Capítulo 3: La mujer que conocía mi secreto
Capítulo 3: La mujer que conocía mi secreto
—¿Quién es usted? —pregunté, sin abrir la puerta.
Al otro lado, la mujer guardó silencio durante unos segundos.
—Me llamo Victoria Brooks. Soy la hermana de Nathaniel. Y, si quieres proteger a tus hijas, será mejor que me escuches antes de que sea demasiado tarde.
Sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.
Victoria Brooks.
La mujer cuya firma, según el abogado, aparecía en el expediente que alguien había utilizado para impedir que yo recibiera ayuda.
Miré hacia el salón. Ellie acababa de despertarse y caminaba hacia mí arrastrando su conejo de peluche. Rosie seguía durmiendo en su cuna.
No podía arriesgarme a abrir la puerta a una desconocida, por muchas cosas que supiera sobre Nathaniel.
—Si realmente es su hermana, dígame algo que solo la familia pueda saber.
La mujer soltó un suspiro impaciente.
—Margaret tenía una pequeña cicatriz en la muñeca izquierda. Se la hizo cuando tenía nueve años, al intentar sacar a Nathaniel de un cobertizo en llamas. Él nunca se perdonó que ella resultara herida por su culpa.
Me quedé helada.
Aquella historia coincidía con lo que Nathaniel me había contado la noche anterior sobre su esposa. No recordaba que me hubiera mencionado la cicatriz, pero quizá lo había hecho mientras hablaba de su vida con ella.
—Eso no demuestra que usted sea quien dice ser.
—Está bien, Claire. No tienes por qué confiar en mí. Pero hay algo que sí debes entender: mi hermano no te contó toda la verdad.
Apreté el teléfono.
Daniel Foster seguía en la línea.
—Señor Foster, hay una mujer en mi puerta que dice ser Victoria Brooks.
El abogado reaccionó de inmediato.
—No abras. ¿Has oído bien el nombre?
—Sí.
—Claire, escúchame. Victoria Brooks es una de las personas a las que estamos investigando. No sabemos qué papel desempeñó en la desaparición de los fondos ni por qué aparece su firma en tu expediente. Pero no debes entregarle documentos ni hablar con ella a solas.
La mujer debió de escuchar parte de la conversación a través de la puerta.
—¡Daniel! —gritó—. Deja de esconderte detrás de esa investigación y dile a Claire por qué mi hermano le dio doce mil dólares.
El abogado se quedó callado.
Y aquel silencio me asustó más que cualquier amenaza.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
—Significa que Nathaniel tiene motivos personales para ayudarte. Motivos que no tienen nada que ver con la generosidad de Margaret.
Victoria introdujo un sobre por debajo de la puerta.
—Lee la carta que hay dentro. Después podrás decidir si quieres seguir confiando en mi hermano.
Escuché sus pasos alejándose por el pasillo.
No abrí la puerta hasta que Daniel me aseguró que podía comprobar desde su teléfono si Victoria ya se había marchado. Después recogí el sobre con manos temblorosas.
En el interior había una fotocopia de un documento antiguo.
Era una carta escrita por Margaret.
La fecha correspondía a seis semanas antes de su muerte.
Leí las primeras líneas y sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
«Nathaniel, si algún día encuentras a Claire Whitmore, debes ayudarla. No permitas que pague por los errores de nuestra familia».
Me quedé mirando el papel.
Mi nombre aparecía escrito con una claridad inquietante.
Claire Whitmore.
No podía ser una coincidencia.
Margaret había muerto diecinueve meses antes. Rosie tenía apenas cinco meses. Yo nunca había conocido a aquella mujer, nunca había trabajado para ella ni había tenido relación alguna con su familia.
Entonces, ¿por qué había escrito mi nombre?
—¿Qué dice la carta? —preguntó Daniel desde el teléfono.
No conseguí responder inmediatamente.
Leí el resto.
«Hay cosas que nunca tuve el valor de contarle a Nathaniel. Si llega el momento, deberá conocer la verdad. Pero antes tendrá que comprender que no todas las personas que llevan nuestro apellido merecen nuestra confianza».
Al final aparecía una firma.
Margaret Brooks.
Y debajo, una frase escrita con tinta azul, como si hubiera sido añadida después:
«La niña que nació aquella primavera no tiene la culpa de lo que hicieron sus padres».
