CAPÍTULO 2 — Lo que Mia escondía – News

CAPÍTULO 2 — Lo que Mia escondía

CAPÍTULO 2 — Lo que Mia escondía

CAPÍTULO 2 — Lo que Mia escondía

Mia mantuvo el dedo debajo del revestimiento de papel de la contraportada.

Me miró.

Después miró hacia la ventana.

Como si quisiera asegurarse de que nadie estuviera observándonos.

—¿Quieres que lo abra? —pregunté.

Mia asintió.

Fui a buscar unas tijeras pequeñas.

Ella negó con la cabeza.

Después señaló la puerta.

—¿Quieres que la cierre?

Volvió a asentir.

Cerré la puerta de mi despacho y regresé junto a ella.

Mia tomó mi mano y puso mi dedo sobre una pequeña esquina levantada del revestimiento.

Había algo escondido allí.

Con mucho cuidado, levanté el papel.

Una pequeña llave metálica cayó sobre el escritorio.

No era una llave normal.

Tenía grabado un número.

317.

Miré a Mia.

Ella abrió mucho los ojos.

Luego sacó otra hoja doblada de su mochila.

Era una copia del itinerario del crucero.

El barco salía de la ciudad el viernes por la noche y regresaba tres días después.

El puerto de regreso estaba rodeado con cera morada.

Pero debajo había algo escrito con lápiz.

Habitación 317.

Sentí un escalofrío.

—¿Es una habitación de hotel?

Mia negó con la cabeza.

Entonces señaló el dibujo del almacén.

El mismo almacén donde había muerto Caleb.

Comprendí.

La llave pertenecía al almacén.


Llamé nuevamente a la agente Morris.

Esta vez contestó inmediatamente.

—¿Encontraste algo?

—Una llave.

Le describí el número.

Hubo un silencio al otro lado.

—¿Tres diecisiete?

—Sí.

—¿Dónde la encontraste?

—En el cuaderno de Mia.

Morris tardó unos segundos en responder.

—No vayas allí.

—¿Por qué?

—Porque hace dos años encontramos una habitación cerrada en ese almacén.

Me quedé inmóvil.

—¿Una habitación?

—Un pequeño despacho en la parte trasera. El incendio destruyó casi todo, pero esa habitación quedó cerrada con llave.

Miré a Mia.

Ella estaba observándome.

—¿La policía la abrió?

—No.

—¿Por qué?

—Porque Caleb era el único que tenía autorización para entrar.

Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.

—¿Y ahora la llave está con su hija?

—Exactamente.

Mia levantó lentamente una mano y señaló el reloj que había dibujado.

Las agujas marcaban las 3:17.

—¿Qué significa esa hora? —pregunté.

Morris respiró profundamente.

—Esa fue la hora registrada en el sistema de seguridad del almacén la noche del incendio.

Me quedé sin palabras.

—Pensábamos que el sistema estaba equivocado.

Mia tomó el cuaderno.

Pasó varias páginas.

Había dibujado el mismo reloj cinco veces.

Siempre a las 3:17.

Entonces escribió:

PAPÁ NO MURIÓ A LAS 3:17.

Mi respiración se detuvo.

—Mia…

Ella negó con la cabeza.

Escribió otra frase.

LO VI DESPUÉS.


Aquella noche no pude dormir.

Mis padres habían dicho que Caleb murió dentro del almacén.

El informe oficial decía que el fuego había comenzado a las 3:12 de la madrugada.

Su cuerpo había sido encontrado cerca de una de las salidas.

Todo parecía claro.

Pero Mia estaba diciendo algo diferente.

Ella había visto a su padre después de las 3:17.

Eso significaba que Caleb todavía estaba vivo cuando comenzó el incendio.

O que alguien había falsificado la hora de su muerte.

A las ocho de la mañana, llamé a la agente Morris.

—Necesito que revises el informe completo de Caleb.

—¿Por qué?

