Capítulo 4: El secreto que mi madre había enterrado
Capítulo 4: El secreto que mi madre había enterrado
Miré aquella fotografía una y otra vez.
El hombre que aparecía junto a Augusta no me resultaba familiar, pero había algo en su rostro que me provocaba una extraña sensación.
—¿Quién es? —pregunté.
Miss Castellano tomó la fotografía con cuidado.
—Se llama Victor Hale.
—¿Qué tiene que ver con Juny?
La abogada respiró profundamente.
—Eso es precisamente lo que Augusta quería que descubrieras.
Juny permanecía sentada a mi lado.
—Mamá, ¿qué significa que mi abuelo quería que yo desapareciera?
No supe qué responder.
La palabra era demasiado cruel para una niña de catorce años.
—Todavía no sabemos exactamente qué ocurrió —le dije—. Y no voy a permitir que nadie te haga daño.
Miss Castellano abrió el cuaderno que había encontrado en la caja.
Cada página estaba fechada.
Augusta había escrito durante años.
Había anotado conversaciones, transferencias, nombres y fechas.
Y entonces llegamos a una entrada de catorce años atrás.
El día en que nació Juny.
“Eleanor no quiere que nadie sepa que mi nieta existe todavía.”
Sentí que se me helaban las manos.
Seguí leyendo.
Mi madre había dado a luz a Juny en secreto.
No porque quisiera ocultarla de mí.
Sino porque mi padre había amenazado con utilizar el embarazo para destruir mi relación con el padre de Juny.
Me quedé inmóvil.
—Pero… Juny es hija de mi exmarido.
Miss Castellano negó lentamente con la cabeza.
—No.
La miré.
—¿Qué?
—Tu madre nunca escribió que tu esposo fuera el padre biológico.
El mundo pareció detenerse.
Miré a Juny.
Ella estaba confundida.
—Mamá…
Cerré el cuaderno.
—Esto es demasiado para ahora.
Pero Miss Castellano señaló otra página.
—Hay una prueba de ADN.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿De quién?
—De Juny.
La respuesta me dejó sin palabras.
—¿Con quién?
La abogada bajó la mirada.
—Con tu esposo.
Entonces entendí.
Mi padre había querido ocultar algo.
Pero no era la existencia de Juny.
Era la verdad sobre su nacimiento.
Miss Castellano sacó un documento.
El resultado confirmaba que mi esposo era el padre biológico de Juny.
Respiré aliviada.
Pero esa tranquilidad duró apenas unos segundos.
—Entonces, ¿qué quería ocultar mi padre?
La abogada pasó otra página.
La respuesta estaba allí.
Augusta había descubierto que mi padre había utilizado una empresa intermediaria para transferir dinero a Victor Hale.
El hombre de la fotografía.
No había pruebas suficientes para afirmar qué había hecho exactamente, pero los documentos mostraban que Hale había sido contratado para seguir los movimientos de mi familia y obtener información sobre Juny.
Y entonces encontré una anotación que me hizo sentir náuseas.
“Arthur quiere que Luke crea que Elena es una madre irresponsable. Quiere que Juny crezca lejos de él para poder controlar la familia.”
No era una amenaza física.
Era algo más calculado.
Querían separar a una madre de su propia hija emocionalmente.
Querían que Juny creyera que era una carga.
Y habían utilizado a toda la familia para conseguirlo.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era un número desconocido.
Contesté.
—¿Sí?
Una voz masculina respondió.
—¿Eres la hija de Augusta?
—¿Quién eres?
—Victor Hale.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—¿Dónde estás?
—Ya no importa.
—¿Qué hiciste?
Hubo silencio.
—Nada de lo que tu padre me pidió que hiciera terminó como él esperaba.
—¿Qué significa eso?
—Significa que Augusta descubrió la verdad antes de morir.
Miré a Miss Castellano.
—¿Qué verdad?
Victor respiró profundamente.
—Tu padre no quería quedarse con el lago.
—Entonces, ¿qué quería?
—Quería el fideicomiso.
Mi corazón se aceleró.
