Capítulo 4: La verdad que Elena había protegido
Capítulo 4: La verdad que Elena había protegido
Regresamos al hospital a toda velocidad.
Durante el trayecto, no pude dejar de pensar en las últimas palabras de Elena.
El verdadero peligro está dentro del hospital.
Cuando llegamos al tercer piso, Marco detuvo a dos miembros de seguridad que vigilaban el pasillo.
—¿Quién ha entrado en la habitación 347? —preguntó.
Uno de ellos revisó la pantalla.
—Nadie.
Marco frunció el ceño.
—Entonces revisa otra vez.
El hombre palideció.
—Espere…
Se acercó al monitor.
—Aquí aparece una entrada hace ocho minutos.
—¿Quién?
El guardia amplió la información.
—Una enfermera.
—Nombre.
—Laura Bennett.
La doctora Avery Bennett.
Mi estómago se contrajo.
—¿La doctora?
—No —respondió Marco—. El sistema dice que alguien utilizó su identificación.
Entré inmediatamente en la habitación.
Elena estaba despierta.
Tenía los ojos abiertos y respiraba con dificultad.
Cuando me vio, comenzó a llorar.
—Luke…
Me acerqué.
—Estoy aquí.
Miró hacia la puerta.
—Cierra.
La cerré.
Marco se quedó vigilando desde el pasillo.
—¿Quién está dentro? —pregunté.
Elena negó con la cabeza.
—No sé quiénes son todos.
—Necesito que me cuentes la verdad.
Ella tragó saliva.
—Lo intenté.
—Lo sé.
—No, Luke. No lo sabes todo.
Me senté junto a ella.
—Entonces cuéntamelo ahora.
Elena miró su vientre.
—Cuando descubrí que estaba embarazada, quería decírtelo inmediatamente.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Pero Nathan apareció en mi apartamento.
Sentí la mandíbula tensarse.
—Me dijo que tu padre sabía lo del bebé.
—¿Mi padre?
—Sí.
Elena respiró lentamente.
—Me dijo que Arthur estaba vivo.
La miré fijamente.
—¿Cuándo lo supiste?
—Antes del divorcio.
Aquella respuesta me dejó sin palabras.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque Nathan me mostró fotografías de ti reuniéndote con hombres armados. Me dijo que tu padre quería utilizarte para recuperar el control de Mercer Holdings.
Cerré los ojos.
Ahora todo empezaba a encajar.
Mi padre había desaparecido.
Nathan había sido su intermediario.
Y Elena había quedado atrapada entre ambos.
—¿Qué querían de mí?
Elena me tomó la mano.
—Tu firma.
—¿Para qué?
—Para transferir el control de la empresa.
Sentí un escalofrío.
Mi padre no había fingido su muerte solamente para esconderse.
Había estado intentando recuperar algo.
Pero ¿de quién?
Elena continuó.
—Tu padre creó una estructura de fideicomisos años atrás. Cuando murió legalmente, tú heredaste el control. Pero había una condición.
—¿Cuál?
—Si estabas casado y tu esposa tenía un hijo contigo, parte de los activos quedarían protegidos para ese hijo.
Miré su vientre.
—Nuestro bebé.
Ella asintió.
—Por eso querían separarnos.
Todo quedó claro.
El divorcio no había sido una decisión romántica.
Había sido una operación.
Querían eliminar a Elena de la ecuación antes de que yo descubriera que estaba embarazada.
Y alguien había manipulado mis emociones para conseguirlo.
—¿Quién falsificó las fotografías?
Elena dudó.
—No lo sé.
—¿Quién te amenazó?
Ella comenzó a llorar.
—Nathan me dijo que si hablaba, te matarían.
Mi corazón se detuvo por un instante.
—¿Quiénes?
—Nunca dijo nombres.
Entonces escuchamos un sonido en el pasillo.
Pasos.
Marco levantó la mano.
Todo quedó en silencio.
La puerta se abrió.
Era la doctora Bennett.
—¿Cómo está?
Elena se estremeció.
—Ella no.
La doctora se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Elena apretó mi mano.
—No eres la doctora.
Marco entró inmediatamente.
La mujer retrocedió.
—Señor Mercer, no sé de qué está hablando.
Marco miró su identificación.
—La doctora Bennett tiene una cicatriz en la mano derecha.
La mujer miró instintivamente su mano.
No tenía ninguna.
Marco la sujetó antes de que pudiera escapar.
La identificación era falsa.
La policía del hospital llegó segundos después.
Pero antes de que se la llevaran, la mujer gritó:
—¡Ya es demasiado tarde!
Me acerqué.
—¿Para qué?
Ella sonrió.
—Tu padre ya tiene lo que quería.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje.
Era de un número desconocido.
Había una fotografía.
La imagen mostraba una habitación oscura.
En el centro estaba mi padre.
Vivo.
Y frente a él había una mesa con varios documentos.
Uno de ellos tenía mi firma.
Pero lo que me dejó sin respiración no fue la firma.
Fue el nombre que aparecía debajo.
Elena Ross Mercer.
Mi exmujer había firmado un documento que transfería todos sus derechos sobre nuestro hijo.
—No —susurró Elena.
Le mostré la pantalla.
Ella comenzó a temblar.
—Yo nunca firmé eso.
Entonces comprendí.
El plan nunca había sido obligarme a firmar.
Habían falsificado las firmas de ambos.
Y alguien estaba preparando una última jugada.
En ese momento, entró un detective.
—Señor Mercer, tenemos una emergencia.
—¿Qué ocurrió?
Me entregó su teléfono.
—Acabamos de localizar el vehículo de su hermano.
—¿Nathan?
—Sí.
—¿Dónde?
El detective me miró fijamente.
—En una propiedad perteneciente a su padre.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Está vivo?
El detective tardó un segundo en responder.
—No lo sabemos.
Elena comenzó a llorar.
Y entonces mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era una llamada.
Contesté.
La voz de mi padre llegó desde el otro lado.
—Luke.
Me quedé completamente inmóvil.
—Papá.
—Si quieres volver a ver a tu hermano con vida, ven solo.
Miré a Marco.
Mi padre continuó:
—Y trae contigo la escritura de Mercer Holdings.
La llamada terminó.
Miré a Elena.
Después miré a Marco.
Durante tres meses había creído que estaba protegiéndola al alejarme.
Ahora sabía la verdad.
Había sido exactamente lo contrario.
Y esta vez no iba a abandonar a mi familia.
Pero cuando salí del hospital, recibí un último mensaje.
“No vengas a salvar a Nathan.”
“Ven a descubrir por qué él te traicionó.”
Debajo había una dirección.
La misma dirección donde mi padre había sido enterrado once meses atrás.