Sentí un escalofrío que me recorrió desde la nuca hasta las manos.
¿Una niña?
¿A qué niña se refería?
—Claire, necesito que me leas la carta completa —insistió Daniel—. No puedo ayudarte si no sé qué tienes delante.
Le leí cada palabra.
Cuando terminé, escuché cómo el abogado respiraba profundamente.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Hay algo que deberías saber sobre Margaret. Antes de casarse con Nathaniel, trabajó durante varios años en un centro de asistencia para madres jóvenes. Allí conoció a muchas mujeres que atravesaban situaciones difíciles.
—¿Y qué tiene eso que ver conmigo?
—Todavía no lo sé. Pero si escribió tu nombre, debemos averiguar de dónde lo obtuvo.
Miré de nuevo la carta.
Había una fecha, una firma y una referencia a una niña nacida en primavera. Nada más.
Sin embargo, aquella frase sobre los errores de una familia me hizo pensar en mi propio pasado.
Yo había crecido creyendo que mi familia era sencilla, aunque no perfecta. Mi madre había fallecido cuando yo tenía veintidós años, y mi padre se había marchado de nuestras vidas mucho antes. Apenas conservaba fotografías de mi infancia y algunos documentos guardados en una caja.
Nunca había investigado demasiado sobre mis orígenes.
Había tenido otras preocupaciones.
Sobrevivir. Encontrar trabajo. Criar a Ellie. Después, afrontar el embarazo de Rosie y la repentina desaparición del hombre que me había prometido construir una familia conmigo.
Pero ahora alguien había relacionado mi nombre con una mujer que había muerto antes de que mi vida se derrumbara.
Y esa conexión parecía lo bastante importante como para que alguien quisiera ocultarla.
—Daniel, necesito ver ese expediente.
—Lo sé. Voy a solicitar acceso a los documentos que conservamos y comprobaré quién presentó la solicitud en tu nombre. Pero, por ahora, no hagas nada que pueda ponerte en peligro.
Después de colgar, llevé a Ellie a la cocina y le preparé el desayuno. Intenté comportarme con normalidad, aunque mi cabeza estaba llena de preguntas.
—Mamá, ¿por qué tienes esa cara? —preguntó mientras untaba mantequilla en una tostada.
—¿Qué cara, cariño?
—La cara que pones cuando no sabes cómo arreglar algo.
Sonreí débilmente.
—Estoy intentando entender una cosa.
Ellie se quedó pensativa.
—Cuando yo no entiendo algo, tú me lo explicas.
Me agaché para besarle la frente.
—Ojalá pudiera explicártelo todo.
A las diez de la mañana, recibí una llamada de Nathaniel.
Contesté inmediatamente.
—¿Sabes lo que está pasando? —pregunté antes de que pudiera saludarme—. Tu hermana ha venido a mi casa. Me ha entregado una carta de Margaret. Mi nombre aparece en ella, Nathaniel. ¿Por qué?
Al otro lado de la línea se hizo un silencio prolongado.
—¿Victoria estuvo en tu apartamento?
—Sí. Y me dijo que no debería confiar en ti.
Nathaniel soltó una maldición en voz baja.
—No debería haberte involucrado en esto.
—Pues ya es demasiado tarde. Alguien presentó una solicitud de ayuda utilizando mis datos. Alguien rechazó esa solicitud y dejó una nota diciendo que nadie debía ayudarme. Y ahora descubro que tu esposa escribió mi nombre en una carta antes de morir.
Mi voz se quebró.
—Tengo dos niñas, Nathaniel. No puedo permitirme que alguien las utilice para resolver los secretos de tu familia.
—Lo entiendo.
—¿De verdad? Porque necesito respuestas, no más frases tranquilizadoras.
Nathaniel guardó silencio unos segundos.
Después dijo algo que cambió por completo el rumbo de nuestra conversación.
—Margaret conocía a tu madre.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué acabas de decir?
—No sé exactamente cómo se conocieron. Margaret guardaba documentos que nunca me permitió leer. Después de su muerte, encontré una caja cerrada en su despacho. Dentro había fotografías, cartas y varios nombres. El tuyo aparecía en una lista.
Me apoyé en la encimera.
—Mi madre murió hace diez años.
—Lo sé.
—¿Cómo puedes saberlo?
Nathaniel respiró profundamente.