—¿Por qué?
—Porque había una cláusula que protegía los activos para Juny.
Miré a mi hija.
—¿Qué cláusula?
—Cuando Juny cumpliera dieciocho años, una parte del patrimonio de Augusta quedaría bajo su control directo.
Miss Castellano se puso de pie.
—Eso es correcto.
Victor continuó:
—Tu padre tenía deudas enormes. Necesitaba acceder a ese dinero.
—¿Y qué tiene que ver mi hija?
—Todo.
La llamada terminó.
Me quedé mirando el teléfono.
Entonces recibí un mensaje.
Era una fotografía.
Mi padre estaba sentado en una oficina.
Frente a él había varios documentos.
Pero esta vez había otra persona en la imagen.
Mi madre.
Los dos estaban hablando.
Y la fecha de la fotografía era de apenas tres semanas antes.
Mi madre me había mentido.
No solo sabía lo que estaba ocurriendo.
Había estado allí.
Juny vio la fotografía.
—¿Es la abuela Eleanor?
No pude mentir.
—Sí.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Un nuevo mensaje apareció.
“Tu madre quiere verte esta noche.”
Debajo había una dirección.
La misma casa del lago.
Miré a Miss Castellano.
—¿Crees que debería ir?
—No sola.
—No pienso llevar a Juny.
—Eso está claro.
Me levanté.
Pero antes de salir, recordé algo.
La carta de Augusta.
La abrí nuevamente.
En la última línea había una frase que no había entendido antes:
“Cuando Eleanor te diga que lo hizo para protegerte, pregúntale quién protegía realmente.”
Aquella noche llegué al lago con Marco.
Juny estaba segura con una amiga de confianza.
La casa estaba completamente oscura.
Entré.
—¿Mamá?
No hubo respuesta.
Entonces escuché pasos arriba.
Subí lentamente.
Encontré a Eleanor en el dormitorio de Augusta.
Estaba llorando.
—Llegaste.
—¿Por qué estabas con papá?
Mi madre cerró los ojos.
—Porque intenté detenerlo.
—¿Intentaste detenerlo durante catorce años?
—No entiendes.
—Entonces explícame.
Ella me miró.
—Tu padre amenazó con quitarte a Juny cuando nació.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—¿Y tú qué hiciste?
Mi madre comenzó a llorar.
—Le ayudé.
El silencio fue devastador.
—¿Qué?
—Pensé que si conseguíamos que te alejaras de él, podría protegerte.
—¿Y por eso permitiste que trataran a Juny como una molestia?
—Me equivoqué.
—No.
Mi voz se quebró.
—No fue un error de un día.
Mi madre bajó la cabeza.
—Lo sé.
Entonces escuchamos un ruido abajo.
Ambas nos quedamos inmóviles.
Marco apareció en la puerta.
—Tenemos compañía.
—¿Quién?
Miró hacia el pasillo.
—Tu padre.
Mi madre palideció.
Y una voz masculina llegó desde la planta baja.
—Eleanor.
Arthur Mercer había venido por nosotros.
—Sé que tienes los documentos, Luke.
Mi madre comenzó a temblar.
—No le des nada.
Mi padre subió lentamente las escaleras.
—Ya es suficiente.
Me miró directamente.
—Dame el fideicomiso.
—No.
Él sonrió.
—Entonces tendrás que descubrir qué más escondió Augusta.
Sacó un sobre.
Lo dejó sobre la mesa.
—Porque la verdadera razón por la que Juny recibió toda esa protección está aquí.
Lo abrí.
Dentro había un certificado.
Lo leí.
Y sentí que el mundo volvía a detenerse.
No era un documento financiero.
Era un certificado de nacimiento.
Y junto al nombre de Juny aparecía un segundo apellido que jamás había visto.
El apellido de Augusta.
Mi padre sonrió.
—Ahora sabes por qué tu abuela la eligió.
Pero antes de que pudiera preguntar, las luces de la casa se apagaron.
Y desde el piso inferior escuchamos a Marco gritar:
—¡Luke, sal de aquí!