capítulo 4 — la rana número treinta y cuatro
capítulo 4 — la rana número treinta y cuatro
La puerta del despacho comenzó a abrirse.
Retrocedí hasta quedar pegada a la pared.
Mi marido apareció primero.
Detrás de él estaba su secretaria.
Los dos miraron hacia el interior de la habitación.
—¿Hay alguien aquí? —preguntó ella.
Contuve la respiración.
Mi marido dio un paso.
Luego otro.
Sus ojos recorrieron el escritorio, las estanterías y finalmente el suelo.
Vio la fotografía.
Se agachó para recogerla.
Y entonces cambió su expresión.
—Ella estuvo aquí.
La secretaria se acercó.
—¿Estás seguro?
Él levantó la fotografía.
—Completamente seguro.
Me di cuenta de que no podía esperar más.
Corrí hacia la puerta.
La secretaria gritó.
—¡Ahí está!
Salí disparada por el pasillo.
Escuché sus pasos detrás de mí.
Llegué a la puerta principal, pero mi marido consiguió alcanzarme antes de que pudiera abrirla.
Me sujetó del brazo.
—¡Espera!
Me giré.
—¡Suéltame!
—No sabes en qué te estás metiendo.
—¿Y tú sí?
Su rostro perdió color.
—Escúchame.
—¿Por qué tienes una de las ranas?
No respondió.
—¿Qué escondió mi madre?
Silencio.
—¡Respóndeme!
La secretaria apareció detrás de él.
—No tienes derecho a preguntar.
La miré.
—¿Y tú qué sabes de mi madre?
Ella sonrió ligeramente.
—Mucho más de lo que imaginas.
Mi marido la miró con una expresión de advertencia.
—Cállate.
Pero ya era demasiado tarde.
Yo había entendido algo.
Aquella mujer sabía quién era mi madre.
Y probablemente sabía quién era la anciana.
Me liberé del brazo de mi marido y salí de la casa.
Corrí hasta mi coche.
Ninguno de los dos me siguió.
Pero antes de cerrar la puerta, escuché a mi marido gritar:
—¡Si rompes la treinta y cuatro, destruirás todo!
Arranqué el coche.
No miré atrás.
Llegué al motel y encontré a Amy sentada en la cama, haciendo los deberes.
Cuando me vio, sonrió.
—¡Mamá!
Intenté parecer tranquila.
—Hola, cariño.
Pero Amy inmediatamente notó mi expresión.
—¿Pasó algo?
—Nada que tengas que preocuparte.
Me senté junto a ella.
Después saqué la fotografía que había encontrado en el despacho.
—Necesito preguntarte algo.
Amy miró la imagen.
—¿Quiénes son?
—Ese hombre es tu padre.
—¿Y la mujer?
—Su secretaria.
Amy frunció el ceño.
—¿Por qué están con la abuela?
La pregunta me atravesó.
—Eso es exactamente lo que quiero descubrir.
Entonces Amy señaló algo en la esquina de la fotografía.
—Mamá.
—¿Qué?
—Ahí.
Había una pequeña etiqueta pegada a la caja.
Amy acercó la fotografía a la lámpara.
—Hay un número.
La observé.
33/34.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa? —preguntó Amy.
No lo sabía.
Pero entonces recordé la rana rota.
La fotografía de mi madre.
La nota.
La llave.
Y la frase de mi marido.
“La rana treinta y cuatro está aquí.”
Me levanté.
—Tenemos que volver a mirar las ranas.
Extendimos las treinta y dos restantes sobre la cama.
Una por una.
Corona.
Flor.
Paraguas.
Zapatos.
Vestido.
Sombrero.
Todas parecían simples figuras decorativas.
Hasta que Amy tomó una rana verde con una pequeña corona dorada.
—Esta pesa más.
La levanté.
Tenía razón.
Era considerablemente más pesada que las demás.
La agité suavemente.
Algo se movió dentro.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—No la rompas —dijo Amy.
—No lo haré.
Recordé la pequeña llave.
La introduje cuidadosamente en una diminuta abertura situada debajo de la rana.
Encajó.
Giré.
Clic.
La parte inferior se abrió.
Dentro había un pequeño compartimento.
Y dentro del compartimento había un papel doblado.
Lo saqué.
Mi madre había escrito nuevamente.
Esta vez había más palabras.
“Mi querida hija:
Si estás leyendo esto, significa que ya sabes que las treinta y tres ranas no fueron compradas por casualidad.
Pero hay algo que nunca pude decirte.
Tu padre no murió por accidente.
Me quedé sin aire.
Mi padre había muerto cuando yo era adolescente.
Siempre me dijeron que había sido un accidente de carretera.
Continué leyendo.
“Descubrí algo que no debía descubrir. Guardé las pruebas dentro de las ranas y las entregué a alguien en quien confiaba.
Pero una pieza quedó fuera de mi control.
La número treinta y cuatro.”
Miré a Amy.
Ella estaba observándome en silencio.
Seguí leyendo.
“La persona que posee la número treinta y cuatro conoce la verdad sobre tu padre.
Y hará cualquier cosa para impedir que la encuentres.”
Mis manos temblaban.
Al final de la página había una última frase.
“Si alguna vez la número treinta y cuatro aparece, no confíes en tu marido.”
Sentí que el mundo se detenía.
Mi marido.
El hombre que acababa de decirme que no rompiera aquella rana.
El hombre que había vaciado nuestra cuenta.
El hombre que había cambiado las cerraduras.
El hombre que tenía la última pieza.
Pero entonces Amy señaló el papel.
—Mamá…
Había algo escrito en el reverso.
Lo giré.
Solo había cuatro palabras.
“Él no es el único.”
En ese mismo instante, mi teléfono comenzó a sonar.
Era mi abogado.
Contesté.
—¿Qué ocurre?
Su voz sonaba extrañamente nerviosa.
—Acabo de revisar unos documentos antiguos de tu familia.
—¿Y?
—Encontré el nombre de la persona que recibió la rana número treinta y cuatro.
—¿Quién?
Hubo una pausa.
—Tu madre no se la entregó a tu marido.
Miré las treinta y tres ranas sobre la cama.
—Entonces, ¿a quién?
El abogado respondió:
—A tu padre.
Me quedé completamente paralizada.
—Eso no tiene sentido. Mi padre murió hace dieciocho años.
—Lo sé.
—Entonces, ¿dónde está la rana?
El abogado guardó silencio unos segundos.
Y finalmente dijo:
—Según los registros…
—¿Sí?
—Tu padre nunca murió.
Amy dejó caer el lápiz.
Y yo sentí que la habitación entera comenzaba a dar vueltas.