Parte 2 — El grito detrás de la puerta
El grito de Edgar me arrancó del sofá.
No fue un grito de sorpresa.
Fue un grito de terror.
Durante unos segundos permanecí inmóvil, escuchando cómo algo pesado caía al suelo en el piso de arriba.
—¡MAMÁ! ¡MAMÁ, VEN AQUÍ!
La voz de Edgar temblaba.
Kristina salió de la cocina corriendo.
—¡Edgar!
Yo también me levanté, pero no subí inmediatamente.
Miré hacia el techo.
Había algo extraño en aquella situación.
Kristina había preparado aquella trampa para mí. Estaba convencida de que yo ocuparía mi cama aquella noche.
Pero ahora Edgar estaba allí.
Y él acababa de entrar directamente en la trampa que su propia madre había preparado.
Escuché otro grito.
—¡HAY UNA SERPIENTE!
Kristina se quedó completamente blanca.
—¿Qué?
Subí las escaleras detrás de ella.
Cuando llegamos al dormitorio, Edgar estaba pegado contra la pared, con una silla levantada frente a él. La serpiente de cascabel había salido de debajo de la almohada y se había deslizado hasta el borde de la cama.
El cascabel sonaba frenéticamente.
—¡Llama a emergencias! —gritó Edgar.
Kristina no se movió.
Yo tampoco.
Porque acababa de notar algo.
La serpiente no estaba atacando a Edgar.
Estaba enrollada sobre la cama, justo encima de la almohada donde yo habría apoyado la cabeza.
Edgar miró hacia mí.
—Nora… ¿por qué no estás sorprendida?
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—Porque esa no era mi cama esta noche.
Silencio.
Kristina me miró.
Y en sus ojos vi algo que nunca había visto antes.
Miedo.
No por Edgar.
Por ella misma.
—¿Qué estás insinuando? —preguntó.
No respondí.
Saqué mi teléfono del bolsillo.
—Llamaré a la policía.
—¡No! —gritó Kristina.
Su reacción fue demasiado rápida.
Edgar la miró desconcertado.
—Mamá, ¿por qué no quieres que llame a la policía?
Kristina abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
La serpiente seguía haciendo sonar su cascabel.
Finalmente, Edgar logró salir de la habitación y cerró la puerta.
—Tenemos que llamar a un especialista —dijo.
—Sí —respondí.
Pero antes de que pudiera marcar, mi teléfono vibró.
Un mensaje.
Número desconocido.
Lo abrí.
Había una sola fotografía.
Era una fotografía de Edgar.
Pero no estaba solo.
A su lado aparecía una mujer rubia que reconocí inmediatamente.
Heather Perkinson.
La misma mujer cuyo nombre había pronunciado Kristina aquella tarde.
Debajo de la fotografía había un mensaje:
“¿Quieres saber quién es realmente tu marido?”
Sentí un escalofrío.
Miré a Edgar.
Él seguía discutiendo con su madre.
No parecía haber visto el mensaje.
Contesté:
“¿Quién eres?”
La respuesta llegó casi inmediatamente.
“Alguien que lleva seis meses intentando advertirte.”
Entonces apareció otro mensaje.
“Heather no es la amante de Edgar.”
Fruncí el ceño.
Otro mensaje.
“Es la madre de su hijo.”
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Durante diez años había escuchado a Kristina decir que yo no podía darle hijos a Edgar.
Durante diez años había soportado sus comentarios.
Sus miradas.
Sus silencios.
Y ahora alguien afirmaba que Edgar ya tenía un hijo.
Pero había algo todavía peor.
El siguiente mensaje decía:
“Y ese niño nació hace tres años.”
Tres años.
Mientras yo estaba sometiéndome a tratamientos, consultas médicas y procedimientos que me dejaban emocionalmente destrozada, mi marido aparentemente tenía una vida secreta.
Levanté la mirada.
Edgar me observaba.
