Capítulo 2: El rostro del vídeo
Capítulo 2: El rostro del vídeo
Me quedé mirando la pantalla del teléfono.
La imagen había desaparecido demasiado rápido.
Pero yo había reconocido aquel rostro.
No podía equivocarme.
Era Melissa, la hermana de Natalie.
La misma mujer que había estado en nuestra casa aquella tarde.
La misma que, unas horas antes, había abrazado a Natalie en la cocina y le había dicho:
—Diviértete esta noche. Te lo mereces.
Ahora aparecía en un vídeo grabado dentro de un hotel.
Miré a Natalie.
—¿Qué hacía Melissa allí?
Ella no respondió.
El hombre alto recuperó el teléfono de sus manos.
—Eso es precisamente lo que estamos intentando averiguar.
Natalie se llevó una mano a la frente.
—No saben toda la historia.
—Entonces cuéntamela —dije.
—No aquí.
—¿Por qué no?
Ella miró hacia la calle.
El todoterreno negro seguía con el motor encendido.
—Porque no estamos solos.
Sentí un escalofrío.
Me giré lentamente.
Las casas vecinas estaban oscuras.
No había nadie en los porches.
Pero entonces las luces del todoterreno se apagaron.
El vehículo permaneció inmóvil durante unos segundos.
Después arrancó y desapareció calle abajo.
El hombre magullado soltó el aire.
—Ya nos vieron.
—¿Quiénes? —pregunté.
—No lo sabemos.
—Pues empiecen a hablar.
El hombre alto guardó el teléfono.
—Mi nombre es Marcus. Él es Ryan. Trabajamos con la empresa de seguridad que contrató tu esposa hace dos semanas.
Miré a Natalie.
—¿Contrataste seguridad?
—No exactamente.
—¿Qué significa “no exactamente”?
Marcus respondió:
—Nos pidió que siguiéramos a una persona.
—¿A quién?
Natalie bajó la mirada.
—A Melissa.
Sentí que todo se volvía aún más confuso.
—¿Por qué?
Natalie tardó varios segundos.
—Porque descubrí que estaba usando mi identidad.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Alguien estaba utilizando mis datos para abrir cuentas, reservar habitaciones y mover dinero. Al principio pensé que era un fraude cualquiera.
—¿Y resultó ser Melissa?
—No lo sé.
—Pero la estaban siguiendo.
—Sí.
Ryan intervino.
—La seguimos durante cinco días.
—¿Y qué encontraron?
Ryan miró a Marcus.
Marcus negó con la cabeza.
—No deberíamos hablar aquí.
—Han llegado a mi casa a las dos de la mañana —respondí—. Creo que ya es demasiado tarde para secretos.
Ryan sacó una fotografía.
La puso sobre el capó de su coche.
Era una imagen de Melissa entrando en un edificio.
Detrás de ella había un hombre.
La fotografía estaba tomada desde lejos, pero su rostro era suficientemente visible.
Lo reconocí.
No era un desconocido.
Era Thomas, el socio de negocios de mi cuñado.
Mi estómago se contrajo.
—¿Qué tiene que ver él con esto?
Natalie respondió en voz baja:
—Eso intentábamos descubrir.
Entramos en la casa.
Natalie se sentó en el sofá.
Marcus y Ryan permanecieron de pie.
Yo cerré la puerta.
—Empieza desde el principio.
Natalie respiró profundamente.
—Hace tres semanas recibí una notificación del banco.
—¿Qué notificación?
—Una solicitud para cambiar la dirección postal de una de nuestras cuentas.
—¿Y tú no la hiciste?
—No.
—¿Se lo dijiste a alguien?
Natalie dudó.
—A Melissa.
—¿Por qué?
—Porque ella había trabajado en administración financiera. Pensé que podía ayudarme.
Me quedé mirándola.
—¿Y qué hizo?
—Me dijo que probablemente era un error.
—¿Y tú le creíste?
—Sí.
Marcus intervino.
