PART 2: Dejó plantada a la mujer más rica de la ciudad por el amor de una empleada humilde
Parte 2: El Encuentro Cruzado y la Sombra de la Sospecha
El eco de las palabras de Doña Victoria aún flotaba en el aire del vestíbulo cuando el timbre principal resonó con elegancia. Las puertas de roble se abrieron para dar paso a Isabela Ferrer, quien ingresó a la mansión envuelta en un aire de absoluta soberbia, luciendo un impecable vestido verde que reflejaba su estatus como la mujer más rica y codiciada de la ciudad.
Isabela avanzó con paso firme hacia el salón principal, deteniéndose al ver a Alejandro. Su rostro, sin embargo, cambió de expresión al notar la cercanía y el tono con el que este conversaba con una de las empleadas que pasaba cerca con un carrito de servicio.
—Pensé que no me esperabas hasta esta noche, Alejandro —dijo Isabela con una sonrisa fría, cruzándose de brazos—. Veo que estás conversando muy animado… ¿Quién es ella?
Alejandro sintió una ligera incomodidad, pero mantuvo la compostura.
—Isabela, llegaste mucho más temprano de lo previsto. Pensamos que vendrías directamente para la cena formal.
—¿Quién es esa muchacha del uniforme y por qué platicaba con tanta confianza contigo? —insistió Isabela, clavando una mirada despectiva en Lucía, quien trataba de cumplir con sus labores sin levantar la vista.
En ese preciso instante, Lucía pasó cerca de la mesa de centro con un paño limpio. Isabela, con un movimiento disimulado pero lleno de intenciones, arrojó su taza de café a medio terminar justo sobre la madera recién lustrada.
—Esa mujer de vestido verde es Isabela Ferrer, la prometida oficial del señor Alejandro —dijo Lucía con voz clara, deteniéndose justo a su lado y mirándola fijamente a los ojos—. Ten mucho cuidado con esta mesa, señorita Ferrer, porque acaban de limpiarla hace unos minutos.
Isabela abrió los ojos con indignación, sintiendo la sangre hervirle en las venas ante la osadía de una empleada raso.
—Muy amable por recordarlo, señorita… ¿cómo te llamas? —espetó Isabela con veneno en la voz—. Veo que ya conoce muy bien las reglas del comedor, Alejandro. ¿Desde cuándo las empleadas se toman tantas confianzas con el futuro dueño de la casa?
—No sabía que ustedes dos ya se conocían desde tan temprano —respondió Alejandro, intentando calmar los ánimos y desviando la tensión—. Nos conocimos esta mañana, Isabela. Lucía solo me recordó una regla muy importante sobre el orden de la casa. Me comentó que una mesa recién limpia no es el lugar adecuado para dejar líquidos.
—Dime la verdad de frente, Alejandro —le exigió Isabela, dando un paso al frente y perdiendo la compostura por los celos—. A ti te llama la atención esa muchacha. Lo veo en tu forma de mirarla.
—Por favor, Isabela, no imagines cosas donde no las hay. Acabo de conocerla hoy —respondió él con firmeza, aunque su voz carecía del convencimiento absoluto que ella exigía.
—Eso que acabas de decirme no responde en absoluto a lo que te estoy preguntando —replicó Isabela, furiosa, antes de girarse hacia Doña Victoria, que acababa de entrar al salón.
—Doña Victoria —reclamó Isabela sin ocultar su enojo—, su hijo Alejandro parece bastante interesado en la nueva empleada que contrataron hoy.
Doña Victoria endureció el rostro, mirando a Lucía con un desprecio apenas disimulado.
—Alejandro puede conversar con quien quiera, pero jamás cambiará los planes de esta familia —sentenció la matrona con frialdad—. Mi padre y el señor Ferrer firmarán el acuerdo del consorcio esta misma noche. No te preocupes por esa muchacha, Isabela. Antes de la cena hablaré personalmente con ella para poner las cosas en su lugar.
Minutos más tarde, cumpliendo con la orden de la matriarca, Lucía fue convocada al despacho privado. Al entrar, Doña Victoria la aguardaba de pie junto a los pesados archivadores de caoba. Lo que la dueña de la casa no imaginaba en absoluto era que detrás de aquel uniforme sencillo se ocultaba la hija de Mateo Morales, el maestro ebanista a quien el difunto esposo de Victoria le debía una respuesta histórica.
—Tú eres Lucía Morales, ¿verdad? —preguntó Doña Victoria con tono cortante, cruzando los brazos—. Me dijeron que esta mañana tuviste un atrevimiento inaceptable con mi hijo.
—Sí, señora Montenegro —respondió Lucía con respetuosa firmeza—, aunque debo admitir que no fue exactamente mi mejor presentación. Solo cumplía con mi deber.
—En esta casa cada persona tiene sus responsabilidades, y mi hijo está por comprometerse formalmente con una mujer de su mismo nivel social —afirmó la matrona, mirándola con advertencia—. No busco incomodarte, Lucía, pero debes mantener tu distancia.
—No busco incomodar a nadie, señora —respondió Lucía, reuniendo todo el valor que llevaba dentro—. Soy hija de Mateo Morales, el maestro ebanista. Hace dos años mi padre liquidó y entregó su taller a don Roberto antes de que él partiera de este mundo. Vine a esta casa porque en los archivos de la familia aún debe estar el recibo firmado que libera nuestro taller.
Doña Victoria sintió que el suelo se abría bajo sus pies al escuchar el nombre de Mateo Morales. Su rostro palideció por un segundo antes de recuperar su máscara de acero.
—En los archivos de mi difunto esposo no aparece ningún recibo firmado para tu familia —mintió la matrona con voz helada, intentando ocultar el nerviosismo—. Don Roberto era un hombre honorable, pero si no hay papeles, no hay nada que reclamar. Y te lo advierto: no quiero que menciones ese asunto frente a mi hijo durante la cena de esta noche.
Lucía bajó la mirada, conteniendo las lágrimas de frustración. Sabía perfectamente que el documento existía y que estaba muy cerca. Con la determinación de una hija dispuesta a defender la honra de su padre, esperó el momento en que la mansión quedó en silencio, preparándose para adentrarse en el despacho prohibido en busca de la verdad.