—Porque Margaret estuvo en tu ciudad el año en que murió. En su agenda encontré una anotación sobre el funeral de una mujer llamada Eleanor Whitmore.
Eleanor.
El nombre de mi madre.
Tuve que sujetarme a la mesa para no perder el equilibrio.
—¿Mi madre conocía a tu esposa?
—Eso parece. Pero nunca llegué a preguntárselo a Margaret. Cuando encontré aquellos documentos, pensé que se trataba de asuntos antiguos que ella quería mantener en privado. Ahora creo que cometí un error.
Sentí una mezcla de rabia y desconcierto.
—¿Y por qué no me lo dijiste anoche?
—Porque no estaba seguro de que fueras la misma Claire Whitmore. Hay muchas personas con ese nombre. No quería asustarte sin tener pruebas.
—Pues ya estoy asustada.
—Lo sé. Y lo siento.
Por primera vez, Nathaniel no intentó justificar sus decisiones.
Me pidió que no aceptara ninguna invitación de Victoria y que guardara la carta en un lugar seguro. Después me ofreció acompañarme a una reunión con Daniel para revisar los documentos originales.
Acepté, pero establecí una condición.
—Quiero que me cuentes todo lo que descubras. Aunque sea doloroso. Aunque involucre a tu familia.
—Te lo prometo.
Cuando colgué, abrí el pequeño armario donde guardaba los documentos de mi madre. Hacía años que no revisaba aquella caja.
Dentro encontré certificados, fotografías antiguas, un collar de plata y un sobre amarillento que llevaba escrito mi nombre.
Nunca lo había visto antes.
Lo abrí con cuidado.
En el interior había una fotografía de mi madre junto a una mujer de cabello castaño. Ambas sonreían frente a un edificio de ladrillo rojo.
Reconocí a la mujer inmediatamente.
Era Margaret Brooks.
En el reverso, mi madre había escrito una fecha y una frase:
«Para que Claire conozca algún día la verdad sobre su nacimiento».
Sentí que el mundo se detenía.
Mi madre había conocido a Margaret. Había guardado una fotografía de ambas. Y había dejado un mensaje sobre mi nacimiento que jamás me había mostrado.
Debajo de la fotografía encontré una segunda hoja, doblada varias veces.
Era una carta de mi madre.
Comencé a leerla con lágrimas en los ojos.
«Mi querida Claire:
Si algún día estás leyendo esto, significa que no tuve el valor de contarte la historia completa mientras estaba viva.
Hay una razón por la que Margaret se preocupó tanto por ti. Y hay una razón por la que ciertas personas nunca quisieron que supieras de dónde vienes.
Durante años creí que guardar silencio era la mejor manera de protegerte. Ahora no estoy segura de haber tomado la decisión correcta.
Lo único que quiero que recuerdes es que tu origen no determina tu valor. Tú eres mi hija, y eso nunca cambiará.
Pero hay un nombre que debes conocer antes de que sea demasiado tarde».
La carta terminaba abruptamente.
No había ningún nombre al final.
Solo una línea escrita con tinta oscura, casi ilegible.
«Busca a Nathaniel Brooks. Él tiene la otra mitad de la historia».
Me dejé caer en una silla.
Durante treinta y dos años había vivido sin saber que existía una historia oculta detrás de mi nacimiento.
Y ahora, en menos de veinticuatro horas, dos personas relacionadas con Margaret habían aparecido en mi vida, cada una con una versión diferente de la verdad.
Entonces mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Contenía una sola fotografía.
En ella aparecía Nathaniel saliendo de un edificio, acompañado de una mujer joven que sostenía a una niña pequeña en brazos.
Debajo de la imagen había una frase:
«Pregúntale por qué Margaret dejó dinero para una niña que nunca llegó a conocer y por qué tu madre recibió pagos de la familia Brooks durante años».
Miré la fotografía una y otra vez.
La niña tenía el cabello oscuro y unos ojos sorprendentemente parecidos a los de Ellie.
No sabía quién era.
No sabía quién había enviado el mensaje.
Pero empezaba a comprender que los doce mil dólares no eran el verdadero misterio.
El verdadero misterio era por qué Margaret Brooks había intentado protegerme mucho antes de que yo necesitara ayuda.
Y por qué alguien estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para que nunca descubriera la respuesta.