PART 5: Sus hijos vendieron el rancho a los 88 años — pero el gallo no dejaba de escarbar junto al pozo
El amanecer llegó con un cielo lavado y el canto desafiante de Clarín, que parecía anunciar su victoria sobre la tormenta. Pero la paz duró poco. Apenas el sol empezaba a secar los charcos del patio, el rugido ensordecedor de una retroexcavadora amarilla hizo vibrar las ventanas de la casa.
El licenciado Quiñones, enfundado en unas botas de hule que le quedaban grandes, caminaba junto a la pesada máquina, dándole instrucciones a gritos al operador por encima del ruido del motor diésel.
“Licenciado,” gritó el operador, asomando la cabeza por la cabina, “¿empiezo por el pozo o limpio primero detrás del gallinero?”
“¡Que empiece por el pozo!” ordenó Quiñones, señalando con el dedo índice hacia el brocal de piedra. “Quiero la losa levantada y ese hoyo bien revisado hoy mismo.”
La máquina rugió, levantando su enorme pala dentada, lista para devorar la tierra y la historia del rancho. Pero antes de que las orugas metálicas dieran un giro más, una figura pequeña pero inquebrantable se plantó frente a la mole de acero. Era Natividad. Llevaba su rebozo bien amarrado y el bastón firmemente plantado en el lodo.
“Ese pozo es de todo el pueblo,” sentenció Natividad, su voz elevándose por encima del estruendo del motor, “y esa máquina no lo toca mientras yo respire.”
Gaudencio salió corriendo de la casa, pálido por el coraje. “¡Mamá, hágase a un lado! No me obligue a llamar a la autoridad para sacarla a la fuerza.”
Natividad no parpadeó. Clavó su mirada en su hijo mayor, una mirada cargada de una decepción tan profunda que a Gaudencio le quemó la cara. “Lo que saqué de ahí anoche es de mi marido,” le soltó, alzando la barbilla. “Y no te lo enseño si me llamas loca.”
El licenciado Quiñones abrió los ojos de par en par. La sospecha de la madrugada se confirmaba. “Entonces sí hay algo,” murmuró, dirigiéndose a Gaudencio. “Ya lo ve. La vieja lo tiene y no lo suelta.”
“Presente lo que quiera, licenciado,” retó Natividad, sin moverse un centímetro de las fauces de la máquina, “que yo también tengo a quién enseñarle lo que usted teme. Aquí nadie me va a quitar lo que mi marido enterró con sus propias manos.”
Remigio, que observaba desde el corredor, dio un paso al frente. “Mamá, perdóneme, pero tengo que ver. Si no hay nada, nos disculpamos y ya.”
“¡Cállate, Remigio!” le gritó Natividad, sintiendo que la sangre le hervía. “Tú vives de lo que otros trabajan. No me vengas ahora con moral.”
Gaudencio, desesperado, hizo una seña a los peones. “¡Revisen la casa! Busquen lo que sacó.” Él mismo entró atropelladamente a la habitación de su madre, abriendo de un tirón el viejo ropero de madera.
“Gaudencio, ¿le estás revolviendo la ropa a mamá?” le reclamó Araceli, asomándose a la puerta, escandalizada al ver los vestidos y rebozos de su madre tirados por el suelo. “Eso no era el trato.”
“El trato era vender, Araceli,” gruñó Gaudencio, aventando una caja de zapatos vacía. “Y el licenciado dice que sin ese papel todo se nos cae encima.”
Mientras tanto, Facundo, el peón, se acercó a la cocina de humo. Iba a entrar cuando se topó con la mirada fiera de Leocadia, que estaba sentada en un banquito, atizando el fuego del fogón con una tranquilidad pasmosa.
“Perdone, doña Leocadia,” tartamudeó Facundo, quitándose la gorra. “Don Gaudencio me manda a revisar su cocina. Es solo un momento.”