—Porque creo que la hora de su muerte no es correcta.

Hubo silencio.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Mia.

—¿Ella te lo dijo?

—Sí.

—¿Cómo?

—Dibujándolo.

Morris no respondió durante unos segundos.

—Voy a revisar los archivos.


Una hora después recibí un mensaje.

“Ven a la comisaría. No traigas a tus padres.”

Mia se quedó con mi vecina.

Yo fui sola.

Morris me esperaba con una carpeta gruesa sobre la mesa.

La abrió.

—El informe original decía que Caleb murió a las 3:17.

—¿Y ahora?

—Hay una modificación.

Me mostró una segunda página.

La hora había sido cambiada a las 2:48.

—¿Quién hizo la modificación?

Morris señaló la firma.

Reconocí el apellido.

Mi padre.

Sentí que las manos se me enfriaban.

—Eso no puede ser.

—Tu padre trabajaba con el administrador del almacén. Tenía acceso a los registros.

—Pero ¿por qué cambiar la hora?

Morris colocó otra fotografía sobre la mesa.

Era una imagen tomada por una cámara de seguridad situada frente al almacén.

La imagen estaba borrosa.

Pero se veía claramente una persona saliendo por una puerta lateral.

La hora era 3:26.

Y la persona llevaba la chaqueta de Caleb.

—¿Es él? —pregunté.

—No podemos confirmarlo.

—¿Quién es entonces?

Morris me miró.

—Eso es lo que estamos intentando descubrir.

Entonces sacó otra fotografía.

Esta vez se me congeló la sangre.

Era una imagen de mi madre.

Estaba frente al almacén.

Y llevaba en la mano una carpeta azul.

La misma carpeta azul que Mia había dibujado cuatro veces.

—¿Cuándo fue tomada? —pregunté.

—Diez minutos antes del incendio.


Regresé a casa sin decir una palabra.

Mia estaba sentada en el suelo de la sala dibujando.

Cuando me vio, levantó la cabeza.

No le dije nada.

Solo puse la fotografía de mi madre sobre la mesa.

Mia la miró.

Después tomó su lápiz morado.

Dibujó una X sobre el rostro de mi madre.

Luego escribió:

NO FUE ELLA.

Me quedé paralizada.

—Entonces, ¿quién?

Mia pasó rápidamente varias páginas.

Encontró un dibujo que no había visto antes.

Tres personas estaban frente al almacén.

Una era mi madre.

Otra era mi padre.

La tercera figura era un hombre.

Mia había dibujado una cicatriz en su mano.

Debajo escribió:

ÉL TENÍA LA LLAVE.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Lo conoces?

Mia asintió.

—¿Quién es?

Ella señaló la puerta principal.

Luego miró hacia la calle.

Y por primera vez desde que llegó a mi casa, Mia pareció aterrorizada.

Se escondió detrás de mí.

Tomé su mano.

—No voy a dejar que nadie te haga daño.

Mia levantó la mirada.

Entonces escuchamos tres golpes en la puerta.

Toc.

Toc.

Toc.

Nadie se movió.

Mi teléfono vibró.

Era un mensaje de la agente Morris.

“No abras la puerta. El hombre que aparece en la fotografía acaba de ser identificado.”

Antes de que pudiera responder, llegó otro mensaje.

“Su nombre es Samuel Reed.”

Miré hacia la puerta.

Los golpes volvieron a escucharse.

Esta vez más fuertes.

Mia apretó mi mano y señaló desesperadamente su cuaderno.

Lo abrió por una página que había mantenido escondida.

Había una sola frase escrita con letras grandes:

ÉL FUE QUIEN SACÓ A PAPÁ DEL ALMACÉN.

Entonces escuché una voz al otro lado de la puerta.

—Sé que Mia está contigo.

Era una voz masculina.

—Y si quieres saber qué pasó con Caleb, tendrás que dejarme entrar.

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Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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