Sus hijos vendieron el rancho a los 88 años — pero el gallo no dejaba de escarbar junto al pozo
El radio de pilas, manchado de hollín y polvo de muchos años, anunciaba con una voz rasposa que era lunes diecinueve de octubre. Afuera, la neblina bajaba pesada por los cerros esmeraldas de la Mixteca, tragándose los pinos y acariciando los techos de lámina del pueblo. Hacía un frío que calaba hasta los huesos, de esos que avisan que el Día de Muertos y el olor a cempasúchil ya están a la vuelta de la esquina. Pero a Clarín, el gallo de plumaje rojizo y pecho inflado, el frío le importaba muy poco. Sus garras, gruesas y rasposas, rasgaban la tierra húmeda junto al viejo pozo de piedra con una furia metódica, casi humana.
“Eso es, Clarín, sigue ahí. Dale,” susurró Natividad, ajustándose el rebozo gris sobre los hombros encorvados. A sus ochenta y ocho años, sus ojos oscuros, enmarcados por un mapa de arrugas profundas, conservaban el brillo astuto de una mujer que había visto nacer y morir a muchos en esa misma tierra. “Cinco años escarbando el mismo lugar y hoy por fin algo brilló entre la tierra, mijo. Mira nomás.”
Natividad se inclinó con un quejido sordo escapando de sus labios secos. Sus dedos nudosos, curtidos por décadas de desgranar maíz y lavar ropa en el río, apartaron un terrón de lodo oscuro. Allí estaba. Una orilla rojiza, corroída por el tiempo, asomaba tímidamente. “Esto es hierro, Clarín. Es una lata,” murmuró, y una sonrisa ladeada, llena de nostalgia y un reproche cariñoso, le cruzó el rostro. “Eustaquio, viejo mañoso. Así que aquí la dejaste todo este tiempo y yo regañándote por escarbar.”
La memoria de su difunto marido la asaltó con la fuerza de un ventarrón. Eustaquio, con su sombrero ladeado y su pipa que siempre olía a tabaco fuerte y leña quemada, solía sentarse exactamente en ese rincón del pozo. Cada mañana, con una paciencia que desesperaba a Natividad, le tiraba puñados de maíz a Clarín justo en ese mismo pedazo de tierra. Ella pensaba que eran locuras de viejo, las manías de un hombre al que un derrame cerebral le había torcido la boca y enredado las palabras. Pero Eustaquio nunca hacía nada sin un motivo. Era un hombre de tierra, de palabras cortas y acciones largas.
De pronto, el escándalo metálico de un motor diésel rompió la paz sagrada de la mañana. Clarín soltó un aleteo ruidoso, sacudiendo la tierra de sus alas, y lanzó un kikirikí tan potente que pareció rasgar la niebla.
Desde la cerca de alambre que dividía las propiedades, asomó la cabeza de Leocadia, su vecina de toda la vida, envuelta en un chal color mostaza.
“¡Ay, buenos días, Clarín! Qué escándalo armas, ya despertaste a medio pueblo,” gritó Leo, frotándose los brazos para espantar el frío. Luego clavó la vista en el agujero junto al pozo. “Nati, tu gallo me despertó otra vez. Y ese hoyo junto al pozo es nuevo.”
Natividad se enderezó lentamente, apoyando una mano en el brocal de piedra del pozo para no perder el equilibrio. “Es el de siempre, Leo. Cada mañana lo tapo y cada mañana lo vuelve a abrir. Tanto escarbar, parece que busca tesoro.”
Leo soltó una carcajada ronca que rebotó en las paredes de adobe de la casa. “Mi difunto decía que los gallos huelen el dinero, Nati.”
“No huele dinero, huele a Eustaquio,” replicó Natividad con la voz cargada de una ternura áspera. “Él le tiraba el maíz ahí todas las mañanas.”
El sonido de las llantas crujiendo sobre la grava del camino de entrada anunció la llegada de los forasteros. O mejor dicho, de los que alguna vez fueron de casa y ahora parecían forasteros. Una camioneta blanca, reluciente y enorme, se detuvo frente al zaguán. De ella bajó Gaudencio, su hijo mayor. Traía una camisa de botones demasiado limpia para el rancho y el ceño fruncido de un hombre que siempre tiene prisa. Atrás de él, un par de trabajadores cargaban un letrero de lámina grande.
“¡Pongan la derecha que desde el camino se vea bien roja!” gritó Gaudencio, manoteando en el aire con impaciencia.
Natividad sintió un hueco en el estómago. Sabía lo que significaba ese letrero rojo brillante, clavado en su tierra como una estaca.
