PART 5: Un Secreto Enterrado, Un Amor Prohibido y una Verdad OCULTA – News

PART 5: Un Secreto Enterrado, Un Amor Prohibido y una Verdad OCULTA

PART 5: Un Secreto Enterrado, Un Amor Prohibido y una Verdad OCULTA

El traqueteo de la carreta sobre el camino pedregoso resonaba como un tambor fúnebre en los oídos de Amaranta. Lloraba en silencio, aferrándose al asiento de madera, con el corazón destrozado por la imagen de su padre ensangrentado que la mujer de negro le había pintado en la mente. Sin embargo, a medida que avanzaban, la densa arboleda comenzó a cambiar. Los árboles se hicieron más espesos, la luz del sol desapareció casi por completo y el sendero se volvió angosto y empinado, alejándose de cualquier civilización.

Amaranta se secó las lágrimas con el dorso de la mano y miró a su alrededor. El pánico comenzó a reemplazar a la tristeza.

—Señora… —tartamudeó, intentando mantener la calma—. Señora, este no es el camino del pueblo. Conozco la ruta a San Isidro, nos estamos desviando hacia la sierra.

La mujer de negro, que conducía los caballos con una fuerza inusual, no giró la cabeza. Su postura se tensó.

—Cállate y sigue montando, muchacha. Faltan pocos kilómetros —respondió con una voz áspera que ya no fingía compasión.

El miedo se apoderó de Amaranta. El instinto de supervivencia, afilado por los meses de miseria en las calles, le gritó que saltara. Se puso de pie tambaleándose en la carreta en movimiento.

—¡Suélteme, señora! ¡Detenga los caballos, quiero bajarme ya! —exigió, intentando arrebatarle las riendas.

La mujer soltó una carcajada seca y desalmada. Con un movimiento brusco, detuvo la carreta, agarró a Amaranta por el brazo con unas manos que parecían tenazas de hierro y la arrojó brutalmente contra el fondo de madera. La capucha negra cayó hacia atrás, revelando un rostro pálido, afilado, marcado por un odio visceral. Era un rostro que compartía los mismos rasgos repulsivos que el prestamista del pueblo.

—Ya no puedes bajarte, muchacha ingenua —siseó Rosaura, con los ojos inyectados en sangre—. ¿De verdad creíste el cuentito de la buena samaritana? Tu papá no está herido, estúpida. Está muy sanito, festejando que metió a mi hermano a la cárcel.

Amaranta se arrastró hacia atrás, sintiendo que el aire le faltaba.

—Usted… usted es la hermana de Ezequiel. ¡Rosaura!

—¡Así es, escuincla! —gritó Rosaura, sacando un cuchillo largo y oxidado de su ropaje—. Y tú vas a pagar por lo que le hicieron a mi familia. Ya llegamos a tu tumba, Amaranta. Baja.

Mientras tanto, en la Hacienda El Roble, el ambiente era de pura celebración. El semental negro de Salvador y el alazán de Marcelo entraron al patio a trote ligero. Los dos hombres venían con sonrisas anchas, con la satisfacción del deber cumplido y la justicia por fin en sus manos.

—¡Vamos a darle la buena noticia a mi hija, Don Salvador! —exclamó Marcelo, desmontando con agilidad a pesar de sus años en prisión—. ¡Ezequiel se va a pudrir en la celda que él mismo me preparó!

Sin embargo, el silencio sepulcral de la hacienda los golpeó de inmediato. No había olor a comida, ni peones trabajando cerca de la casa. La puerta de la cocina estaba abierta de par en par. Doña Consuelo estaba sentada en los escalones del porche, con la cabeza entre las manos, meciéndose mientras lloraba a gritos.

—¡Consuelo! ¿Qué pasó? ¿Dónde está Amaranta? —preguntó Salvador, sintiendo que un balde de agua helada le caía sobre la espalda.

La cocinera levantó el rostro, hinchado por el llanto.

—¡Se la llevó una mujer, patrón! —sollozó, arrojándose a los pies de Salvador—. ¡Vino una señora vestida de negro, como si anduviera de luto, diciendo que Don Marcelo estaba herido de muerte y que la necesitaba! Mi niña salió corriendo con ella. ¡Yo le dije que no fuera, pero no me hizo caso!

Salvador y Marcelo intercambiaron una mirada de puro terror. Las piezas encajaron en la mente del hacendado al instante.

—Es Rosaura… —gruñó Salvador, apretando los puños hasta que se le blanquearon los nudillos—. Es la hermana de Ezequiel. ¡Esa perra venenosa se la llevó para vengarse!

—¡Mi hija no! ¡No voy a perder a mi hija el mismo día que la recuperé! —bramó Marcelo, corriendo de vuelta hacia su caballo.

