Su esposa lo engañaba y humillaba a su madre… cuando ella descubrió al amante, pasó lo peor..
El calor de aquella tarde caía a plomo sobre las calles de la ciudad, derritiendo el asfalto y sofocando el aire que se colaba por las ventanas a medio abrir. Era un martes cualquiera, uno de esos días pesados donde el ruido del tráfico, los cláxones lejanos y el murmullo constante de los vecinos parecían amplificarse. Diego aparcó su auto frente a la casa, soltando un suspiro largo y cansado que le rasgó la garganta. Llevaba más de diez horas lidiando con problemas en la oficina, con el saco colgado del hombro y la corbata aflojada, soñando únicamente con un vaso de agua helada, la cena caliente de Lorena y, quizá, un rato de paz viendo la televisión junto a su madre.
Sin embargo, al girar la llave en la cerradura y empujar la pesada puerta de madera, el silencio que lo recibió no era el de la tranquilidad. Era un silencio denso, eléctrico, cargado de una hostilidad que casi se podía respirar. No olía a comida recién hecha. No se escuchaba la radio en la cocina.
En medio de la sala, sentada al borde del sofá con la espalda inusualmente recta y las manos temblorosas aferradas a su chal, estaba doña Amalia. Su rostro, marcado por los surcos de los años y el cansancio de una vida de sacrificios, lucía pálido, casi cenizo. Sus ojos se clavaron en Diego en el instante en que él pisó la alfombra.
—Hijo… —su voz se quebró, frágil como el cristal, pero cargada de una urgencia que heló la sangre de Diego—. Lorena te está engañando.
Las palabras cayeron en la sala como un bloque de plomo. Diego se quedó paralizado, con la puerta aún a medio cerrar a sus espaldas. Parpadeó, sintiendo que el cansancio de la jornada laboral se evaporaba de golpe, reemplazado por un zumbido sordo en los oídos. ¿Qué acababa de decir?
Antes de que pudiera articular una sola sílaba, Amalia tomó una bocanada de aire tembloroso y soltó la frase que lo cambiaría todo: —La vi besándose con Iván.
El nombre de Iván resonó en las paredes. El supuesto primo de su esposa. El tipo que había estado frecuentando la casa en las últimas semanas con la excusa de buscar trabajo, de pedir favores, de tomar un café a media tarde.
—¿Qué? —fue lo único que Diego logró balbucear, soltando el maletín, que golpeó el suelo con un ruido sordo.
El eco del golpe pareció invocar a Lorena, quien salió disparada del pasillo que daba a las habitaciones. Llevaba el cabello un poco revuelto, el rostro arrebolado y una expresión de pánico que rápidamente intentó disfrazar con indignación. Se acercó a Diego a paso apresurado, interponiéndose físicamente entre él y su madre.
—¡Amor, tu mamá entendió mal! —exclamó Lorena, elevando el tono de voz, impregnándolo de una súplica dramática—. Con Iván, mamá, por Dios… él es mi primo. Diego, por favor, no le hagas caso.
Diego miró a su esposa. Sus ojos oscuros, la forma en que sus manos buscaban aferrarse a los brazos de él, intentando anclarlo a su versión de la realidad. Luego miró a su madre. Doña Amalia no era una mujer de escándalos. Toda su vida había sido una sombra discreta y trabajadora, una mujer que se guardaba sus dolores para no molestar a nadie.
—Apóyate en mí, mamá —dijo Diego, ignorando las manos de Lorena y acercándose a la mujer mayor. Se arrodilló frente a ella, tomándole las manos. Estaban heladas—. Dime exactamente qué pasó allí adentro. Mírame a los ojos y dímelo.
Amalia apretó los dedos de su hijo. Las lágrimas, que había estado conteniendo con pura fuerza de voluntad, comenzaron a asomar en los bordes de sus ojos cansados. —Los vi besándose en tu cuarto, hijo —murmuró Amalia, y cada sílaba era una estaca en el pecho de Diego—. Ella cerró la puerta cuando me descubrió, cuando se dio cuenta de que yo estaba ahí… pero ya los había visto. Estaban juntos. En tu cama.
