Capítulo 4: La verdad detrás del cuarto secreto
Capítulo 4: La verdad detrás del cuarto secreto
Rachel permaneció inmóvil frente a la fotografía.
«Ella nunca debió llevarse a los niños».
La frase parecía pesar más que todo lo que había encontrado en aquella habitación.
—¿Qué significa eso? —preguntó uno de los agentes.
Rachel no respondió inmediatamente.
Miró las fotografías una por una.
No eran imágenes tomadas al azar.
Había fechas.
Horas.
Direcciones.
Algunas mostraban a Sarah entrando y saliendo del edificio. Otras mostraban a Lily caminando hacia la escuela. Incluso había una fotografía de Leo dormido en el sofá.
Alguien había estado vigilándolos.
Durante mucho tiempo.
—Necesitamos asegurar esta habitación —dijo Rachel—. Que nadie toque nada.
Uno de los agentes se acercó al ordenador.
—Hay archivos abiertos.
—No los borres ni los cierres. Quiero preservar todo.
El agente asintió.
Rachel volvió a mirar a Lily.
La niña permanecía junto a la puerta, abrazando su manta.
—Lily, necesito preguntarte algo. ¿Tu madre alguna vez habló de llevaros a otro lugar?
La niña asintió.
—Decía que algún día nos iríamos.
—¿A dónde?
—A un lugar donde él no pudiera encontrarnos.
Rachel sintió un escalofrío.
—¿Tu madre te dijo quién era él?
Lily negó con la cabeza.
—Solo decía que era peligroso.
—¿Y por qué te seguía?
Lily se quedó callada.
Rachel se agachó frente a ella.
—No tienes que responder si no quieres.
La niña respiró profundamente.
—Porque mamá nos llevó cuando éramos bebés.
Rachel frunció el ceño.
—¿Quiénes os llevó?
Lily señaló las fotografías.
—Él.
Aquella respuesta cambió todo.
Rachel se puso de pie.
—¿Tu madre te dijo que él era vuestro padre?
—No.
—Entonces, ¿quién es?
Lily miró al suelo.
—No lo sé.
Desde el otro lado de la habitación, uno de los agentes levantó la voz.
—Rachel.
Ella se acercó.
En la pantalla del ordenador había un archivo de vídeo.
La fecha correspondía a seis meses atrás.
El agente pulsó reproducir.
Apareció Sarah.
Estaba sentada exactamente en aquella habitación.
Tenía los ojos hinchados y parecía haber estado llorando.
Miró directamente a la cámara.
—Si alguien está viendo esto, necesito que escuche hasta el final.
Rachel se quedó completamente quieta.
Sarah continuó:
—No desaparecí con mis hijos. Los protegí.
La grabación se cortó durante unos segundos.
Luego volvió.
—El hombre que busca a Lily y a Leo no es su padre. Es el hermano de mi antiguo esposo.
Rachel intercambió una mirada con el agente.
Sarah siguió hablando.
—Hace años, mi esposo murió en circunstancias que nunca fueron investigadas correctamente. Después de su muerte, su hermano comenzó a decir que los niños le pertenecían. Intenté conseguir una orden de protección, pero alguien filtraba nuestra información cada vez que nos mudábamos.
Rachel apretó los dientes.
—Por eso cambiaba de teléfono —susurró Lily.
Rachel la miró.
La niña asintió.
En el vídeo, Sarah continuaba:
—La última vez que intenté denunciarlo, recibí una fotografía de Lily saliendo de la escuela. Tenía una nota detrás.
La pantalla mostró una imagen.
Una fotografía de una niña de siete años.
Rachel sintió un vacío en el estómago.
Sarah dijo:
—La nota decía: “Puedes correr, pero no puedes esconderlos para siempre”.
El vídeo volvió a interrumpirse.
Esta vez, cuando regresó la imagen, Sarah estaba mucho más alterada.
—Si algo me ocurre, no confíen en nadie que diga que conoce nuestra historia. Busquen el expediente original. Hay alguien dentro de la policía que ha estado ayudándolo.
