Capítulo 3: La cámara que él juró que no funcionaba – News

Capítulo 3: La cámara que él juró que no funcionaba

Capítulo 3: La cámara que él juró que no funcionaba

Capítulo 3: La cámara que él juró que no funcionaba

Miré la fotografía una y otra vez.

La figura estaba parcialmente oculta por la oscuridad del patio. No se le veía el rostro, pero sí una mano levantada junto a la pared de nuestra casa.

En esa mano había una pequeña cámara.

—¿Cuándo tomaste esto? —pregunté.

—Aproximadamente veinte minutos antes de que salieras al patio —respondió el vecino.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Estabas despierto todo ese tiempo?

—Escuché ruido. Pensé que quizá había entrado algún animal. Después vi a esa persona.

Miré nuevamente la fotografía.

—¿Y por qué no llamaste a la policía en ese momento?

El vecino bajó la mirada.

—Porque pensé que era tu marido.

Cerré los ojos.

Por supuesto.

En aquella casa, cualquier cosa extraña terminaba teniendo la misma explicación.

Mi marido.

Su trabajo.

Alguna reparación.

Algún problema con las tuberías.

Alguna tarea que yo no entendía.

Pero ahora había una fotografía.

Y una cámara.

Y alguien que había estado observándonos desde el patio.

—¿Dónde está mi marido? —pregunté.

—Los agentes lo están interrogando.

Respiré lentamente.

—¿Sobre la cámara?

El vecino asintió.

—Y sobre lo ocurrido en el pozo.

Me quedé callada.

Entonces recordé el mensaje.

«No vuelvas a hablar de esa cámara.»

Lo había escrito apenas unos minutos después de que yo mencionara la cámara al policía.

Eso no podía ser una coincidencia.

—Quiero ver esa cámara —dije.

El vecino frunció el ceño.

—¿Ahora?

—Sí.

No quería seguir siendo la persona que esperaba a que otros decidieran qué podía saber.

Quería respuestas.

Un agente regresó poco después y escuchó mi petición.

—No debería salir del hospital todavía —me dijo—. Pero podemos revisar la grabación si existe.

—¿Puede mi marido acceder a ella?

El agente me miró.

—Eso es precisamente lo que estamos intentando determinar.

Me mostró una fotografía de la parte trasera de la casa.

—¿Es aquí?

Asentí.

—Sí.

—¿Quién instaló esa cámara?

Pensé durante unos segundos.

—Mi marido.

El agente levantó la vista.

—¿Está segura?

—Sí. Hace unas semanas me dijo que quería instalar cámaras por seguridad.

—¿Y luego?

—Me dijo que una de ellas había dejado de funcionar.

El agente intercambió una mirada con su compañero.

—¿Cuál?

—La del patio trasero.

Se hizo un silencio.

El agente escribió algo.

—Eso es importante.

—¿Por qué?

—Porque acabamos de revisar el sistema.

Esperé.

—La cámara del patio trasero sí estaba funcionando.

Sentí que el aire se detenía.

—¿Qué?

—No solo estaba funcionando. Estaba enviando la señal a otro dispositivo.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿A cuál?

El agente no respondió inmediatamente.

—Todavía no lo sabemos.

El vecino se acercó un poco.

—Entonces alguien podía estar viendo todo lo que ocurría en ese patio.

El agente asintió.

—Eso parece.

Miré al techo.

Durante meses había creído que mi marido controlaba cada situación porque quería controlarme a mí.

Pero quizá había algo más.

Quizá alguien estaba controlándolo a él.

O quizá él había estado permitiendo que otra persona nos vigilara.

El agente volvió a hablar.

—Encontramos una segunda cosa.

—¿Qué?

—La cámara comenzó a grabar con mucha más frecuencia durante las últimas semanas.

—¿Desde cuándo?

El agente miró sus notas.

—Desde que usted quedó embarazada.

Sentí un escalofrío.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé.

El vecino me miró preocupado.

