Capítulo 3: La mujer detrás de la pantalla – News

Capítulo 3: La mujer detrás de la pantalla

Capítulo 3: La mujer detrás de la pantalla

Capítulo 3: La mujer detrás de la pantalla

No pude apartar los ojos del teléfono.

La fotografía mostraba mi propia cocina.

Daniel y su madre estaban de pie junto a la mesa, hablando en voz baja.

La imagen había sido tomada desde un ángulo imposible.

Alguien había estado dentro de mi casa.

La detective tomó mi teléfono y observó la fotografía.

—¿Hay alguna cámara de seguridad dentro de su vivienda?

—No.

—¿Alguna persona que tenga acceso a su casa?

Pensé unos segundos.

—Daniel. Su madre tiene una llave de emergencia.

La detective levantó la mirada.

—¿Alguien más?

—La niñera tuvo una hace años, pero ya no trabaja con nosotros.

—¿Y sabe si su marido cambió las cerraduras recientemente?

Negué con la cabeza.

—No.

La detective guardó silencio.

Después dijo:

—Entonces debemos considerar la posibilidad de que quien tomó esta fotografía haya tenido acceso a la casa antes de que ustedes llegaran al hospital.

Sentí un escalofrío.

—¿Está diciendo que alguien estuvo observándonos?

—Estoy diciendo que todavía no sabemos quién.

En ese momento, mi teléfono vibró nuevamente.

Otro mensaje.

Esta vez no había fotografía.

Solo una frase:

“Busca en el cajón inferior del escritorio de Daniel.”

Miré a la detective.

—¿Qué hago?

—No responda.

—¿Y el cajón?

—No toque nada hasta que podamos hacerlo de forma adecuada.

Asentí.

Pero en el fondo sabía que algo estaba escondido allí.

Y también sabía que alguien quería que lo encontráramos.

La detective salió de la habitación para hablar con otro agente.

Yo me quedé junto a mi hija.

Ella dormía.

Su respiración era tranquila.

Por primera vez desde que todo había comenzado, pude verla sin sentir que tenía que luchar contra algo.

Le acaricié el cabello.

—Mamá está aquí.

Entonces pensé en Daniel.

En cómo había dicho que todo era un accidente.

En cómo había intentado impedir que llamara a emergencias.

En cómo su primera preocupación había sido lo que yo pudiera contar.

Y en aquella frase:

“Esta vez no fallaremos.”

No sabía qué había ocurrido la vez anterior.

Pero iba a descubrirlo.

Una hora después, la detective regresó.

—Podemos ir a su casa con usted.

—¿Para buscar el cajón?

—Sí.

Volví a mirar a mi hija.

—¿Y ella?

—Un familiar de confianza puede quedarse con ella.

Llamé a mi hermana.

Llegó veinte minutos después.

Antes de salir, besé a mi hija en la frente.

—Volveré pronto.

Ella abrió los ojos.

—¿Mami?

—Sí.

—No dejes que papá vuelva a casa.

Sentí un nudo en la garganta.

—No lo haré.

Cuando llegamos a casa, todo parecía exactamente igual.

La mesa.

Las sillas.

El vaso roto.

La botella.

Pero ahora veía cada objeto de otra manera.

La detective caminó directamente hacia el despacho de Daniel.

Abrió la puerta.

El cajón inferior estaba cerrado.

—¿Tiene llave? —preguntó.

—No.

Intentó abrirlo.

Estaba atascado.

Un agente examinó la cerradura.

—Parece que alguien la forzó recientemente.

Finalmente consiguieron abrirlo.

Dentro había una carpeta negra.

La detective se puso guantes.

Sacó la carpeta.

La abrió.

El primer documento era un contrato.

El segundo, una póliza.

El tercero era una fotografía.

Me quedé helada.

Era una fotografía de mi hija.

Tenía cinco años.

Estaba sentada en el patio de nuestra casa.

—¿Quién tomó esto?

La detective observó la imagen.

—¿Reconoce el lugar?

—Sí.

—¿Cuándo cree que fue tomada?

Miré a mi hija en la fotografía.

—Hace dos años.

La detective pasó a la siguiente página.

Había otra fotografía.

Mi hija saliendo de la escuela.

Luego otra.

Mi hija entrando en una tienda.

Otra.

Mi hija caminando junto a mí.

Todas habían sido tomadas sin que yo lo supiera.

—¿Quién haría esto? —susurré.

Entonces vi algo escrito en la esquina de una de las fotografías.

Una fecha.

Y unas iniciales.

D.H.

Daniel Harrington.

Mi marido.

Sentí náuseas.

—No…

La detective levantó la mano.

—Todavía no sabemos qué significan esas iniciales.

—Son las iniciales de Daniel.

—Sí.

Pasó la página.

Había una lista.

Fechas.

Horas.

Lugares.

Y observaciones sobre mi hija.

“Sale de la escuela a las 15:10.”

“Claire llega a las 18:00.”

“Los jueves está sola con su madre.”

Miré a la detective.