“Ya, Gaudencio, no grites,” se escuchó la voz de Araceli, su hija, bajando del lado del copiloto. Llevaba unos zapatos de tacón bajo que se hundían torpemente en la tierra suelta. “Con eso el comprador ve que el rancho ya tiene dueño…” Araceli se interrumpió al ver a su madre y luego fijó la vista en el ave. “Y el gallo está escarbando otra vez. Mamá, ya le dije que no tire maíz ahí. Ese rincón se está hundiendo.”
“Ahorita no,” intervino Gaudencio, mirando su reloj de pulsera como si los minutos le costaran dinero. “Que viene el licenciado. Vaya y párela antes de que se ensucie.”
Natividad no se movió. Sus pies, metidos en unos zapatos negros de piso ya gastados, parecían haber echado raíces junto al pozo. Miró a Araceli con una fijeza que hizo que su hija apartara la mirada. “Mire, se hunde porque la lluvia lo lava, mijo,” dijo Natividad, su voz sonando como el crujir de las hojas secas. “Y Clarín no se rinde. Es su trabajo.”
En ese momento, apareció Isaí, su nieto, un muchacho delgado de mirada noble que desentonaba con la dureza de sus tíos. Traía un trapo de cocina envolviendo una pila de tortillas recién hechas que humeaban en el aire helado. “Abuela, le traje las tortillas,” dijo el muchacho, mirando de reojo el letrero rojo que los peones acababan de clavar. Tragó saliva, visiblemente incómodo. “¿Es cierto que hoy vienen mis tíos de la ciudad?”
“Hoy comemos juntos, mijo,” respondió Natividad sin quitarle la vista de encima a Gaudencio, que venía caminando hacia ella con zancadas largas. “Pon la mesa en el corredor y no preguntes tanto.”
Gaudencio forzó una sonrisa que no le llegó a los ojos. Se acercó a su madre y le dio un beso apresurado en la frente, de esos que se dan por obligación y no por cariño. Detrás de él venían Araceli y Remigio, el hijo menor, que vivía a cincuenta pasos de allí pero que últimamente parecía vivir en otro mundo, siempre cabizbajo y esquivando la mirada de su madre.
“Mamá, qué gusto verla,” dijo Gaudencio, frotándose las manos. “Venimos los tres con una noticia buena para todos.”
Natividad se cruzó de brazos. El viento helado sopló, moviendo las ramas del viejo encino que daba sombra al patio, pero ella ni siquiera tembló. Sabía leer a sus hijos mejor que a las nubes de lluvia. Conocía esa urgencia, esa amabilidad postiza.
“Mamá, el rancho ya es un peso,” continuó Gaudencio, su tono cambiando al de un hombre de negocios que intenta cerrar un trato. “Tiene ochenta y ocho años. No puede con todo.”
Natividad levantó la barbilla, su orgullo herido latiendo fuerte en el pecho. “Puedo con la milpa, con las gallinas y con ustedes. Dime la noticia sin adornos.”
Hubo un silencio pesado. Remigio miró al suelo, pateando una piedrita. Araceli se acomodó el bolso en el hombro, nerviosa. Fue Gaudencio quien dio el golpe, directo y sin piedad, como se mata a un animal viejo para que no sufra, o al menos eso se dicen los verdugos.
“Ya vendimos el rancho,” soltó Gaudencio, sus palabras colgando en el aire frío de la mañana. “Un señor de Tlaxiaco paga cuatro millones doscientos mil pesos. Firmamos por usted.”
El mundo pareció detenerse. El sonido del viento, el cacareo lejano de las gallinas, el aleteo de Clarín… todo se apagó. Natividad sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Cuatro millones doscientos mil pesos. Ese era el precio de su vida, de sus recuerdos, del lugar donde Eustaquio había sudado sangre para levantar cada pared, donde ella había parido a esos mismos hijos que ahora la miraban con la fría resolución de los traidores.
“¿Firmaron por mí?” La voz de Natividad no tembló. Salió baja, rasposa, cargada de una indignación que hervía bajo su piel arrugada. “¿Y quién les dio mi nombre para ponerlo en un papel?”
Gaudencio suspiró, adoptando el tono de alguien que le explica algo muy obvio a un niño terco. “Un poder, mamá. Con su huella. En agosto, cuando estuvo en el hospital con la infección.”
La memoria la golpeó con crueldad. Agosto. Las fiebres altas que le hacían ver sombras en las paredes del hospital blanco y estéril. El sudor frío. La sensación de estarse yendo de este mundo poco a poco. Recordó vagamente a un hombre de traje gris acercándole una almohadilla de tinta, agarrándole el dedo pulgar con manos frías.
