Capítulo 3: Mi familia entró buscando respuestas que jamás imaginé
Capítulo 3: Mi familia entró buscando respuestas que jamás imaginé
La puerta se abrió.
Mi padre entró primero.
Adrian estaba detrás de él.
Ambos miraron rápidamente la habitación.
Después, sus ojos se posaron sobre Victor.
O sobre el hombre que ellos creían que era Victor.
Daniel había transformado su postura por completo.
La espalda encorvada.
Los movimientos lentos.
La respiración pesada.
Parecía exactamente el anciano que había conocido unas horas antes.
—¿Hay algún problema? —preguntó con una voz débil.
Mi padre sonrió inmediatamente.
—Ninguno, señor Hale.
Pero yo lo conocía.
Aquella sonrisa no era normal.
Mi padre estaba nervioso.
Adrian también.
—Solo queríamos asegurarnos de que Elena estuviera bien —dijo Adrian.
Daniel levantó una ceja.
—¿Después de medianoche?
Adrian tragó saliva.
—Es su primera noche aquí.
—Entonces deberían dejarla descansar.
Mi padre dio un paso adelante.
—Por supuesto.
Pero no se marchó.
Miró hacia mí.
—Elena, ¿puedes salir un momento?
—¿Para qué?
—Necesito hablar contigo.
Sentí que Daniel se tensaba.
Pero su rostro permaneció inexpresivo.
—Mi esposa acaba de llegar a mi casa —dijo—. Si necesitas hablar con ella, puedes hacerlo aquí.
Mi esposa.
La forma en que pronunció aquellas palabras me produjo un escalofrío.
Mi padre también lo notó.
Su expresión cambió durante apenas un segundo.
—Claro.
Se volvió hacia Adrian.
—Vamos.
Adrian no se movió.
—Papá…
—Ahora.
Mi hermano obedeció.
Antes de salir, sin embargo, me lanzó una mirada.
No era una mirada de preocupación.
Era una advertencia.
La puerta volvió a cerrarse.
Esperé unos segundos.
Entonces Daniel se quitó lentamente la máscara.
—¿Viste sus caras?
—Sí.
—Tu padre sabe algo.
Me senté en el borde de la cama.
—¿Crees que descubrieron tu identidad?
—No.
—Entonces, ¿qué descubrieron?
Daniel caminó hacia la mesa.
Tomó uno de los documentos.
—Probablemente descubrieron que algo cambió.
—¿Qué cosa?
—Tú.
Lo miré confundida.
—¿Yo?
—Esta noche entraste aquí como una hija aterrorizada que había sido vendida por su familia.
Señaló los documentos.
—Pero ahora sabes demasiado.
No pude evitar sentir un escalofrío.
Tenía razón.
Durante años había aceptado las explicaciones de mi familia.
Había creído que mi padre era simplemente un empresario desafortunado.
Que las deudas habían sido consecuencia de malos negocios.
Que mi madre solo estaba desesperada.
Que Adrian era irresponsable, pero no cruel.
Ahora todo parecía diferente.
—Quiero llamar a Maya —dije.
Daniel negó con la cabeza.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si tu teléfono está vigilado, sabrán inmediatamente que estás trabajando con alguien.
—Entonces, ¿qué hago?
Daniel abrió un cajón y sacó un teléfono.
Me lo entregó.
—Usa este.
Lo miré.
—¿Es seguro?
—Más que el tuyo.
Encendí el teléfono.
Solo tenía un contacto guardado.
Maya.
Lo miré sorprendida.
—¿Ya tenías su número?
Daniel asintió.
—Llevo años investigando a tu familia.
Eso me hizo sentir incómoda.
—¿Cuánto sabes sobre mí?
Daniel permaneció en silencio.
—Lo suficiente.
—Eso no responde mi pregunta.
Me miró directamente.
—Sé que tu abuela fue la única persona de tu familia que confió completamente en ti.
Mi expresión cambió.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque ella dejó algo para ti.
Sentí que mi corazón se detenía.
—¿Qué cosa?
Daniel sacó un sobre viejo.
Mi nombre estaba escrito en el frente.
Elena.
Reconocí inmediatamente la letra.
Era la letra de mi abuela.
Mis dedos comenzaron a temblar.
—¿Dónde lo encontraste?
—En una caja que estaba entre las pertenencias de tu padre.
Lo abrí.
Dentro había una sola hoja.
La leí.
Y sentí que el mundo se detenía.
Mi abuela había escrito:
“Si alguna vez descubres que tu padre está usando tu nombre para salvar sus negocios, no confíes en nadie de esta familia.”
Debajo había otra frase.
“Busca a Daniel Vale.”
Levanté lentamente la cabeza.
Daniel estaba frente a mí.
—¿Ella sabía de ti?
—Sí.
—¿Y sabía lo que le habían hecho a tu padre?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué nunca me dijo nada?
Daniel bajó la mirada.
—Porque murió antes de poder hacerlo.
Volví a mirar la carta.
Había algo más.
Una fecha.
Diez años atrás.
El mismo año en que la empresa de Daniel había colapsado.
—Mi abuela sabía que mi padre había traicionado a tu familia.
—Probablemente.
—Entonces, ¿por qué permaneció callada?
Daniel no respondió.
Y esa ausencia de respuesta me dio más miedo que cualquier explicación.
De repente, el teléfono desechable vibró.
Ambos miramos la pantalla.
Había llegado un mensaje.
De Maya.
“Ya no estoy segura de que podamos confiar en la policía.”
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Escribí rápidamente:
“¿Por qué?”
La respuesta llegó casi inmediatamente.
“Porque alguien está intentando borrar los archivos.”
Daniel tomó el teléfono de mi mano.
Leyó el mensaje.
Su expresión se endureció.
—¿Qué archivos?
—Los documentos que le envié.
—¿Los originales?
—Sí.
Daniel se quedó pensativo.
—Entonces alguien sabe que Maya los tiene.
Otro mensaje apareció.
Esta vez había una fotografía.
Era una imagen tomada frente a la oficina de Maya.
Un hombre estaba parado al otro lado de la calle.
La cara estaba parcialmente cubierta.
Pero Daniel reconoció algo.
—Es uno de los hombres de tu padre.
Sentí frío en las manos.
—¿Qué hacemos?
Daniel me devolvió el teléfono.
—Ahora entiendes por qué necesitaba casarme contigo.
Lo miré.
—¿Para protegerme?
—Para acercarme a ellos.
Se acercó a la puerta.
—Pero las cosas han cambiado.
—¿Cómo?
Daniel puso nuevamente la máscara de Victor.
Antes de cubrir completamente su rostro, me miró.
—Ya no eres una pieza de mi plan.
Hizo una pausa.
—Ahora eres mi aliada.
Y justo entonces escuchamos un fuerte golpe en la puerta principal.
Una voz gritó desde abajo.
—¡Señor Hale!
Daniel se quedó inmóvil.
Luego susurró:
—Han venido por los documentos.
Yo apreté la carta de mi abuela entre mis dedos.
Por primera vez comprendí que aquella boda no había sido el final de mi libertad.
Había sido el comienzo de una guerra que mi familia llevaba diez años intentando ocultar.
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