PART 6: Sus hijos vendieron el rancho a los 88 años — pero el gallo no dejaba de escarbar junto al pozo – News

PART 6: Sus hijos vendieron el rancho a los 88 años — pero el gallo no dejaba de escarbar junto al pozo

PART 6: Sus hijos vendieron el rancho a los 88 años — pero el gallo no dejaba de escarbar junto al pozo

El sol comenzaba a teñir de un naranja oxidado las cumbres de los cerros cuando el viejo sedán de Isaí se detuvo frente a la agencia municipal. Antes de volver al rancho y enfrentar a los lobos, Natividad tenía una última parada que hacer. Entró a la oficina del profesor Baldomero con la frente en alto, dejando que el sonido de su bastón marcara el paso.

“Profesor Baldomero,” dijo Natividad, yendo directo al grano, “vengo por lo del arca del comité del agua que guardaba Eustaquio.”

El profesor dejó a un lado el papeleo que estaba revisando y la miró por encima de sus lentes. “Doña Nati, las llaves de esa arca son dos: la mía y la del presidente del comité, que era don Eustaquio, que en paz descanse. Para abrirla, debo convocar a la asamblea del pueblo.”

“Así lo manda la costumbre,” asintió Natividad, aferrándose al bastón. “Sin asamblea no hay arca.”

“Convóquela, profesor,” pidió la anciana con una autoridad que no admitía réplicas. “A las cinco de la tarde junto al pozo. Y asegúrese de que vayan mis hijos y el comprador.”

Mientras tanto, en el rancho La Peñita, el ambiente estaba tenso como cuerda de guitarra. Gaudencio caminaba de un lado a otro en el corredor, fumando un cigarro tras otro. Se le acababa el jueves y a su madre, según él, se le acababa la paciencia, pero a él se le acababa el tiempo. Remigio lo observaba desde la cerca, debatiéndose entre el miedo a su hermano y el respeto recién recuperado por su madre.

Finalmente, Remigio tomó aire y se acercó. “Gaudencio,” le dijo, con la voz temblándole un poco, “mamá tiene el convenio que firmamos todos con papá. Aparecieron los papeles anoche. Hay que parar esto.”

Gaudencio se detuvo en seco. La ceniza de su cigarro cayó al suelo. Su rostro pasó de la sorpresa a una furia ciega. “¿Cuál convenio, Remigio? ¡No hay ningún convenio! Seguro lo firmaste borracho, como firmas todo.”

“No fue borracho, hermano,” insistió Remigio, manteniéndole la mirada. “Tú también lo firmaste.”

“La promesa de un moribundo no es ley, hermano,” escupió Gaudencio, agarrando a Remigio por las solapas de la camisa. “La ley es el papel del licenciado. Y yo ya firmé, así que tú también vas a firmar el viernes. Tu hijo anda de cómplice en todo esto, jugando al héroe. A mí no me van a asustar con papelitos viejos.”

Remigio se zafó con un empujón inesperado, sorprendiendo a su hermano mayor. “No es avaricia, es miedo, hermano,” le dijo Remigio, sacando el coraje desde el fondo de las tripas. “Unos tipos esperan en mi puerta cobrándome deudas, pero el miedo se pelea de frente, no escondiéndose detrás de la huella de una madre enferma con fiebre. Si hay un papel que nos destruye, que lo muestre delante del comprador y del pueblo. Eso quiere ella, y tú también tienes que verlo.”

Gaudencio se quedó callado, con los puños apretados, sintiendo que el suelo se le abría bajo los pies.

Adentro, en la cocina de humo, la escena era diferente. Araceli estaba sentada a la mesa, con la cabeza entre las manos. No había dormido en toda la noche. El peso de la culpa le aplastaba el pecho. Cuando Natividad entró, seguida por Leocadia, Araceli levantó la vista, con los ojos enrojecidos.

“Mamá,” murmuró Araceli, poniéndose de pie con torpeza. “Anoche no dormí. Pensé en lo que dijiste de ayudar… ¿Puedo ayudarte con el café?”

Natividad la miró, deteniendo su paso. “Si te manchas las manos, hija, será la primera vez,” respondió, sin suavizar la voz. “Pasa, que el café no espera.”

Leocadia, que atizaba el fuego, no se guardó la lengua. “El licenciado Quiñones te consiguió un préstamo para tu posada, ¿verdad, Araceli? Te dijo que con la venta del rancho salías del apuro. ¿Te preguntaste por qué alguien te presta dinero con tanta prisa? Nadie regala nada, mija.”

Araceli rompió a llorar. “Lo recuerdo, doña Leo. También sé que me equivoqué,” sollozó, mirando a su madre. “Pero ya firmé y no sé cómo salir de este enredo.”

Natividad se acercó a su hija. No la abrazó, pero su tono perdió un poco de hielo. “Se sale diciendo la verdad delante de todos, hija, y aceptando lo que venga sin gritar.”

“No me vas a odiar, mamá,” suplicó Araceli, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. “Yo me odio un poco.”

“Odiar cansa y yo cuido mis fuerzas,” sentenció Natividad. “Solo te pido una cosa: que estés de pie a mi lado cuando llegue el momento.”

