CAPÍTULO 3: EL SECRETO QUE FRANK HABÍA INTENTADO OCULTAR
CAPÍTULO 3: EL SECRETO QUE FRANK HABÍA INTENTADO OCULTAR
Durante varios segundos, fui incapaz de moverme.
Miraba el mensaje en la pantalla de mi teléfono, leyendo una y otra vez aquellas palabras que parecían clavarse en mi mente.
«Si quiere que su hija vuelva a casa esta noche, deje de hacer preguntas».
La fotografía mostraba a Ellie sentada junto a la ventanilla del autobús. Tenía la mochila morada sobre las piernas y los ojos fijos en algo fuera de la imagen.
No parecía herida.
Pero parecía aterrorizada.
—Agente Brooks —susurré—. Mire esto.
Le entregué el teléfono.
Su expresión cambió al instante. Hizo una señal a la agente Miller y ambos comenzaron a examinar el mensaje.
—¿Conoce este número? —preguntó.
—No. Nunca lo había visto.
—No responda. Tampoco borre el mensaje ni la fotografía.
—¿Cómo ha conseguido una foto de mi hija? ¿Quién puede acercarse tanto a ese autobús?
Brooks no respondió inmediatamente. Fotografió la pantalla con su dispositivo de trabajo y pidió por radio que comprobaran si el número podía relacionarse con el hombre de la gorra negra.
Entonces hizo una pregunta que me heló la sangre.
—¿Hay alguien en su vida que pudiera querer llevarse a Ellie?
—¿Qué? No. ¿Por qué me pregunta eso?
—Necesitamos descartar cualquier posibilidad. ¿Un familiar con quien tenga problemas? ¿Una expareja? ¿Alguien que haya amenazado a su familia?
Negué con la cabeza.
El padre de Ellie, Michael, había desaparecido de nuestras vidas cuando nuestra hija tenía apenas dos años. Se había mudado a otro estado y, durante los últimos tres años, sus llamadas habían sido esporádicas. No teníamos una relación cercana, pero tampoco existía una disputa reciente que pudiera explicar aquello.
Se lo conté al agente.
Él anotó el nombre y me pidió sus datos de contacto.
—No estamos acusando a nadie —aclaró—. Solo necesitamos saber si existe alguna conexión.
—Michael no haría algo así —respondí, aunque ni siquiera yo estaba completamente segura de cuánto sabía sobre el hombre en que se había convertido mi expareja.
Antes de que pudiera decir algo más, la radio de Brooks crepitó.
Una voz masculina anunció que los agentes del aparcamiento habían asegurado la zona y que Ellie seguía dentro del autobús.
Pero Frank se negaba a permitir que la niña bajara hasta que un agente revisara la parte trasera del vehículo.
Brooks cerró los ojos durante un instante.
—Voy para allá.
—¡Yo también!
—Señora, necesito que se quede aquí.
—¡Es mi hija!
—Precisamente por eso no puedo permitir que se acerque a una escena que todavía no está asegurada.
Quise discutir, gritar, exigir que alguien me llevara hasta ella. Sin embargo, la agente Miller se acercó y me tomó las manos.
—Escúcheme. Los agentes están con su hija. Vamos a mantenerla a salvo. Pero necesito que confíe en nosotros durante los próximos minutos.
No quería confiar en nadie.
Quería a Ellie en mis brazos.
Aun así, asentí.
Brooks subió a la patrulla y se marchó con las luces encendidas.
Yo me quedé junto a Miller, mirando el teléfono cada pocos segundos, aterrorizada ante la posibilidad de recibir otro mensaje.
Y entonces llegó uno.
Esta vez no había fotografía.
Solo seis palabras.
«Frank sabe lo que pasó aquella noche».
Levanté la mirada lentamente.
—Agente Miller…
Ella leyó el mensaje y su rostro perdió el color.
—¿Qué noche? —preguntó.
—No lo sé.
Pero, mientras pronunciaba aquellas palabras, una imagen comenzó a formarse en mi memoria.
Una noche de hacía casi tres meses.
Un automóvil estacionado frente a nuestra casa.
Una llamada telefónica que se cortó en cuanto contesté.
Y Ellie, despertándose en mitad de la noche para decirme que había visto a un hombre mirando por la ventana de su dormitorio.
En aquel momento, pensé que había sido una pesadilla.
Ahora ya no estaba tan segura.
A las 4:08, la agente Miller recibió autorización para llevarme al aparcamiento.
Durante el trayecto, no dejé de mirar por la ventanilla. Las calles conocidas parecían diferentes, como si de repente cada automóvil estacionado y cada persona en una acera pudieran esconder una amenaza.