Leo soltó una carcajada que sonó a lija. “Revisa, hijo. Pero límpiate las botas que me ensucias el piso, y no toques la olla grande. Y si levantas la leña…” señaló un montón de leños húmedos en el rincón, “te vas a llenar de hollín. Está muy húmeda. Lo digo por tu bien.”
Facundo miró los leños negros, luego su ropa, y finalmente a la vieja, que sonreía de una forma que le heló la sangre. “Mejor no, doña. Con el hollín mi patrón me regaña. Ya me voy.” Salió de prisa y corrió hacia Gaudencio, que salía de la casa con las manos vacías. “Nada, patrón. Revisé todo el cobertizo, pero doña Leo se rio mucho y me dio mala espina. Ahí no me meto.”
Gaudencio apretó los puños. “Siempre ha sido amiga de mi madre. Ahora resulta que cada quien se queda en su lugar.”
Adentro, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Isaí se acercó a su abuela en voz baja. “Mamá,” le dijo —él siempre la llamaba así, con el mismo respeto que sus hijos habían olvidado—, “mañana tempranito la llevo a Tlaxiaco y no digo nada. A mis hermanos yo los entretengo.”
Natividad asintió, apretándole la mano. En ese momento, Araceli entró, con los ojos llorosos. “Mamá, ¿qué hay de importante en esa lata? Dímelo, que quiero ayudarte. No quiero pelear.”
“No hables de ayudar, hija,” contestó Natividad con frialdad. “Quien ayuda no firma por la madre a sus espaldas. Me alegra que por fin preguntes, pero la respuesta no te va a gustar.”
Al amanecer del día siguiente, el viejo sedán de Isaí traqueteaba por las calles empedradas de Tlaxiaco. El mercado municipal ya estaba en pleno bullicio, oliendo a pan dulce, cempasúchil y barbacoa. Isaí intentó sostener a su abuela del brazo mientras se abrían paso entre los puestos.
“Mamá, esto está lleno de gente. Agárrese de mi brazo y no se me suelte,” le pidió el muchacho.
Natividad se zafó con suavidad pero con orgullo. “Suéltame tú, mijo, que yo caminaba este mercado cuando tu padre me traía en burro.”
Llegaron a un edificio colonial de paredes gruesas. La placa de bronce en la entrada rezaba: Notaría Pública No. 4. Adentro, el ambiente olía a café viejo y papel archivado. Una mujer de traje sastre, de semblante severo pero amable, los recibió en su despacho. Era la licenciada Regina Ordaz.
Natividad se sentó sin pedir permiso, desenrollando el hule que protegía los documentos. “Vengo por mi marido, que dejó unos papeles y ya no puede contarlo,” dijo, empujando el convenio sobre el escritorio de caoba.
La licenciada Ordaz tomó el documento. Sacó unos lentes de lectura y pasó el pulgar por el sello rojo en relieve. Sus ojos se abrieron con sorpresa. “Doña Natividad, este sello seco es de mi padre, don Fortín Ordaz. Reconozco perfectamente la marca. Es un convenio de uso vitalicio.”
“Entonces,” apremió Natividad, inclinándose hacia adelante, “¿no me tiene usted el libro grande, el tomo donde se asienta lo que él firmó?”
La notaria suspiró. “El tomo de ese año, el 2018, lo mandamos al Archivo Estatal por problemas de humedad en la bodega.”
El color pareció abandonar el rostro de Isaí. “¿Cuánto tarda en llegar, licenciada? Es que el viernes a mediodía mis tíos firman la venta definitiva.”
Regina Ordaz miró el calendario de su escritorio y luego los ojos angustiados pero valientes de la anciana. “Lo pediré con carácter de urgencia. Puede llegar el viernes por la mañana a las nueve, tres horas antes de que firmen.”
Una chispa brilló en los ojos de Natividad. “Ya veo que mi marido calculaba mejor que yo.”
“Con el convenio original, el tomo notariado y un testigo vivo,” explicó la licenciada, “se puede anular el poder que usaron sus hijos.”
