Capítulo 4: La carta de mi padre y el secreto que los Faulkner intentaron ocultar
Capítulo 4: La carta de mi padre y el secreto que los Faulkner intentaron ocultar
Me quedé mirando la carta durante varios minutos.
Reconocía perfectamente la letra de mi padre. La misma que aparecía en las tarjetas de cumpleaños que me enviaba cada año y en las pequeñas notas que dejaba junto a mi desayuno cuando todavía vivíamos juntos.
Pero aquella carta era diferente.
No estaba escrita para celebrar nada.
Estaba escrita para protegerme.
—Rebecca, ¿cuánto tiempo llevaba mi padre investigando a Richard? —pregunté.
Mi abogada pasó varias páginas.
—Por lo que hemos encontrado, al menos cinco años antes de su fallecimiento.
Sentí un escalofrío.
—¿Cinco años?
—Tu padre descubrió que Richard había intentado acceder a determinadas inversiones familiares utilizando sociedades intermediarias. Nunca consiguió controlar el fideicomiso, pero aparentemente no abandonó sus intenciones.
Miré nuevamente la carta.
Continué leyendo.
«Nunca confundas el cariño familiar con la confianza financiera. Hay personas que te abrazarán mientras calculan cuánto pueden quitarte».
Tuve que detenerme.
Mi padre siempre había sido un hombre reservado. Nunca hablaba mal de su hermano delante de mí. Incluso cuando discutían, insistía en que algún día encontrarían la manera de reconciliarse.
Ahora comprendía que había estado intentando advertirme sin destruir la imagen que yo tenía de mi familia.
Rebecca continuó:
—Hay otra cosa. Richard no comenzó a reunirse con Brandon hace cuatro meses. Tenemos registros de contactos anteriores.
—¿Desde cuándo?
—Desde aproximadamente ocho meses antes de que naciera Hazel.
Miré a mi hija, que dormía en su habitación.
Ocho meses.
Mientras yo estaba embarazada, preparando su llegada y creyendo que mi marido estaba construyendo nuestro futuro, ellos estaban organizando algo a mis espaldas.
—Quiero saberlo todo —dije.
Rebecca cerró la carpeta.
—Entonces debemos preparar la reunión del viernes. Richard ha solicitado una audiencia con el comité de protección del fideicomiso.
Sonreí ligeramente.
—Perfecto. Hace mucho que no veo a mi tío.
Mientras tanto, en la casa de los Faulkner, Brenda estaba perdiendo la paciencia.
—¡No pienso devolver ese dinero! —gritó mientras caminaba por el salón.
Brandon estaba sentado frente a su ordenador.
—Mamá, baja la voz. Los abogados están revisando todas las cuentas.
—¡Esa mujer no puede hacerme esto!
—Paige tiene el control del fideicomiso.
Brenda se detuvo.
—Entonces tendrás que conseguir que lo retire.
Brandon levantó la mirada.
—¿Cómo?
Su madre se acercó y habló en voz baja.
—Todavía están casados. Tienes derechos. Si consigues que parezca que ella está actuando de manera irresponsable y poniendo en peligro a Hazel, podríamos presionarla para que llegue a un acuerdo.
Brandon la miró con incredulidad.
—¿Quieres utilizar a nuestra hija?
—Quiero proteger a esta familia.
—¿Protegerla? ¡Tú recibiste seiscientos mil dólares!
Brenda le dio una bofetada.
—¡Cuidado con cómo me hablas! Yo te di esta vida.
Brandon se levantó furioso.
—Y ahora todos vamos a perderla por tus decisiones.
Brenda apretó los labios.
Después sacó su teléfono y marcó un número.
—Richard, tenemos un problema. Necesito que vengas inmediatamente.
El viernes por la mañana, llegué a las oficinas de Sterling Crest acompañada de Rebecca.
La sala de reuniones estaba preparada.
En un extremo se encontraba Russell, junto a otros dos administradores del fideicomiso.
Richard ya estaba allí.
Llevaba un traje elegante y sostenía una carpeta de cuero.
Cuando me vio, sonrió.
—Paige, querida. Me alegra que finalmente podamos hablar.
No le devolví la sonrisa.
—Buenos días, tío.
Se levantó para abrazarme, pero me limité a ofrecerle la mano.
Su expresión cambió ligeramente.
—Veo que Rebecca te ha puesto bastante nerviosa con todas estas historias.
Mi abogada dejó varios documentos sobre la mesa.
—No estamos aquí para hablar de historias, señor Sterling. Estamos aquí para revisar operaciones concretas.
Richard tomó asiento.
—Por supuesto.
Russell comenzó a presentar los movimientos financieros.
Primero aparecieron las transferencias realizadas a BF Holdings.
Después, los pagos a la sociedad de Brenda.
Finalmente, apareció una serie de comunicaciones entre Richard y Brandon.
En uno de los correos, Richard escribía:
«Una vez que consigamos que Paige autorice la reorganización patrimonial, podremos consolidar todos los activos bajo una estructura común. Brandon tendrá acceso a los fondos y nosotros podremos ejecutar la operación».
Sentí que se me cerraba la garganta.
—¿Qué significa esto, tío?
Richard ni siquiera pareció sorprendido.
—Es una conversación comercial sacada de contexto.
Rebecca colocó otra hoja sobre la mesa.
—Entonces quizá pueda explicar por qué usted solicitó información sobre los beneficiarios del fideicomiso sin autorización de Paige.