Cuando llegamos, vi el autobús amarillo al fondo del aparcamiento.
Dos patrullas bloqueaban la entrada. Otros agentes inspeccionaban los alrededores y un vehículo policial permanecía estacionado detrás del autobús.
Entonces vi a Frank a través del parabrisas.
Estaba sentado al volante, con las manos apoyadas sobre las rodillas.
Parecía agotado.
A su lado, Ellie permanecía inmóvil, abrazando su mochila morada.
En cuanto me vio acercarme, se levantó tan deprisa que casi tropezó con el asiento.
—¡Mamá!
Su grito atravesó el cristal.
Intenté correr hacia ella, pero un agente me detuvo suavemente.
—Un momento, señora. Estamos comprobando que no haya nadie escondido detrás del vehículo.
—¡Mi hija me está llamando!
—Lo sé. Necesitamos unos segundos más.
Entonces, Frank bajó la ventanilla.
—¡No la deje acercarse por la parte trasera! —gritó—. ¡Por favor, revise primero el compartimento de equipaje!
Los agentes intercambiaron una mirada.
Uno de ellos se dirigió hacia la parte trasera con una linterna. Otro permaneció junto a la puerta del conductor.
Pasaron veinte segundos.
Después, el agente de la linterna hizo una señal.
No encontraron a nadie.
El perímetro estaba despejado.
Finalmente, abrieron la puerta del autobús.
Ellie bajó los escalones corriendo y se lanzó a mis brazos.
La abracé con tanta fuerza que sentí cómo le temblaba todo el cuerpo.
—Ya estoy aquí, cariño. Ya estoy aquí.
—Mamá, yo no quería irme —sollozó contra mi cuello—. Le dije al señor Frank que tú estabas ahí. Le dije que eras tú.
—Lo sé, mi amor. No has hecho nada malo.
Le acaricié el cabello, le besé la frente y revisé sus brazos y sus manos mientras intentaba controlar mis propias lágrimas.
—¿Te ha hecho daño alguien?
Ellie negó con la cabeza.
—No. Pero tenía mucho miedo.
—¿Por qué, cariño? ¿Qué pasó dentro del autobús?
Mi hija levantó la mirada hacia Frank.
El conductor había bajado del vehículo y ahora estaba hablando con el agente Brooks.
Ellie se acercó a mi oído.
—El señor Frank vio al hombre que estaba detrás de ti.
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque, antes de que llegaras a la puerta, el hombre se acercó a la primera fila. Yo lo vi por la ventana. El señor Frank me dijo que me sentara y que no mirara hacia fuera.
Me aparté ligeramente para verle la cara.
—¿El hombre se acercó al autobús?
—Sí, mamá. Pero no llevaba uniforme ni nada. Solo tenía una gorra negra.
La fotografía.
El mismo hombre.
—¿Te dijo algo?
Ellie apretó los labios, tratando de recordar.
—No a mí. Pero cuando el autobús se detuvo, lo escuché hablar con el señor Frank.
—¿Qué le dijo?
Mi hija bajó la voz.
—Le dijo que tú tenías que dejarme bajar.
Noté que se me entumecían los dedos.
—¿Y Frank qué respondió?
—Le dijo que no podía hacerlo porque tú estabas en peligro.
Me quedé inmóvil.
Por primera vez, comprendí que quizá Frank no había cerrado las puertas para alejarme de mi hija.
Quizá había cerrado las puertas para impedir que aquel hombre llegara hasta nosotras.
Pero todavía había algo que no tenía sentido.
Si el desconocido quería llevarse a Ellie, ¿por qué había exigido que la dejaran bajar?
¿Y por qué había enviado aquella fotografía con una amenaza?
Antes de que pudiera preguntarle más, el agente Brooks se acercó.
—Su hija está bien. Una unidad médica la ha examinado y no presenta lesiones aparentes. Puede llevarla a casa cuando terminemos unas preguntas básicas.
Solté el aire que llevaba reteniendo durante lo que parecían horas.
—Gracias.
Miré a Frank.
—Necesito hablar con él.
Brooks asintió y le pidió que se acercara.
Frank caminó lentamente hacia nosotras. De cerca, parecía mayor de lo que yo recordaba. Tenía las manos temblorosas y una marca rojiza en la muñeca, como si alguien lo hubiera sujetado con fuerza.
—Señora Carter —dijo—, siento mucho haberla asustado.
—¿Asustarme? ¡Se llevó a mi hija sin explicarme nada!
—Lo sé.
—¡Pensé que estaba secuestrándola!
Frank bajó la cabeza.
