PART 4: Un Secreto Enterrado, Un Amor Prohibido y una Verdad OCULTA
El sol de mediodía caía a plomo sobre los caminos de tierra que conectaban la Hacienda El Roble con el pueblo de San Isidro. Jeremías espoleaba a su caballo con una desesperación nacida del pánico y la codicia, levantando una densa nube de polvo a su paso. Cuando llegó a la cantina donde Don Ezequiel tenía su despacho clandestino, el capataz irrumpió con la respiración entrecortada y el rostro bañado en sudor frío.
—¡Patrón Ezequiel! —jadeó Jeremías, quitándose el sombrero y apoyándose en el marco de la puerta—. ¡El hombre de la cicatriz… apareció vivo en la Hacienda El Roble esta madrugada!
Ezequiel, que estaba contando unos billetes, se quedó congelado. La ceniza de su puro cayó sobre el escritorio. Su rostro palideció antes de contorsionarse en una máscara de pura rabia.
—Eso es imposible, hombre —bramó el cacique, poniéndose de pie de un salto, tirando la silla hacia atrás—. ¡Ese infeliz debería pudrirse en la cárcel! ¡Yo mismo pagué para que no saliera nunca!
—Pues está ahí, patrón. Y ya abrieron el medallón de la muchacha. Ya tienen el mapa, ya saben dónde están las escrituras originales.
Ezequiel sacó su revólver, comprobando el tambor con manos temblorosas por la furia.
—¡Prepare la carreta y junte a los muchachos! —gritó a sus matones—. Voy a recuperar lo mío hoy mismo. Ese mapa y esa muchacha no amanecen en esa hacienda.
Mientras tanto, en la tranquilidad engañosa de la Hacienda El Roble, una paz frágil envolvía a sus habitantes. Después de la abrumadora revelación, Marcelo descansaba en uno de los cuartos de huéspedes, recuperando fuerzas tras su largo viaje.
En el patio principal, bajo la sombra de la bugambilia, Salvador se acercó a Amaranta. La joven contemplaba el horizonte, aún procesando el milagro de tener a su padre vivo.
—Don Salvador… —susurró Amaranta al sentir su presencia, girándose hacia él con los ojos brillantes—. Todo lo que ha hecho por mí y por mi papá en estos días… no lo voy a olvidar jamás en la vida. Si no fuera por usted, Ezequiel ya me habría matado.
Salvador tomó sus manos, pequeñas pero curtidas por el trabajo, y las besó con una devoción profunda.
—Amaranta, cuando llegaste aquí, cubierta de polvo y pidiendo trabajo, no imaginé que ibas a cambiar mi vida entera de esta manera —confesó el hacendado, con la voz cargada de una emoción que llevaba años reprimida—. Me devolviste la luz. Me hiciste recordar que mi corazón aún puede latir.
Amaranta sintió que el pecho se le ensanchaba. Lo miró con una ternura infinita.
—Yo también siento lo mismo por usted, Salvador. Desde hace muchas semanas, usted es mi único refugio.
El momento mágico se hizo añicos por el sonido atronador de múltiples caballos galopando a toda velocidad hacia la entrada principal. Salvador reconoció de inmediato el relincho de las bestias de Ezequiel y el chirrido de su carreta.
—¡Apúrele con esos caballos! —gritó un peón desde la torre de vigilancia—. ¡Viene el prestamista por el camino con dos hombres armados!
La sangre abandonó el rostro de Salvador.
—¡Amaranta, corra a esconderse ahora mismo! ¡Váyase con Consuelo al cuarto de atrás y póngale cerrojo a la puerta! —ordenó, empujándola suavemente hacia el interior de la casa mientras desenfundaba su arma.
Amaranta corrió, el corazón latiéndole en la garganta. Salvador caminó a paso firme hacia las grandes puertas de hierro, flanqueado por los pocos peones leales que estaban armados con rifles y machetes.
