Capítulo 3 — El secreto que mi madre ocultó
Capítulo 3 — El secreto que mi madre ocultó
No dormí aquella noche.
Cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar los golpes contra el contenedor.
Pero ahora había algo peor.
La frase del detective no dejaba de repetirse en mi cabeza.
“Todo esto empezó por su hija.”
Miré mi vientre.
Mi bebé seguía moviéndose lentamente.
Puse la mano sobre él y respiré profundamente.
—Mamá está aquí —susurré—. No voy a dejar que nadie te haga daño.
A las seis de la mañana, el detective volvió a entrar.
Traía una expresión distinta.
Más seria.
—Encontramos a su madre.
Me incorporé inmediatamente.
—¿Dónde está?
—En un hotel a unos cuarenta kilómetros de aquí.
Sentí alivio.
Pero duró muy poco.
—¿Está bien?
—Sí. Pero no está sola.
El detective colocó una fotografía sobre la mesa.
Mi madre aparecía sentada en una habitación.
Frente a ella había un hombre.
El mismo hombre de la fotografía del edificio.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Quién es?
—Se llama Daniel Valera.
El apellido me hizo recordar el documento.
Fundación Valeria.
—¿Es el dueño de la fundación?
—No exactamente.
El detective abrió una carpeta.
—La fundación no existe como una organización benéfica normal. Es una estructura utilizada para mover dinero entre varias empresas.
—¿Y qué tiene que ver mi madre?
El detective respiró profundamente.
—Su madre recibió dinero de esa estructura durante los últimos nueve meses.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—¿Cuánto?
—Ciento veinte mil dólares.
Me quedé en silencio.
Mi madre no tenía ese dinero.
Ni siquiera se acercaba a esa cantidad.
—¿Para qué?
—Eso todavía no lo sabemos.
Horas después, mi madre llegó al hospital escoltada por dos agentes.
Cuando entró en mi habitación, parecía diez años mayor.
Tenía los ojos rojos.
No me miró inmediatamente.
—Mamá.
Ella levantó la cabeza.
—Lo siento.
Esas dos palabras me hicieron sentir un frío profundo.
—¿Por qué?
Mi madre comenzó a llorar.
—Porque debí contártelo hace mucho tiempo.
El detective cerró la puerta.
—Dígale la verdad.
Mi madre se sentó.
Miró mi vientre.
—Cuando supimos que estabas embarazada, tu marido recibió una oferta.
—¿Qué oferta?
—Dinero.
—¿A cambio de qué?
Ella tardó varios segundos en responder.
—De entregar información sobre el embarazo.
Sentí una presión en el pecho.
—¿Información médica?
—Al principio, sí.
—¿Y después?
Mi madre bajó la mirada.
—Querían saber cuándo nacería la niña.
No pude hablar.
El detective intervino.
—¿Quiénes?
—Daniel Valera y otras personas.
—¿Por qué?
Mi madre negó con la cabeza.
—Nunca me dijeron exactamente por qué.
—Pero aceptaste el dinero.
—Sí.
Su voz se quebró.
—Y tu marido también.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—¿Desde cuándo?
—Desde que estabas embarazada de cuatro meses.
Cerré los ojos.
Todo ese tiempo.
Todo ese tiempo yo había pensado que mi marido estaba preparando la llegada de nuestra hija.
Mientras él estaba preparando otra cosa.
—¿Y el contenedor?
Mi madre se quedó completamente quieta.
—Yo no sabía que llegarían tan lejos.
—Pero sabías que estaban planeando algo.
Ella asintió.
—Tu marido me dijo que solo querían asustarte para obligarte a entregar unos documentos.
—¿Qué documentos?
Mi madre miró al detective.
—Los resultados de una prueba genética.
Sentí que mi mano se dirigía automáticamente hacia mi vientre.
—Nunca me hice ninguna prueba genética.
—Sí te la hiciste.
La miré confundida.
Entonces recordó.
Durante uno de mis controles prenatales, el médico había recomendado una prueba adicional porque existía una enfermedad hereditaria en la familia de mi marido.
Yo había firmado los papeles sin darle importancia.
Mi madre comenzó a llorar.