Richard se inclinó hacia atrás.
—Soy su tío. Tengo derecho a preocuparme por su patrimonio.
—Preocuparse no significa intentar modificar documentos legales —respondió Rebecca.
Richard dejó de sonreír.
—Paige, escúchame. Tu padre siempre fue demasiado desconfiado. Yo solo intentaba ayudarte a administrar una fortuna que no sabes manejar.
Lo miré directamente.
—¿Y por eso convenciste a mi marido de que podía utilizar mi dinero?
—Tu marido necesitaba financiación.
—¿Y por eso recibiste parte de las comisiones de las operaciones?
Por primera vez, Richard no encontró una respuesta inmediata.
Russell abrió otro documento.
Era un registro bancario que mostraba pagos dirigidos a una sociedad controlada por Richard.
La sala quedó en silencio.
La reunión terminó con una decisión importante.
El comité aprobó mantener las restricciones sobre las operaciones cuestionadas, continuar la auditoría independiente y remitir los documentos sospechosos a los equipos legales correspondientes.
Richard perdió cualquier acceso administrativo que pudiera haber tenido sobre los activos investigados.
Pero antes de salir, se acercó a mí.
—Tu padre estaría decepcionado de verte destruyendo a tu propia familia.
Lo miré sin apartarme.
—Mi padre estaría decepcionado de saber que su propio hermano intentó robarle a su hija.
Richard apretó la mandíbula.
—Todavía no sabes toda la verdad.
—Entonces será mejor que empieces a contarla.
Él se marchó sin responder.
Aquella noche, Brandon apareció en mi casa.
No llamó antes.
Simplemente entró utilizando la llave que todavía conservaba.
Lo encontré en el salón, con los ojos enrojecidos y varios documentos arrugados entre las manos.
—Paige, tenemos que hablar.
—No deberías entrar sin avisar.
—¡Richard me ha dejado solo! ¡Mi madre está aterrorizada y los abogados quieren interrogarme!
—Eso ya no es responsabilidad mía.
Brandon se acercó.
—Sé que cometí errores. Pero no sabía que Richard planeaba utilizar el fideicomiso de esa manera.
Lo miré durante unos segundos.
—¿Y los seiscientos mil dólares?
Bajó la cabeza.
—Mi madre me dijo que era una inversión temporal.
—¿Y las tarjetas de crédito?
—Estaba intentando controlar los gastos.
—¿Los pañales de Hazel eran un gasto excesivo?
Brandon cerró los ojos.
—No.
—¿La leche de fórmula?
—No, Paige.
—¿Entonces por qué me dejaste humillarme en una caja registradora mientras tu madre me llamaba parásita?
No respondió.
Me acerqué a la mesa y coloqué una copia de la carta de mi padre frente a él.
Brandon la leyó lentamente.
Cuando terminó, parecía haber envejecido diez años.
—¿Tu padre sabía que Richard haría esto?
—Mi padre sabía que Richard podía intentarlo. Por eso dejó mecanismos de protección.
Brandon se sentó.
—¿Y ahora qué va a pasar conmigo?
Lo miré con tristeza.
—Eso dependerá de lo que hayas hecho realmente y de lo que demuestren los documentos.
Entonces me entregó una última hoja.
Era un correo electrónico impreso.
El remitente era Richard Sterling.
El destinatario, Brandon.
Y la fecha era anterior al nacimiento de Hazel.
Leí el mensaje.
«Cuando Paige dé a luz, será más vulnerable y estará concentrada en la niña. Ese será el momento adecuado para conseguir su firma. No te preocupes por las cuentas: Brenda y yo nos ocuparemos de los movimientos».
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
Brandon comenzó a llorar.
—No sabía que iban a llegar tan lejos.
Levanté la mirada.
—Pero sabías que estaban intentando conseguir mi firma.
Él no contestó.
Y entonces comprendí que todavía había una pieza que faltaba.
Al final del correo aparecía un archivo adjunto cuyo nombre era:
PLAN DE TRANSFERENCIA DEFINITIVA — STERLING TRUST.
Rebecca me había advertido que existían documentos todavía sin revisar.
Abrí el archivo en mi portátil.
Las primeras páginas contenían cálculos, nombres de sociedades y movimientos financieros.
Pero la última página era la más inquietante.
Mostraba un plan para transferir una parte sustancial del fideicomiso a una nueva estructura empresarial.
Y debajo aparecía una cláusula que me dejó completamente helada.
Si Paige Sterling fallecía o quedaba incapacitada, Brandon Faulkner sería designado administrador temporal de los activos.
Miré a mi marido.
—¿Sabías que este documento existía?
Brandon negó con la cabeza, pero no consiguió mirarme a los ojos.
En ese instante, mi teléfono comenzó a sonar.
Era Russell.
Contesté inmediatamente.
—Paige, acabamos de descubrir algo que debes saber antes de hacer cualquier movimiento.
—¿Qué sucede?
Su respuesta hizo que me levantara de la silla.
—El documento no fue redactado por Richard. Encontramos pruebas de que alguien de tu propia familia lo preparó mucho antes de que conocieras a Brandon.
Miré nuevamente el nombre del autor.
Y comprendí que la persona que había planeado aquella operación desde el principio podía estar mucho más cerca de mí de lo que jamás habría imaginado.
Porque el nombre que aparecía al final del documento era el de mi difunto padre.