CAPÍTULO 3 — El hombre que sacó a Caleb del fuego – News

CAPÍTULO 3 — El hombre que sacó a Caleb del fuego

CAPÍTULO 3 — El hombre que sacó a Caleb del fuego

CAPÍTULO 3 — El hombre que sacó a Caleb del fuego

No abrí la puerta.

Mia seguía aferrada a mi mano.

Los golpes habían cesado.

Durante unos segundos, la casa quedó completamente en silencio.

Entonces el hombre volvió a hablar.

—No quiero hacerles daño.

Miré a Mia.

Ella negó con la cabeza.

No.

No confiaba en él.

Yo tampoco.

Retrocedí lentamente y llamé a la agente Morris.

—Está aquí —susurré—. Samuel está en mi puerta.

—Aléjate de la entrada —respondió ella—. Ya estamos enviando una unidad.

—¿Cuánto tardarán?

—Cinco minutos.

Cinco minutos podían parecer una eternidad.

Samuel volvió a hablar.

—Sé que llamaste a Morris.

Mi corazón se aceleró.

¿Cómo lo sabía?

—No tienes que esconderte de mí —continuó—. Caleb me pidió que protegiera a Mia.

Mia levantó la cabeza.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Tomó rápidamente su cuaderno y escribió:

NO LE CREAS.

Después arrancó la página.

La dobló.

Y la escondió dentro de su sudadera.

Samuel volvió a golpear.

—Rachel, si Morris llega antes de que pueda explicarte todo, ellos destruirán la única prueba que queda.

Miré por la ventana.

Un automóvil negro estaba estacionado frente a la casa.

No podía distinguir al conductor.

Entonces recordé algo.

La fotografía.

Samuel tenía una cicatriz en la mano.

Pero el hombre que estaba frente a mi puerta llevaba guantes.

Eso significaba que no quería que viéramos sus manos.

Mia me tiró suavemente de la manga.

Señaló el sótano.


Bajamos sin hacer ruido.

La casa de mis padres había pertenecido a mi abuela y yo había vivido allí durante años antes de mudarme.

Conocía cada rincón.

Incluido el pequeño sótano que casi nunca utilizábamos.

Mia caminó hasta una vieja estantería.

Movió una caja.

Debajo había una puerta pequeña.

Me quedé mirándola.

—¿Cómo sabes que está ahí?

Mia no respondió.

Sacó la llave marcada con el número 317.

No encajaba.

Pero entonces señaló un pequeño agujero junto a la cerradura.

Dentro había algo metálico.

Saqué unas pinzas.

Era otra llave.

La introduje.

La puerta se abrió.

Dentro había una caja de madera.

Y sobre la tapa había una palabra.

CALEB.

Sentí que las piernas me temblaban.

La abrí.

Había fotografías.

Documentos.

Una grabadora vieja.

Y una carpeta azul.

La misma que Mia había dibujado.

La abrí.

La primera página era una lista de transferencias bancarias.

La segunda contenía fotografías de mi padre entregando dinero a un hombre que no conocía.

La tercera tenía una frase escrita por Caleb:

“Si algo me ocurre, no fue un accidente.”

Me quedé sin aire.

Pasé a la siguiente página.

Había una fecha.

Dos días antes del incendio.

Y debajo:

“Papá sabe quién está detrás.”

Mia señaló una fotografía.

Era mi padre.

Estaba hablando con Samuel.

Pero no estaban frente al almacén.

Estaban frente a la oficina de mis padres.

Entonces entendí algo.

Samuel no era un extraño.

Mi padre lo conocía.


La puerta principal se abrió de golpe.

Escuchamos pasos.

Alguien había entrado.

—Rachel —gritó Samuel—. ¡No quiero lastimarte!

Mia se estremeció.

La abracé.

—Quédate conmigo.

Los pasos se acercaron.

Pero antes de que llegaran al sótano, escuchamos sirenas.

Samuel salió corriendo.

Morris y dos agentes entraron en la casa.

—¡Policía!

Hubo ruido en el piso superior.

Después, una puerta se cerró.

Morris llegó al sótano.

—¿Están bien?

Asentí.

—Encontramos esto.

Le entregué la carpeta.

Morris comenzó a revisar los documentos.