Rachel sintió que la habitación se quedaba en silencio.
El agente junto a ella dejó lentamente las manos sobre la mesa.
—¿Alguien dentro de la policía?
Rachel no respondió.
Volvió a mirar el vídeo.
Sarah se acercó a la cámara.
—Y hay algo que todavía no saben.
La imagen se congeló.
Después apareció una pantalla negra.
El vídeo había terminado.
Rachel miró al agente.
—Busca el expediente original del esposo de Sarah.
—¿Nombre?
Rachel volvió hacia Lily.
—¿Cómo se llamaba tu padre?
Lily permaneció callada durante varios segundos.
Luego dijo:
—Michael.
El agente comenzó a buscar.
Pasaron unos minutos.
Entonces su expresión cambió.
—Rachel.
—¿Qué?
—Encontré el expediente.
—¿Y?
—El caso fue cerrado hace cinco años.
Rachel se acercó.
—¿Causa de muerte?
El agente leyó la pantalla.
—Accidente de tráfico.
Rachel frunció el ceño.
—Eso no coincide con lo que acaba de decir Sarah.
—Hay algo más.
El agente desplazó la pantalla.
—El informe original fue modificado tres veces.
Rachel sintió un nudo en el estómago.
—¿Quién autorizó las modificaciones?
El agente abrió el registro.
Se hizo silencio.
—Un detective.
—¿Nombre?
El agente levantó lentamente la mirada.
—Daniel Mercer.
Rachel se quedó helada.
El mismo nombre del hombre que había aparecido aquella noche afirmando ser el padre de los niños.
El mismo hombre que había estado frente al hospital.
El mismo hombre del abrigo negro.
Rachel retrocedió un paso.
—¿Estás seguro?
—Sí.
De pronto, se escuchó un golpe en la puerta principal del apartamento.
Todos se quedaron inmóviles.
Otro golpe.
Más fuerte.
Lily agarró la mano de Rachel.
—Es él.
Rachel levantó un dedo para pedir silencio.
Uno de los agentes se acercó a la ventana.
Miró hacia abajo.
—No hay nadie.
Entonces sonó el teléfono viejo.
Todos miraron hacia el aparato.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Rachel lo tomó.
No había número.
Contestó.
—¿Quién habla?
Durante unos segundos solo escuchó estática.
Luego una voz masculina susurró:
—Encontraste la habitación.
Rachel sintió que se le helaba la sangre.
—¿Dónde está Sarah?
Una pequeña risa llegó al otro lado.
—Eso depende de lo que hagas ahora.
—¿Qué quieres?
—Quiero que dejes de buscar.
Rachel apretó el teléfono.
—No voy a detenerme.
La voz guardó silencio.
Luego dijo:
—Entonces mira debajo de la cama de Lily.
La llamada terminó.
Rachel miró hacia el dormitorio.
Dos agentes corrieron hasta allí.
Levantaron la cama.
Debajo encontraron una pequeña caja metálica.
Rachel abrió la tapa.
Dentro había un teléfono.
Un documento.
Y una fotografía.
La fotografía mostraba a Sarah entrando en una farmacia.
En el reverso había una hora escrita.
1:58 a. m.
Rachel miró el reloj.
Eran casi las cuatro.
Sarah llevaba desaparecida más de dos horas.
Entonces vio el documento.
Era una orden judicial.
Rachel comenzó a leer.
Y se quedó sin palabras.
Porque no autorizaba a Daniel Mercer a acercarse a los niños.
Autorizaba exactamente lo contrario.
Prohibía a Sarah acercarse a ellos.
Lily miró el documento.
—¿Qué significa eso?
Rachel levantó lentamente la cabeza.
—Significa que alguien consiguió una orden judicial usando información falsa.
En ese momento, el teléfono viejo volvió a vibrar.
Un nuevo mensaje apareció en la pantalla.
«Ahora sabes por qué Sarah tuvo que esconderlos.»
Rachel leyó la segunda línea.
Y sintió que el miedo se convertía en certeza.
«Pero todavía no sabes dónde está ella.»