Ezequiel bajó de su carreta con arrogancia, acompañado de dos matones de aspecto sanguinario.
—¡Abran este portón ahora mismo! —exigió el cacique, golpeando los barrotes con la culata de su arma—. ¡Vengo a arreglar cuentas con el patrón de esta hacienda!
—¿Qué se le ofrece a estas horas del mediodía, Don Ezequiel? —respondió Salvador con voz gélida, abriendo el portón solo lo suficiente para encararlo, bloqueando el paso con su propio cuerpo—. Le dije que no volviera a pisar mis tierras.
—Vengo por lo que es mío, Salvador. Saquen a esa muchacha ahora mismo. Me pertenece.
—En mi hacienda usted no entra, ni viene a gritar ni a exigir nada —espetó Salvador, alzando su revólver—. Salga por donde entró. Esa muchacha no es suya.
—Esa muchacha me debe una fortuna por la casa de su madre —insistió Ezequiel, escupiendo en la tierra.
—Esa deuda ya se pagó. Se pagó ayer delante del juez de San Isidro, peso sobre peso. No venga con mentiras, usurero.
Ezequiel sonrió de medio lado, una mueca siniestra que mostraba su desesperación.
—Había otros papeles firmados aparte, Salvador. Documentos que la obligan a trabajar para mí. Y no me voy a ir sin ella.
—¡Muestra esos papeles aquí y ahora, cobarde! —resonó una voz profunda, como un trueno, desde el corredor de la casa.
Todos giraron la cabeza. Marcelo bajaba los escalones de piedra, caminando con la rectitud de un hombre que no tiene nada que perder. La cicatriz en su ojo parecía latir con ira acumulada.
Ezequiel retrocedió un paso, perdiendo el color de su rostro grasiciento. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, como si estuviera viendo a un fantasma.
—Tú… tú no puedes estar aquí… ¡Tú estás muerto! —tartamudeó Ezequiel, levantando su arma con manos temblorosas.
—Salí libre hace tres meses, Ezequiel —respondió Marcelo, plantándose junto a Salvador—. Diecinueve años encerrado por tu culpa, mientras tú te hacías rico con mis tierras. Pero el juego se acabó. ¡Aquí están las escrituras originales con tu firma falsificada! ¡Esos papeles tuyos son falsos, mentiroso, ladrón de tierras!
Marcelo levantó el viejo pergamino, exhibiéndolo frente a los ojos aterrorizados del prestamista. Ezequiel miró a su alrededor, buscando desesperadamente una salida, y sus ojos se toparon con Jeremías, quien intentaba esconderse tras un pilar.
—¡Tú! —rugió Marcelo, señalando al capataz—. Yo cargué esta prueba veinte años. Y tú, Jeremías, usted fue el traidor. Usted le dijo que yo estaba vivo.
Salvador agarró a Jeremías por el cuello de la camisa y lo lanzó al suelo de terracota.
—¡Perdóneme, patrón! —lloriqueó el capataz, arrastrándose—. ¡Yo solo cumplía órdenes del hombre más poderoso del pueblo! ¡Tenía miedo!
—Recoja sus cosas y salga de mi hacienda ya mismo, antes de que lo mate a golpes —sentenció Salvador con asco, pateándolo lejos—. No quiero volver a ver su cara de traidor por aquí.
Viendo que había perdido su ventaja y que los peones de Salvador le apuntaban, Ezequiel dio un paso atrás hacia su carreta.
—Esto no se queda así. Mañana vuelvo con las autoridades y con más hombres. ¡Los voy a colgar a todos! —amenazó, subiéndose a la carreta y huyendo despavorido con sus matones.
Esa noche, la tensión en la Hacienda El Roble era asfixiante. A pesar de que habían llegado peones de una finca vecina para ayudar a vigilar el perímetro, Amaranta no probó bocado.
—Coma tranquila, mi niña. Aquí está segura —le rogaba Doña Consuelo, acariciándole la espalda.