Antes de que pudieran montar, una figura maltrecha salió rengueando de entre los matorrales. Era Jeremías. Tenía el rostro golpeado y la ropa sucia, pero levantó las manos en señal de paz.

—¡Patrón Salvador, deténgase! —gritó el ex capataz—. ¡Vengo a ayudar!

Salvador sacó su revólver y le apuntó directo a la cabeza sin dudarlo.

—¿Qué quieres, infeliz? ¿Vienes a burlarte? ¡Largo de aquí antes de que te vuele los sesos!

—¡No, patrón, por lo que más quiera, escúcheme! —suplicó Jeremías, arrodillándose en el polvo—. Sé que me equivoqué, sé que fui un cobarde vendido. Pero yo vi la carreta de Rosaura pasar por el camino viejo. ¡Sé dónde tiene Rosaura sus escondites! La viuda negra usa las propiedades abandonadas de la familia en la sierra.

Marcelo agarró a Jeremías por las solapas, levantándolo del suelo con una fuerza descomunal.

—Si nos estás mintiendo otra vez, te juro por la memoria de Josefina que te voy a desollar vivo. Llévanos, ¡ahora!

Jeremías asintió frenéticamente y montó en un caballo que uno de los peones le acercó. Los tres hombres partieron a galope tendido, internándose en la espesura de la sierra. El camino era traicionero, lleno de desfiladeros y rocas sueltas.

Tras una hora de cabalgar al límite de las fuerzas de los animales, Jeremías señaló hacia la cima de un cerro escarpado. A través de la niebla baja, se perfilaba la silueta lúgubre de una construcción de piedra.

—Allí arriba… allí arriba está la casa vieja de piedra —jadeó Jeremías—. Era un viejo molino que la familia de Ezequiel usaba para castigar a los peones rebeldes. Nadie sube hasta allá.

—Vamos a rodearla por atrás sin hacer ruido —ordenó Salvador, desmontando y preparando su rifle—. Aguanta, hija… ya vamos por ti.

En el interior de la casa de piedra, el aire olía a humedad, a encierro y a muerte. El lugar era una especie de calabozo improvisado, sin ventanas, iluminado apenas por las rendijas del techo que dejaban colar hilos de luz grisácea.

Rosaura había arrojado a Amaranta al suelo de tierra compactada. La joven se arrastró hasta un rincón, tiritando de frío. Al apoyar su mano contra la pared de piedra, sintió algo extraño. Era un pequeño hueco entre dos rocas. Con los dedos temblorosos, tanteó el interior y sacó un trozo de papel reseco, doblado meticulosamente, y una pequeña horquilla de cabello oxidada.

Amaranta desenvolvió el papel bajo la escasa luz. Sus ojos se llenaron de lágrimas al reconocer la fina caligrafía de su madre, las mismas letras curvas que le habían enseñado a leer.

“Mamá… estuviste aquí”, susurró, llevando el papel a su pecho. “Mi mamá estuvo aquí encerrada hace veinte años. Mamá, ¿me trajiste hasta este mismo lugar para que yo supiera la verdad?”

El chirrido de los goznes oxidados rompió el silencio. Rosaura entró, llevando una jarra de agua sucia y un pedazo de pan duro.

—Toma algo, muchacha, antes de que te mueras de hambre —se burló Rosaura, pateando el pan hacia ella—. Mañana decidiremos qué hacer contigo. Quizás te venda, o quizás solo te tire por el barranco.

Amaranta no miró la comida. Se puso de pie lentamente, con una dignidad que descolocó a su secuestradora. Levantó el papel en su mano, sus ojos ardiendo con el fuego de la verdad.

—Sé quién es usted en realidad, señora. Y sé lo que hizo —dijo Amaranta con voz firme, sin que le temblara un solo músculo.

Rosaura frunció el ceño, sacando de nuevo su cuchillo.

—¿Qué crees saber tú de mí, estúpida vagabunda?

—Aquí lo dice todo, señora. Mi madre lo escribió con su propia sangre y lágrimas —la desafió Amaranta, agitando el papel—. ¡Usted encerró a mi mamá aquí hace veinte años! Usted la torturó.

Los ojos de Rosaura se abrieron con furia al reconocer el papel.

—¡Dame ese papel ahora mismo, muchacha maldita! —rugió, lanzándose hacia ella.

Amaranta esquivó el ataque, escondiendo el papel en su espalda.

—¡Sí, yo la encerré! —escupió Rosaura, riendo como una maniática—. ¡Tu madre era una mosca muerta que se metió en el camino de mi familia! Queríamos sus tierras, queríamos hundir a Marcelo. Pero Josefina se escapó de mí ese día. Se arrastró como un gusano por las montañas y me burló.

—Se escapó embarazada de mí, señora. Conmigo en su vientre, huyendo de ustedes, monstruos.