“Testigo hubo uno, licenciada,” intervino Natividad, recordando las palabras de Eustaquio. “Don Anacleto Jiménez, el antiguo secretario del comité del agua. Tiene noventa y un años.”
La licenciada asintió y descolgó el teléfono de su escritorio. “Archivo Estatal. Habla la licenciada Ordaz. Necesito el tomo del año 2018 con carácter de extrema urgencia, por favor. Lo recogerá una persona de mi entera confianza el viernes temprano.”
Justo cuando colgaba, la puerta de cristal de la notaría se abrió. Entró el licenciado Quiñones, impecable en su traje gris. Al ver a Natividad e Isaí sentados ahí, se detuvo en seco, palideciendo un poco antes de recomponer su sonrisa falsa.
“Licenciado Quiñones,” saludó Ordaz, con un tono neutro que delataba profesionalismo frío. “Vinieron a ver a la notaría por el convenio del viejo Bolaños. Mañana espero lo prometido y no diré que usted llamó.”
Quiñones tragó saliva, hizo una reverencia tensa y salió tan rápido como había entrado.
“Mamá, nos vieron,” susurró Isaí cuando salieron a la calle. “Mis tíos ya van a saber qué hacemos.”
“Ahora vamos con Anacleto, mijo,” dijo Natividad, apoyándose en su bastón con renovada energía. “El tiempo no se detiene y los testigos se mueren.”
“Abuela, si no encontramos a don Anacleto,” preguntó Isaí mientras encendía el motor del carro, “¿esto cuenta como papel o es solo un recuerdo?”
“Papel sin testigo es trapo, mijo,” sentenció Natividad mirando por la ventana. “Y testigo sin papel es solo un viejo hablando solo. Necesitamos las dos cosas.”
Llegaron a la casa de don Anacleto al atardecer. Era una construcción humilde, rodeada de macetas con geranios. Zenaida, la nieta de Anacleto, los recibió en la puerta.
“Doña Nati, ¡qué milagro!” exclamó la muchacha. “Mi abuelo pregunta por usted todas las tardes. Pase.”
En el patio interior, sentado en una mecedora de mimbre, estaba Anacleto. Era un manojo de huesos y piel curtida, pero sus ojos, hundidos bajo unas cejas pobladas, conservaban una lucidez impresionante.
“Nati,” dijo el viejo con voz rasposa, esbozando una sonrisa desdentada. “¿Ya vienes a que te ayude a ganarles a tus hijos? Tardaste, mujer.”
Natividad se sentó junto a él y le puso una mano en la rodilla. “Anacleto, ¿te acuerdas del día que Eustaquio leyó el convenio? Lo hizo frente a toda la asamblea.”
El anciano cerró los ojos, viajando en el tiempo. “¿Cómo no? Domingo de junio. A la sombra del encino grande.” Abrió los ojos y clavó la mirada en Isaí. “Firmamos treinta y un personas. Estaban ellos… tus hijos firmaron con su propia mano, Nati. Gaudencio firmó primero. Orgulloso, el cabrón.”
Natividad sintió un nudo en la garganta. “Don Anacleto, ¿usted sería capaz de decir eso delante de todo el pueblo y del licenciado?”
Anacleto se enderezó en la mecedora. Su pecho flaco pareció inflarse con el aire de la dignidad mixteca. “Mijo,” le dijo a Isaí, “a mis noventa y un años, solo me queda el pecho para decir verdades. Y esta, es la última que voy a gritar.”
Isaí sonrió, apretando los puños con emoción. “Yo lo llevo, abuela Nati. Aunque tenga que cargarlo en la espalda hasta el pozo, no me lo pierdo.”
La trampa estaba puesta. El viernes se acercaba, y Gaudencio y el abogado Quiñones no tenían idea del huracán que se estaba formando en torno a un viejo gallo terco y una caja oxidada.