—Si le hubiera explicado lo que estaba ocurriendo, ese hombre habría sabido que usted no estaba al tanto de nada. Y si él hubiera creído que yo había hablado, podría haber actuado antes de que la policía llegara.
—¿Quién es ese hombre?
Frank miró al agente Brooks.
—Necesito contarles algo. Pero no quiero hacerlo delante de la niña.
La agente Miller llevó a Ellie a la patrulla para que pudiera beber agua y descansar. Antes de alejarse, mi hija me apretó la mano.
—No te vayas, mamá.
—No voy a irme a ninguna parte.
Cuando estuvieron suficientemente lejos, Frank respiró profundamente.
—Hace unas tres semanas, empecé a notar un automóvil oscuro siguiendo mi autobús.
—¿Durante la ruta escolar?
—Sí. Al principio pensé que era una coincidencia. Pero aparecía todos los días. A veces permanecía a varias calles de distancia; otras, se detenía cerca de las paradas.
—¿Y no informó a la escuela?
—Sí. Presenté dos informes al supervisor de transporte. Me dijeron que, sin una amenaza directa, no podían cambiar las rutas ni suspender el servicio.
Brooks intervino.
—¿Tiene copias de esos informes?
—En mi casa. También guardé algunas fotografías del vehículo.
El agente anotó la información.
Frank continuó:
—El lunes por la tarde, el hombre se acercó a mí cuando terminé la ruta. Sabía mi nombre y conocía el horario exacto del autobús. Me dijo que necesitaba hablar conmigo sobre una alumna.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—¿Sobre Ellie?
Frank asintió.
—Me preguntó si era habitual que usted la recogiera personalmente. También quiso saber si Ellie se quedaba sola alguna vez en casa.
—¿Y qué le respondió?
—Que no tenía derecho a hacerme esas preguntas. Le dije que se marchara.
—¿Por qué no me avisó?
Frank me miró con una expresión de profundo arrepentimiento.
—Porque pensé que, si lo hacía, podría asustarla sin tener pruebas. Y porque creí que la policía resolvería el asunto antes de que ocurriera algo.
El agente Brooks se cruzó de brazos.
—¿Qué sucedió hoy?
Frank se pasó una mano por el cabello gris.
—Cuando llegué a Willow Lane, vi al hombre detrás de la señora Carter. Lo reconocí por la chaqueta y la gorra. En cuanto abrí las puertas, él empezó a acercarse.
—¿Y por eso las cerró? —pregunté.
—Sí. Vi que miraba directamente hacia Ellie. No podía permitir que se acercara a la entrada.
—Pero usted se llevó a mi hija sin mi consentimiento.
—Lo sé —respondió Frank, con la voz quebrada—. Y entiendo que me odie por eso. Pero, en ese momento, pensé que mantenerla dentro del autobús era la única manera de evitar que el hombre llegara hasta ella.
Brooks levantó una mano.
—¿Por qué no condujo directamente a una comisaría?
Frank tardó en contestar.
—Porque el hombre estaba siguiendo al autobús. Si yo giraba hacia la comisaría más cercana, él habría sabido adónde íbamos. Elegí el aparcamiento municipal porque tiene cámaras, una sola entrada y personal de seguridad durante la tarde.
El agente tomó nota, pero su expresión seguía siendo cautelosa.
—Tendremos que verificar cada parte de su relato.
—Lo entiendo.
Yo miré a Frank, intentando decidir si debía agradecerle o denunciarlo.
Había llevado a mi hija sin avisarme. Me había hecho creer que algo terrible había ocurrido.
Pero, por lo que acababa de contar, también podría haber evitado que aquel desconocido se acercara a ella.
—Frank —dije—, necesito saber algo más. ¿Cómo sabía ese hombre que Ellie estaría conmigo hoy?
El conductor se quedó inmóvil.
Después miró al agente Brooks.
—Porque no fue la primera vez que lo vi cerca de ella.
—¿Qué quiere decir?
Frank tragó saliva.
—Hace dos meses, lo vi hablando con una persona que conocía muy bien a su familia.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Quién?
Frank abrió la boca, pero antes de responder, la radio del agente Brooks emitió un sonido agudo.
Una voz informó que habían conseguido identificar parcialmente la matrícula del automóvil oscuro. El vehículo estaba registrado a nombre de una empresa de servicios privados.
Brooks pidió que repitieran el nombre.
Cuando lo escuchó por segunda vez, se quedó completamente quieto.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
El agente no contestó enseguida.
Sacó su teléfono y comparó la información con los datos que acababa de recibir. Después levantó la mirada hacia mí.
—Señora Carter, necesitamos preguntarle por una persona de su entorno.
—¿Quién?
