Capítulo 2: Hacer las cuentas
Capítulo 2: Hacer las cuentas
Khloe me llamó dos veces más aquella semana.
La primera, para decirme que el estudio de baile había enviado un aviso: si no se abonaba el mes, Cheyenne perdería su plaza en la función de primavera. La segunda, para decirme que había tenido que salir antes del trabajo porque no había nadie que recogiera a los niños, y que Theo estaba enfadado, y que todo aquello era, en su opinión, una rabieta mía muy bien calculada.
—No es una rabieta —le dije—. Es una jubilación. Llevo seis años jubilada, Khloe. Solo que nadie me había dejado ejercerla.
Colgó sin despedirse. Yo terminé de cerrar la maleta.
La mañana que salí hacia Newport, conduje despacio e hice lo que mi médico me había pedido un año atrás y yo nunca había hecho: parar cada hora, bajarme del coche, estirar las rodillas, respirar. En una de esas paradas, en una área de descanso con mesas de madera, me comí un bocadillo sentada al sol, sin prisa, sin mirar el reloj de nadie. Lloré un poco. No de tristeza. De una cosa más rara: de alivio con retraso, que es el alivio de las mujeres que han tardado demasiado en sentarse.
La casa de invitados de Nora huele a cedro y a mar. Tiene una ventana grande que mira al humedal, donde las garzas se quedan quietas como si también ellas estuvieran aprendiendo a no correr.
—¿Ves? —me dijo Nora la primera mañana, dejándome un café en la mesilla—. Aquí nadie te necesita para nada antes de las nueve. Es insoportable, ¿verdad?
Me reí. Y luego me quedé dormida otra vez, a las diez, en mitad de una frase de mi hermana, con el café templándose. Dormí como no dormía desde que murió Sebastian: sin un oído puesto en el teléfono.
La fisioterapeuta de la clínica de Newport se llama Dana y tiene las manos de quien sabe dónde duele sin que se lo digan.
—¿Cuánto tiempo lleva cuidando a todo el mundo? —me preguntó, mientras me movía la rodilla con una delicadeza que me dio ganas de llorar.
—Seis años de viuda —dije—. Y antes, treinta de enfermera.
—Le he preguntado cuánto tiempo lleva cuidando —repitió, sonriendo—. No a cuánta gente.
Empezamos el tratamiento: el de verdad, el completo, el que pospuse para pagar unas clases de baile. Cada sesión es una pequeña factura que la vida me pasa a mí, por una vez, solo a mí.
A los nueve días llamaron los niños.
Fue Hugo, desde el teléfono de su padre, un martes a la hora de la merienda. Supe después que Theo estaba en la misma habitación, haciendo como que leía.
—Abuela —dijo mi nieto, en ese susurro de los niños que creen que las paredes tienen oídos—, ¿es verdad que ya no nos quieres?
Me senté en el borde de la cama de invitados, con el teléfono apretado contra la oreja como si pudiera abrazarlo a través de él.
—Escúchame bien, Hugo, porque esto es lo más importante que te voy a decir nunca —le dije—. Yo os quiero igual que el día que nacisteis. Eso no se mueve. Lo que ha pasado es un problema de los adultos, y los problemas de los adultos nunca, nunca, son culpa de los niños. La abuela está enferma de las rodillas y tenía que curarse. Los médicos de aquí me están arreglando, como arreglan los coches en el taller de papá.
—¿Y vas a venir a la función de Cheyenne? —preguntó, porque los niños van siempre al grano que les quema.
—Si tu hermana actúa, la abuela la verá —dije—. De una manera o de otra, la verá. Eso te lo prometo yo.
Cheyenne se puso después y me contó todo su baile en cuarenta segundos, incluidos dos giros que hizo allí mismo, junto al teléfono, porque oí el golpe de sus pies contra el suelo de la cocina.
Cuando colgué, me quedé pensando en Theo, en su habitación, haciendo como que leía mientras su hijo me llamaba. Hay hombres que abren las puertas así: de lado, sin mirar, dejando el teléfono al alcance de un niño de nueve años.
El jueves llamó Preston Hail.
No era una llamada de cortesía. Era una llamada de banco, medida y grave.
—Señora Camila, debo informarle de una cosa —dijo—. El señor Theo ha venido esta mañana a la sucursal. Quería renegociar las condiciones del préstamo de la camioneta. Dice que la situación en casa ha cambiado.
—¿Y no puede pagarla? —pregunté, con la mano en el pecho.
—Puede, de momento. Pero ha pedido el historial completo de la operación. Y de paso… —Preston hizo una pausa de esas que los banqueros no hacen nunca— ha preguntado cuánto había abonado usted, en total, en concepto de pagos vinculados a su hogar en los últimos cinco años. Teléfonos. Recibos domiciliados. Transferencias. El aval. Se lo hemos facilitado, como cotitular que es de algunas operaciones. Se ha quedado mucho rato mirando el papel, señora Camila. Mucho rato.
—¿Y qué ha dicho? —pregunté.
—Ha dicho: «Yo creía que era solo el tejado». Y se ha ido sin renegociar nada.
Esa noche no dormí tan bien. El humedal estaba precioso y callado, y yo miraba el techo pensando en mi hijo con un papel en las manos, haciendo por fin las cuentas que yo me pasé seis años haciendo sola para que nadie tuviera que hacerlas.
A las ocho y cuarto de la mañana siguiente, Nora llamó a la puerta de la casa de invitados con dos nudillos y una expresión que no le conocía.
—Hermanita —dijo—. No te asustes. Hay un coche aparcado ahí fuera.
Me asomé a la ventana que mira al humedal.
No era un coche cualquiera.
Era la camioneta de Theo.