“Me pidieron la huella para la pensión del Bienestar,” dijo Natividad, su mente atando cabos con una velocidad dolorosa. La traición tenía forma, fecha y nombre. “Dijeron que era para cobrar la pensión.”
“Mamá, ya no recuerda bien,” intervino Araceli, dando un paso al frente con una expresión de compasión fingida que a Natividad le revolvió el estómago. “En el hospital me llamó con el nombre de mi tía.”
Natividad clavó sus ojos oscuros en su hija. No había niebla en su mente, no ahora. Estaba más lúcida que nunca, iluminada por el fuego de la rabia. “Te llamé como mi hermana. Que en paz descanse. Recuerdo todo, menos lo que ustedes quieren.”
Gaudencio, perdiendo la poca paciencia que le quedaba, cortó el aire con la mano. “Mejor así, mamá. Se va con Araceli y descansa. Aquí ya nadie la cuida.”
Natividad giró la cabeza hacia Remigio. Su hijo menor. El que vivía al lado. El que venía a tomar café por las tardes. “Tú vives a cincuenta pasos, Remigio,” le dijo, y cada palabra era una pedrada. “¿Y quién me trae la leña y la medicina?”
Remigio encogió los hombros, incapaz de sostenerle la mirada, su voz saliendo como un murmullo cobarde. “El viernes treinta a mediodía, firmamos la escritura. Sábado, las llaves.”
“Entonces, ya tengo fecha,” sentenció Natividad. Se enderezó por completo, ignorando el dolor en sus lumbares. De repente, parecía más alta, más grande, como si el espíritu del rancho entero se hubiera metido en su cuerpo encorvado. “Nadie me preguntó si quiero irme, pero ya hay día y hora. Está bien que se haga lo que tenga que hacerse… pero con la cara descubierta.”
Araceli, aliviada, sonrió. “Así se habla, mamá. Ya verá que es lo mejor. Deje de pensar tanto.”
“Eso espero,” remató Gaudencio, ya dándose la vuelta hacia la camioneta. “Porque el treinta y uno vamos por sus camionetas y por la casa.”
Natividad no se despidió. Se quedó allí de pie, inmóvil, observando cómo la camioneta blanca maniobraba para dar la vuelta, dejando tras de sí una nube de polvo que ensució el aire limpio de la mañana. El letrero rojo, clavado groseramente junto al camino de terracería, parecía sangrar en medio del paisaje verde. Se vende.
Clarín, que se había quedado quieto durante la conmoción, se acercó a las faldas de Natividad y soltó un cacareo suave, rasguñando ligeramente la tierra con su pata izquierda. Natividad bajó la mirada hacia el agujero oscuro junto al pozo, hacia esa pequeña mancha de óxido que desafiaba al tiempo y a la tierra.
“Eustaquio,” pensó Natividad, sintiendo que el corazón le latía con una fuerza que creía haber perdido años atrás. “Me dejaste rodeada de lobos que yo misma crie.”
Caminó lentamente hacia el corredor, donde Isaí ya había puesto la mesa. El muchacho la miraba con los ojos muy abiertos, asustado por la tensión que aún flotaba en el ambiente. Isaí no era como sus tíos, ni como su padre Remigio. Isaí tenía la sangre de Eustaquio, la sangre de la tierra.
“Isaí,” le dijo Natividad, su voz dura pero sin malicia, “esta noche, cuando todos duerman, vas a necesitar una pala.”
El muchacho parpadeó, confundido. “¿Una pala, abuela? ¿Para qué?”
Natividad no respondió de inmediato. Miró hacia el pozo, hacia Clarín que seguía montando guardia sobre el secreto enterrado. La anciana sabía que no podía luchar contra abogados, notarios y un cheque de cuatro millones de pesos solo con su palabra. Una vieja de ochenta y ocho años, decían, no sabe lo que hace. Pierde la cabeza. Delira.
Pero Eustaquio no deliraba. Eustaquio sabía lo que hacía cuando le torció la boca el derrame, cuando se reían de él y ella, solo ella, le entendía el balbuceo. Escúchame bien, Nati. Cuando todo se pierda, pregúntale a Clarín.
“Hay peleas perdidas, mijo,” murmuró Natividad, repitiendo las palabras que escuchaba en su propia cabeza. “Pero esta… esta apenas empieza.” Se sentó en la silla de tule del corredor, cerró los ojos por un momento y dejó que el calor del café de olla que Isaí le había servido le calentara las manos. La guerra estaba declarada, y sus hijos no tenían idea de que la verdadera dueña del rancho acababa de despertar.