PART 3: Embarazada Y Abandonada, Compró Un Naranjal Seco… Y Bajo Un Árbol Encontró Una Nueva Esperanza
Parte Tres: El Despertar de la Tierra
Bajo el sol inclemente, Clara repetía como un mantra las palabras que había encontrado en el viejo cuaderno de don Julián. “Afloje, retire, observe y respire”. Las leía una y otra vez hasta que el ritmo de la frase se acompasó con el latido de su propio corazón. Con la pala en mano y el sudor perlando su frente, se agachaba con infinita precaución, protegiendo con el brazo libre el vientre donde su hija aguardaba.
—Lo haré despacio —le susurraba a la tierra reseca, como si le hiciera una confidencia a una vieja amiga—. Se lo prometo.
Una mañana, el sonido de unos pasos ligeros interrumpió su labor. Era un chiquillo del pueblo, descalzo y con la cara manchada de tierra, arrastrando con esfuerzo un par de costales de yute.
—Mi mamá dice que usted está loca —soltó el niño de sopetón, sin ningún filtro, mientras dejaba caer los sacos con un ruido sordo.
Clara se irguió lentamente, apoyando una mano en sus riñones doloridos, y soltó una carcajada limpia que espantó a un par de pájaros posados en la cerca. —Traje abono —añadió el muchacho, encogiéndose de hombros, como si la locura de aquella mujer no fuera asunto suyo siempre y cuando hubiera un trato de por medio.
—Dile a tu mamá que a lo mejor tiene razón —respondió Clara, con una sonrisa maternal asomándose en sus labios agrietados—. Le cambio pan tostado por esos costales. ¿Trato?
El chiquillo asintió vigorosamente, tomó el pan envuelto en un trapo y salió corriendo por el mismo sendero polvoriento. Clara miró los costales y luego el canal norte que doña Matilde le había señalado. Era hora.
Esa misma tarde, doña Matilde llegó con su andar pausado y su mirada afilada, observando el progreso de Clara en la zanja. El metal de la pala golpeaba la tierra endurecida hasta que, de pronto, el sonido cambió. Sonó a hueco, un eco sordo que resonó en el pecho de Clara.
—¿Será el canal? —preguntó la joven, con la respiración entrecortada y las manos temblorosas aferradas al mango de madera.
Doña Matilde se acercó, entrecerrando los ojos bajo el sol poniente. —Es aquí. Quite solo el lodo suelto, mija. Hágalo con cuidado.
Clara escarbó con las manos, retirando los terrones resecos que bloqueaban el paso antiguo. Pero el fondo seguía siendo fango oscuro y denso. El desánimo amenazó con apagar el fuego en su mirada. —Tal vez ya no queda agua… —murmuró, sintiendo el peso del agotamiento en cada músculo.
Doña Matilde le puso una mano firme sobre el hombro, deteniéndola. —Espere. Escuche debajo de la tierra.
Clara cerró los ojos y contuvo la respiración. Al principio solo escuchó el viento peinando las ramas secas, pero luego, sutil y profundo, llegó un murmullo. Un gorgoteo suave, como la sangre volviendo a circular por una vena dormida. Con un último tirón, Clara arrancó el tapón de lodo endurecido. El agua, fresca, cristalina y ansiosa, irrumpió con fuerza, lavando la tierra y arrastrando las hojas muertas.
—¡Mire, doña Matilde, está corriendo! —exclamó Clara, cayendo de rodillas sin importarle ensuciarse la falda, hundiendo las manos en la corriente helada.
La anciana asintió, con una media sonrisa dibujada en su rostro severo. —Estaba viva. Nadie le había abierto camino, eso es todo.
Clara se llevó las manos mojadas al rostro, mezclando el agua del canal con sus propias lágrimas de alivio. Miró hacia los árboles que ahora comenzarían a beber después de años de sed. —Mi niña tendrá agua en su casa —dijo, alzando la barbilla con un orgullo feroz—, y tendrá una madre terca como estos árboles.
Con el canal despejado, el pozo comenzó a llenarse lentamente. Esa misma tarde, Clara separó un par de monedas de oro del escondite de don Julián y contrató a un par de hombres del pueblo para que limpiaran la estructura de piedra. —El pozo se puede limpiar por partes. Le pagaré la primera reparación hoy —les indicó con voz de patrona. Horas después, la cuerda del cubo dejó de atorarse. —Por fin dejó de atorarse —celebró uno de los trabajadores. Doña Matilde, que observaba desde la sombra, sentenció con su sabiduría de siempre: —Con paciencia, hasta los pozos aprenden modales. Venga, Clara, hay algo que tiene que ver.
Clara la siguió hasta el árbol nudoso al que había bautizado días atrás. Allí, en la punta de una rama reseca, asomaba un diminuto punto verde. —El Terco sacó una hojita —susurró Clara, maravillada—. Una hoja pequeña, pero está vivo.
La noticia no tardó en llegar al pueblo. En el mercado, los murmullos cambiaron de tono. “Ya corre el canal del Naranjal. Yo lo vi”, decían las mismas marchantas que antes le auguraban la ruina. “Entonces, quizá esa mujer tenía razón”.
Semanas después, Clara caminaba por el mercado, pero esta vez no iba a comprar, sino a ofrecer. Sobre una mesa modesta, dispuso los primeros rábanos, lechugas y calabazas que la tierra revivida le había regalado en las zonas húmedas junto al canal.
—Todo esto creció en el Naranjal que ustedes llamaban muerto —le dijo Clara a la verdulera, que miraba las hortalizas con los ojos muy abiertos. —Volveré a comprarle si trae más —prometió la marchanta, entregándole las monedas de plata. —Traeré lo que la tierra me permita —respondió Clara con humildad.
Al regresar a casa, agotada pero victoriosa, doña Matilde la esperaba con un jarro de té caliente. —Vendí las primeras verduras —anunció Clara, dejando caer las monedas sobre la mesa. La anciana asintió, empujando el jarro hacia ella. —Bien. Ahora guarde algo y descanse, mija. Que la tormenta de verdad todavía no ha empezado.