Lorena soltó una risa nerviosa, aguda y discordante, que rebotó en los muebles de la sala. —Iván vino a saludarme —insistió, cruzándose de brazos a la defensiva, mirando a su suegra con un resentimiento apenas velado—. Vino a ver cómo estábamos, entró al cuarto un segundo porque yo estaba buscando algo, y ella empezó con sus acusaciones. ¡Mi mamá dice que los vio besándose! ¡Es ridículo, Diego!
Diego se levantó lentamente. El zumbido en sus oídos se había convertido en un latido doloroso en las sienes. La recámara principal. Su refugio. El lugar que compartía con la mujer que amaba, ahora manchado por la sombra de una sospecha que le revolvía el estómago.
—Mírame, Lorena —exigió Diego, su voz bajando un tono, adoptando una frialdad que rara vez mostraba—. ¿Me estás diciendo en mi cara que mi madre se inventó todo lo que cuenta? ¿Que simplemente se levantó hoy con ganas de destruir nuestro matrimonio?
—¡Digo que se confundió! —estalló Lorena, gesticulando exageradamente. Se acercó a Diego, bajando la voz, intentando apelar a la lástima—. Tú sabes cómo se pone. Sabes que últimamente se altera por cualquier cosa. Que si las pastillas, que si los ruidos… Yo trato de tenerle paciencia, te lo juro, amor, pero a veces su imaginación vuela. Está mayor, Diego.
Era el golpe más bajo que podía dar. Lorena sabía que la salud mental y física de doña Amalia había sido el motivo principal por el que Diego había insistido en traerla a vivir con ellos. No quería que su madre, tras una vida de desgaste y sacrificio para sacarlo adelante a él solo, terminara sus días abandonada en su vieja casa, cayéndose sin que nadie pudiera auxiliarla. Diego amaba a su madre profundamente, pero el desgaste de la convivencia a tres bandas había creado fricciones innegables. Lorena estaba utilizando ese historial de pequeñas tensiones domésticas como escudo.
Amalia, desde el sofá, enderezó aún más la espalda. No iba a permitir que la trataran de loca en frente de su propia sangre. —No me confundí —sentenció la anciana con una firmeza que sorprendió a ambos—. Una cosa es saludar a un primo, Lorena. Otra muy distinta es besarlo como tú besas a mi hijo. Eso no fue un saludo. No me quieras ver la cara de estúpida en las pocas luces que me quedan.
El silencio volvió a devorar la sala. Diego sintió que le faltaba el aire. La imagen de Lorena y ese sujeto, Iván, en su cama, se proyectaba en su mente como una película grotesca. Necesitaba enfrentar al otro responsable de este circo.
—¿Dónde está Iván? —preguntó Diego. Su tono no admitía réplicas—. Si todo fue un saludo familiar, un malentendido de una mujer mayor, entonces que venga y lo explique delante de los tres. Ahora mismo.
Lorena tragó saliva de manera perceptible. Sus ojos esquivaron la mirada escrutadora de su marido por una fracción de segundo antes de volver a clavarse en él con falsa seguridad. —Ya se fue, amor. Tiene pendientes. Fíjate que andaba a las prisas. No me parece justo hacerlo regresar, gastar gasolina y tiempo, por algo que nunca pasó, por una fantasía.
—Pues llámalo —ordenó Diego, señalando el teléfono celular de Lorena que descansaba sobre la mesa de centro—. Mi mamá no va a quedarse aquí sentada como una mentirosa, como una loca, mientras él se va tan tranquilo de mi casa. ¡Llámalo, Lorena!
El grito de Diego hizo eco en los rincones de la casa. Nunca le alzaba la voz. Lorena, al verse acorralada, tomó el teléfono con manos que ahora sí delataban un ligero temblor. Marcó el número. Se llevó el aparato a la oreja mientras caminaba hacia la ventana, dándoles la espalda.
—Iván… —susurró Lorena, aunque en el silencio sepulcral de la casa, Diego y Amalia pudieron escuchar cada palabra—. Regresa a la casa. Diego quiere hablar contigo sobre lo de esta tarde. Sí. Ahora mismo.
Cuando Lorena colgó, el ambiente se volvió aún más asfixiante. El compás de espera se sentía como una tortura. Diego caminaba de un lado a otro, frotándose el rostro con ambas manos. Doña Amalia lo miraba con una mezcla de amor y dolor profundo. Le dolía ver a su hijo sufrir, pero le dolía más ver cómo lo hacían tonto bajo su propio techo.
