Capítulo 2: Daniel reveló la verdad que destruyó a nuestras familias – News

Capítulo 2: Daniel reveló la verdad que destruyó a nuestras familias

Capítulo 2: Daniel reveló la verdad que destruyó a nuestras familias

Capítulo 2: Daniel reveló la verdad que destruyó a nuestras familias

No podía apartar los ojos de aquel hombre.

El rostro que había visto durante la ceremonia había desaparecido.

Ya no estaba frente a mí el anciano de setenta y dos años que caminaba lentamente con un bastón.

Frente a mí había un hombre joven.

Quizá de treinta y cinco años.

Cabello oscuro.

Mandíbula firme.

Ojos fríos que parecían haber esperado diez años para decir exactamente lo que estaba a punto de decir.

—Daniel Vale… —repetí.

Él asintió.

—Pensé que reconocerías el apellido.

Tragué saliva.

—Mi padre dijo que tu familia destruyó su empresa.

Una sonrisa amarga apareció en sus labios.

—Tu padre te contó eso.

No era una pregunta.

Era una afirmación.

Daniel abrió el expediente que había dejado sobre la mesa.

Sacó varias fotografías.

La primera mostraba a un hombre mucho más joven.

Lo reconocí inmediatamente.

Era el padre de Daniel.

La siguiente fotografía mostraba a mi padre estrechándole la mano.

—Antes del escándalo —dijo Daniel—, nuestros padres eran socios.

Miré las fotografías una por una.

Nunca había visto ninguna.

—¿Qué pasó?

Daniel permaneció en silencio durante unos segundos.

Luego respondió:

—Mi padre fue acusado de robar dinero de la empresa.

—Eso es lo que siempre escuché.

—Y fue mentira.

Sentí un nudo en el estómago.

Daniel colocó varios documentos frente a mí.

—Diez años atrás, desaparecieron millones de dólares de Vale Construction. Las transferencias parecían salir de cuentas controladas por mi padre.

—¿Parecían?

—Exactamente.

Señaló una de las páginas.

—Pero alguien había creado esas transferencias utilizando información interna.

Miré el documento con atención.

Había números de cuenta, fechas y firmas.

Entonces vi algo extraño.

Una de las firmas.

Se parecía demasiado a la firma de mi padre.

Levanté lentamente la mirada.

Daniel ya me estaba observando.

—¿Lo ves?

No respondí.

Él tomó otra hoja.

—Mi padre pasó meses intentando demostrar que lo habían incriminado. Pero antes de poder hacerlo, murió.

Mi corazón se hundió.

—¿Murió?

—Un accidente automovilístico.

La habitación quedó en silencio.

Daniel cerró los ojos durante un instante.

—Después de su muerte, nadie quiso escucharme. Yo tenía veinticinco años. No tenía dinero. No tenía poder. Y el apellido Vale se había convertido en sinónimo de fraude.

Su voz seguía siendo tranquila.

Demasiado tranquila.

Como si hubiera repetido aquella historia miles de veces.

—Entonces desaparecí.

—¿Durante diez años?

—Durante diez años.

Me quedé mirando sus manos.

No parecían las manos de un hombre que acababa de comenzar una venganza.

Parecían las manos de alguien que llevaba demasiado tiempo preparándola.

—¿Y Victor Hale?

Daniel levantó la máscara de silicona.

—Victor Hale nunca existió.

Sentí un escalofrío.

—Entonces… ¿cómo conociste a mi familia?

—A través de negocios.

—¿Y mi padre no te reconoció?

Daniel soltó una risa seca.

—No. Han pasado diez años. Además, él estaba demasiado ocupado pensando en cuánto dinero podía conseguir.

Aquella frase me dolió.

Porque era verdad.

Mi padre siempre hablaba de dinero.

Incluso durante mi boda.

Incluso mientras me entregaba a un hombre que creía que tenía setenta y dos años.

