Capítulo 4: La noche de bodas se convirtió en una peligrosa trampa – News

Capítulo 4: La noche de bodas se convirtió en una peligrosa trampa

Capítulo 4: La noche de bodas se convirtió en una peligrosa trampa

Capítulo 4: La noche de bodas se convirtió en una peligrosa trampa

El golpe volvió a sacudir la casa.

—¡Señor Hale!

Daniel no se movió.

Yo tampoco.

Desde el piso superior podía escuchar voces abajo.

Varias voces.

Demasiadas para tratarse de un simple empleado.

—¿Quiénes son? —susurré.

Daniel me miró.

—Los hombres de tu padre.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

Se acercó a la puerta y la abrió apenas unos centímetros.

Escuchó.

Luego la cerró.

—Son cuatro.

Sentí que el corazón me latía en la garganta.

—¿Qué quieren?

Daniel me miró.

—Lo que llevas contigo.

Instintivamente apreté la memoria USB dentro de mi mano.

—Pero ellos no saben que la tengo.

—Quizá sí.

—Entonces tenemos que salir de aquí.

Daniel negó con la cabeza.

—La puerta principal está vigilada.

—¿Y la trasera?

—También.

Me quedé inmóvil.

—¿Entonces estamos atrapados?

Daniel no respondió.

Se acercó a una pintura enorme que colgaba en la pared.

La movió.

Detrás había una pequeña puerta.

Me quedé mirándola.

—¿Qué es eso?

—Una salida.

—¿Tu casa tiene una salida secreta?

—Una casa como esta necesita algunas precauciones.

Abrió la puerta.

Detrás había una escalera estrecha que descendía hacia la oscuridad.

—Ve.

—¿Y tú?

—Voy detrás de ti.

—No.

Lo miré.

—Si tú vienes detrás, podrán seguirnos.

Daniel sonrió ligeramente.

—Precisamente por eso no voy a bajar contigo.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué vas a hacer?

—Darles algo que buscar.

Antes de que pudiera preguntarle qué significaba aquello, Daniel sacó de su bolsillo una segunda memoria USB.

Me la entregó.

—Llévala.

—¿Qué hay aquí?

—Nada importante.

Lo miré confundida.

—Entonces, ¿por qué…?

—Porque ellos creerán que sí.

Comprendí el plan.

—Quieres que te encuentren.

—Quiero que crean que me encontraron.

Me quedé mirándolo.

—Daniel, podrían matarte.

Su expresión no cambió.

—Han pasado diez años esperando destruirme.

Guardó silencio un segundo.

—No pienso darles la oportunidad de terminar el trabajo.

Bajé por las escaleras.

Pero antes de llegar al último escalón, escuché un estruendo arriba.

La puerta principal había sido forzada.

Luego escuché la voz de mi padre.

—¡Señor Hale!

Daniel respondió desde el piso superior.

—¿Qué significa esto?

Su voz volvió a sonar como la del anciano.

Débil.

Asustada.

Perfecta.

—¡Entraron en mi casa sin permiso!

Mi padre respondió:

—Solo queremos recuperar unos documentos que pertenecen a nuestra familia.

Daniel soltó una carcajada.

—¿Documentos?

—Sí.

—Entonces llamen a la policía.

Silencio.

Sabía que mi padre no podía hacer eso.

Porque cualquier investigación podía descubrir los documentos falsificados.

Escuché pasos.

Luego otro golpe.

Después nada.

Me quedé esperando.

Un minuto.

Dos.

Finalmente, escuché un grito.

—¡Arriba!

El plan había funcionado.

Los hombres habían encontrado a Daniel.

Pero no habían encontrado la verdadera memoria.

La que contenía todo.

La que podía destruir a mi familia.

Corrí por el túnel.

Al final había una puerta de metal.

La abrí.

Salí a un callejón oscuro.

Mi teléfono desechable vibró.

Era Daniel.

“Ve al lugar que te indiqué.”

Respondí:

“¿Estás bien?”

La respuesta tardó unos segundos.

“Todavía.”

Corrí.

No sabía exactamente dónde estaba.

Solo sabía que tenía que llegar al punto de encuentro.

Cuando finalmente llegué, Maya estaba esperando dentro de un automóvil.

Al verme, bajó inmediatamente.

—¡Elena!

Corrí hacia ella.

—¿Estás bien?

—Sí.

Maya cerró la puerta.

—Tenemos que irnos.

—¿Qué está pasando?

Maya arrancó el automóvil.

—Alguien entró en mi oficina esta noche.

—¿Ellos?

—Sí.

—¿Encontraron los documentos?

—No.

Sentí alivio.

Pero Maya continuó:

—Encontraron algo peor.

La miré.

—¿Qué?

Maya sacó un sobre.

—Una lista de cuentas bancarias.

Lo abrió.

Reconocí inmediatamente uno de los números.

Era una cuenta que pertenecía a mi padre.

—¿Qué tiene de especial?

Maya señaló el nombre del beneficiario.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

El beneficiario no era mi padre.

Era Adrian.

Mi hermano.

—No puede ser.

Maya me miró.

—Hay más.

Sacó otro documento.

—Durante los últimos tres años, Adrian ha recibido transferencias mensuales de una empresa extranjera.

—¿Qué empresa?

Maya me entregó la hoja.

Leí el nombre.

Me quedé completamente inmóvil.

Era una empresa relacionada con Vale Construction.

—Pero eso significa…

—Sí.

Maya terminó la frase.

—Tu hermano estaba involucrado desde el principio.

Sentí náuseas.

Durante años había pensado que Adrian era simplemente el hijo irresponsable de una familia rica.

Pero había estado recibiendo dinero en secreto.

Y si aquellas transferencias estaban conectadas con la caída de Vale Construction…

Entonces mi familia no solo había destruido la empresa de Daniel.

Alguien dentro de mi propia familia había estado financiando todo.

—Tenemos que encontrar a Daniel —dije.

Maya negó con la cabeza.

—No.

—¿Por qué?

—Porque Daniel no quiere que lo encontremos todavía.

—¿Cómo lo sabes?

Maya señaló el teléfono.

Había recibido un mensaje.

Lo leí.

“Si Elena llega con Maya, no vuelvan a casa. No confíen en nadie. Ni siquiera en la persona que diga venir a ayudarlas.”

Levanté la mirada.

—¿Quién podría venir a ayudarnos?

Maya no respondió.

Entonces un automóvil negro apareció detrás de nosotros.

Nos siguió durante varias calles.

Maya aceleró.

El automóvil también.

—Nos están siguiendo.

Miré por la ventana.

El vehículo se acercaba.

—¿Son los hombres de mi padre?

Maya negó con la cabeza.

—No lo sé.

El automóvil se colocó junto al nuestro.

La ventanilla trasera bajó lentamente.

Un hombre levantó la mano.

No llevaba un arma.

Llevaba un teléfono.

La pantalla mostraba una fotografía.

La fotografía de mi boda.

Pero no era una fotografía pública.

Era una imagen tomada dentro de la habitación.

Una imagen de Daniel quitándose la máscara.

Sentí que todo mi cuerpo se congelaba.

Alguien nos había estado observando.

Alguien había descubierto quién era realmente Victor Hale.

Y entonces llegó otro mensaje al teléfono.

Esta vez no era de Daniel.

Decía:

“Si quieres que tu esposo sobreviva, entrégame los documentos antes del amanecer.”

Miré a Maya.

Después miré nuevamente la fotografía.

Y comprendí que nuestra alianza acababa de convertirse en una carrera contra el tiempo.

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Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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