Parte 2 — El secreto bajo el vendaje – News

Parte 2 — El secreto bajo el vendaje

Parte 2 — El secreto bajo el vendaje

El médico se inclinó sobre mi pierna y observó la herida durante varios segundos.

—No las retiren todavía —dijo.

El residente lo miró sorprendido.

—¿Doctor?

—Primero necesitamos determinar qué está ocurriendo con el tejido.

La sala de urgencias quedó en silencio.

Yo apenas podía mantener los ojos abiertos.

—Mi bebé… —murmuré.

Una enfermera colocó el monitor sobre mi abdomen.

Durante un instante solo escuché estática.

Después llegó el sonido que llevaba cinco días esperando.

Tum-tum. Tum-tum. Tum-tum.

El corazón de mi bebé.

Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas.

—Está vivo —susurré.

La obstetra sonrió.

—Sí, Cassie. El corazón late con fuerza.

Cerré los ojos.

Por primera vez desde que había quedado atrapada en aquel pantano, permití que mi cuerpo dejara de luchar durante unos segundos.

Pero la tranquilidad duró poco.

El médico que examinaba mi pierna levantó la cabeza.

—Esto es extraño.

—¿Qué? —pregunté.

—La zona donde hay tejido claramente comprometido está mucho más delimitada de lo que esperaba.

El residente volvió a mirar.

—¿Quiere decir que las larvas están comiendo el tejido muerto?

El médico no respondió inmediatamente.

—Parece que han evitado una parte considerable del tejido sano.

Miré hacia ellos.

—¿Eso es malo?

—La situación sigue siendo grave —respondió la obstetra—. Tienes una infección importante, deshidratación y fiebre. Pero has tenido una suerte extraordinaria.

Solté una pequeña risa.

—No me siento afortunada.

—Lo sé.

Entonces una enfermera entró apresuradamente.

—Doctor, tenemos otro problema.

Todos se volvieron.

—¿Qué ocurre?

La enfermera sostenía una bolsa transparente.

Dentro estaba mi vieja mochila de emergencias.

—La encontraron en la camioneta.

El médico la tomó.

—¿Y?

—Había algo dentro que creemos que debería ver.

Abrió la bolsa con cuidado.

Sacó una pequeña caja metálica.

La reconocí inmediatamente.

—Eso es mío.

—¿Qué contiene?

—Documentos.

El médico abrió la caja.

Dentro había una fotografía antigua, varias hojas plastificadas y una pequeña llave.

Pero había algo más.

Un sobre.

Mi nombre estaba escrito en él.

CASSIE MORGAN.

Fruncí el ceño.

—Yo no puse eso ahí.

La enfermera miró al médico.

—Entonces, ¿quién lo hizo?

No tuve tiempo de responder.

La puerta de la habitación se abrió.

Un hombre con uniforme de policía entró.

—¿Cassie Morgan?

—Sí.

—Soy el sargento Daniel Reeves. Formé parte del equipo que te encontró.

Asentí débilmente.

—Gracias.

Él se acercó.

—Necesito hacerte unas preguntas sobre tu camioneta.

Mi expresión cambió.

—¿Qué pasa con ella?

Reeves miró al médico.

—Encontramos algo extraño.

—¿Qué?

—Las huellas de neumáticos que seguiste no parecían pertenecer a un vehículo que simplemente hubiera pasado por allí.

Me incorporé ligeramente.

—¿Qué quieres decir?

—El camino había sido bloqueado por un árbol. Pero alguien había cortado parte de las ramas para crear un pequeño paso alrededor.

Sentí un escalofrío.

—Yo vi las huellas.

—Exactamente.

El sargento sacó su teléfono y mostró una fotografía.

—Y encontramos marcas recientes de otro vehículo.

Miré la pantalla.

—¿Crees que alguien preparó el camino?

—No lo sé.

—Pero tú sí crees que alguien estaba allí.

Reeves guardó silencio.

Entonces añadió:

—Encontramos una segunda cosa.

Sacó otra fotografía.

Era una imagen tomada desde un dron.

Mostraba mi camioneta atrapada entre la vegetación.

Pero, a varios metros de distancia, había algo más.

Una pequeña estructura de madera.

—¿Qué es eso?

—Una vieja estación de vigilancia abandonada.

Mi corazón se aceleró.

—¿Abandonada?

—Según los registros, sí.

—¿Y por qué había huellas recientes?

Reeves me miró directamente.

—Porque no estaba tan abandonada como parecía.

La habitación quedó en silencio.