De pronto comprendí algo.

—Tú sabías que mi familia estaba endeudada.

—Mucho antes que tú.

—¿Y ofreciste pagar los cuatro millones?

—Sí.

—¿Por qué?

Daniel se acercó lentamente.

—Porque necesitaba entrar en su mundo.

Me quedé inmóvil.

—Y tú eras la puerta.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—Entonces sí me utilizaste.

Daniel no respondió inmediatamente.

Finalmente dijo:

—Al principio, sí.

Aquella honestidad me dolió más que cualquier mentira.

—¿Al principio?

—No esperaba que descubrieras lo que tu familia estaba haciendo contigo.

Miré hacia otro lado.

—Yo tampoco sabía cuánto habían hecho.

Daniel frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Abrí mi bolso.

Saqué una pequeña memoria USB.

La coloqué sobre la mesa.

—Yo también estaba investigando.

Por primera vez desde que había entrado en aquella habitación, Daniel pareció sorprendido.

—¿Qué hay ahí?

—Todo lo que encontré.

Abrí mi computadora.

Le mostré los archivos.

Préstamos.

Correos electrónicos.

Transferencias bancarias.

Documentos modificados.

Copias de mi firma.

Incluso archivos antiguos relacionados con las cuentas de la empresa de mi padre.

Daniel permaneció inmóvil.

—¿A quién se los enviaste?

—A Maya Chen.

Su expresión cambió.

—¿Maya Chen?

—La antigua asesora financiera de mi abuela.

Daniel se inclinó hacia la pantalla.

—¿Cuándo?

—Hace dos semanas.

—¿Ella tiene copias?

—Sí.

Por primera vez, vi algo diferente en los ojos de Daniel.

No era odio.

Era sorpresa.

—Entonces tu familia no sabe nada.

Negué con la cabeza.

—No.

Daniel caminó lentamente hasta la ventana.

Durante unos segundos no dijo nada.

Después preguntó:

—Elena, ¿por qué aceptaste casarte conmigo?

Me quedé pensando.

La respuesta era más complicada de lo que parecía.

—Porque quería sobrevivir.

Daniel giró la cabeza.

—¿Solo eso?

—No.

Respiré profundamente.

—Quería descubrir la verdad.

Sus ojos se encontraron con los míos.

—Entonces tenemos el mismo objetivo.

Me levanté.

—No. No tenemos el mismo objetivo.

Daniel arqueó una ceja.

—¿No?

—Tú quieres vengarte.

Señalé los documentos.

—Yo quiero que paguen por lo que hicieron.

Hubo un largo silencio.

Finalmente, Daniel sonrió.

No era una sonrisa amable.

Pero tampoco era la sonrisa de un enemigo.

—Tal vez la diferencia no sea tan grande.

Antes de que pudiera responder, escuchamos un golpe en la puerta.

Tres golpes.

Lentos.

Precisos.

Daniel volvió a ponerse la máscara.

En cuestión de segundos, el hombre joven desapareció.

El anciano Victor Hale volvió a estar frente a mí.

Me quedé sin palabras.

Él me hizo una señal para que guardara los documentos.

—¿Quién es? —pregunté.

Daniel no respondió.

Otro golpe.

Esta vez más fuerte.

Y entonces escuché la voz de mi hermano al otro lado.

—Elena.

Mi sangre se congeló.

Adrian.

—Papá dice que tenemos que hablar.

Daniel me miró.

Luego miró la puerta.

Y susurró:

—No les digas nada.

—¿Por qué?

Sus ojos se volvieron fríos.

—Porque si tu hermano está aquí a estas horas, significa que ya saben que algo salió mal.

El pomo de la puerta comenzó a moverse.

Y entonces escuchamos una segunda voz.

La de mi padre.

—Abre la puerta, Elena.

Daniel se acercó a mi oído.

—Ahora comienza la verdadera prueba.

La puerta se abrió lentamente.

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Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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