—Nora, ¿qué pasa?
Bloqueé el teléfono.
—Nada.
Por primera vez en nuestra relación, mentí.
—Estoy preocupada por la serpiente.
Edgar respiró profundamente.
—Yo también.
Pero sus ojos no abandonaron mi teléfono.
Aquello confirmó algo.
Edgar sabía que algo estaba pasando.
Y entonces escuchamos un ruido detrás de nosotros.
Kristina.
Estaba bajando las escaleras.
Me disculpé diciendo que necesitaba ir al baño y la seguí sin que se diera cuenta.
Pero Kristina no fue a la cocina.
Fue directamente al despacho.
Cerró la puerta.
Me quedé en el pasillo.
A través de la puerta escuché su voz.
—Tenemos un problema.
Pausa.
—No, no murió.
Mi sangre se congeló.
—Edgar está bien.
Otra pausa.
—Pero Nora sabe demasiado.
Me tapé la boca para no respirar demasiado fuerte.
Kristina continuó:
—La serpiente no la alcanzó.
Silencio.
—Sí. El plan falló.
Sentí que las piernas me temblaban.
Entonces escuché una voz masculina al otro lado de la llamada.
No era Edgar.
No reconocí aquella voz.
Kristina bajó el tono.
—No podemos esperar más.
Mi mano temblaba mientras sacaba el teléfono.
Comencé a grabar.
—Si Nora descubre lo de la póliza y lo de Heather, estamos acabados.
La frase me atravesó.
No era solamente Kristina.
Había alguien más.
Alguien que conocía el plan.
Alguien que sabía de la póliza.
Y quizá alguien que sabía exactamente cómo hacer que mi muerte pareciera un accidente.
Entonces escuché una frase que cambió todo.
—El documento original está en su caja fuerte —dijo Kristina—. Necesitamos conseguirlo antes de que ella hable con la policía.
Mi respiración se detuvo.
La caja fuerte.
Solo Edgar y yo conocíamos el código.
O eso creía.
Retrocedí lentamente por el pasillo.
Pero cuando giré para regresar a la sala, choqué con alguien.
Me giré aterrorizada.
Era Edgar.
Estaba parado detrás de mí.
Me miraba fijamente.
—¿Qué estabas haciendo aquí?
No pude responder.
Su mirada bajó hacia mi teléfono.
—¿Estabas escuchando a mi madre?
Sentí que el mundo se detenía.
—¿De qué estás hablando?
Edgar dio un paso hacia mí.
—Nora, dame el teléfono.
Negué con la cabeza.
—No.
—Dámelo.
—¿Por qué?
Su expresión cambió.
Por primera vez, ya no parecía el hombre tranquilo con el que me había casado.
Parecía alguien acorralado.
—Porque no tienes idea de en qué te estás metiendo.
Antes de que pudiera responder, la puerta del despacho se abrió.
Kristina apareció.
Nos miró a los dos.
Y entonces dijo algo que jamás olvidaré:
—Edgar, ella ya lo sabe.
Él se quedó inmóvil.
—¿Sabe qué?
Kristina tragó saliva.
—Que Heather y el niño no son el verdadero secreto.
Sentí un frío profundo recorrerme el cuerpo.
—¿Entonces cuál es el secreto? —pregunté.
Ninguno respondió.
Y justo cuando pensé que finalmente iba a descubrir la verdad, alguien llamó tres veces a la puerta principal.
Toc.
Toc.
Toc.
Edgar palideció.
Kristina susurró:
—No puede ser.
—¿Quién es? —pregunté.
Nadie contestó.
Volvieron a llamar.
Toc.
Toc.
Toc.
Entonces una voz masculina resonó desde el otro lado de la puerta:
—Nora Preston, sabemos lo que intentaron hacerte.
Miré a Edgar.
Después a Kristina.
Y comprendí que aquella noche no había terminado.
En realidad, acababa de comenzar.