—No quería darte este dolor, hijo —dijo Amalia suavemente, rompiendo la tensión—. Dios sabe que yo solo quería paz en mis últimos años. Pero tampoco podía quedarme callada mientras ella te veía la cara en tu propia casa. No es justo para ti.
Lorena se giró bruscamente, soltando un bufido de desprecio, olvidando por un momento su papel de víctima incomprendida. —¿Ves cómo me habla? —le reclamó a Diego, señalando a la anciana—. Desde que llegó a esta casa siente que tiene que defenderte de mí. Me trata como si fuera tu enemiga, como si yo fuera una intrusa que vino a robarle a su niño. ¡Me trajiste a vivir un infierno!
Amalia no se inmutó ante los gritos. Su dignidad intacta se alzaba por encima del drama barato de su nuera. —Me trajiste porque ya no puedo vivir sola —le recordó Amalia a su hijo, con la voz serena pero cargada de verdad—. Yo no vine a quitarle el lugar a nadie. Esta es su casa, son su matrimonio. No vine a inventarle amantes a nadie. Lo que vi, lo vi.
Diego se detuvo en seco, sintiendo que la cabeza le iba a estallar en mil pedazos. —Yo traje a mi mamá para que estuviera cuidada —dijo Diego, con la voz ronca de la desesperación—. Es mi madre. Te pedí paciencia, Lorena. Te lo supliqué. No quiero que usen este techo para hacerse daño entre ustedes. Pensé que éramos una familia.
Amalia, al escuchar la angustia de su hijo, decidió que ya era hora de soltar todo el veneno que había estado tragando en silencio durante meses. Si la guerra había estallado, no iba a guardarse las municiones. —Entonces, escúchame bien, hijo —comenzó Amalia, apoyando ambas manos en el reposabrazos para darse valor—. Cuando tú sales a trabajar, cuando cierras esa puerta pensando que tu madre está descansando… ella me pone a limpiar. Me da el trapeador, la escoba, me manda a lavar los trastes aunque sepa que me duelan horrores las piernas por la artritis. Pero eso sí, delante de ti, cuando tú estás presente, hasta me sirve el plato en la mesa para que veas qué buena esposa es.
Diego sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Miró a Lorena con los ojos muy abiertos, llenos de una decepción aplastante. —¿Eso es verdad? —le exigió saber.
Lorena palideció, pero su instinto de supervivencia y manipulación era más rápido que su culpa. —¡Claro que no! —chilló, haciéndose la ofendida—. ¡Yo nunca la obligué! Diego, por favor, ella insiste en ayudar. Me dice que se siente inútil si no hace nada. Yo la dejo barrer un poco para que se sienta útil, y luego va y te dice que la trato como sirvienta. ¡Eso también me duele a mí! ¡Me duele que me pintes como un monstruo!
Diego se dejó caer en el sillón individual, pasándose las manos por el cabello con frustración. —Mamá… —murmuró, mirándola con reproche y tristeza— ¿Por qué no me dijiste que te dolían las piernas cuando hacías cosas? Yo habría contratado a alguien. Habría buscado ayuda. Sabes que no tienes que hacer nada aquí.
—Te lo dije, hijo —respondió Amalia, con una tristeza infinita en la mirada—. Te dije que ya no podía con el piso. Y ella estaba ahí. Ella respondió que yo exageraba, que quería llamar la atención. Y tú… tú estabas tan cansado del trabajo que me pediste que no discutiéramos. Que llevara la fiesta en paz. Así que me callé.
El peso de la culpa cayó sobre los hombros de Diego. Recordó aquella noche. Recordó haber estado exhausto por un cierre de mes en la oficina, recordó a su madre quejándose de sus rodillas y a él mismo pidiéndole que no hiciera un problema grande por las tareas de la casa. Había sido ciego. Cómodamente ciego.
El sonido del timbre cortó el aire pesado de la sala como una cuchilla.
Diego se levantó de un salto. Su rostro se endureció. Caminó hacia la puerta con pasos largos y decididos. Al abrir, se encontró con Iván. Llevaba una camisa desabotonada en el cuello, masticaba chicle y exhibía una actitud ridículamente relajada, como si lo hubieran llamado para tomar unas cervezas en lugar de responder por una acusación de adulterio.
