CAPÍTULO 3: EL SECRETO QUE NADIE DEBÍA DESCUBRIR
CAPÍTULO 3: EL SECRETO QUE NADIE DEBÍA DESCUBRIR
El silencio que siguió a la llegada de la policía fue más inquietante que todos los gritos que habían resonado minutos antes en los grandes almacenes.
Margaret Wilson permanecía sentada en su silla de ruedas, con las manos cruzadas sobre el regazo. A su lado, el inspector Ramírez revisaba los documentos que ella había sacado de su viejo estuche de cuero.
—Señora Wilson —dijo finalmente—, hay algo que no entiendo. Si usted dejó el cargo hace años, ¿por qué su nombre aparece en una alerta de seguridad emitida esta misma mañana?
Margaret levantó lentamente la mirada.
—Porque alguien descubrió que todavía conservo las pruebas.
El inspector dejó de pasar las páginas.
—¿Qué pruebas?
Antes de que Margaret pudiera responder, un agente se acercó apresuradamente.
—Inspector, hemos encontrado al señor David Mercer en la oficina administrativa. Estaba intentando salir por una puerta de servicio con un maletín.
Ramírez frunció el ceño.
—¿Y qué llevaba dentro?
—Documentos confidenciales, dos teléfonos y una memoria USB. Además, encontramos varios expedientes antiguos con firmas alteradas.
La señora Bennett, que hasta entonces había permanecido sentada junto al mostrador de atención al cliente, comenzó a temblar.
—No puede ser… —murmuró—. David me aseguró que esos documentos habían sido destruidos.
Margaret giró la cabeza hacia ella.
—¿Destruidos? ¿O escondidos hasta que todos los testigos estuvieran muertos o demasiado asustados para hablar?
Bennett se cubrió la boca con una mano. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Yo no sabía que alguien había resultado gravemente herido aquella noche. David me dijo que el empleado había abandonado su puesto y que la empresa no tenía ninguna responsabilidad.
—¿Y por eso firmó un informe falso? —preguntó el inspector.
La mujer bajó la cabeza.
—Tenía miedo de perder mi trabajo.
Margaret suspiró.
—Y una persona perdió mucho más que su trabajo.
Sacó de su bolso una fotografía amarillenta. En ella aparecía un joven con uniforme de empleado, sonriendo frente a la entrada de aquellos mismos grandes almacenes.
—Se llamaba Daniel Foster. Tenía veintisiete años, una esposa y una hija de apenas tres. La noche del accidente, una estantería industrial mal asegurada cayó sobre él. La empresa había recibido tres advertencias sobre ese peligro, pero nadie hizo nada.
El inspector examinó la fotografía.
—¿Y qué ocurrió con él?
—Sobrevivió, pero quedó incapacitado para trabajar. Su familia perdió su vivienda y terminó marchándose de la ciudad. Cuando intenté investigar, los informes desaparecieron y varios testigos cambiaron sus declaraciones. Poco después, me apartaron del caso.
Margaret hizo una pausa.
—Nunca pude demostrar quién había ordenado ocultarlo todo.
—Hasta ahora —susurró el inspector.
Ella asintió.
—Hace tres semanas recibí una carta anónima. Dentro había una copia del informe original y una nota que decía: «Si todavía quiere conocer la verdad, vuelva al lugar donde empezó todo».
Ramírez miró hacia las puertas cerradas de los grandes almacenes.
—¿Y vino aquí sabiendo que podía encontrarse con los responsables?
—Vine porque alguien me pidió ayuda. No imaginé que terminaría viendo a una mujer patear mi silla de ruedas delante de decenas de personas.
La señora Bennett comenzó a llorar.
—Señora Wilson, yo no sabía quién era usted…
—Ese es precisamente el problema, señora Bennett —respondió Margaret con serenidad—. No necesitaba saber quién era yo para tratarme con dignidad.
Nadie se atrevió a hablar.
Entonces, un agente entró en el vestíbulo con el teléfono de David Mercer en la mano.
—Inspector, encontramos un mensaje enviado hace apenas veinte minutos. Creo que debería leerlo.
Ramírez tomó el dispositivo. Sus ojos recorrieron la pantalla y su expresión cambió por completo.
—¿Qué sucede? —preguntó Margaret.
El inspector levantó la mirada.
—El mensaje está dirigido a alguien que no aparece en nuestros registros. Dice: «La mujer está aquí. Si ha traído el expediente original, no podemos dejarla salir».
Un murmullo de alarma recorrió el vestíbulo.
Margaret no pareció sorprendida. Al contrario, cerró los ojos un instante, como si acabara de confirmar una sospecha que llevaba años persiguiéndola.
—Entonces David Mercer no actuaba solo.
—¿Sabe quién envió el mensaje? —preguntó Ramírez.
Margaret abrió su viejo estuche y sacó un sobre sellado que había mantenido oculto bajo el forro.
—No conozco el nombre que utiliza ahora —contestó—. Pero sí conozco la firma que aparece al pie del informe original.
Le entregó el documento.
El inspector lo desplegó y leyó el nombre escrito en tinta azul.
Su rostro perdió el color.
—Esto es imposible…
—¿Qué ocurre? —preguntó uno de los agentes.
Ramírez miró a Margaret, incapaz de ocultar su desconcierto.
—La persona que autorizó el encubrimiento hace veintidós años… figura actualmente como director nacional de la división de seguridad de nuestra propia institución.
En ese preciso instante, las luces del vestíbulo parpadearon.
Los teléfonos de varios agentes comenzaron a sonar al mismo tiempo.
Y por los altavoces se escuchó una voz masculina, tranquila y perfectamente audible:
—Señora Wilson, sabemos que ha encontrado el expediente. Si quiere que todos salgan de este edificio con vida, tendrá que entregárnoslo.
Margaret apretó el sobre contra su pecho.
Después miró al inspector y pronunció unas palabras que hicieron que todos los presentes se quedaran inmóviles:
—Ahora entienden por qué esperé veintidós años para volver. El verdadero responsable acaba de cometer el error de amenazarme delante de testigos.