Entonces recordé algo.

Durante la segunda noche en el pantano había escuchado un ruido.

Tres golpes metálicos.

Había pensado que eran ramas.

Pero quizá no.

—Sargento…

—¿Sí?

—Creo que alguien estaba cerca de mí.

Reeves asintió lentamente.

—Eso es lo que estamos intentando determinar.

La obstetra se acercó.

—Cassie necesita descansar.

—Por supuesto.

El sargento se volvió hacia la puerta.

Pero antes de salir, se detuvo.

—Hay una última cosa.

—¿Qué?

—Tu teléfono.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Lo encontraron?

—Sí.

—¿Funciona?

Reeves negó con la cabeza.

—Está dañado por el agua. Pero recuperamos una parte de los datos.

—¿Qué encontraron?

Me miró con una expresión seria.

—Una llamada.

—¿Una llamada?

—Fue realizada desde tu teléfono durante el tercer día.

Fruncí el ceño.

—No tenía señal.

—Lo sabemos.

El sargento dejó el teléfono sobre la mesa.

—Por eso necesitamos saber quién intentó llamarte.

Miré la pantalla rota.

Había un número registrado.

No lo reconocí.

Pero entonces vi la fecha.

Era exactamente el día en que mi bebé había dejado de moverse.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Pueden rastrearlo?

—Estamos trabajando en ello.

Reeves salió.

Yo miré a la obstetra.

—¿Puedo dormir ahora?

Ella sonrió.

—Sí.

Cerré los ojos.

Pero antes de quedarme dormida, escuché a alguien entrar silenciosamente en la habitación.

Pensé que era una enfermera.

—¿Cassie?

Abrí los ojos.

Era una mujer mayor.

Cabello gris.

Una chaqueta azul.

Y una mirada que me resultaba extrañamente familiar.

—¿Quién es usted?

La mujer no respondió.

Miró hacia la puerta.

Después hacia mi vientre.

Y finalmente sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Has vuelto.

Me quedé inmóvil.

—¿Nos conocemos?

La mujer se acercó lentamente.

—No me recuerdas.

Negué con la cabeza.

Ella respiró profundamente.

—Claro que no. Tenías veinte años cuando te fuiste.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

—¿Cómo sabe cuántos años tenía?

La mujer miró hacia el pasillo.

—Porque yo estaba allí aquella noche.

—¿Qué noche?

Sus labios temblaron.

—La noche en que tu madre te pidió que te marcharas de Pine Creek.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Quién es usted?

La mujer se sentó junto a mi cama.

—Me llamo Eleanor Price.

El nombre me resultaba familiar.

Muy familiar.

Entonces recordé una fotografía antigua que había visto cientos de veces en casa de mi madre.

Una mujer joven estaba junto a Brenda.

Era Eleanor.

—Usted era amiga de mi madre.

—Su mejor amiga.

Me quedé mirándola.

—¿Por qué vino?

Eleanor sacó un pequeño sobre de su bolso.

—Porque Brenda me pidió que te encontrara si alguna vez regresabas.

Sentí que se me cerraba la garganta.

—Mi madre está viva.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué no me llamó ella?

Eleanor bajó la mirada.

—Porque no podía.

—¿Por qué?

La mujer apretó el sobre entre sus dedos.

—Porque durante dieciséis años creyó que si intentaba ponerse en contacto contigo, alguien volvería a buscarte.

Me quedé completamente inmóvil.

—¿Quién?

Eleanor levantó los ojos.

—La misma persona que provocó que tu madre te alejara de Pine Creek.

Sentí un escalofrío.

—No entiendo.

—Tu madre no te abandonó, Cassie.

Las palabras me atravesaron.

—Ella te estaba protegiendo.

Eleanor colocó el sobre sobre mi cama.

—Y ahora que has vuelto, ya no puede seguir ocultando la verdad.

Miré el sobre.

Había una frase escrita en el reverso.

Una frase con la letra de mi madre.

«Cassie, si estás leyendo esto, significa que alguien volvió a encontrarte.»

Miré a Eleanor.

—¿Alguien me siguió hasta Luisiana?

Ella no respondió.

Simplemente tomó mi mano.

Y susurró:

—No viniste al pantano por accidente.

El monitor fetal continuó marcando el ritmo del corazón de mi bebé.

Tum-tum. Tum-tum.

Pero ahora cada latido parecía contar los segundos hasta que descubriera quién había preparado aquel camino.

Y por qué alguien había esperado dieciséis años para volver a encontrarme.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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