—Qué onda, Diego —saludó Iván, entrando con demasiada confianza, frotándose las manos—. Lorena me dijo que había un problema. Fíjate que tuve que dejar unos bisnes a medias y me regresé volando porque no quiero que un malentendido termine afectando a la familia. Ustedes saben que para mí la familia es primero.
Diego cerró la puerta a sus espaldas, asegurándose de que el cerrojo encajara. —Déjate de discursos baratos, Iván —lo cortó Diego en seco, plantándose frente a él. La diferencia de estatura no era mucha, pero la furia contenida de Diego lo hacía parecer inmenso—. Mi mamá dice que te vio besando a Lorena. En nuestro cuarto. En mi cama. Quiero tu explicación, aquí, frente a las dos. Sin darle vueltas.
Iván ni siquiera parpadeó. Mantuvo la calma con la frialdad de un mentiroso patológico. Miró a Lorena de reojo y luego a Diego. —Le di un beso en la mejilla a Diego… digo, a Lorena. A tu esposa —se corrigió rápidamente, aunque la sonrisa cínica nunca abandonó sus labios—. Lorena es mi prima, güey. No haría una tontería así contigo. Te respeto demasiado a ti y a tu casa.
Amalia, desde el fondo, se levantó con un esfuerzo tremendo, pero sostenida por la fuerza de la verdad. —No fue en la mejilla, descarado —escupió la anciana, señalándolo con un dedo tembloroso pero acusador—. Y no solo fue el beso. Tú le dijiste a ella que, conmigo metida en la casa, ya no podían estar tranquilos. Lo escuché clarito.
Iván soltó una carcajada seca y forzada, negando con la cabeza como si estuviera frente a un niño que acaba de inventar un cuento absurdo. —Ay, señora… con todo respeto. Estábamos hablando de las discusiones que hay en la casa. La señora Lorena me contó que está preocupada por el ambiente tenso. Usted escuchó una parte de la plática detrás de la puerta y entendió lo que quiso entender. El que busca, encuentra, dicen por ahí, aunque no haya nada.
—¿Y por qué demonios estaban en nuestro cuarto? —explotó Diego, su voz retumbando en las paredes, incapaz de contener la rabia por más tiempo—. ¡Tenemos una sala bastante grande, un comedor, un patio! ¿Por qué tenían que hablar de problemas de familia encerrados en mi recámara?
Lorena intervino rápidamente, su tono untuoso y practicado. —Fui por unas fotografías de mi mamá, Diego. Quería enseñárselas a Iván porque me las había pedido. Iván me acompañó a buscarlas. Fueron dos minutos. No pensé que en mi propia casa tendría que justificar cada paso que doy ni con quién hablo.
—Así fue, carnal —apoyó Iván, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón con actitud despreocupada—. Mira, si mi presencia causa problemas, si a la señora le molesta verme, pues dejo de venir y ya está. Muerto el perro se acabó la rabia. Pero no me pongas encima algo que no hice. Yo no ando bajándole la esposa a nadie.
Amalia dio un paso al frente, apoyándose en el respaldo del sillón. —A mí no me importa si vienes o te largas para siempre, muchacho. Me importa que se burlen de mi hijo en su cara. Me importa que quieran hacerme quedar como una loca senil para tapar sus porquerías.
Lorena, viendo que Diego seguía mirándolos con profunda desconfianza, decidió jugar su última carta: la manipulación emocional directa. Caminó hacia Diego, con los ojos llenos de lágrimas perfectamente ensayadas. —Si ya no confías en mí, dilo de una vez, Diego —sollozó, tocándose el pecho—. Soy tu esposa. Dormimos juntos, construimos esta vida juntos. No puedo defenderme de algo que solamente ella afirma desde su odio hacia mí. No puedo competir con tu madre. Si le crees a ella, entonces destruye nuestro matrimonio de una vez.
El caos de voces, los reclamos de su madre, los llantos histriónicos de su esposa y el cinismo insoportable del supuesto primo crearon un torbellino en la mente de Diego. La presión en el pecho era insoportable. Sentía que el oxígeno de la casa se había agotado. Miró a su madre, firme pero frágil; miró a Lorena, hermosa pero escurridiza como el agua. No podía pensar con claridad. No allí adentro.