“Estaré, mamá,” asintió Araceli, enderezándose. “Aunque me tiemblen las piernas y Gaudencio me mire con rabia.”

A las cinco de la tarde, el aire fresco de la Mixteca comenzó a llenarse de murmullos. La campana de la agencia había sonado, y la costumbre era sagrada. Poco a poco, los vecinos, catorce familias que dependían de ese manto acuífero, se fueron congregando alrededor del viejo brocal del pozo de La Peñita.

“Abuela, ya llegaron,” anunció Isaí, entrando apresurado al patio. Venía empujando la silla de ruedas oxidada donde traía a don Anacleto, acompañado de Zenaida. “Don Anacleto quiere sentarse frente al pozo desde ya.”

Natividad asomó la cabeza, esbozando una sonrisa orgullosa. “Que se siente, mijo. Ese hombre tiene derecho al mejor lugar de todo el pueblo.”

Minutos después, un auto de lujo se abrió paso entre la gente. Era don Heriberto Lascurain, el comprador, acompañado por el licenciado Quiñones, que sudaba a mares a pesar del clima fresco.

“Señor Lascurain, bienvenido,” lo saludó el profesor Baldomero, que ya tenía en sus manos una vieja caja de madera con dos cerraduras: el arca del comité. “La asamblea es costumbre del pueblo. Nada del pozo pasa sin ella.”

Heriberto, un hombre de negocios, miró a la multitud con curiosidad. “No conocía esa costumbre, profesor, pero soy respetuoso. ¿Qué se tratará?”

Quiñones intervino rápidamente, jalando a Heriberto del brazo. “Don Heriberto, esto es una maniobra para retrasar la firma de mañana. Legalmente no tiene valor alguno. Mejor vámonos a la notaría.”

“Licenciado,” lo frenó Heriberto, zafándose con elegancia. “Si el pueblo entero se reúne por un pozo, yo escucho antes de poner mis cuatro millones sobre la mesa. Me quedo.”

Gaudencio vio a Araceli caminar hacia el centro del patio para pararse junto a Natividad. La miró con desprecio. “Araceli, ¿qué haces aquí con esa cara? Pareces que vas a un velorio.”

“Voy a lo que debí ir hace un mes, Gaudencio,” le respondió ella, sosteniéndole la mirada por primera vez en su vida. “A escuchar a mi madre.”

Don Anacleto, desde su silla, miró a Natividad de arriba a abajo. La anciana se había puesto su mejor huipil y se había trenzado el cabello con listones rojos. “Estás bellísima, Nati,” le gritó el viejo con su voz rasposa que hizo sonreír a varios. “Pareces la novia de Eustaquio el día que te robó.”

El profesor Baldomero alzó las manos pidiendo silencio. La multitud calló de inmediato. “Vecinos del pozo, esta asamblea queda abierta. Hablará primero doña Natividad Cortés, viuda de Bolaños.”

Natividad dio un paso al frente. Apoyó ambas manos en el mango de su bastón y recorrió con la mirada a todos los presentes: a sus vecinos, a sus hijos, al comprador y al licenciado corrupto.

“Gracias, profesor,” comenzó, con una voz que resonó clara y fuerte en el patio. “Porque lo que tengo que mostrar hoy, habla más fuerte que yo. Mis hijos vendieron el rancho con una huella pedida para una pensión. Yo no vendí nada.”

“¡Mamá, por Dios!” saltó Gaudencio, rojo de vergüenza, acercándose. “Ese asunto se arregla en privado, no frente a los vecinos para hacer mitote. Hágame caso.”

Natividad lo frenó en seco con una sola mirada. “Se arregla donde está el pozo, hijo. Porque esta agua no es mía ni tuya. Es de catorce familias.”

Heriberto Lascurain frunció el ceño y miró a su abogado. “¿Cómo que de catorce familias? Con su pozo nuevo, licenciado, ¿cuánto cobrarán por el agua? Eso no me lo dijeron. Mi proyecto necesita este pozo y usted me aseguró agua libre.”

“Don Heriberto, son detalles comunitarios de poca importancia,” tartamudeó Quiñones, secándose la frente con un pañuelo. “Se resuelve con una compensación.”

Natividad ignoró los murmullos de indignación que brotaron entre la gente. Se giró hacia su nieto. “Isaí, trae la lata de tu abuelo. La que guardó doña Leo hasta hoy.”

Isaí avanzó hacia el centro, llevando la lata oxidada en alto para que todos la vieran, y le entregó un papel doblado y un viejo sello de metal a su abuela. “Aquí está, abuela. Y doña Leo me dio también el sello seco para que todos lo vean.”

Quiñones palideció. Intentó arrebatarle las cosas a Isaí. “¡Esa lata es del comprador por estar enterrada en el predio! ¡Y esos papeles pueden ser falsos! ¡Exijo entregarlos a la autoridad!”

Pero antes de que Quiñones pusiera un dedo sobre el muchacho, el bastón de Natividad golpeó el suelo con un golpe seco que resonó como un trueno.

“Licenciado,” sentenció Natividad, mirándolo con un fuego que helaba la sangre, “aquí la autoridad soy yo. Y la costumbre es abrir el arca delante de todos. Que se sepa de una vez por todas qué dejó enterrado el viejo Eustaquio Bolaños.”

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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