—¿Hay alguien que supiera exactamente cuándo estabas sola en casa?

Pensé en todas las personas que conocían nuestra rutina.

Familia.

Amigos.

Vecinos.

Personas que habían venido a reparar cosas.

Pero una persona apareció inmediatamente en mi mente.

Mi marido.

Él sabía cuándo salía del trabajo.

Él sabía cuándo iba al médico.

Él sabía cuándo estaba sola.

Él sabía todo.

El agente recibió una llamada.

Se alejó unos pasos y habló en voz baja.

Cuando regresó, su expresión había cambiado.

—Tenemos una identificación parcial.

—¿De la persona de la fotografía?

—Sí.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

—¿Quién es?

El agente miró al vecino.

Después me miró a mí.

—Necesito que mantenga la calma.

Aquellas palabras nunca anunciaban nada bueno.

—Dígame.

El agente respiró profundamente.

—La persona que aparece junto a su patio utilizó un vehículo registrado a nombre de alguien relacionado con su marido.

Me incorporé ligeramente.

—¿Quién?

—Su marido nos dio inicialmente una explicación sobre ese vehículo.

—¿Qué explicación?

—Dijo que pertenecía a un antiguo compañero de trabajo.

El agente hizo una pausa.

—Pero acabamos de comprobar que no es cierto.

Sentí que las manos comenzaban a temblarme.

—Entonces, ¿de quién es?

El agente puso una fotografía sobre la mesa.

Era una imagen tomada de una cámara de seguridad de la calle.

Se veía un automóvil estacionado frente a nuestra casa.

Y junto al vehículo estaba una mujer.

No podía verle claramente el rostro.

Pero reconocí algo.

La chaqueta.

La misma chaqueta que había visto dos semanas antes en nuestra casa.

La noche en que mi marido me dijo que había invitado a una conocida para hablar de unas reparaciones.

—¿Quién es? —pregunté.

El agente respondió:

—Todavía estamos confirmándolo.

Entonces su teléfono volvió a sonar.

Contestó.

Escuchó durante unos segundos.

Su rostro se volvió serio.

—Entiendo. No la dejen salir del hospital.

Colgó.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

El agente me miró directamente.

—Su marido acaba de intentar salir de la comisaría.

—¿Puede hacerlo?

—No.

—Entonces, ¿por qué está preocupado?

El agente guardó silencio.

Finalmente dijo:

—Porque antes de intentar salir, preguntó una sola cosa.

Sentí un peso en el pecho.

—¿Qué preguntó?

El agente se inclinó hacia mí.

—Preguntó si ustedes ya habían encontrado el segundo teléfono.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué segundo teléfono?

El vecino frunció el ceño.

—¿Había otro?

El agente asintió.

—Y creemos que ese teléfono podría contener las grabaciones que faltan.

Miré a mi alrededor.

Entonces recordé algo.

Algo que había visto aquella misma tarde, antes de que mi marido me llevara al pozo.

Había un pequeño teléfono negro escondido detrás de una caja en el cobertizo.

Yo había pensado que era un aparato viejo.

Pero ahora comprendía por qué mi marido se había puesto tan nervioso cuando me vio acercarme allí.

Y, por primera vez, entendí que aquella noche en el pozo quizá no había sido un castigo.

Quizá había sido un intento desesperado de hacerme desaparecer de la casa antes de que yo encontrara algo.

El agente se levantó.

—¿Sabe dónde está ese teléfono?

Lo miré.

—Sí.

Tragué saliva.

—Sé exactamente dónde está.

Y entonces el vecino recibió una llamada.

Escuchó durante tres segundos.

Palideció.

—El cobertizo está ardiendo —dijo.

Nadie habló.

Porque todos entendimos lo mismo al mismo tiempo.

Alguien había descubierto que sabíamos dónde estaba el teléfono.

Y ahora estaba intentando destruir la única prueba que podía revelar toda la verdad.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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