PART 2: Lo humilló y lo dejó por un rico frente a todos sin saber lo que él llevaba en el bolsillo
El sabor amargo del equipaje listo
El trayecto de regreso a casa no duró más de veinte minutos, pero para Aurelio cada cuadra se sintió como una eternidad suspendida en el tiempo. Empujaba el carrito de los tamales con una lentitud inusual, sintiendo las llantas metálicas rechinar contra el pavimento agrietado de la colonia. Las manos le pesaban, no por el peso de la vaporera medio vacía, sino por la vibración constante del teléfono en el bolsillo, recordándole que los millones de pesos en la cuenta del Banco Metropolitano no habían sido una alucinación matutina provocada por el cansancio.
Al doblar la esquina de su calle, vio la puerta de su pequeña casa de ladrillos anaranjados abierta de par en par. La cortina de lona desgastada que hacía las veces de zaguán se mecía suavemente con el viento de la tarde. De inmediato, una punzada fría le recorrió el pecho. A esa hora, Alondra solía estar lavando el patio trasero o preparando el fríjol para la comida, nunca con la puerta principal abierta de esa manera.
Aurelio dejó el carrito recargado con precaución contra la barda y cruzó el umbral. El silencio dentro de la vivienda era espeso, roto únicamente por el sonido sordo de unas maletas siendo cerradas con violencia en la recámara principal.
—¿Alondra? —llamó con voz contenida, sintiendo que la garganta se le volvía a secar—. ¿Estás aquí?
Los pasos apresurados sobre el piso de cemento pulido resonaron antes de que ella apareciera en el pasillo. Alondra llevaba una blusa floreada que ya comenzaba a deslavarse de los hombros y el cabello recogido en una coleta alta, pero lo que más llamó la atención de Aurelio no fue su atuendo, sino la expresión dura y distante en su mirada, una muralla de hastío que ella había levantado frente a él durante los últimos meses.
—Qué bueno que llegas, Aurelio —dijo ella sin saludarlo, cruzándose de brazos con firmeza—. No quería irme sin dejar las cosas claras de una vez por todas.
Aurelio parpadeó, desconcertado, intentando procesar el equipaje que se asomaba al fondo del pasillo.
—¿Irte? ¿De qué hablas, Alondra? ¿A dónde vas con las maletas?
Antes de que ella pudiera responder, un ruido seco proveniente de la puerta trasera hizo que Aurelio girara la cabeza. Por el pasillo angosto apareció su hijo adolescente, cargando una mochila raída al hombro y una caja de cartón con sus cuadernos y su patineta desvencijada.
—Mi amor… —murmuró Aurelio, dando un paso al frente hacia el muchacho—. ¿Y nuestro hijo no vino contigo? ¿Qué significa todo esto? ¿Por qué andan sacando las cosas?
Alondra se interpuso en su camino, con los ojos destellando una furia fría que a Aurelio le dolió más que cualquier golpe físico.
—Él está terminando de empacar lo suyo porque se viene conmigo, Aurelio —sentenció ella, con una seguridad implacable—. Y para que te quede claro desde este preciso instante: tú y yo ya dejamos de estar juntos. Hoy se acaba esta farsa.
La acumulación del desprecio
El mundo de Aurelio, que ya se había tambaleado por la mañana con la noticia de la herencia millonaria, pareció desmoronarse por completo en ese pasillo oscuro. Veinte años de matrimonio, de parches en los pantalones, de tortillas duras compartidas con sal y de sonrisas cómplices frente a las carencias se evaporaban en un par de frases secas.
—Alondra, por Dios… ¿qué estás diciendo? —balbuceó Aurelio, extendiendo las manos en un gesto de súplica silenciosa—. Si esta mañana, antes de irme a vender los tamales, tú y yo estábamos bien. Tomamos café juntos. Me despediste con un beso en la frente.
—¿Qué bien ni qué nada, Aurelio? —estalló ella, perdiendo por fin la compostura, dejando escapar toda la frustración acumulada durante años de miseria silenciosa—. ¡Estoy harta! Estoy hasta la coronilla de esta maldita pobreza, de vivir contando las monedas para el gas, de usar zapatos remendados y de escuchar tus ideas de porquería sobre la paciencia y la humildade. ¡Se acabó! Me voy de la casa y nuestro hijo se viene conmigo.
—Pero… ¡yo soy tu esposo, Alondra! —clamó él, con la voz quebrada, sintiendo que las lágrimas amenazaban con desbordarse—. Hemos construido una vida juntos. Tenemos una historia, un hogar, un hijo. ¿Vas a tirar todo eso a la basura así como así?
—¿Yo tirarlo a la basura? —Alondra soltó una risa amarga, despectiva—. Yo llevo veinte años tirando mi vida a la basura, Aurelio, confiando estúpidamente en tus falsas promesas de que algún día las cosas mejorarían. Y mírate… mírate nada más. Sigues vendiendo tamales en la esquina, oliendo a manteca y sudor, conformándote con las migajas que te da la vida.
Aurelio apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Sintió una mezcla punzante de dolor y orgullo lastimado.
—Este trabajo ha puesto comida en nuestra mesa todos los días, Alondra —respondió él, con un temblor de indignación en la voz—. A esta familia nunca le ha faltado un techo ni un bocado mientras yo tenga dos manos sanas para trabajar honradamente.
—¡A mí me faltó la vida que siempre quise! —gritó ella, con los ojos llenos de lágrimas contenidas—. ¡A mí me faltaron los viajes, la ropa fina, la seguridad que merezco! Y ya encontré a alguien que sí me la va a dar.
Aurelio se quedó congelado. El eco de esas palabras resonó en las paredes de la pequeña sala como un trueno.
—¿Alguien más…? —susurró, con el corazón latiéndole a mil por hora—. ¿De qué estás hablando? ¿Quién es ese maldito?
En ese preciso momento, un claxon elegante y discreto sonó afuera de la casa, interrumpiendo el aire espeso de la discusión. A través de la puerta abierta, se alcanzó a ver la silueta brillante de un automóvil de lujo estacionado frente a la banqueta polvorienta, un contraste insultante con el carrito de tamales de Aurelio.
—Un placer, Aurelio —se escuchó una voz masculina, suave y cargada de suficiencia desde la entrada.
Un hombre bien vestido, con traje sastre impecable, zapatos de charol relucientes y un reloj costoso que brillaba bajo el sol de la tarde, cruzó el umbral sin invitación. Era Yair, un conocido empresario de la zona comercial a quien Alondra había estado frecuentando en los últimos meses bajo el pretexto de un supuesto empleo administrativo.
Alondra se dirigió hacia él con una naturalidad pasmosa, acomodándose la bolsa al hombro y tomando la mano del hombre.
—Él es el hombre con el que voy a empezar una nueva vida, Aurelio —dijo ella, sin rastro de culpa en el rostro—. Una vida de verdad.
Aurelio miró a su esposa, luego al hombre elegante que se paraba con aire de superioridad en medio de su humilde sala. En su bolsillo, el teléfono volvió a vibrar con una notificación del banco, recordándole los millones de pesos que acababa de heredar. Pero en ese momento exacto, con su familia desmoronándose ante sus ojos y su esposa abandonándolo por dinero, comprendió que la fortuna más grande del mundo no servía de nada si ya no quedaba nadie con quien compartirla.