Su expresión cambió.

—Rachel, esto es mucho más grande de lo que pensábamos.

—¿Qué es?

Señaló las transferencias.

—Dinero del seguro.

—¿El seguro de Caleb?

—Sí.

—Pero mis padres recibieron ese dinero.

Morris negó con la cabeza.

—No todo.

Me mostró una transferencia.

Una cantidad enorme había sido enviada a una cuenta extranjera tres días después del incendio.

El destinatario aparecía como una empresa llamada North Harbor Logistics.

—¿Qué significa?

—Que alguien estaba utilizando el dinero del seguro para pagar algo.

—¿A quién?

Morris levantó la vista.

—Todavía no lo sabemos.

Entonces Mia se acercó.

Señaló la grabadora.

La tomó entre sus manos.

Presionó el botón.

Al principio solo se escuchó estática.

Después apareció una voz.

La voz de Caleb.

Mi hermano.

Vivo.

—Si estás escuchando esto, significa que algo salió mal.

Sentí que las lágrimas comenzaban a caer.

—No confíes en mamá ni en papá —decía Caleb—. No porque quieran hacerte daño, sino porque están asustados.

La grabación continuó.

—Hay alguien detrás de ellos.

Se escuchó una puerta cerrarse.

Caleb bajó la voz.

—Su nombre es Samuel Reed.

Mia cerró los ojos.

Yo miré a Morris.

La voz de Caleb continuó:

—Samuel trabaja para un hombre al que nunca has visto.

Un ruido fuerte interrumpió la grabación.

Después Caleb volvió a hablar.

—Pero hay algo peor.

La grabación se llenó de interferencias.

—El hombre que está detrás de todo…

La voz se cortó.

Morris intentó reproducirla.

Nada.

Solo silencio.

Entonces escuchamos un pequeño clic.

La grabadora tenía una segunda pista.

Morris la activó.

Esta vez se escuchó una voz diferente.

Una voz que conocía perfectamente.

Mi padre.

—Caleb, si no destruyes esas fotografías, Mia también estará en peligro.

Me llevé una mano a la boca.

La grabación continuó.

—No puedes protegerla para siempre.

Caleb respondió:

—Entonces prefiero morir yo antes que entregársela.

La grabación terminó.

Mia comenzó a llorar en silencio.

La abracé.

—¿Qué fotografías? —preguntó Morris.

Mia levantó la cabeza.

Se secó las lágrimas.

Después señaló la carpeta azul.

Buscó en el interior.

Sacó una fotografía doblada.

La abrió.

Era una imagen de una reunión.

Mi padre.

Samuel.

Richard.

Y un cuarto hombre.

No se le veía completamente el rostro.

Pero llevaba un reloj plateado.

Reconocí el reloj.

Lo había visto cientos de veces.

En la muñeca de mi propio padre.

Pero la fotografía mostraba a mi padre sentado frente al hombre.

Eso significaba que el hombre del reloj no era mi padre.

Era alguien más.

Mia tomó el lápiz y escribió debajo de la fotografía:

EL HOMBRE QUE PAPÁ TEMÍA.

Morris se inclinó.

—¿Sabes quién es?

Mia negó con la cabeza.

Entonces recordó algo.

Metió la mano en su mochila.

Sacó una pequeña fotografía que había estado escondida entre sus libros.

Era una fotografía de Caleb.

Sonreía.

A su lado había un hombre.

Esta vez se veía claramente su rostro.

Morris palideció.

—No puede ser.

—¿Quién es? —pregunté.

Ella tardó unos segundos en responder.

—Es Thomas Vale.

—¿Quién?

Morris tragó saliva.

—El investigador que dirigió oficialmente el caso del incendio de tu hermano.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

El hombre que había firmado el informe.

El hombre que había declarado que la muerte de Caleb había sido accidental.

El hombre que había cerrado el caso.

Había estado allí desde el principio.

Mia tomó mi mano.

Y escribió una última frase.

PAPÁ DESCUBRIÓ QUE EL INCENDIO NO ERA PARA MATARLO A ÉL.

Miré la frase.

—Entonces, ¿para quién era?

Mia levantó lentamente la mirada hacia mí.

Y señaló su propio pecho.

Para ella.

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Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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