—Dos días después apareció otra solicitud.
—¿A nombre de quién?
—A nombre de Natalie.
—Pero ella no la presentó.
—Exacto.
Sentí que empezaba a comprender.
—Entonces alguien estaba utilizando su identidad.
—Sí —dijo Natalie—. Y descubrí algo más.
Abrió su bolso.
Sacó un sobre.
Me lo entregó.
Dentro había varias fotografías.
Cuentas bancarias.
Reservas de hotel.
Documentos de identidad.
Y en casi todos aparecía el mismo nombre.
Natalie Carter.
Pero las fotografías no correspondían a mi esposa.
Correspondían a otra mujer.
La misma mujer del vídeo.
Melissa.
Me quedé sin palabras.
—Ella utilizó tus documentos —dije.
Natalie asintió.
—Eso creemos.
—¿Y por qué?
—Porque hay una cuenta que recibió dinero durante meses.
—¿Cuánto?
Natalie me miró.
—Más de cien mil dólares.
Sentí que el aire abandonaba la habitación.
—¿De dónde salió ese dinero?
—De una empresa que yo no conocía.
Marcus respondió:
—Una empresa relacionada con Thomas.
Entonces comprendí por qué los dos hombres habían aparecido aquella noche.
No estaban protegiendo a Natalie de una aventura.
Estaban intentando protegerla de algo mucho más serio.
—¿Y qué ocurrió en el hotel? —pregunté.
Ryan tomó el teléfono.
—Recibimos una alerta alrededor de la medianoche.
—¿Qué tipo de alerta?
—Melissa había entrado al hotel utilizando el nombre de Natalie.
—¿Y ustedes fueron detrás de ella?
—Sí.
—¿Y Natalie?
—Ella fue porque quería confrontarla.
Natalie bajó la cabeza.
—Pensé que podía terminar todo esa noche.
—Pero algo salió mal.
Ella asintió.
—Cuando llegué, Melissa ya estaba con Thomas.
—¿Y la policía?
—Alguien llamó antes de que pudiéramos hablar.
Ryan señaló su mandíbula.
—Y cuando intentamos detener a Thomas para que no se marchara, él me golpeó.
—Por eso tienes ese hematoma.
—Sí.
Me quedé mirando a Natalie.
—¿Por qué no me contaste nada?
Ella empezó a llorar.
—Porque pensé que podía solucionarlo sola.
—¿Y me dijiste que era una noche de chicas?
—Tenía miedo.
—¿De quién?
Natalie no respondió.
Entonces Marcus puso su teléfono sobre la mesa.
—Hay una última cosa que debes saber.
Abrió una fotografía.
Era una captura de una cámara de seguridad.
La imagen mostraba a Melissa entrando en nuestra casa.
La fecha era de aquella misma tarde.
Pero había algo extraño.
Melissa no estaba sola.
Detrás de ella aparecía otro hombre.
Marcus amplió la imagen.
Mi corazón se detuvo.
Lo reconocí inmediatamente.
Era alguien que yo conocía desde hacía años.
Alguien que tenía una copia de las llaves de nuestra casa.
Alguien en quien jamás había pensado desconfiar.
Miré a Natalie.
—¿Tú sabías esto?
Ella negó con la cabeza.
—No.
Marcus guardó el teléfono.
—Entonces tenemos un problema.
—¿Qué problema?
Me miró directamente.
—Porque esa persona no solo entró en tu casa.
Hizo una pausa.
—También fue quien llamó a la policía esta noche.
Sentí que un frío me recorría el cuerpo.
Y entonces mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Solo decía:
“Ahora ya sabes demasiado. Si quieres que Natalie siga a salvo, mañana a las nueve estarás solo en el estacionamiento del hotel.”
Debajo había una fotografía.
Era una imagen tomada desde el exterior de mi propia casa.
La fotografía había sido tomada apenas unos minutos antes.
Alguien seguía observándonos.
Y estaba mucho más cerca de lo que habíamos imaginado.