—Ya estuvo —dijo Diego, alzando las manos para pedir silencio, su voz temblando por el esfuerzo de no derrumbarse a llorar o a golpear la pared—. Ya. Cállense los tres. No quiero seguir escuchando versiones mientras estoy así. Mi cabeza no da para más.
Se dio la vuelta, dirigiéndose ciegamente hacia la puerta por la que acababa de entrar hacía menos de una hora.
—Voy a salir —anunció, agarrando las llaves del auto de la mesa de entrada con mano torpe—. Voy a tomar aire porque siento que me ahogo. Cuando vuelva… cuando vuelva tendremos que aclarar todo esto de una vez por todas.
Doña Amalia sintió un terror helado recorrerle la espina dorsal al ver a su hijo girar el picaporte. Sabía exactamente de lo que eran capaces esos dos si se quedaban a solas con ella. —¡Hijo! —gritó Amalia, dando dos pasos torpes hacia él, con la mano extendida—. ¡No me dejes con ellos después de lo que acabo de decir! ¡Llévame contigo, por favor, aunque sea un rato! Acompáñame a dar la vuelta, no me dejes aquí…
Diego se detuvo en el umbral de la puerta. Se giró a verla con una expresión de absoluto agotamiento. Sus ojeras parecían haberse hundido más en su rostro. —Voy a caminar unas cuadras nada más, mamá —le dijo con voz suave, intentando calmarla—. Tú necesitas sentarte, estás temblando. Te va a subir la presión. Regreso pronto y hablamos los dos solos, te lo prometo. Te doy mi palabra.
Antes de que Amalia pudiera insistir, Diego cerró la puerta tras de sí. El pestillo hizo un sonido seco, metálico y definitivo.
El silencio que siguió a la partida de Diego duró apenas unos segundos, pero fue suficiente para que la temperatura de la habitación cambiara radicalmente. La máscara de dolor y vulnerabilidad de Lorena se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos, reemplazada por una frialdad espeluznante. Iván, por su parte, dejó de fingir que le importaba la situación familiar y se acercó a la ventana, observando a Diego alejarse por la banqueta.
Lorena se giró lentamente hacia doña Amalia. Sus ojos echaban chispas. —¿Ya estás contenta, vieja metiche? —siseó Lorena, acercándose lentamente a su suegra como una depredadora acechando a su presa. Su tono era bajo, venenoso—. Lo hiciste salir de su propia casa. ¿Eso querías? ¿Hacerlo sufrir? Ahora dime, ¿cómo demonios vas a arreglar el teatrito que provocaste?
Amalia no retrocedió. Levantó la barbilla, sosteniéndole la mirada con toda la furia acumulada de meses de humillaciones. —Yo no provoqué ese beso, Lorena. Y no te voy a pedir perdón nunca por contarle a mi hijo lo que vi. Es mi sangre, y no voy a permitir que una cualquiera lo pise en su propia cama.
Iván se separó de la ventana, frotándose la nuca con nerviosismo. La actitud de matón relajado se estaba desmoronando rápidamente. —Bájale a la voz, Lorena —advirtió Iván, mirando hacia la puerta cerrada—. El güey puede seguir cerca, estacionado o algo. Lo último que necesitamos es que escuche otra pinche discusión desde la calle. Nos va a cargar a todos.
Lorena lo ignoró, acercándose aún más a la anciana, invadiendo su espacio personal, obligándola a percibir el perfume caro que Diego le había regalado en su último aniversario. —Escúchame bien, anciana. Cuando Diego regrese, vas a decirle que te equivocaste. Que las cataratas, que los nervios, lo que quieras. Le vas a decir que estabas confundida. Puedes seguir viviendo aquí, te voy a dejar arrastrarte por esta casa hasta que te mueras, pero no vas a destruir mi matrimonio. ¿Me oyes?
—¡Ahora me amenazas con echarme! —exclamó Amalia, con una mezcla de indignación y asco—. Mi hijo me abrió esta puerta, Lorena. Tú no compraste mi silencio dejándome dormir en el cuarto de servicio. No te hagas la valiente conmigo. Sé muy bien quién eres. Eres una inútil. Para comer, para bañarte, para vestirte, para caminar por la vida, siempre necesitas ayuda de un hombre, siempre necesitas el dinero de mi hijo.
—¡Cállate! —gritó Lorena, levantando una mano amenazadoramente.