—No puedo comer nada, Doña Consuelo. Tengo mucho miedo —susurró Amaranta, mirando por la ventana hacia la oscuridad—. Su papá y Don Salvador volverán mañana con la justicia. Todo estará listo. Ya nos podremos ir.
Al amanecer, la niebla aún cubría los campos cuando Salvador y Marcelo ensillaron los caballos. Tenían que llegar al juzgado de la capital antes de que Ezequiel pudiera sobornar a más autoridades.
—Vámonos ya, antes de que amanezca del todo en el pueblo —indicó Marcelo, asegurando el tubo de cuero con las escrituras en su montura.
Amaranta corrió hacia Salvador, aferrándose a su chaqueta.
—Vuelva pronto, Don Salvador, se lo pido. Cuídese mucho, por favor. No soportaría perderlo a usted ni a mi padre ahora que los he encontrado.
—Vuelvo antes del mediodía, hija. Se lo prometo con toda el alma —respondió él, dándole un beso en la frente—. Cierren bien el portón cuando salgamos. Nadie entra, nadie sale.
Los dos hombres cabalgaron en silencio a través del espeso bosque que dividía las tierras. Sin embargo, a mitad del camino, una figura salió corriendo de entre los matorrales, agitando los brazos. Era Jeremías.
—¡Patrón Salvador! ¡Don Marcelo! ¡Tengo que hablar con usted, por favor, deténganse! —gritó el ex capataz, desesperado.
Salvador sacó su rifle, apuntándole al pecho.
—¡Quítese del camino, traidor, o lo atropello!
—¡No, patrón, escúcheme! ¡Es una trampa de Ezequiel! —lloró Jeremías, cayendo de rodillas en el lodo—. Ezequiel me mandó a distraerlos aquí. Están esperándolos más adelante para emboscarlos y robarles las escrituras.
Marcelo y Salvador intercambiaron una mirada dura.
—¿Por qué le voy a creer a usted, rata inmunda? —escupió Marcelo.
—Porque Ezequiel no me pagó lo que me prometió, y amenazó con matarme a mí también. ¡Están detrás de los árboles secos, en la cañada del muerto! Son tres hombres fuertemente armados.
Salvador bajó ligeramente el arma.
—Vamos a rodear por el otro lado del bosque. Si nos estás mintiendo, Jeremías, el primer balazo es para ti.
Guiados por la confesión del traidor, Salvador y Marcelo desmontaron y se adentraron sigilosamente en la maleza, bordeando el camino principal. Efectivamente, ocultos entre los arbustos secos, tres matones apuntaban sus escopetas hacia el sendero por donde debían pasar.
Con la destreza de hombres curtidos en el campo, Salvador y Marcelo aparecieron detrás de ellos, cortando el gatillo de sus armas al unísono.
—Ahí están los tres agachados —susurró Salvador, antes de gritar—: ¡Manos arriba los tres, tiren las armas o los dejo como coladores!
Sorprendidos y sin escapatoria, los matones tiraron sus rifles al suelo. Salvador los amarró a los árboles con sus propias reatas.
—¿Dónde está Ezequiel ahora? —exigió saber Marcelo, agarrando al líder por el cuello.
—¡Está en su casa… esperando noticias! —confesó el matón, temblando.
—Vamos ya para el juzgado. No perdamos más tiempo —dijo Salvador, dejando a los hombres atados.
Al llegar a la capital, entraron con paso firme al despacho del Juez de Distrito, un hombre incorruptible y ajeno a los sobornos del pueblo pequeño.
—¿Qué me trae usted hoy después de tanto tiempo, Don Marcelo? Pensé que estaba preso —dijo el juez, sorprendido al verlo entrar acompañado del respetado Don Salvador.
—Traigo las escrituras originales de mis tierras, señor juez. Y las pruebas de que Don Ezequiel falsificó la firma del difunto notario y ordenó su asesinato para incriminarme —declaró Marcelo, desenrollando el pergamino sobre el escritorio de roble.