Rosaura soltó una carcajada amarga y llena de odio.

—Pero no se escapó para siempre. Yo la encontré años después en San Isidro. Y me encargué de que sus deudas la ahogaran. Yo envenené su comida, poco a poco. ¡Yo maté a tu madre después, pedazo de basura!

Amaranta sintió que el mundo se detenía. El dolor de la pérdida volvió a golpearla con la fuerza de un huracán, pero esta vez, venía acompañado de una furia asesina.

—¡Usted… usted mató a mi mamá! —gritó Amaranta, abalanzándose sobre ella con los puños desnudos.

—¡Y ahora sigues tú, muchacha del demonio! —rugió Rosaura, levantando el cuchillo para asestar un golpe mortal en el pecho de la joven.

Pero antes de que la hoja de acero pudiera descender, un ruido ensordecedor sacudió la habitación. La puerta trasera de madera podrida voló en pedazos de una sola patada.

—¡Esa es Amaranta, está gritando adentro! —se escuchó la voz de Jeremías afuera.

—¡Aléjese de mi Amaranta ahora mismo, maldita asesina! —rugió Salvador, entrando como un vendaval.

Con un movimiento rápido y preciso, Salvador golpeó la mano de Rosaura con la culata del rifle. El cuchillo salió volando por los aires y chocó contra la pared. Marcelo entró justo detrás de él, agarrando a Rosaura por el cabello y arrojándola violentamente contra el suelo.

—¡Sus manos atrás, señora, sin resistir! —ordenó Salvador, inmovilizándola con la rodilla en la espalda mientras le ataba las muñecas con una cuerda gruesa.

—¡Suéltenme, infelices! ¡Esto no se acaba conmigo, Marcelo! —gritaba Rosaura, escupiendo tierra.

Amaranta corrió hacia los brazos de su padre, llorando desconsoladamente. Marcelo la abrazó con una fuerza que intentaba curar veinte años de ausencia. Salvador se acercó y le acarició el rostro, asegurándose de que no tuviera ni un solo rasguño.

—Ya estoy aquí, hija. ¿Estás bien? ¿Te hizo daño? —preguntaba Marcelo, revisándola.

—Estoy bien, papá… pero miren lo que encontré. Aquí está la verdad de mi mamá —dijo Amaranta, sollozando, extendiéndole el papel reseco—. Josefina escribió esto escondida, encerrada aquí por esta mujer. Es su letra.

Marcelo tomó el papel. Al ver la caligrafía de su amada Josefina, las lágrimas nublaron sus ojos con la cicatriz. Leyó en silencio las primeras líneas donde relataba su calvario, pero Amaranta señaló la parte inferior del documento.

—Papá, mi mamá dice algo más al final de la carta. Algo que ni Doña Consuelo sabía…

Marcelo aclaró la voz, que le temblaba de emoción, y leyó en voz alta:

“Si no salgo viva de aquí, que Dios perdone mis mentiras. Marcelo, mi amor, me robaron lo más sagrado. Antes de escapar, esta familia maldita me arrebató a mi primer bebé. Josefina tuvo otro hijo antes que Amaranta.”

El silencio cayó pesado como plomo en el cuarto de piedra. Salvador se quedó boquiabierto.

—Papá… —murmuró Amaranta, con los ojos muy abiertos—. Yo tengo un hermano vivo.

Marcelo giró lentamente hacia Rosaura. Sus ojos oscuros ya no reflejaban tristeza, sino un instinto asesino puro y primario. Se acercó a ella, la agarró por el vestido negro y la levantó a la altura de su rostro.

—¿Dónde está mi hijo, bruja? ¿Qué hiciste con mi primogénito? —exigió Marcelo, con una voz que hizo temblar hasta las piedras de la pared.

Rosaura, a pesar de estar acorralada, sonrió con malicia, disfrutando el dolor en los ojos del hombre al que había destruido.

—Ese bebé… —siseó Rosaura, escupiéndole en la cara—, ese chillón bastardo… se lo arranqué de los brazos a Josefina el día que te metimos a la cárcel. Lo entregué yo misma al orfanato del pueblo de San Isidro en medio de una tormenta. Lo boté como a la basura.

—¡¿Dónde está ese hijo mío ahora, señora?! ¡Habla o te corto el cuello aquí mismo! —rugió Marcelo, sacando su propio cuchillo de cacería.

La mujer de negro amplió su sonrisa retorcida. Sus ojos se desviaron hacia la puerta destrozada, donde la figura golpeada de Jeremías observaba la escena pálido como un muerto.

—No tienes que buscar muy lejos, Marcelo… —susurró Rosaura venenosa—. Tu hijo está muy cerca de ustedes. Está parado en esa misma puerta.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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