—Un hombre llamado Michael Carter.
Mi expareja.
El padre de Ellie.
Me quedé sin palabras.
—¿Qué tiene que ver Michael con todo esto?
Brooks guardó el teléfono.
—El automóvil que seguía al autobús está vinculado a una empresa en la que él trabajó hasta hace seis meses.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—Pero Michael vive en otro estado.
—Eso es lo que nos había dicho. Sin embargo, según la información que estamos verificando, podría haber regresado a esta ciudad hace varias semanas.
Miré a Ellie, que seguía sentada en la patrulla, abrazando su mochila.
El padre de mi hija no había preguntado por ella durante meses.
No había llamado para saber cómo estaba en su último cumpleaños.
Y, sin embargo, ahora parecía estar relacionado con el hombre que la había seguido.
—¿Cree que Michael quiere llevarse a Ellie? —pregunté.
Brooks fue cuidadoso con su respuesta.
—Todavía no podemos afirmarlo. Necesitamos hablar con él y confirmar los datos.
Entonces Frank dio un paso adelante.
—Hay algo que aún no les he contado.
Todos nos volvimos hacia él.
El conductor sacó lentamente su teléfono del bolsillo y buscó una fotografía.
—Anoche recibí esta imagen desde un número oculto. No sabía quién la había enviado hasta que vi al hombre hoy.
Me mostró la pantalla.
Era una fotografía tomada desde la calle, a través de la ventana de nuestra casa.
Ellie estaba sentada en la mesa de la cocina, haciendo los deberes.
Yo aparecía de espaldas, preparando la cena.
La imagen había sido tomada desde el exterior, sin que ninguna de las dos lo supiera.
Debajo había una frase escrita en letras mayúsculas:
«MAÑANA SERÁ DEMASIADO TARDE».
Me tapé la boca.
La fotografía era del día anterior.
El agente Brooks la fotografió con su teléfono de trabajo y ordenó que se conservara como posible prueba.
Pero Frank aún no había terminado.
—Cuando recibí esa imagen, llamé al supervisor de transporte. No obtuve respuesta. Después intenté comunicarme con la policía, pero no conseguí hablar con un agente. Esta mañana decidí vigilar las paradas con más atención.
—¿Y por qué no me llamó directamente? —pregunté, con lágrimas de rabia en los ojos.
—Tenía miedo de que el hombre estuviera vigilando su teléfono. No sabía cuánto sabía de usted ni de su familia.
No pude responder.
Todo aquello parecía imposible. Durante semanas había llevado a Ellie al colegio, había preparado su almuerzo y había regresado a casa creyendo que nuestra vida era normal.
Mientras tanto, alguien nos observaba.
Alguien conocía nuestros horarios.
Alguien había fotografiado a mi hija dentro de nuestra propia casa.
Y ahora la policía estaba relacionando todo con Michael.
Justo cuando el agente Brooks se disponía a dar nuevas instrucciones, el teléfono de Frank comenzó a sonar.
Un número desconocido.
El conductor miró la pantalla y palideció.
—Es él —susurró.
Brooks le indicó que contestara y activara el altavoz.
Frank obedeció.
Durante dos segundos solo escuchamos estática.
Después, una voz masculina habló con una calma aterradora.
—Espero que la niña haya llegado sana y salva.
Brooks se acercó al teléfono.
—Habla el agente Daniel Brooks, del Departamento de Policía. Identifíquese.
El hombre soltó una risa breve.
—No tengo nada que decirle, agente.
—Sabemos que ha estado siguiendo un autobús escolar. Tenemos imágenes suyas y estamos investigando una amenaza dirigida a una menor.
Hubo un silencio.
Después, el desconocido pronunció mi nombre completo.
Mi nombre y mis dos apellidos.
Y añadió:
—Señora Carter, si quiere saber por qué su hija está en peligro, pregúntele al padre de la niña qué hizo hace nueve años.
La llamada se cortó.
Nadie habló durante varios segundos.
Yo miré a Ellie a través de la ventanilla de la patrulla. Ella me observaba, esperando que le dijera que todo había terminado.
Pero no había terminado.
Porque nueve años atrás, cuando nació mi hija, Michael me había contado una historia sobre su trabajo, una historia que yo nunca había cuestionado.
Una historia que ahora, por primera vez, comenzaba a parecer una mentira.
Y mientras el agente Brooks ordenaba localizar a mi expareja, comprendí que la pregunta ya no era solamente quién había seguido a Ellie.
La verdadera pregunta era qué había hecho Michael antes de que nuestra hija naciera.
Y por qué alguien estaba dispuesto a aterrorizar a una niña de nueve años para mantenerlo en secreto.