El juez tomó su lupa, analizando los sellos de agua y los trazos de la firma. Su rostro se ensombreció.
—Válgame Dios… aquí está la firma falsa, es más que evidente. La caligrafía no coincide. Don Marcelo, se ha cometido una injusticia atroz contra usted. Voy a mandar a arrestar a Don Ezequiel esta misma tarde. Firmaré la orden de aprehensión de inmediato.
Horas más tarde, los rurales irrumpieron en la hacienda de Ezequiel. Lo sacaron arrastrando de su despacho, frente a las miradas atónitas de sus sirvientes.
—¡Don Ezequiel, queda detenido por orden del juez federal por falsificación, despojo y tentativa de asesinato! —leyó el capitán de los rurales.
—¡Esto es un abuso! ¡Yo soy inocente! ¡Tengo amigos poderosos, ustedes me lo van a pagar! —gritaba Ezequiel, forcejeando mientras le ponían las esposas—. ¡Caminen con nosotros al juzgado ya mismo! —ordenó el oficial.
Mientras se lo llevaban, Ezequiel miró fijamente hacia las sombras de la casa. Allí, oculta bajo un velo negro, estaba Rosaura, su hermana, una mujer de corazón aún más frío y calculador que él.
—Hermano… —susurró Rosaura desde las sombras, con una voz venenosa y cargada de odio—. Yo termino lo que empezaste. Voy directo a la Hacienda El Roble. Esa muchacha no va a sobrevivir para disfrutar nuestro dinero.
Mientras tanto, en la cocina de El Roble, Doña Consuelo rezaba el rosario con fervor, sintiendo una opresión inexplicable en el pecho.
—Siento algo malo en el pecho, mi niña —murmuró, persignándose—. Recemos juntas por ellos. Diosito, cuídalos, por favor.
De pronto, un golpe fuerte en la puerta trasera las sobresaltó.
—Quizás son ellos, Doña Consuelo —dijo Amaranta, corriendo a abrir con la esperanza brillando en sus ojos.
Pero no eran Salvador ni su padre. Frente a ella estaba una mujer alta, vestida de luto riguroso de pies a cabeza, con el rostro parcialmente oculto por un manto negro.
—Hija… —dijo la misteriosa mujer con voz urgente y angustiada—. Vengo con noticias urgentes del pueblo.
—Dígame, señora, ¿mi papá está bien? ¿Qué pasó con Salvador? —preguntó Amaranta, sintiendo que el corazón se le detenía.
—Hija, tu papá… tu papá cayó del caballo camino al pueblo en una emboscada —mintió Rosaura, derramando lágrimas de cocodrilo—. Está sangrando mucho.
—¡No, mi papá no! ¡Dígame que está vivo! —gritó Amaranta, al borde del colapso.
—Está vivo, pero muy grave, hija. Tienes que venir conmigo ahora mismo al pueblo si quieres despedirte de él. Tenemos la carreta lista afuera.
Doña Consuelo, desconfiando de inmediato del extraño atuendo, se interpuso.
—¿Y usted quién es, señora? Nunca la he visto en San Isidro.
—Soy la enfermera nueva del pueblo, señora —respondió Rosaura rápidamente—. No hay tiempo que perder.
Amaranta, cegada por el dolor y la desesperación, no lo dudó un segundo.
—Doña Consuelo, me voy con la señora al pueblo ahora mismo.
—¡Mi niña, espere que vuelva Don Salvador, no me da buena espina! —suplicó Consuelo, agarrándola del brazo.
—¡Es mi papá, Doña Consuelo! ¡Acabo de encontrarlo, no puedo esperar más! —se soltó Amaranta, llorando a mares—. Rápido, por favor, señora, llévenos rápido.
Amaranta corrió hacia la carreta sin mirar atrás, subiendo junto a la mujer de negro, cayendo directo en la trampa mortal de la familia del usurero, mientras las puertas de la Hacienda El Roble se cerraban detrás de ella.