Amalia no parpadeó. —¿Quién te va a aguantar sin la cartera de Diego? Mi hijo me ayuda porque es mi hijo, porque me quiere y sabe lo que sufrí por él. Tú… tú me haces limpiar la casa, me haces barrer tus miserias, para que yo sienta que debo ganarme el plato de comida que mi propio hijo paga. Eres mala, Lorena. Y él se va a dar cuenta.
Iván, dándose cuenta de que la situación se estaba saliendo completamente de control, intervino, poniéndose frente a Amalia con una falsa actitud conciliadora. —Mira, señora… todavía puede arreglar esto. Sea inteligente. Dígale a Diego que se confundió, que vio mal, y nadie tiene por qué salir perdiendo hoy. Todos podemos estar tranquilos.
—Mi hijo ya está perdiendo por creerles a ustedes par de vividores —sentenció Amalia, intentando rodear a Iván para dirigirse a la puerta—. Si no me dejan salir por las buenas, voy a abrir esa puerta y voy a pedir ayuda a los vecinos a gritos. ¡A ver qué cara ponen cuando llegue la policía!
El pánico destelló en los ojos de Lorena. Si los vecinos se enteraban, el escándalo sería inmanejable. —¡Llévala a su cuarto, Iván! —ordenó Lorena, con voz chillona e histérica—. ¡Rápido! Hasta que Diego vuelva. No quiero que esta vieja loca salga a contarle chismes a nadie en la calle.
Iván, sin dudarlo un segundo, agarró bruscamente a doña Amalia por los brazos. Los huesos frágiles de la anciana crujieron bajo la fuerza bruta del hombre más joven. —¡Suéltame, animal! —gritó Amalia, forcejeando débilmente, sintiendo un dolor agudo en los hombros—. ¡No me toques! Puedo caminar despacio, pero sé perfectamente a dónde quiero ir. ¡Y no es a encerrarme en esa cueva!
—Vaya al cuarto, señora. No haga esto más pinche difícil de lo que ya es —gruñó Iván, empujándola sin piedad por el pasillo. La anciana tropezó, a duras penas manteniendo el equilibrio para no caer al suelo de baldosas—. Diego llegará pronto, y entonces podrá hablar con él todo lo que quiera, pero de aquí no sale.
La arrastraron hasta la pequeña habitación del fondo. Iván la empujó hacia adentro con suficiente fuerza para hacerla caer sentada sobre la cama.
—Cuando decidas no intervenir en mis asuntos, hablaremos, Amalia —le dijo Lorena desde el marco de la puerta, mirándola con un odio glacial—. Por ahora, mantente al margen de mis decisiones. Aprende tu lugar en esta casa.
La puerta de madera se cerró de golpe. Segundos después, el sonido inconfundible de la llave girando en la cerradura resonó como un disparo. Amalia se puso de pie con dificultad, lanzándose contra la madera, golpeándola con sus puños frágiles.
—¡Lorena, abre! —sollozó la anciana, con la voz desgarrada por la impotencia—. ¡Mi hijo me trajo para cuidarme, no para que ustedes me encierren por decirle en su cara la verdad! ¡Abre la puerta!
Afuera, en el pasillo, Lorena y Iván se miraron respirando agitadamente. Lorena guardó la llave en el bolsillo de su pantalón. Sin embargo, antes de que pudieran celebrar su cruel victoria temporal, el teléfono móvil de Iván, que había dejado sobre la mesa de la sala, comenzó a vibrar con una insistencia violenta.
Iván corrió hacia la sala, tomó el aparato y miró la pantalla. Su rostro, que hasta entonces había mantenido una máscara de arrogancia, perdió todo el color.
—Maldita sea… —murmuró Iván, sintiendo que un sudor frío le perlaba la frente.
—¿Qué pasa? —preguntó Lorena, siguiéndolo a la sala, todavía alterada por el forcejeo.
—Están compartiendo mi foto otra vez en los grupos de Facebook —respondió Iván, con la voz temblorosa, desplazando el dedo rápidamente por la pantalla del celular—. Alguien… alguien está preguntando dónde estoy. Ponen ubicaciones, cruces de calles. Me están rastreando, Lorena. Tengo que irme de aquí antes de que esa gente llegue. Si me encuentran… si la encuentran a ella…
El problema del adulterio repentinamente pareció minúsculo comparado con el abismo que se acababa de abrir bajo los pies de Iván.