
Mi madre me había preguntado qué ocurría.
Yo le había dicho que estaba cansada.
Nunca le conté la verdad.
Pero había algo que siempre me había parecido extraño.
Aquella última semana, incluso algunos profesores parecían tratarme de manera diferente.
—¿Qué hicieron? —pregunté.
Daniel respiró profundamente.
—No fuimos nosotros quienes empezamos todo.
—Entonces, ¿quién?
Miró a Jessica.
Jessica cerró los ojos.
—Fue una idea estúpida.
—¿Qué idea?
Ella tardó varios segundos en contestar.
—La fiesta de graduación.
Fruncí el ceño.
—¿Qué tiene que ver la fiesta?
Mark intervino.
—Había una tradición. Al final de la fiesta, todos escribíamos algo en una caja. Mensajes anónimos para recordar nuestra época escolar.
—Lo recuerdo.
—Pero ese año alguien propuso hacer una lista de “premios”.
—¿Qué clase de premios?
Mark bajó la voz.
—El alumno más popular. El más gracioso. La pareja más bonita…
Hizo una pausa.
—Y “la persona más patética”.
Sentí que mi estómago se encogía.
—¿Y me eligieron a mí?
Nadie respondió.
Eso fue suficiente.
—Sí —dijo finalmente Daniel.
Alison apretó los puños.
—Pero eso no es todo.
La miré.
—¿Qué más?
Alison sacó su teléfono.
—Yo descubrí algo después.
Abrió una fotografía antigua.
Era una imagen de la fiesta de graduación.
Todos aparecían alrededor de una mesa.
Y en el centro había una caja decorada.
La reconocí inmediatamente.
—Esa es la caja de mensajes.
—Sí.
Alison amplió la fotografía.
Había una hoja pegada al frente.
No podía leerla bien.
—¿Qué dice?
Alison acercó la pantalla.
Debajo del título aparecía una lista de nombres.
Y junto a uno de ellos había una palabra escrita en rojo.
“Ganadora.”
Mi nombre.
Me quedé mirando la pantalla.
Pero entonces vi algo más.
Una segunda fotografía.
Era una imagen de la misma caja, tomada desde otro ángulo.
En ella aparecía Jessica.
Y estaba sosteniendo un sobre.
—¿Qué es eso?
Alison respondió:
—Ese sobre contenía los mensajes que supuestamente habían escrito tus compañeros.
—¿Supuestamente?
—Porque alguien los había escrito antes.
Miré a Jessica.
—¿Tú?
Ella empezó a llorar.
—Sí.
El salón entero quedó en silencio.
—¿Tú escribiste los mensajes?
Jessica asintió.
—Algunos.
—¿Cuántos?
—La mayoría.
Sentí una mezcla extraña de rabia y alivio.
Al menos finalmente tenía una respuesta.
—¿Por qué?
Jessica se secó las lágrimas.
—Porque quería ser popular.
La respuesta me dejó desconcertada.
—Ya eras popular.
—No lo entiendes.
Jessica respiró profundamente.
—Todos estaban buscando a alguien para convertir en el blanco de las bromas. Yo sabía que si te elegíamos a ti, todos se reirían. Y yo seguiría siendo la chica que hacía reír a los demás.
—Así que me sacrificaste para mantener tu posición.
Jessica bajó la cabeza.
—Sí.
Mark intervino.
—Pero hubo algo que nosotros no sabíamos.
—¿Qué?
—Alison descubrió quién había escrito realmente algunos de los mensajes más crueles.
Miré a mi amiga.
Ella parecía nerviosa.
—¿Quién?
Alison me sostuvo la mirada.
—El director.
Me quedé paralizada.
—¿Qué?
—No directamente —explicó rápidamente—. Alguien del personal del instituto estaba detrás de algunas de esas cosas.
Daniel negó con la cabeza.
—Y nosotros lo descubrimos años después.
—¿Quién?
Alison miró hacia la puerta.
—El profesor que organizaba el anuario.
Sentí que el salón entero se volvía demasiado pequeño.
Porque entonces recordé algo.
Durante mi último año, aquel profesor había llamado a varios estudiantes a su despacho para hablar sobre las fotografías del anuario.
A mí también me había llamado.
Y había dicho algo que nunca olvidé:
“Quizá sería mejor que usáramos una fotografía más antigua tuya.”
Yo había pensado que se refería a mi aspecto.
Pero ahora todo tenía otro significado.
Alison tomó mi mano.
—Hay una última cosa.
—¿Qué?
—La razón por la que nadie quería que vinieras esta noche no era solamente por vergüenza.
—Entonces, ¿por qué?
Alison miró hacia la entrada del salón.
—Porque el profesor también está aquí.
Me giré lentamente.
Y allí estaba.
Veinte años después, el hombre que había elegido qué fotografía poner junto a mi nombre estaba de pie junto a la puerta.
Me reconoció inmediatamente.
Y, al verme, perdió por completo el color del rostro.