—Esa prueba fue enviada a un laboratorio diferente.
El detective abrió una carpeta.
—Ya comprobamos esa información.
Sacó un documento.
—La muestra fue desviada a una empresa privada.
—¿Cuál?
—Valera Biomedical.
El nombre me resultaba desconocido.
Pero al detective no.
—Es propiedad de Daniel Valera.
Mi respiración se volvió pesada.
—¿Qué descubrieron?
El detective miró el documento.
—Eso todavía no lo sabemos.
—Entonces averígüenlo.
Por primera vez, mi voz no tembló.
Esa misma tarde, los investigadores registraron varias propiedades vinculadas a Valera.
Encontraron documentos suficientes para demostrar que mi marido había mantenido contacto con ellos durante meses.
Pero había algo más.
Una carpeta llevaba mi nombre.
Dentro había fotografías de mi barriga tomadas desde lejos.
Fechas.
Horarios.
Direcciones.
Incluso había un registro de los movimientos de mi coche.
Me quedé mirando las fotografías.
No podía comprender cómo alguien podía observarme de esa manera mientras yo simplemente intentaba preparar la habitación de mi bebé.
Entonces apareció una fotografía diferente.
Mi marido estaba sentado en una oficina.
Frente a él estaba Daniel Valera.
Y sobre la mesa había un contrato.
El detective lo amplió.
—Mire esto.
En la última página aparecía una cantidad.
500.000 dólares.
Mi marido había aceptado recibir medio millón.
A cambio de entregar algo después del nacimiento de nuestra hija.
No eran documentos.
No era dinero.
Era una frase escrita en el contrato.
“Entrega de la menor.”
Sentí que me faltaba el aire.
—No.
El detective me miró.
—Lo siento.
—No.
Me llevé las manos al vientre.
—Él no puede vender a nuestra hija.
Mi madre empezó a llorar.
—Por eso intenté detenerlo.
La miré.
—¿Entonces por qué no me lo dijiste?
—Porque me amenazaron.
—¿Con qué?
Mi madre tragó saliva.
—Con matarte.
El silencio llenó la habitación.
Entonces el detective recibió una llamada.
Contestó.
Escuchó.
Y su expresión cambió.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Colgó lentamente.
—Daniel Valera acaba de abandonar el país.
—¿Y mi marido?
—Sigue bajo custodia.
—Entonces estamos a salvo.
El detective no respondió.
Eso me preocupó.
—¿Qué pasa?
Sacó su teléfono.
—Encontramos una transferencia realizada hace menos de una hora.
Me mostró la pantalla.
La cuenta pertenecía a mi marido.
El dinero había sido enviado a una cuenta extranjera.
Pero lo que aparecía en la descripción de la transferencia me dejó paralizada.
“Pago final — nacimiento previsto en 6 días.”
Levanté la mirada.
—¿Seis días?
El médico había dicho que, debido al traumatismo abdominal, mi embarazo podía adelantarse.
El detective asintió.
—Y hay algo más.
—¿Qué?
Me mostró otra fotografía.
Era una imagen de mi habitación en el hospital.
Tomada desde el exterior.
La fotografía había sido capturada apenas treinta minutos antes.
Alguien estaba vigilándome.
Y debajo de la fotografía había una anotación:
“Si la madre sobrevive, proceder igualmente.”
Sentí que mi sangre se congelaba.
El detective llamó inmediatamente a seguridad.
Pero antes de que alguien pudiera entrar, las luces del pasillo se apagaron.
La habitación quedó completamente a oscuras.
Mi madre gritó.
Los monitores comenzaron a emitir alarmas.
Y desde el pasillo llegó el sonido de unos pasos.
Lentos.
Tranquilos.
Acercándose a mi puerta.
Entonces alguien deslizó un sobre por debajo.
El detective lo recogió.
Lo abrió.
Dentro había una sola fotografía.
Mi marido aparecía esposado dentro de una sala de interrogatorios.
Pero detrás de él había alguien más.
Alguien que todos creíamos que estaba ayudándonos.
El detective levantó la fotografía.
Su rostro palideció.
—No puede ser…
Miré la imagen.
Y reconocí inmediatamente a la persona.
Era el médico que acababa de examinarme.