—¿Por qué alguien registraría esto?

Ella no respondió.

Porque tampoco tenía una respuesta.

Entonces encontramos un segundo sobre.

Tenía mi nombre escrito.

Lo abrí.

Dentro había una copia de una póliza de seguro.

La misma que aparecía en el hospital.

Pero esta vez había algo escrito a mano.

“Si algo sucede, ella será la responsable.”

Sentí que las piernas me fallaban.

—Querían culparme.

La detective asintió lentamente.

—Eso parece.

—Pero ¿por qué?

Antes de que pudiera responder, escuchamos un ruido en el piso de arriba.

Todos nos quedamos inmóviles.

La detective llevó una mano hacia su radio.

—¿Hay alguien más en casa?

—No.

Otro ruido.

Un cajón cerrándose.

Los agentes subieron las escaleras.

Yo permanecí abajo.

Escuché pasos.

Luego una voz.

—¡Policía! ¡Salga con las manos visibles!

Silencio.

Después:

—¡No corra!

Escuché un golpe.

Y unos segundos más tarde, dos agentes bajaron con una mujer.

Era Rebecca.

La secretaria de Daniel.

Tenía el rostro pálido.

Al verme, comenzó a llorar.

—Claire…

La miré.

—¿Qué haces aquí?

—Necesitaba hablar contigo.

—¿Entraste en mi casa?

—Sí.

—¿Por qué?

Rebecca miró a la detective.

—Porque Daniel me dijo que destruyera los documentos.

Sentí un vacío en el pecho.

—¿Qué documentos?

Rebecca empezó a llorar.

—Los que prueban que todo estaba planeado.

La detective se acercó.

—¿Planeado por quién?

Rebecca dudó.

—Por Daniel y su madre.

Mi corazón se aceleró.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace meses.

—¿Y mi hija?

Rebecca cerró los ojos.

—Ella no era el objetivo inicial.

La miré confundida.

—¿Entonces quién?

Rebecca levantó la mirada.

—Tú.

La habitación quedó en silencio.

—Querían hacer parecer que eras una persona inestable —continuó—. Que descuidabas a tu hija. Que tenías problemas financieros. Que estabas tomando decisiones irresponsables.

Sentí un escalofrío.

—¿Para qué?

Rebecca respondió:

—Para que, cuando llegara el momento, nadie cuestionara que tú eras responsable de las deudas y de todo lo que ocurriera en tu casa.

La detective frunció el ceño.

—¿Qué momento?

Rebecca miró hacia el suelo.

—El momento en que Daniel pudiera cobrar el seguro y quedarse con los bienes.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Qué bienes?

Rebecca respondió en voz baja:

—La casa.

Me quedé paralizada.

—¿Mi casa?

—Y sus cuentas.

La detective intervino:

—¿Y por qué tenían que involucrar a la niña?

Rebecca comenzó a llorar.

—Porque necesitaban una historia.

—¿Qué historia?

Rebecca levantó la mirada hacia mí.

—La historia de una madre que había perdido el control.

Sentí un frío profundo.

De repente, todas aquellas discusiones.

Todas aquellas acusaciones.

Todas las veces que Daniel me había dicho que yo era demasiado protectora.

Todo tenía otro significado.

No querían disciplinar a mi hija.

Querían construir un expediente contra mí.

Querían que pareciera culpable.

Pero Rebecca todavía no había terminado.

—Hay algo más.

La miré.

—¿Qué?

Sacó una memoria USB de su bolsillo.

—Aquí está todo.

La detective tomó el dispositivo.

—¿Qué contiene?

—Correos.

Mensajes.

Grabaciones.

Documentos.

Y una conversación de hace tres días.

La detective miró la pantalla.

Después levantó lentamente los ojos hacia mí.

—Claire…

—¿Qué?

—Su marido sabía exactamente lo que iba a ocurrir esta noche.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Cómo lo sabe?

La detective giró la pantalla.

Había un mensaje de Daniel.

La fecha era de esa misma mañana.

Y solo decía:

“Cuando ella llame a la policía, asegúrate de que parezca que perdió el control.”

Me quedé mirando la pantalla.

Entonces entendí.

No habían improvisado nada.

La escena había sido preparada.

El vaso roto solo había sido la excusa.

Mi hija solo había sido utilizada como parte de una historia.

Y yo había sido el verdadero objetivo desde el principio.

Pero había algo que todavía no entendía.

Si Daniel había planeado todo…

¿quién había enviado los mensajes anónimos que me estaban ayudando a descubrir la verdad?

Miré a Rebecca.

—¿Fuiste tú?

Ella negó con la cabeza.

—No.

—Entonces, ¿quién?

Rebecca levantó lentamente la vista.

Y dijo un nombre que nunca esperaba escuchar.

—Tu suegro.

Me quedé inmóvil.

—¿El padre de Daniel?

Rebecca asintió.

—Y si quieres saber por qué te está ayudando ahora…

Hizo una pausa.

—Tendrás que preguntarle qué ocurrió la primera vez que intentaron hacer esto.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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