Capítulo 3: El hombre que estaba en mi casa
Capítulo 3: El hombre que estaba en mi casa
Miré la fotografía sin poder apartar los ojos.
Era el coche de mi hermano.
No había ninguna duda.
—¿Está seguro? —pregunté.
El agente asintió.
—La matrícula coincide.
Sentí un vacío en el estómago.
Mi hermano no tenía ninguna razón para estar allí.
O eso creía.
—¿A qué hora llegó?
El agente revisó sus notas.
—A las cuatro y diez de la tarde.
—¿Y cuándo se fue?
—No se fue.
Lo miré confundido.
—¿Qué quiere decir?
—El vehículo permaneció estacionado hasta después de que usted llegara a casa.
Me quedé completamente inmóvil.
Eso significaba que mi hermano había estado allí cuando mi esposa castigó a nuestra hija.
Había estado allí mientras ella lloraba.
Mientras permanecía en el frío.
Mientras yo todavía estaba trabajando.
—Quiero hablar con él.
El agente negó con la cabeza.
—Ya está viniendo.
Unos minutos después, escuchamos pasos en el pasillo.
La puerta se abrió.
Mi hermano entró.
No parecía sorprendido de verme.
Eso fue lo primero que me preocupó.
—¿Qué hacías en mi casa? —pregunté.
Mi hermano miró a mi hija.
Ella seguía dormida.
Después me miró a mí.
—No fui allí para ayudar a tu esposa.
—Entonces, ¿para qué fuiste?
Bajó la voz.
—Para comprobar si lo que me habías contado era cierto.
Fruncí el ceño.
—¿Qué te había contado?
—Que tenías miedo de que ella estuviera haciendo daño a la niña.
Sentí que algo dentro de mí se quebraba.
—¿Cómo sabías eso?
Mi hermano respiró profundamente.
—Porque tu hija me llamó.
Lo miré sin entender.
—¿Cuándo?
—Hace tres semanas.
Mi corazón se aceleró.
—¿Qué te dijo?
Mi hermano se pasó una mano por el rostro.
—Me pidió que no te contara nada.
Miré a mi hija.
—¿Por qué?
—Porque tenía miedo de que tu esposa se enfadara con ella.
Sentí lágrimas en los ojos.
Mi hermano continuó:
—Me dijo que algunas noches tu esposa la castigaba durante horas. Me dijo que tenía miedo de quedarse sola con ella.
Apreté los puños.
—¿Y no me dijiste nada?
—Intenté hacerlo.
—¿Cuándo?
—La primera vez que fui a hablar contigo, tu esposa estaba en casa. No pude decirte nada delante de ella.
—Entonces volviste.
—Sí.
—¿Hoy?
Asintió.
—Hoy decidí que ya no podía esperar.
El agente intervino.
—¿Qué ocurrió cuando llegó?
Mi hermano miró hacia el suelo.
—Escuché a la niña llorar.
Mi respiración se detuvo.
—¿La viste?
—Sí.
—¿Y qué hiciste?
—Empecé a grabar desde el coche.
Miré al agente.
—¿Fue él quien nos dio el video?
El agente negó.
—No. El video que recibimos vino del vecino.
Mi hermano bajó la mirada.
—Yo envié mi grabación después.
El agente sacó otro teléfono.
—Y hay una diferencia importante entre ambos videos.
—¿Cuál?
—El vecino grabó desde el exterior.
Me mostró la pantalla.
—Su hermano captó el momento inmediatamente anterior.
La grabación comenzó.
Se veía la puerta trasera.
Mi esposa salió.
Pero esta vez no estaba sola.
Mi hermano estaba sentado en su coche, observando.
Mi esposa levantó la vista hacia una de las ventanas.
Luego sacó su teléfono.
Hizo una llamada.
El agente pausó el video.
—¿Reconoce ese número?
Miré la pantalla.
Era el número de mi hermano.
Lo miré.
—¿Ella te llamó?
Mi hermano asintió.
—Sí.
—¿Qué quería?
—Me pidió que me marchara.
—¿Por qué?
—Porque dijo que tú estabas a punto de llegar.
Sentí un escalofrío.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no me iría.
El video continuó.
Mi esposa salió al patio con nuestra hija.
Mi hermano comenzó a grabar.
Y entonces vi algo que no había visto antes.
Mi esposa miró hacia la cámara del vecino.
Después miró hacia el coche de mi hermano.
Y sonrió.
El agente detuvo el video.
—¿Ve lo que ocurre aquí?
Asentí lentamente.
—Ella sabía que estaba siendo observada.
—Exactamente.
Mi hermano apretó la mandíbula.
—Por eso pensé que quizá no haría nada.
—Pero lo hizo.
—Sí.
Nadie habló durante unos segundos.
Entonces mi hermano dijo:
—Hay algo que todavía no te he contado.
Lo miré.
—¿Qué?
—Tu esposa sabía que estabas preparando el divorcio.
Sentí que el cuerpo se me quedaba frío.
—Eso es imposible.
—No.
—Yo no se lo dije a nadie.
—A mí sí.
—¿Y a quién más?
Mi hermano dudó.
—A una persona que trabaja en el mismo edificio que tú.
Sentí que mi mente empezaba a reconstruir las últimas semanas.
Las llamadas que mi esposa había hecho.
Las preguntas extrañas.
La manera en que había empezado a preguntarme cuándo regresaría del trabajo.
El día en que había encontrado los papeles del divorcio en mi maletín.
Yo había pensado que simplemente estaba revisando mis cosas.
Pero quizá los había encontrado antes.
El agente volvió a mirar su teléfono.
—Tenemos que comprobar una cosa.
—¿Qué?
—La llamada que su esposa hizo a su hermano.
El agente comenzó a revisar los registros.
Después levantó la mirada.
—Ella no llamó solo a su hermano.
—¿A quién más?
—Alguien recibió una llamada exactamente treinta segundos después.
El agente mostró otro número.
No lo reconocí.
Mi hermano sí.
Su rostro cambió.
—Ese número…
—¿Lo conoce? —preguntó el agente.
Mi hermano asintió lentamente.
—Sí.
—¿De quién es?
Mi hermano me miró.
—Es del abogado de tu esposa.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Su abogado?
—Sí.
—¿Por qué estaría hablando con él antes de que ocurriera todo esto?
Nadie respondió.
El agente recibió entonces un mensaje.
Lo leyó.
Su expresión se volvió seria.
—Acabamos de recibir los registros de la casa.
—¿Y?
—Su esposa había estado grabando conversaciones dentro de la vivienda.
—¿Qué conversaciones?
El agente me miró.
—Las suyas.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace meses.
Mi hermano se acercó.
—¿Por qué grabaría a su propio marido?
El agente no respondió.
En ese momento, mi teléfono vibró.
Era otro mensaje de mi esposa.
Esta vez no había amenaza.
Solo había una frase:
«Pregúntale a tu hermano qué hizo aquella noche antes de que naciera tu hija.»
Levanté lentamente la mirada.
Mi hermano había palidecido.
—¿Qué ocurrió aquella noche? —pregunté.
No respondió.
—Te estoy preguntando qué ocurrió.
Mi hermano cerró los ojos.
Y finalmente dijo:
—Tu hija no fue la primera persona a la que tu esposa hizo daño.
El silencio que siguió fue absoluto.
Porque comprendí que el secreto que mi hermano había estado guardando no tenía que ver únicamente con mi esposa.
Tenía que ver con nuestra propia familia.
Y, por la forma en que mi hermano evitaba mirarme, supe que la respuesta podía cambiar para siempre todo lo que yo creía saber sobre el nacimiento de mi hija.