PART 4: Embarazada Y Abandonada, Compró Un Naranjal Seco… Y Bajo Un Árbol Encontró Una Nueva Esperanza – News

PART 4: Embarazada Y Abandonada, Compró Un Naranjal Seco… Y Bajo Un Árbol Encontró Una Nueva Esperanza

PART 4: Embarazada Y Abandonada, Compró Un Naranjal Seco… Y Bajo Un Árbol Encontró Una Nueva Esperanza

El rumor de que el Naranjal había resucitado corrió por el pueblo más rápido que pólvora encendida. En la cantina y en la plaza, las voces se alzaban comentando el milagro del agua.

—El pozo de mi tío vuelve a dar agua —dijo Ramiro, golpeando la mesa de madera con los nudillos blancos por la rabia—. ¿El pozo de doña Clara? Sí, claro. Eso dicen todos.

Ramiro, el sobrino de don Julián que había vendido la propiedad por unos cuantos pesos creyéndola inservible, sentía cómo la codicia le quemaba el pecho. Nunca se había ensuciado las manos para cuidar la tierra de su tío, pero ahora que el agua fluía y el verde asomaba, el Naranjal volvía a ser “suyo” en su mente retorcida.

Esa misma tarde, el polvo del camino se levantó bajo las botas de Ramiro, quien llegó hasta el cerco de la propiedad con aire altanero, escoltado por un par de hombres de mirada sombría. Clara estaba cerca de la entrada, atándose un delantal sobre el vientre ya muy pesado, cuando lo vio acercarse.

—La tierra puede esconder bienes de mi familia —soltó Ramiro sin molestarse en saludar, recargándose en el cerco de madera—. Pediremos revisar cuánto haya quedado allí. Veo que ha hecho muchas reparaciones en muy poco tiempo.

Clara se irguió, sintiendo un latigazo de dolor en la espalda baja, pero mantuvo la voz firme. —Eso se hace cuando uno compra una propiedad. Se arregla lo que otros dejaron caer.

—Podrían existir objetos familiares fuera de la compraventa —insistió él, con una sonrisa cínica—. Enséñeme cuáles.

Clara dio un paso al frente. “Sin pruebas no entrarán”, sentenció, clavándole la mirada.

Ramiro soltó una risa burlona y miró el abultado vientre de la joven. —Está sola y a punto de parir. Sea prudente, mujer. No le conviene buscarse problemas.

—Compré esta tierra legalmente —respondió Clara, alzando la barbilla, transformando su vulnerabilidad en un escudo de hierro—. No pasarán. Si quiere entrar, traiga una orden.

Ramiro apretó los dientes, dándose cuenta de que no iba a amedrentarla tan fácilmente. —Esto no termina aquí, doña Clara. Está advertida —siseó antes de dar media vuelta.

Cuando la silueta de los hombres desapareció a lo lejos, doña Matilde salió de entre los naranjos con el ceño fruncido. Se acercó a la joven y le tomó las manos. —Le temblaban las manos —observó la anciana, sintiendo el pulso acelerado de Clara. —Sí —admitió Clara, soltando el aire que no sabía que estaba reteniendo—, pero no abrí la puerta.

Los días siguientes se convirtieron en un asedio silencioso. En el pueblo, Ramiro comenzó a esparcir veneno. Decía que Clara había encontrado las cosas de valor de don Julián y que por eso tenía dinero para las zanjas y las reparaciones. “¿Robó usted algo, Clara?”, le habían llegado a gritar en el mercado. Ella solo había alzado sus manos llenas de callos y tierra, respondiendo: “Mire mis manos y mi trabajo, luego decida qué creer”.

Doña Matilde, cansada de las habladurías, se plantó un día frente a Clara mientras reparaba el cerrojo de la puerta principal con unos clavos gruesos. —Ya empezó la mentira, ¿verdad? Corre más rápido que una embarazada —rezongó la anciana, golpeando el metal con un martillo viejo—. No la persiga. Usted me quedo callada mientras me llaman ladrona, pero deje que la verdad haga ruido.

—Quiero pagarle por el cerrojo —dijo Clara, buscando su monedero. —Después —la frenó Matilde con un ademán tajante—. Primero cuide el Naranjal. Vi dos hombres extraños junto a la zanja trasera esta mañana. Miraban el cercado. Ramiro manda gente a espiar. Guarde sus papeles, Clara, y no se quede indefensa.

El agotamiento físico y mental comenzaba a cobrar factura. Una tarde, mientras Clara intentaba mover un costal de abono para protegerlo de una nube negra que amenazaba con lluvia, sintió un tirón agudo en el vientre. Un quejido involuntario escapó de sus labios mientras se doblaba sobre sí misma, aferrándose al marco de la puerta.

—No es gran cosa… —intentó decir cuando vio acercarse a Matilde—. Se le quebró la voz, doña Matilde. Será el polvo.

—Ya brotan los naranjos, sé que encontró algo —murmuró la anciana, pero no hablaba de oro. Hablaba de la fuerza bruta que se requiere para dar a luz—. Encontró trabajo. Muchísimo trabajo.

En ese momento, Ramiro apareció de nuevo en el linde de la propiedad, esta vez gritando desde lejos. —Mi tío escondió documentos y monedas. ¡Entréguemelos! Usted no está en condiciones de pelear.

Clara, sudando frío y aferrada a la madera, gritó con la poca fuerza que le quedaba en los pulmones: —Tampoco estoy dispuesta a regalar mi casa. ¡Usted abandonó estas raíces por desprecio! Presente pruebas ante un juez.

—¡La voy a demandar! ¡Está advertida! —vociferó Ramiro antes de alejarse maldiciendo al cielo.

Clara se dejó resbalar hasta sentarse en el suelo de tierra, respirando con dificultad. Doña Matilde se arrodilló a su lado, pasándole un paño húmedo por la frente. —Son contracciones, mija. Ya empezó. Clara cerró los ojos, apretando los dientes mientras otra ola de dolor la embargaba. —No lo sé… Tal vez solo sea el susto.

LEER MÁS 👉👉

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Related Articles